Farruco, Sociedad Anónima / Teodoro Petkoff

Casi nadie sabe que detrás del Panteón Nacional se está construyendo un panteón particular para Bolívar. La obra está a cargo de la Oficina para Planes y Proyectos Especiales de la Presidencia de la República (OPPE), ahora convertida en Fundación, con la sigla FOPPE. Esta oficina está en manos de Farruco Sesto y el director de la ejecución de sus obras es el arquitecto Lucas Pou Ruan, no sólo amigo sino socio de Farruco desde hace años, en la firma “Sesto y Pou Consultores”, de la cual forma parte también Carlos Pou, hermano de Lucas. Esta empresa fue encargada de varios proyectos de construcción durante los primeros años del régimen. Posteriormente la firma fue disuelta y en su lugar apareció la contratista “Opus 18 Desarrollos C.A.”, cuyos socios principales son, mire qué casualidad, los hermanos Lucas y Carlos Pou. “Coincidencialmente”, esta empresa asumió la construcción de la Villa del Cine, en Guarenas, otorgada a dedo por el ministro Farruco Sesto a sus socios, con el argumento cínico de que tratándose de “una obra artística no era necesaria ninguna licitación”.

Recientemente, con motivo del bicententario del 19 de Abril, fue erigido en la plaza de San Jacinto un horrendo obelisco de 48 metros de altura. Chávez encargó de la obra a la FOPPE.

¿Quién levantó ese bodrio escultórico? Pues, mire qué nueva casualidad, aunque nunca se mencionó el nombre de la empresa constructora ni el costo de la plasta, quien declaró sobre ella, exponiendo todos sus detalles y “méritos” artísticos, fue el caballero Lucas Pou, directivo de la FOPPE, socio de Farruco. Chávez encargó de la obra a la FOPPE.

A todas estas, cuando Farruco fue designado viceministro de Cultura, todavía en el Ministerio de Educación, fue creada la empresa constructora “Pemegas C.A.”, cuyos directivos son los hermanitos Pou y un señor llamado Juan Luis Sesto, por pura coincidencia hermano mayor de Farruco, quien obviamente representaba sus intereses. Este Sesto vendió en mayo de 2007 el 33% de sus acciones a los otros socios, Pou y un tal Igor Flasz. Desde 2006, “Pemegas” forma parte de las contratistas de Pdvsa y ha realizado obras y prestado servicios, tanto a la petrolera como al Ministerio de Salud, al Inavi, a los ministerios del Ambiente e Infraestructura y a la Defensoría del Pueblo.

“Pemegas” ha tenido varios cambios en su directiva y en la composición de sus accionistas, pero siempre figuran los Pou. Por ejemplo, Lucas Pou y Flasz vendieron sus acciones, ¿y quiénes las adquirieron? Pues, entre otros, la señora Cecilia de Pou y la señora Judith de Flasz. Familia que guisa unida permanece unida.

Ahora bien, Señor Presidente, todo esto y mucho más está registrado y notariado.

En la edición de El Mundo del miércoles 9 de marzo aparece un amplísimo reportaje sobre este caso de atraco a la Nación, con todos los detalles sobre la conformación de estas compañías para los guisos de Farruco. ¿Usted no sabe nada de esto? ¿Será necesario explicarle que el tal Farruco Sesto es un pillastre de marca mayor, que viene despachándose y dándose el vuelto desde hace años, viviéndose a la “revolución” y seguramente contando con que su asqueroso y repugnante modo de jalarle bolas a usted le asegura la impunidad para esta sarta de vagabunderías. Esto es con Usted, Presidente. ¿Usted ni siquiera va a ordenar una averiguación? ¿Nada de esto le resulta sospechoso?

Las revoluciones árabes no son endosables / Fernando Mires

Cada vez que ocurren revoluciones en cadena en cualquier lugar del mundo no faltan quienes imaginan que el fenómeno se repetirá en otras naciones marcadas por diferentes historias y tradiciones. Tal creencia ha traído consigo –está casi de más decirlo- calamidades de enorme magnitud.
Basta saber que los revolucionarios franceses de 1789 estaban plenamente convencidos de que el bacilo de la revolución antimonárquica iba a expandirse a lo largo y ancho de Europa. Sin embargo, en lugar de provocar la revolución continental precipitaron la contrarrevolución europea la que terminó por demoler a los propios ejércitos franceses en Waterloo (1815)
Los bolcheviques –quienes heredaron todos los errores franceses- imaginaron por su cuenta que la revolución soviética era sólo el eslabón más débil de la cadena imperialista (Lenin) o el inicio de una revolución permanente de carácter mundial (Trotski) Los recién fundados partidos comunistas -también en América Latina- fueron llamados por la URSS en los años veinte del pasado siglo a formar “soviets” proletarios, incluso en países en donde apenas había clase obrera. Los resultados de tan absurdas aventuras fueron espeluznantes. Miles y miles de comunistas repartidos a lo largo del mundo pagaron con sus vidas las fantasías trotskistas y leninistas.
El ejemplo de la revolución cubana no es de mucha data. A partir de una pésima lectura de esa revolución, Che Guevara -reinterpretado en lenguaje metafísico por Regis Debray a quien prologó Fidel Castro en un disparatado libro titulado “revolución en la revolución” - llamaba a la creación de focos armados en las montañas de diversos países (incluyendo a los que no tenían montañas) Cientos de jóvenes y adultos con formación profesional, entre ellos el Che Guevara, fueron exterminados como conejos. Los que tuvieron más suerte se perdieron entre los montes para regresar después de mucho tiempo, viejos, cansados y sobre todo, ignorados. Más todavía: la genial idea cubana destinada a exportar la revolución sólo consiguió enardecer a diversos generales latinoamericanos. Entre el golpismo castrense de los años setenta y el revolucionarismo castrista de los años sesenta –hay que decirlo alguna vez- existe más de alguna directa relación.
Quizás es necesario agregar que estas palabras las estoy escribiendo sólo como advertencia y no sin cierta preocupación. Porque recién está comenzando la revolución democrática árabe y ya algunos publicistas latinoamericanos, imaginando ser líderes de grandes masas, llaman a seguir el ejemplo árabe, como si las revoluciones fueran pandemias.
Por lo tanto, de acuerdo a la intención preventiva que estoy usando no es mala idea recordar que la revolución democrática de los países árabes tuvo lugar en contra de dictaduras radicalmente antipopulares. Estoy seguro de que a muchos el concepto “dictadura antipopular” puede parecer redundancia y, sin embargo, no lo es, pues guste o no guste es posible afirmar que no siempre las dictaduras han sido impopulares.
Las propias dictaduras árabes fueron muy pero muy populares en sus inicios. De acuerdo a la impronta “nasserista” que las caracterizaba, casi todas fueron erigidas sobre la base de profundos movimientos nacionalistas y anticolonialistas. A ello agregaban la ideología del socialismo del siglo XX (mucho más magnética que la alternativa que hoy nos ofrece esa ridiculez denominada “socialismo del siglo XXl”) Ahora, que después de la Tercera, los partidos sobre los cuales se sustentaban esas dictaduras hayan pasado a formar parte de la Segunda Internacional, sólo demuestra hasta que punto la idea del socialismo ha sido pervertida por los propios socialistas. Pero ese no es ahora el tema.
Parece elemental decirlo, pero hay muchos que no lo entienden: la primera condición para una insurrección democrática es la pérdida de popularidad de una dictadura. Para poner algunos ejemplos: las dictaduras fascistas europeas fueron extraordinariamente populares (y tal vez por eso, plebiscitarias) de ahí que ninguna fue derribada por efecto de una revolución interna. Pero no es necesario ir tan lejos.
Miremos el caso de las dictaduras latinoamericanas del pasado reciente, sobre todo la uruguaya, la argentina y la chilena.
La dictadura militar uruguaya así como la chilena fueron derrotadas no a partir de insurrecciones populares sino a través de plebiscitos en los cuales ambas perdieron la mayoría electoral pero no toda su popularidad. Hay que recordar que ninguna de ellas obtuvo en el plebiscito menos del 40%. Para ser más precisos: En Noviembre de 1980 la dictadura uruguaya obtuvo en el plebiscito destinado a reformar la Constitución el 42,51% de los votos en contra del 56,83% de la oposición. En Octubre de 1988 la dictadura chilena obtuvo en un plebiscito convocado para prolongar el mandato de Pinochet el 44,01% de los votos en contra del 55,99 de la oposición.¿Qué nos dicen esas altas cifras alcanzadas por las respectivas dictaduras? Algo muy simple: que ambas perdieron la mayoría electoral pero no perdieron ese mínimo de popularidad que impide un estallido insurreccional. Porque convengamos: tener más de un 40% de votación a favor no es un signo de impopularidad. Todo lo contrario: en cualquiera democracia pluripartidista sería suficiente para gobernar de modo holgado. No obstante, una dictadura para mantenerse electoralmente necesita no sólo muchos, sino la mayoría absoluta de los votos. La razón es sencilla: ninguna dictadura admite una alternativa intermedia. O se está con ella o en contra de ella.
Ahora, tanto la dictadura chilena como la uruguaya eran dictaduras no sólo populares; además eran plebiscitarias. No fue ese el caso de la argentina, la que no se vino abajo a través de un plebiscito sino como consecuencia de contradicciones internas, del pésimo manejo de la economía, de la aventura de las Malvinas, hechos que trajeron consigo no una insurrección al estilo árabe, pero sí amotinamientos, asonadas y demostraciones callejeras que hicieron imposible la continuidad de la gobernancia militar.
Las dictaduras comunistas de Europa del Este, por su parte, eran muy impopulares, y lo último que se les habría ocurrido a sus respectivos gobernantes habría sido llamar a un plebiscito. En gran medida todas reposaban sobre tanques rusos. Sólo cuando Gorbachov aseguró que los tanques no marcharían en contra de los pueblos, surgieron esas revoluciones democráticas a las cuales se parecen tanto las árabes de nuestros días. Es cierto que tanto las dictaduras de Europa del Este como las árabes mantenían algunas fachadas democráticas. Por ejemplo, en casi todas existían simulacros parlamentarios. Pero los parlamentos no legislaban y un parlamento que no legisla -obvio- no es un parlamento. Incluso si hay debates, esos son inútiles si los debates no se convierten alguna vez en leyes.
Ahora, las dictaduras populares salvo raras excepciones (la España de Franco o la Cuba de los Castro) no han querido o sabido resistir la tentación electoral y/o plebiscitaria. ¿Por qué? Primero, y aunque parezca tautología, porque son populares, es decir, sus personeros están convencidos de que son los verdaderos representantes de la voluntad nacional, voluntad que se mantendrá a través de los tiempos, amén. Segundo, porque como Mirabeau piensan que nadie se puede sentar sobre las bayonetas y por lo tanto no basta el apoyo –siempre escurridizo- de los militares sino también aquel que proviene de la legitimidad de los pueblos, sobre todo cuando se trata de ejercer la representación exterior.
Sin embargo, Franco (quien se creía ungido por Dios) y Castro (quien se cree ungido por la Historia) han demostrado en contra de Mirabeau que –bajo ciertas condiciones- es posible sentarse sobre las bayonetas aunque eso signifique romperse el culo, intenso dolor que no aceptan los dictadores plebiscitarios y /o electorales quienes no sólo quieren ser amados por sus pueblos sino, además, como ocurre con los amantes neuróticos, intentan verificarlo cada cierto tiempo.
Hay que recordar por lo demás que tanto la dictadura uruguaya como la chilena convocaron a plebiscitos bajo absoluto convencimiento de que los ganarían, si no por popularidad, al menos por el miedo y el terror. Si ambas dictaduras no hubiesen sido tan vanidosas quizás todavía tendríamos a los militares en el poder en esos países.
En fin, hay dictaduras plebiscitarias y otras que no lo son. Las árabes no lo eran.
¿Hay, además, dictaduras electorales? Mi respuesta no es muy categórica: sí y no. Sí, porque ha habido casos en que las dictaduras celebran elecciones (amañadas o no, no viene al caso discutirlo) No, porque cada elección es convertida por una dictadura en un plebiscito. Lo normal entonces es que las dictaduras populares sean plebiscitarias y las no populares no lo sean.
Sinteticemos: es muy difícil, casi imposible (no se conoce ningún caso) que pueda surgir una insurrección exitosa en contra de una dictadura popular. La tarea entonces, bajo esas condiciones, es lograr que esa dictadura sea cada vez menos popular. Y, como la mayoría de las dictaduras populares son plebiscitarias, el plebiscito (o una elección plebiscitaria, lo que es lo mismo) usado como un arma política de las dictaduras, puede convertirse también en un arma política de sus adversarios. En ese caso el plebiscito (o elección plebiscitaria) que pierde una dictadura se convierte en una insurrección –valga la paradoja- constitucional.
Por cierto, una dictadura popular después de haber sido derrotada tiene la alternativa de desconocer el resultado de la elección y en su lugar repartir plomo. Mas, en ese caso, las dictaduras arriesgan el estallido de una insurrección auténticamente popular, es decir, precisamente lo que se quería impedir con las elecciones. Pinochet, por ejemplo, era partidario de desconocer el resultado electoral adverso. Dos hechos lo convencieron de lo contrario. Uno: la gente ya estaba en las calles, como hace algunos días en El Cairo. Dos: a algunos generales –como también ocurrió en El Cairo- no les fascinaba la idea de pasar a la historia como genocidas. De todo esto se deduce un corolario.
El corolario es el siguiente: la derrota electoral de una dictadura popular sólo puede ocurrir si esa dictadura ha perdido las calles antes, durante y después de la elección.

¿Por qué Chávez salió a hacer campaña? / por Juan Carlos Zapata

I
Los bolidemoledores salieron a la calle a hacer polvo a la oposición; o sea, hacer polvo a la Venezuela democrática. Se han tenido que fajar a fondo. Por allá Hugo Chávez, en la carroza de la distancia. Más acá, Elías Jaua, copiando cierto discurso impertinente que a juicio de su amigo, Juan Barreto, no le dio resultados a él. En el oriente, Diosdado Cabello, y en el twitter insiste con frases a favor del socialismo y contra el imperialismo, como si esto fuera creíble en su discurso. Allá la sombra de Aristóbulo Istúriz retando a la oposición a reconocer los resultados como si por su parte ha reconocido lo de cierta póliza en el Ministerio de Educación. Rafael Ramírez, gran demoledor del Zulia, y también de PDVAL, hablando duro, tronando fuerte, al tiempo que su primo Diego Salazar lanza el tan esperado compacto de sus obsesiones de cantante frustrado: Piensa en Mi. Homenaje de Agustín Lara. Tal vez logre un contrato de beneficencia en el Country Club de Caracas.
A los bolidemoledores los trasnocha una realidad. El problema no es sólo la mayoría en la Asamblea Nacional. La ingeniería electoral ejecutada por el CNE les puede garantizar tal control. El problema son los votos a nivel nacional. Los bolidemoledores apuestan por mantener un caudal de votos por encima de los 5 millones. Ganar la Asamblea sin votos no es congruente. Es la mayoría de votos la que les permitirá “acelerar” el paso de la revolución. Ganar sin votos los coloca en la dificultad de tener el poder y no usarlo, no avanzar, no profundizar. Chávez lo ha dicho. Lo que está en juego es la construcción de una nueva hegemonía, y ésta no es posible sin votos, millones de votos.
Los bolidemoledores se han visto en una situación. El bloque opositor sube. No es que esté ganando la Asamblea. Pero subió donde es gobierno, y subió donde no lo es. De cada región surgirá un punto de referencia. Y ese punto es la oposición del futuro. De modo que los bolidemodelores han forzado la campaña primero para unir lo que el proceso interno dejó en problemas; segundo para amarrar el voto duro; tercero para detener la caída que venían sufriendo; y cuarto para enviar mensaje de contundencia a los millones de empleados públicos, no vaya a ocurrirles lo de la reforma de 2007.
Está por verse, y para esto hay que esperar los resultados, qué sector de los bolidemoledores saldrá más golpeado en las elecciones. No se crea, hay una lucha entre Gobierno y Oposición. Pero dentro del Gobierno hay otra. Los bolidemoledores apuran que el sector más radical salga intacto, o menos golpeado, que sus fichas sean electas. De qué vale una Asamblea sin mayoría, y por si fuera poco, dentro del grupo oficial, algunos diputados no tan bolidemoledores.

II
Los bolidemoledores tampoco contaban con los antidemoledores. A Pablo Pérez lo llamaban el mudo cuando acompañaba a Manuel Rosales, ¿y en qué ha resultado? En un líder de proyección nacional. El gobernador del Zulia está consolidando la opción democrática en su estado. La era Rosales ya pasa. De Henri Falcón decían que era expresión de un día. Hueso duro de roer. Le ha complicado a los bolidemoledores el escenario en Lara, un estado que consideraban propio. A Leopoldo López lo inhabilitaron pero él no se inhabilitó. Recorre el país y a donde va es expresión de mayorías. Un ejemplo: Apure. López se tomó en serio recorrer ese estado. Y a dos días de las elecciones, en Apure el dominio rojo se estremece. Se avanzó en el bajo y el alto Apure, al punto que en el cierre del miércoles en San Fernando, hubo empleados públicos que abandonaron el puesto de trabajo para sumarse a la caravana opositora. Y claro, la gobernación les adeuda 4 meses de cesta tickets, y no saben si cobrarán esta quincena. Los bolidemoledores creyeron que a César Pérez Vivas lo iban a arrinconar. Y terminaron los rojos arrinconados en Táchira. En Miranda, tres poderosos bolidemoledores unieron fuerzas: Chávez, Cabello y Jaua. Y no pudieron con el gobernador Capriles Radonski. Imposible. El antidemoledor Enrique Mendoza les ha demostrado que conoce Miranda como la palma de su mano y sabe dónde buscar los votos. Y en Petare, la gestión, el aire y el ángel de Carlos Ocariz, les volteó el barrio. Llevan 5 años tratando de demoler a María Corina Machado, y ésta es la antidemoledora por excelencia. Chávez dice que le gustaría que se lanzara para Presidenta, soñando con que sea otra Irene. La campaña de María Corina permeó todo el país, como ha permeado la posición firme de AD y Henry Ramos Allup. Si AD saca más de un millón de votos, los bolidemodelores van a rabiar doblemente de rabia y despecho. En Caracas, Antonio Ledezma, Antonio Ecarri, Iván Olivares, Richard Blanco se han transformado en muralla antidemoledora.

III
Hablando del barrio. Sí, de barrios de Petare y de Catia. Porque esto hay que anotarlo. La vez que el gran bolidemoledor fue a Petare, llevó su gente, como no. Había pueblo, claro que sí. ¿Pero qué más había? Gente, pueblo que gritaba: queremos agua, queremos luz, queremos seguridad. ¿Cuándo se había visto que le gritaran así al Presidente. Pura gente antidemoledora. Claro, en la altura de la carroza esto no se escucha. Pero esa carroza cruzó por las calles recién pavimentadas por el alcalde Ocariz, las autopistas populares, algo que en 8 años no pudo ejecutar Rangel Avalos ni con la ayuda de Cabello en la gobernación de Miranda, ni el mismo Cabello como ministro logró hacer. Peor: se da el caso que las autopistas pavimentadas por Cabello entre 2009 y 2010 ya se están deteriorando. ¿Y en Catia? Previo a que el bolidemoledor llegara en la carroza, llegaron los motorizados. En el pasado, apenas se escuchaba el estruendo de las motos y ya le gente se escondía. ¿Se acuerdan de los círculos bolivarianos? Cosa del pasado. En esta ocasión, antier, los ambulantes del bulevar de Catia cogieron a tomatazos antidemoledores a los motorizados al grito de fuera, fuera, fuera. Esto tampoco se lo dijeron a Chávez.

IV
Pero hay bolidemoledores en muchos lugares. Y de muchos tipos. Una forma de ser bolidemoledor es ésta: los empresarios sin compromiso democrático. Esa que son contados los empresarios comprometidos de verdad con el credo democrático. A esos no hay que rogarles su cooperación. Saben cómo y con cuánto deben ayudar a los partidos democráticos. Ya suena a excusa eso de que los investigan. Ya suena a excusa de que les cierran las fuentes de Cadivi, como si Cadivi aflojara mucho. Hay unos que hasta apagaron el teléfono. Varios se enfermaron. O se fueron lejos de vacaciones, por Japón, Turquía, Sudáfrica. Bien lejos. Con uno de los empresarios tradicionales y de apellido, los intermediarios de los partidos lograron una reunión. ¿Y qué dijo? Es que a mi no me ha ido mal con el gobierno de Chávez. Como si ese fuera el punto. Otro apeló a otra excusa peor. ¿Cómo? Si yo después de colaborar en las regionales ni un contratito me dieron. O sea, era por eso. Y otro se fue por el ataque: yo no doy porque los que me quitaron los contratos no fueron los chavistas sino la competencia que los financia a ustedes. O sea, estos últimos conjugan el verbo bolidemoler. No son ricos bobos. Son ricos suicidas.

Caracas hasta el último de mis días

Intentaron cambiar el nombre a la Urbanización Menca de Leoni por algo tan cursi como Urbanización 27 de febrero, y los vecinos entraron en cólera. No tenían nada a favor del personaje histórico, la gran mayoría no era adeco, quizá ni sabían que se trataba de una primera dama venezolana de cuando los albores de la democracia. Es decir, no era un asunto político, ni histórico, era un asunto de identidad. Y de sentido práctico. No iban a cambiar su dirección de toda la vida por el capricho oportunista de unos cuantos legisladores locales.
Le quitaron al parque del Este el nombre de Rómulo Betancourt (¿Ah, se llamaba así?) y le colocaron Francisco de Miranda. Y nada ha cambiado. Sólo que ahora le rinden menos honor al homenajeado, porque el mantenimiento del parque (con el consabido populismo de abolir el simbólico pago por el disfrute de sus instalaciones) es mucho más pobre. Los usuarios de antes, de cuando se llamaba Rómulo Betancourt, le llamaban Parque del Este, y los de ahora le llaman parque del este.
Le pusieron a Venezuela el adjetivo de bolivariana, y además de ser una muestra de lo folklóricos que son los tipos que nos gobiernan, el asunto apenas sirve para marcar ese período histórico en que se registró un incremento brutal de la corrupción en el Estado. Los bolivarianos, como se les llama a los funcionarios de ahora, son mucho más corruptos que sus predecesores. Los ministerios ahora intercalan “del Poder Popular” en su razón social, y nunca la gente ha estado más lejos del poder (asómense y vean la cantidad de vehículos de seguridad que acompañan a los representantes de ese poder popular).

En esa búsqueda inútil de borrar la memoria de los venezolanos de todo acontecimiento anterior al advenimiento del Rey Sol criollo, ahora se toparon con el nombre de nuestra ciudad: Santiago de León de Caracas, que ha recibido a lo largo de su historia afectuosos (e incluso cariñosamente irónicos) epítetos como La de los techos rojos, La sucursal del cielo, La sultana del Ávila, y conocida simplemente como Caracas (o La Capitar, según el imaginario de los caraqueños de antaño sobre cómo era nombrada su ciudad por los pobladores del interior del país), ahora la suman a esa larga lista de oprobiosos y ridículos intentos por desnaturalizarla, de hacerla aliada (cómplice, creación, obra de gobierno) de una revolución a la que no se le han visto ni se le verán las bondades: Ahora proponen llamarla “la Cuna de Bolívar y Reina del Guaraira Repano”. ¿Habrase visto tamaña ridiculez? ¿Semejante cursilería inútil? ¿Se acabará el hampa, el abuso de los motorizados, la indolencia de sus habitantes, con el cambio de nombre? ¿Respetarán los policías a sus conciudadanos a partir del nuevo bautizo? ¿Dejarán de matraquear los fiscales? ¿Se resiprará un ambiente más humano, la gente no botará basura en sus calles, dejarán de comprarle a los buhoneros? ¿Habrá menos desnutrición si le ponemos la Reina del arroz con pollo? ¿O menos violencia si la bautizamos Hogar espiritual de Gandhi? ¿Y a los alrededores del Paseo Vargas, le pondremos: “Tierra sagrada de indias harapientas y descalzas que piden limosnas para sobrevivir mientras dan teta a cinco indiecitos barrigones”? Cuando uno los ve por la calle, y piensa que unos vivos están usando su imagen para saquear al Estado, no se puede sentir sino asco. Y medir el talante espiritual de esos tipos que nos gobiernan. Y la sede del poder ejecutivo, ¿que tal si la mudamos para La Planicie? ¿O la sede de la Asamblea para el Nucleo Endógeno Fabricio Ojeda? ¿O los ministros y diputados, mudarlos a un bloque del 23 de Enero? Eso sí sería revolucionario.
Todo ese afán de cambiar nombre recuerda la milmillonaria campaña de Telcel por obligar a sus clientes a que la llamen Movistar, y sin embargo la gente va a un quiosco y pide una Telcel de quince mil, y el quiosquero, impávido, entrega la mercancía solicitada. El alma de una ciudad no se legisla. Como todo organismo vivo, depende de miles de factores que escapan de las manos de los gobernantes. Ponle Bushtown a Manhattan y seguirá siendo Manhattan. Ponle Leningrado a San Petesburgo y sus habitantes recuperaron su nombre.

El problema con estos tipos es que creen que tiene derecho a hacer lo que les da la gana con el país porque usurpan el coroto. Que creen ingenuamente que se puede escribir la Historia en el alma de los ciudadanos. Que creen que la Historia y sus vidas son una sola cosa. Que juran que por escribirlo, por decretarlo, se siente, se asimila, se produce el cambio. El problema con estos tipos es la desconexión con el sentir de la gente real. Es que dejaron de sentir como esos que cobran quince y último, que se apilonan en el metro, que van al cine los lunes y que hablan mal del gobierno, de la suegra y del jefe. Que no saben que el gobierno, la suegra y el jefe siempre estarán en la acera del frente, así se hagan los locos, así compartan la mesa y celebren los chistes. Que no hay nada más reaccionario que pensar como los poderosos, que hacer las cosas no porque genera felicidad sino porque se tiene con qué. Porque entrañan la caudillesca noción de que el poder se debe demostrar, y cuanto mas arbitrario mas evidente.
El problema con estos tipos es su intrínseca infelicidad. Su suprema infelicidad.

Para mí Venezuela será sólo Venezuela y Caracas será Caracas aún en el último de mis días. Porque no hay nada más subversivo, más insolente con el poder, que el corazón.

Batallas (Pedro Enrique Rodríguez)

Copio este post aparecido en facebook, porque considero vital su lectura. No podemos exigir buenos gobiernos si somos malos ciudadanos. ¿Cuánta gente que marcha “por la libertad” irrespeta los más elementales derechos ajenos?

Es sábado. Desde temprano, cuando mi esposa salió de casa al consultorio donde estará trabajando como psicóloga infantil hasta después del mediodía, estoy solo con mi hija de 3 años y 3 meses. Como todo sábado, mi hija y yo bajamos a la cocina, preparamos un desayuno que comemos conversando, jugando, en fin, viviendo de la mejor forma posible ese privilegio efímero y fascinante que es ver aparecer un sábado en su estuche de juguete nuevo, de horas sin asuntos pendientes. Es sábado23 de enero, día de marchas: el día en que se celebra la caída del penúltimo militar del siglo XX. Termina un mes duro, repleto de cortes de luz, de agua, de relatos violentos, del peligro que corrió en dos ocasiones mi esposa, cerca de dos tiroteos, del discurso cada vez más ruin y demagógico de los nuevos dueños del país, de un sujeto bocazas y aburrido que, como un círculo que se repite una y otra vez en la historia, hace las veces de mandamás, de todopoderoso, de simpaticón, de nuevo gendarme necesario. Pero es de mañana y todas esas cosas están, todavía, un poco lejos: exorcizadas por la sonrisa de mi hija, por el amarillo licuado y casi transparente de la luz que entra por la ventana de la cocina. Así, tomando el desayuno, mirando una película, acompañándola a jugar, de pronto ambos recordamos una promesa que le había hecho desde temprano: comprar chocolates y helados para el resto del fin de semana. Puesto que hay una cadena de supermercados a poco más de una cuadra de nuestra casa, decido que no estaría mal comprar algunas otras cosas para ella. Mi hija tiene 3 años y 3 meses: es veloz, feliz, temeraria. Por precaución, por seguridad, decido llevarla sentada en su coche. En el camino, ella sube y baja el toldito, disfruta del sol, voltea de tanto en tanto y me sonríe. En el supemercado, colabora llevando en sus piernas los objetos que seleccionamos para ella: chocolates de leche, galletas de plantilla, leche deslactosada, jugos de durazno, helado de chocolate. Serena, cívica, me acompaña durante la cola de la caja. Conversa con algunas señoras sobre las cosas que realmente le interesan en la vida: el disfraz de Stephanie, de Lazy Town, que le prometimos para carnavales; un juego de muñecas; una historia de su amiga Isabella; el temor que siente por los fuegos artificiales. Pagamos, coloco las bolsas en las agarraderas a ambos lados del coche y salimos en dirección a la casa. A medio camino, nos encontramos con que una camioneta se ha trepado en la acera, justo junto a un árbol, y no existe ni un pequeño espacio que permita continuar. A un lado, en la calle, pasan carros a una velocidad que no podría considerarse baja, entre un caos de otros carros estacionados en la calle. Es un riesgo, pero aún así no queda alternativa. Me aseguro que no venga ningún carro y bajo a la calle con el coche. Al pasar junto a la camioneta, noto que el conductor, un sujeto vestido con ropa deportiva, lee con actitud bobina la página de deportes de un periódico. Toco el vidrio, el conductor me mira y lo baja: noto que, sentado en el asiento de atrás, está un niño de no más de siete años. Le digo que al estacionarse en toda la acera, le cierra el paso a todos los peatones. Que esa calle está llena de viejitos, que es un peligro que yo deba pasar el coche de mi hija por la calle. El sujeto parece pensar. Lo hace, de hecho, y me responde que el tiene poco tiempo estacionado allí. No comprendo de qué forma el problema temporal resuelve las implicaciones del problema espacial. Pienso, sí, que es la típica respuesta autoreferencial de una ciudad donde la noción de convivencia es sólo un tópico. Se lo digo. El sujeto, sin embargo, parece encontrar en su argumento una legitimidad recóndita, libertaria, quizá flamígera, pues de pronto cambia su actitud perpleja y me dice, furioso: Es más chico, ¿por que tú me tocas el vidrio así? La pregunta, en medio de todo, me da risa. Le respondo: Pana, y ¿cómo quieres que te toque el vidrio? ¿en inglés? El sujeto pierde el control. Grita, se agita, tiembla. Entre escupitajos (indicador de mala dicción) vocifera que él se para donde a él le de la gana, que él hace la mierda que le dé la gana, esencialmente, porque yo me puedo ir al coño de la madre en la medida en que él es él y le importa una mierda cualquier mierda, frase que, se le mire por donde se le mire, está repleta de una cadena significativa de contrasentidos. Pienso en eso. Noto que, sentadito en su asiento, el niño lo mira, con miedo. Abajo, en el coche, mi hija me mira a mí, perpleja. Considero en un instante frío, silencioso, total, el fácil gesto de desplazar mi mano izquierda (soy zurdo) y darle un golpe seco y feroz justo en el centro de la cara. Es un instante, pero sé en ese instante que soy más fuerte que él, que el golpe sería exacto, que le partiría la nariz, que el sujeto no podría reponerse fácilmente, que el placer que sentiría al verle asimilar la violencia de mi golpe sería un pequeño regalo de la fisiología: una galleta rota con placer. Pienso (como en la lámina de un libro) en el hueso nasal, en la fragilidad de la sutura internasal. Casi al mismo tiempo pienso en el terror que sentirá mi hija en el coche, en un niño sentado en el puesto trasero, en la desolada condición de encontrarme junto a un imbécil al volante de algo que sobrepasa los 1500 kg. y una potencia de 6000 rpm con la nariz fracturada, sangrando a borbotones. Pienso, además, en mi fantasiosa suposición de que el término ciudadanía debe tener algún sentido, en mi romántica esperanza de vivir en un país y no en lo que realmente vivo: un territorio repleto de sobrevivientes torpes, egoístas, simples, esencialmente estúpidos y, por todos esos motivos, por todas esas imaginaciones, decido seguir mi camino. Al hacerlo, dos, tres metros más allá, cuando al fin volvemos a la acera, mi hija me pregunta: Papi, qué dijo ese sheñor. Le digo: dijo que es feo y que además es tan estúpido que le gusta ser feo. Mi hija, de 3 años y 3 meses, hace un gesto de pesar con la boca y dice: Aaaah. Siento la nítida punzada de dolor de quien comprende que este no es, ni de lejos, el mundo que quisiera para ella. Que ese episodio frente a un sujeto obsceno, simplón, abusivo, que se orienta en la ciudad según su mediocre espacio privado es sólo una parte del libreto de siempre, de la misma vieja historia de lo que siempre hemos sido, de lo que quizá nunca dejaremos de ser. Caminando el trayecto final a nuestra casa, de pronto siento (como otras veces), que recordar aquél remoto 23 de enero de 1958 es recordar, apenas, una pequeña parte de las luchas libradas y por librar. De hecho, la parte más pequeña.

Presos políticos


Al día siguiente del 11-A el gobierno dejó que los buhoneros montaran sus tenderetes en la Av. Baralt (contaminando el área que debió acordonarse). También se supo que a los apartamentos cercanos a Miraflores, llegaron hombres con órdenes de Miraflores y removieron evidencias y frisaron paredes. Por otra parte, sabotearon la Comisión de la Verdad y obviaron sus informes. No hubo juicio realmente. Todo se basó en supuestos testimonios, sin escuchar las contrapartes. Los comisarios Vivas, Forero y Simonovis, así como los policías metropolitanos “acusados”, recibieron penas hasta de 30 años. Mientras, los pistoleros de Puente Llaguno (por estar defendiendo al emperador), fueron liberados completamente. Estos hombres son presos políticos de Chávez. Así gobierna un cobarde que, al menos, ya se quitó la careta.

Ahora, en Banesco: Depósito a plazo fijo “voluntario”

Una cosa es que en Venezuela la tendencia irreversible sea que el servicio (tanto público como privado), sea cada vez sea más malo, y otra es que los encargados de prestar servicio compitan por la mediocridad en la prestación del servicio y la mala educación y la falta de seriedad y el más absoluto irrespeto al cliente. Pero otra muy distinta es el caso de Banesco, que está pasando de mal servicio a actitud sospechosa.
Hace quince días, alguien intentó sacar su dinero de su cuenta Banesco, en un cajero automático de un banco cualquiera. La operación fue cancelada por el cajero y los 150 bolívares fuertes (que no enriquecen, pero cómo hacen falta cuando es lo último que se tiene para pasar esos días), además de las respectivas comisiones, desaparecieron de su cuenta.
Convencido de que se debía a un pequeño error que se solucionaría apenas se asomara a su banco, se quedó esa noche sin su dinero pero con la esperanza de resolver el asunto en cuanto se dirigiera a la agencia bancaria en la que tiene su cuenta. Al día siguiente, y con la característica displicencia del que no quiere ser molestado por nimiedades, algún funcionarillo menor (en la monstruosa pirámide jerárqueca del banco) le dijo que debía esperar 48 horas para ver si la operación se revertía automáticamente (nunca lo hace, no lo va a hacer y ellos lo saben) y “sólo después de este lapso de tiempo”, es que debía acudir a una agencia a hacer el requerimiento (los mundos militares y banqueros tienen en común el gusto por las jergas pomposas y de ridícula apariencia técnica). Se resigna a esperar ver cumplidas las 48 horas a las que se ve sometido arbitrariamente, pensando que si después de todo ese es su dinero, nadie debería ponerle plazos para devolverle un dinero que le pertenece. Pero, ya sabe cómo funciona el servicio en Venezuela.
Se anota en una lista larga que pone a prueba su paciencia y su civilidad. Es atendido tres o cuatro horas después por una funcionaria que le dice que esas cosas se deben procesar es por este número de teléfono, y le extiende un papelito escrito a mano por ella, y que no podía ayudarlo. Que lo siento. Que (y esto es el colmo del cinismo) si lo puede ayudar en alguna otra cosa… El agraviado se dice que Banesco no va a lograr convertirlo en un energúmeno y trata de mascullar un buenas tardes y se va a su casa a llamar por teléfono (lo que pudo haber hecho cinco horas antes si el funcionarillo se lo hubiese informado cuando le preguntó, dos días antes). Al décimo intento de comunicarse, alguien le ordena anotar un número y le dice que en 20 días hábiles le darán respuesta acerca del destino de sus miserables 150 bolívares ¿fuertes? Es decir: un mes sin derecho a réplica ni explicaciones. Un monto que el banco debería tener como seguro de garantía y devolverlo de inmediato al cliente, porque el mal servicio de las operaciones técnicas es responsabilidad del banco, no de la víctima (perdón, cliente) que tiene su dinero allí, creyendo en la publicidad llena de caras sonrientes que dicen que le van a dar el trato que se merece (¿que se merece? ¿Alguien se merece ese trato?).
La persona espera resignada a que el banco haga uso de su dinero todo ese mes y se lo devuelva (¿se lo devuelva?) cuando le dé la gana, poniendo plazos arbitrarios y sin explicación alguna a la devolución de su dinero. Espera tratando de no impacientarse y, a la semana, recibe una llamada de su esposa desde su celular:
¿Amor? ¿puedes revisar un momentico mi saldo en mi cuenta Banesco?
Sí, el lector es muy astuto. Las novelas policiales ya lo han entrenado a reconocer lo obvio. 200 Bolívares fuertes que desaparecieron de sus cuentas. Otra víctima de Banesco. Otras 48 horas. Otro mes sin por qué. Otra desazón y otra desesperanza y otra percepción de que en Venezuela todo el que puede hace lo que le dá la gana con el tienpo, con el dinero, con la vida de los demás. Que esa potestad no parece ser exclusivamente del gobierno. Que cualqueir que ponga una taguara y se esconda detrás de un empleado anónimo y unas reglas arbitrarias, hcae lo que le da la gana con los demás.
Ahora, sería interesante que Banesco promocionara ese nuevo servicio, para los amantes de las aventuras: la del depósito voluntario. Aleatorio. Un depósito forzado a plazo fijo por 30 días, sin derecho a pataleo, y sin que el cliente y dueño del dinero se gane medio por la operación. Va una propuesta de publicidad:

Si usted es amante de los riesgos y las aventuras, únase ya a Banesco y sude cada vez que va a sacar su dinero de un cajero. Hoy le puede tocar a usted. Banesco, sólo para los que saben que la vida es azarosa.

Qué fácil es ser banquero en la Venezuela del Socialismo del siglo XXI. Por esa falta de controles sobre el dinero de los ahorristas y sobre las normas de operación (siempre favorables para ellos) es que los banqueros son el gremio más silencioso y cauto a la hora de fijar posiciones políticas.

Un breve espacio para la palabra

Yo no sé si la CIA penetra sigilosamente nuestros sueños y nos reprograma. Algo similar habrán inventado los genios del “gobierno”. Pero la certeza de que vivimos en un país insólito (donde rubros básicos como la harina de maíz, el arroz, el azúcar y la leche son tesoros de venta restringida las pocas veces que se dejan ver en los anaqueles), nadie la puede mitigar. Mientras, el malherido ego del jefe de la revolución mundial sigue sangrando por la herida, insultando en público a la canciller alemana y recordando la pesadilla más atroz que ha sufrido, al decirle en cámara: “¿Por qué no te callas?”. Conjuntamente, en una inexplicable y novedosa estrategia electoral, el alcalde metropolitano y el de Libertador simplemente dejan la ciudad a la deriva (deben estar haciendo un demorado lobby con el caudillo, para ver si no quedará vacante al menos la embajada de Belarús). Todo eso, en momentos en que de Nicaragua y Cuba “nos visitan los asesores” (así dicen los gringos cuando se pasean como pedro por su casa en las instituciones militares de continente) para formar la nueva policía subversiva y revolucionaria.
Pero, en medio de todo esto desolador panorama, hay que resistir. Resistir hablando y escribiendo mientras haya un lector al que se le pueda mover una fibra. Resistir creyendo en la belleza y en el país posible. Resistir a la vulgaridad de caudillotes bocones que insultan al mundo entero y a las focas altaneras que se arrastran en público y que luego se masajean la vanidad gastando el dinero malhabido en tiendas de Nueva York. Esos, que ayer eran notablemente pobres y hoy básicamente siguen siéndolo, pero cubiertos de lujos que pretenden espantar el fantasma de su propia miseria espiritual.
Por eso, la manera de hacerle frente a la barbarie con plata, es seguir construyendo el país que se anhela. Y ese país que se anhela lo están haciendo en silencio miles de venezolanos, con la absoluta convicción de que Venezuela puede esperar otra cosa de sí misma. En esa corriente, hacemos un descanso en la crónica de este deteriorado país, para invitarlos a reunirse con nosotros este jueves 15 de mayo, para presentar La huella del bisonte, novela que publica el grupo Norma en su colección La otra orilla, y que fue finalista del Premio de novela Adriano González León en su edición de 2006. Un momentáneo lapso de descanso para abrir un pequeño refugio a la palabra y a poder dedicarle un par de horas a otros temas que están allí, esperando que la tediosa realidad nos devuelva nuestro tiempo y nuestras energías para cosas más amables y constructivas que observar la decadencia de una élite que no estaba preparada para esa oportunidad de oro que les regaló la historia.

Presentación de la novela La huella del bisonte, de Héctor Torres
Grupo Editorial Norma, colección La otra orilla
Jueves, 15 de mayo de 2008 / 7:00 pm
Lugar: Espacios Abiertos Econoinvest, Torre Mene Grande, PB, Los Palos Grandes, Caracas

Están todos cordiamente invitados.

Una caricatura de sí mismo

Durante la semana posterior a la derrota del 2 de diciembre, un grupo pequeño pero significativo de partidarios del chavismo se estuvo reuniendo en las afueras de la vicepresidencia para exigirle a su líder que hiciese “limpieza” en su entorno. Es decir, que les demostrara que él estaba haciendo una revolución para los más pobres, y que, para demostrarlo, saliera de esas caras que durante casi diez años lo que han hecho es hacerse millonarios y adquirir extravagantes gustos de nuevos ricos. Pero “el líder” está muy desgastado. Ya no es capaz de reinventarse, de producir ideas originales. Ya no es capaz de sorprender. Quedó atrapado en el discurso de la confrontación que le sirvió un buen tiempo. pero el que se convirtió en una prisión para sí mismo. Chávez no puede ofrecer caras nuevas ni nuevas estrategias. Sólo le queda intentar golpes mediáticos faraónicos (como que Oliver Stones lo fime rescatando niños de la selva colombiana, que siempre será más exótico que rescatar niños de las calles de Caracas). De allí que el “sacudón” ministerial que ofreció a principios de año se limitó a otro de los lamentables enroques de siempre. Sólo este gabinete de “superhombres” hace posible que el que está al frente de la economía hoy, mañana pueda estar al frente de la distribución de alimentos, y pasado mañana a cargo de la infraestructura vial. De esos enroques vale destacar tres en particular: en la vicepresidencia pone al tipo que ha dirigido el más nefasto e incapaz de los programas de gobierno (el que es responsable del menor número de viviendas construidas por período alguno): Ramón Carrizales; en el Ministerio del Interior pone al “Rambo” Rodríguez Chacín, quien ya estuvo en ese cargo durante el oscuro episodio del 11 de abril; y en el Minci pone a Andrés Izarra, el responsable de traerle estrellas de Hollywood con desvencijadas fascinaciones izquierdosas, y el mismo de la teoría de la hegemonía mediática. Ah, y la “Asamblea” ratifica a Cilia Flores en la presidencia de la misma.
Y para que no queden dudas de que no hay novedad posible, en el relanzamiento del “Aló, presidente”, volvió con el cansón discursito de que “Quiero poner a todos en situación para que no perdamos ni un día ni un minuto en el trabajo de conciencia y organización. Es un año de ofensiva. Por eso pedí instalar lo más pronto el Congreso Fundacional del Partido Socialista”.
Es decir, como buen reincidente crónico, Chávez no sabe rectificar (él siempre ha dicho que frenar es una jugada táctica). Chávez siempre dirá lo que considere necesario a la espera de mejores momentos. Chávez no tiene otra ideología o proyecto que permanecer en el poder. Chávez se atrinchera. Viene un año de protestas sociales (del seno del chavismo descontento) y pone a un “duro” frente al ministerio del Interior, y a otro “duro” (pero de la propaganda) frente al MINCI. La verdad será la que nosotros proclamemos.
Chávez no entiende, no puede entender, que la gente no quiere pretenciosas revoluciones, ni luchas contra el imperio, ni batallas imposibles, ni escenificar canciones épicas de revoluciones trasnochadas. Que la gente está cansada de las machaconas y llorosas cancioncitas del altiplano con las cuales Alí Primera vivía lamentándose del mundo. La gente quiere seguridad, un poquito de orden, que los motorizados respeten las señales de tránsito, que los policías vigilen el cumplimiento de la ley y no se dediquen a matraquear; que haya víveres en los anaqueles. Y un poco de estabilidad económica. Sólo eso. La gente quiere cosas tan sencillas y trascendentes como salir de su casa con un mínimo de certeza de llegar a ella sano y salvo esa noche, luego de una dura jornada en la que se ganó el pan. Llegar a sus casas a revisar tareas y a preparar comida para el día siguiente y luego ver la telenovela es la única guerra diaria que la gente tolera.

A primera vista no parece notarse, pero el mundo se ha venido hartando de un sistema que ha imperado en los últimos cincuenta años: los rezagos insepultos de la Guerra Fría. Esos a los que Chávez, tristemente para él, llegó tarde. Ya los Bush, los Castro, los Marulanda, las Tatcher, los Pinochet, los Chávez no caben en el mundo de hoy. La bota sirve acaso como un acccesorio de moda, y la guerra más encarnizada se libra en el mundo tecnológico. Los países que quieren entrar en este siglo no retratan a sus indiecitos en guayuco para publicitar un indigenismo retrógrado y demagogo, les ponen internet a sus comunidades.
Durante nueve años, Chávez fue una caricatura de un mundo que se desmoronaba. Llegó tarde al papel del militarote nacionalista que enfrentaba imperios. Tanto se ha desgastado que, peor que aquello, ahora es sólo una caricatura de sí mismo.

Calle luna, calle sol

El Emperador insiste (e insistirá) en lograr su cometido de implantar la reelección eterna. Es lo único que le interesa. No puede creer que sólo le queden cinco años de gobierno. Él, que tenía toda una vida (y una gorda chequera) para decidir a qué país le financiaba un sistema de transporte, dónde (en qué país, claro) construir un hospital, o hacer una carretera. ÉL, el único que puede pintar el cuadro del futuro latinoamericano. Es un hombre hecho para cosas portentosas, para proyectos utópicos y titánicos, para ser el protagonista de alguna de esas cursis cancioncitas de Trova cubana. Para ser el Elegido, o algo así.
No concibe al mundo sin Chávez.
Sin haber aprendido nada de la derrota sufrida, ya él y sus aduladores están hablando de recoger firmas, de que ha recibido cartas, de que el pueblo lo aclama. Que ya él no puede presentarla, pero que si el pueblo la presenta otro gallo canta. Que hay que escuchar la voz del soberano (no esos 4.522.000 pendejos que tuvieron una victoria de mierda). Que el pueblo es el soberano y a él se deben los buenos emperadores.
Poco le importa que el artículo 345 de “la bicha” que tanto blandía hasta hace unos meses, es claro al señalar que:

Se declarará aprobada la Reforma Constitucional si el número de votos afirmativos es superior al número de votos negativos. La iniciativa de Reforma Constitucional revisada no podrá presentarse de nuevo en un mismo período constitucional a la Asamblea Nacional.

En ese claro artículo no se hace alusión al presentante. No podrán volvernos a preguntar si queremos que Chávez sea el emperador eterno de nuestros destinos. Nunca más. Ya, con respecto a ese tema, los venezolanos dijimos que no. Que no. Pero, además de que no hace alusión al presentante, ellos en su afán de darle un barniz de decisión colectiva al personalísimo proyecto (recueden el cursi asunto del pincel y el cuadrito), se mandaron a matar al redactar la pregunta a la que los venezolanos respondimos claramente que NO:

“¿Aprueba usted el proyecto de Reforma Constitucional con sus Títulos, Capítulos, Disposiciones Transitorias, Derogatoria y Final, presentado en dos bloques y sancionado por la Asamblea Nacional, con la participación del pueblo y con base en la iniciativa del Presidente Hugo Chávez?”

Es decir, que los co-presentantes de la reforma fueron Chávez, el pueblo y la asamblea. Es decir: No es no. Que no.

Pero él va a insistir. Eso de gobernar (trabajar) no es para él. NO, al menos, en eso de cosas minúsculas, cotidianas. Surtir lso hospitales, dotar las escuelas, asegurar el funcionamiento de las policías, garantizar un buen clima para la iniciativa privada. Es decir, ofrecer a sus gobernados la mayor suma de felicidad posible, con espíritu de inclusión. Leyes para que todos se beneficien. Él se muere de aburrimiento si tiene que hacer eso que todos lso venezolanos hacemos todos los días: hacer nuestro trabajo lo mejor que podemos, sin pretender cambiar el mundo con ello. Él necesita de emociones fuertes. De laser que lo persigan mientras él hábilment se escabulle. De batallas tremendas contra poderosos imperios. De fustigar al enemigo con su verbo implacable. De ordenar al mundo y deshcaer entuertos dejados en el camino por su predecesor (Dios, por supuesto)l.

Y mientras logra su cometido de ofrecernos la gracia de su omnipotencia eterna de manera constitucional,, se dedica a cosas realmente trascendentes, cosas de verdadera importancia, dignas de un Emperador, como cambiar la hora de todos los venezolanos. Como titulara, con adulante solidaridad, el diario prooficialista Últimas Noticias, en su edición de ayer: “Hoy la hora se ajusta al sol”. Insisto, más mata el hampa que la falta de sol. Los malandros no madrugan. En los barrios, en los oscuros callejones, veredas e infinitas escaleras de los barrios de Caracas, la gran aliada de los malandros es la oscuridad, la penumbra nocturna. En lo oscuro no se ve la cara. En lo oscuro no se ve la sigilosa pistola. En lo oscuro se quitan unos zapatos y un celluar más rápido. Si esto fuera una ciudad, la hora en la que el sol decide irse a dormir no causara la más mínima incomodidad, porque el alumbrado público paliara la ausencia de luz natural. Pero en nuestra calamidad llamada Caracas, todavía el sol es necesario para llevar la luz a muchas calles en las que los postes hace años dejaron de funcionar y sólo sirven para que los perros orinen. El hampa, ministro, es el hampa la que todavía mata niños con sus balas perdidas. Es el hampa la que hará su agosto cuando la gente regrese del trabajo, a las seis de la tarde, y ya todo esté oscuro. Es el hampa la que se mueve con soltura en ese rincón del rústico que se quedó solo y oscuro. En esa esquina sombría por donde pasa todo el que venga del trabajo. Debajo de ese puente por donde nadie se va a salvar. Es el hampa la que ganó media hora de complicidad en la oscuridad producto de un fracaso brutal y vergonzoso en la gerencia municipal.
Mientras, nuestro emperador, dice a la prensa argentina, que con su sabia decisión los niños van a dormir más.
No, presidente, temo decirle que sus inmensos poderes aun no trastocan el tiempo. Su decisión no agregó media hora más al día, sólo la atrasó en media hora.
Calle luna, calle sol.