Nos merecemos tener un país o tenemos el país que nos merecemos?

Está bien, eso es irrefutable: el ilustre bocón-megalómano-ignorante que se hizo del coroto realmente ha destrozado las instituciones, una inmensa parte de la actividad productiva nacional y ha incurrido en desmanes tan impedonables como acentuar el resentimiento, barrer con la autonomía de los poderes, usar los recursos del Estado en un permanente proselitismo, ahogar cualquier forma de disidencia, financiar bandas paramilitares armadas, y una cantidad innumerable de abusos, con el fin de ir instaurando, paso a paso, una dictadura fascista de derecha. Eso nadie lo niega. Pero me pregunto yo ¿Es nuestra mala calidad de vida su única y absoluta responsabilidad? Es decir, ¿no contribuimos nosotros con que nuestra calidad de vida y nuestra percepción de ciudadanía sea cada vez más pobre?
Ese gordo que toca corneta como un poseso apenas el tránsito reduce ligeramente la veolcidad, sin importarle las molestias que causa a los que le rodean; el motorizado que se sube impunemente a la acera para evadir las colas, el autobusero que se para donde le dá la gana y el taxista que se atraviesa en el rayado; el animal que monta su carro en la acera, a veces hasta perpendicular a la calle, obligando a los peatones a caminar por la avenida; el otro idiota que monta media camionetota en la acera, frente al restaurant donde va a comer, porque tiene hambre y él no va a parar más lejos porque le pueden robar el carro; el vivo que no deja terminar de salir y ya se está metiendo en el vagón del metro; el que usa el carro para rodar tres cuadras (porque él paga su gasolina); el que es incapaz de ceder el puesto en los autobuses a las señoras que cargan niños; todos esos incivilizados que no se quitan el morral al subirse al vagón, los que fuman delante encima de los demás, los que son incapaces de hacer la torsión mínima necesaria para evadir chocar contra los demás viandantes, y una vez que chocan son incapaces de disculparse; los que esperan a los chamos en el carro frente al portón del colegio, generando una cola monstruosa; lso que escuchan música con los celulares en el metro, los que ponen música a todo volumen en el carro; los que se colean en todos lados, porque son vivísimos; los que tiene malos hábitos de aseo y se montan en vagones atestados de gente, normalmente sin aire acondicionado; los que no se bajan del carro para comprar el peródico y gneran más congestionamiento; los que beben cerveza en la calle, ofreciendo un balurdo espectáculo de chabacanería (los estudiantes del Nuevas Vacaciones, en Los Dos Caminos, beben a diario y bailan regueton en la acera con las puertas de los carros abiertas); los que hablan por el celular gritando; los que explotan sin asco a sus empleados; los que le compran a los buhoneros… Seamos honestos: ¿Esa gente qué tiene que ver con el emperadorcito?
Mientras aquel cae, lo caen, le estalla una verdadera revolución o se muere, hay un trabajo duro que hacer para recuperar la ciudadanía. Y es urgente. Y es grave. “Esa gente” me hace la vida mucho más dura en mi ciudad. “Esa gente” me jode tanto o más que el desquiciado emperadorcito en mi tránsito cotidiano por mis calles. Esa gente jamás, lease bien, jamás estará en mi mismo bando. Esa gente que no se adapta a vivir en ciudad, que fue derrotada por la dureza de la urbe y vive malhomorada contaminando con su agresividad y sus chapucerías y problemas de educación y de trato social y su incapacidad de sonreir y de hacer uso de la cortesía, son la otra mitad del problema.
Reitero, esa gente no juega para mi equipo, y están en la misma lista de gente que desprecio (como las foquitas rojitas y los recién vestidos rojitos y los estómagos agradecidos rojitos y los malandros rojitos). Esa gente tiene el país que se merece.
Mientras ellos existan, mientras esa gente no se eduque para vivir en ciudad, al ciudadano de verdad, herido en su sensibilidad, le tocará vivir en el exilio interior.
Sigamos hablando de macropolítica, que si mañana cae el emperadorcito, gracias a “esa gente” mi calidad de vida, ni a de ninguno, mejorará ni un ápice al día siguiente.

Si no es ingenuidad es sadismo



¿Qué hace pensar a las autoridades muncipales que un una ciudad como Caracas, con índices de violencia sólo comparables con las películas de Tarantino, con ciudadanos que no confían en la eficacia de las autoridades policiales, con una población sumida en la más paralizante de las paranoias, que es buena idea colocar quioscos en avenidas mal iluminadas, en sitios donde, apenas cae la noche, comienzan a escasear los transeúntes? ¿Será negación de la realidad? ¿Ingenuidad? ¿E más puro sadismo? ¿Que la gente viva sumida en cada vez una mayor angustia?
¿De verdad no se les ha ocurrido que esa ubicación no es la adecuada para los quioscos en cuestión? De hecho, al remover los quioscos de la zona, los duplicaron bajo el nuevo formato. ¿Se trata sólo de pensar en el negocio de venderlos (porque no son gratuitos), antes que en la planificación adecuada de los espacios públicos? De verdad que si no es ingenuidad es sadismo.

Toque de queda y estado de excepción

Los buhoneros de cada callejón, de cada vereda, ya están identificados por los maleantes. El dilema, el verdadero trabajo, de cada día, no es armar y desarmar un tarantín hecho de tubos y cinta de embalaje, ni pasar el día repitiendo su eventual “alaolden”. El trabajo real es planificar minuciosamente cómo llegar a la casa con los reales de la venta del día. Todas las tardes deben cambiar la ruta de acceso, la forma de llegada y hasta el sitio dónde guardar el dinero, para llegar a salvo a su casa. Todo el que vive en un barrio duro lo sabe. El toque de queda comienza a las seis de la tarde. A esa hora, el que va llegando a su casa, se encierra a ver televisión (por eso fue un duro golpe el cierre de RCTV), hasta el día siguiente. Ya a las ocho comienzan a oír las balaceras. De cuando en cuando, despiadados dioses señalan a un tranquilo morador, sin importar la edad, y con su mano poderosa dirige una de esas tantas balas hasta la cabeza del elegido, atravesando paredes de lata o ventanas con sucias cortinas de tela. Hay barrios tan, pero tan duros, que ya después de las dos de la tarde sólo se sale para emergencias. Los prudentes ya a esa hora compraron en las bodegas cercanas todo lo necesario para el resto del día. No es una exageración. Como tampoco lo es que, a la mañana siguiente, cuando alguien salga a su trabajo, se encuentro con un tiroteado muerto en la puerta de su casa. La fuerza de la costumbre puede demoler hasta el asombro y la compasión. En esos casos se da un saltito y se sigue su rumbo. Y ojalá que a la tarde ya lo hayan recogido. En Pinto Salinas mataron a un tipo que se atrevió a salir de noche. A las diez lo alcanzó la bala. Murió cerca de las once, y la policía lo recogió a las diez de la mañana siguiente. ¿Qué ley protege a esos niños de ver tanta violencia? ¿Por qué esos mismos que bramaban contra la violencia que transmitía RCTV, no exigen más respeto por la inocencia de esos niños? En otro barrio, el cadáver de un atracado se lo llevó la corriente de la lluvia, porque la PTJ no llegó nunca. En los barrios de Caracas hay toque de queda e infringirlo, con toda seguridad, cuesta la vida. ¿Qué más estado de excepción que esto? ¿No es la violencia de Caracas algo excepcional? ¿O es que estados de conmoción sólo se refieren a que el gobierno vea en peligro su permanencia en el coroto? ¿Con qué moral nuestro emperador le dice a MR. Donkey (perdón, al presidente norteamericano) que cese el genocidio del pueblo iraquí? ¿No es un genocidio a manos del hampa, con la que el gobierno venezolano es sumamente complaciente, la que se lleva a cabo contra el pueblo de Venezuela?
El colmo de la vanidad de nuestro máximo líder, se expresa en su permanente deseo (aprendido de su mentor) de escuchar su propia y detallada opinión sobre los “grandes problemas del mundo”, todos aquellos que le permitan hablar como un estadista, pero ninguno de aquellos que deba resolver él. ¿Sabrá un fan español (o argentino o francés) del nuevo líder de los desposeídos del mundo, la terrible experiencia de morir en un hospital venezolano? ¿Conocerá todo el esplendor de la palabra desidia? ¿Conocerá cómo se vive en un barrio de Caracas? ¿Tendrá idea de lo brutal que es vivir rezando todas las noches para que no los atraquen camino a su casa, y si los atracan, que no les disparen, y si les disparan que los maten, porque la experiencia del ruleteo hospitalario significa una muerte lenta e indigna? ¿Sabrá que arriba, donde se ven las luces que parece un pesebre, mandan los malandros, distribuidores de drogas y todo aquel que tenga una pistola, y que abajo, en las demenciales calles y avenidas, manda el que tenga una chapa, por lo que puede montarse en la acera en moto, chocar a los demás vehículos impunemente y cometer cualquier atropello contra sus semejantes? ¿Tendrán la más peregrina idea de lo que es vivir en un permanente toque de queda, en un infinito estado de excepción? No, él sólo está tratando de explicarse cómo justifica la reelección infinita en Venezuela, pero en su país no.

Post-post: Los malandros están muy molestos por las promesas incumplidas con respecto a mover el reloj media hora. Estaban muy contentos con la medida porque supondría que, al oscurecer a eso de las cinco y media, hora en que la gente apenas estaría llegando del trabajo, la oscuridad sería una aliada muy rentable para darle la bienvenida a los vecinos. Sin embargo, no pierden las esperanzas de que la medida se concrete en cualquier momento.

Sólo un detallito (a propósito de la Semana Santa)

Cero alcohol. Militares en las calles, armados de fusiles, vigilando el cumplimiento de la medida. Amenazas extravagantes a los negocitos que se atrevieran a violar la ley. Una norma impuesta dos días antes, sin dar tiempo a nada. Un enérgico grito de guerra. ¡Preparaaaaaar maletas! ¡A discreeeeeción! ¡Vista al freeeent! ¡Marchen! A disfrutar la semana santa al son de los redoblantes. ¡Rompaaaaan filas! (luego de cinco días de sano ejercicio matinal y formación ideológica) ¡Ateeeeeeención! ¡Formen filas! A regresar a casa. Y uno. Y dos. Y uno. Y dos. Y uno… Soldados, ¿nos divertimos, verdad? Permiso para responder, señor. Puede responder, tropa. ¡Si, señooor, nos divertimos!


¿Contra quién iba lo de la Ley Seca? Vamos, porque lo normal en cualquier ciudadano es desconfiar de las razones del Poder. Es decir, el poder y los ciudadanos siempre van a tener una relación de razonable desconfianza. Una relación marcada por intereses encontrados. Y si, en un rápido repaso mental, vemos las caritas del actual gabinete, no vemos precisamente el anuario de un colegio salesiano de los años cuarenta. Entonces, volvamos al punto. ¿Contra quién iba lo de la Ley Seca? ¿Cuál era el trasfondo? La cruzada moralista pica y se extiende, como diría el rozagante lugar común. Allá van contra los juegos de loterías. Ya hicieron lo propio con el hipismo. El gurú teológico del gobierno (un militar sin cargo público) dio en una entrevista unas declaraciones en contra del beisbol profesional. Desde el centro del gobierno se habla con desprecio del dinero y del deseo de ascender socialmente… ¿Contra quién va, entonces, el asunto de la Ley Seca? ¿Contra los irresponsables que toman mientras conducen? No parece. O, al menos, si es el caso, es una muestra absurda de desmedido ejercicio del poder. ¿No era más fácil controlar las carreteras y detener cuanto vehículo fuese sospechoso de tener una fiesta a 140 kph? ¿Eso que uno ve en las películas, de un pitico que le dan a soplar al sospechoso para retenerle la licencia y detener al rufián si se le encuentra alcohol en el aliento, eso es ciencia ficción, no existe, es una tecnología muy complicada? Ese espectáculo de Guardias Nacionales en motos, armados con sus fusiles de reglamento, paseando por las calles de Caracas, verificando el estricto cumplimiento de la Ley Seca, impuesta dos días antes de la Semana Santa por decreto del Ejecutivo, es lo menos civilizado que se puede presenciar en este aún nuevo siglo veintiuno. ¿No está, prohibido, acaso, tomar licor en público? ¿Qué necesidad había, entonces, de obligar a las licorerías a cerrar sus puertas, si no se puede beber en la vía pública, de cualquier manera? ¿Qué necesidad había de poner a hombres armados para la guerra, a supervisar el cumplimiento de un decreto, emanado dos días antes? ¿Será que había que asegurarse que, ni siquera en la tranquilidad de su casa, la gente consumiera cerveza? ¿Tantas restricciones tan absurdas pueden catalogarse como torpeza, o exceso de celo en el cuido a la ciudadanía? ¿O un dardo envenenado contra un negocio legal como es la cerveza? ¿Algo personal entre la corporación Gobierno y la corporación Mendoza, dueña de la Polar? En ese caso de nada valió nuestro sacrificio, porque la Polar (principal productora de cerveza del país) ya había vendido la mercancía a los camiones distribuidores, que son propiedad de sus conductores, y de ellos fue la pérdida por todo lo que no vendieron en los días de asueto.
En fin, indistintamente de las razones para una medida tan arbitraria, y de difícil explicación, vale acotar dos consideraciones: 1) El ciudadano es adulto y está en capacidad de decidir qué hacer con su vida. Si bota su dinero en loterías y la mujer deja que los chicos pasen hambre o si ahorra inteligenetemente para que sus hijos estudien; si decide tomarse unas refrescantes cervezas en su casa o prefiere dedicar los días de Semana Santa para visitar templos; si decide hacerse adicto a la heroína y botar su vida por el albañal o si trata de vivir la vida encontrando razones para ser feliz… la gente debería decidir lo que hace con su vida y su tiempo libre (sin dañar a terceros, que para eso hay un mínimo de leyes que cumplir). 2) Un gobierno que, bajo el pretexto de disminuir los accidentes en la vía, imponga leyes tan arbitrarias, demuestra su incapacidad de tomar medidas de protección a la ciudadanía, generando el menor daño posible a la libertad de los individuos.
Pero, ya se sabe, es la estructura mental del cuartel. Y la consecuencia de que nuestros ministros, diputados y concejales sean militares echados a la arena política sin siquiera un cursillo de desintoxicación cuartelaria. Si los niños ven pornografía en internet, vamos a prohibir los cybercafés. Si lo hacen en los celulares, prohibamos los celulares en el liceo. Si hay conductores irresponsables que toman mientras conducen, prohibamos el alcohol. En su contexto se entiende: el soldado Ramírez, el soldado Pérez, el soldado Moya, no pueden poner en peligro la integridad de la tropa toda. Alegría y belleza, conceptos tan caros a la vida civil, son prescindibles (e incluso inútiles) en la vida militar.
Sólo un detallito: no somos soldados, somos ciudadanos.

Mequetrefes

Es una de esas avenidas difíciles de la Capital. Populosa, le llaman hipócritamente políticos y medios de comunicación. Densamente pobladas, señalan los planificadores y urbanistas. Avenida dura en su mejor momento. Viernes, día de cobro, ocho de la noche, previo al Carnaval. La ciudadanía es un arte complicado, que requiere tanta formación, tanta preparación, tanto esfuerzo, que no es muy viable en este país con chequera de Japón y maneras de Haití. En Caracas, hay que decirlo, los motorizados son la plaga . Una de las más peligrosas y más difíciles de controlar. Una virosis dañina. Une epidemia. Imagínese el ambiente: buhoneros, gente que camina, que corre, se aglomera a comprar, ríe, toma cerveza y se cuida de los carteristas. Gente que sale del metro y va a las paradas, a seguir la ruta. Gente que se detiene a comprar la cena (viven del día a día). Gente que pelea y resuelve sus asuntos maritales con los demás como espectadores, pero no como potenciales testigos de bofetón o empujón. Y los motorizados. Se suben a las aceras, se comen las flechas (ruedan a contracorriente), atraviesan por sobre las islas, hacen ruido y piruetas si les dan cinco metros de pista.
Una comisión policial detiene una unidad en la avenida. Se bajan los cuatro funcionarios. Sacan los conos naranja. Cae el primer incauto: una moto que venía por la acera y, al ver a la policía, se bajó de inmediato a la calle. Son los primeros en conocer la medida. Strong arm of the law. Los detienen. Papeles, quédate por aquí. Pero, ¿estoy preso? No, no, no, quédate por aquí. Cae la segunda moto. El mismo procedimiento. La tercera. Los transeúntes reparan en el asunto y, por supuesto, apoyan la medida. Aunque los uniformados siempre despiertan recelo, se comienza a escuchar la voz del pueblo: así es, carajo. Que los metan presos. Abusadores. Los policías pasan de indeseables a héroes. Falta poco para que una señora cruce la calle y les de palmaditas en los chalecos. O les traigan café. Y hasta una cervecita, si se quedan media hora más. Viene una cuarta moto, también a toda velocidad por la acera. Misma reacción. Mismo procedimiento. Los policías, que escuchan, que sienten el murmullo, que perciben la sensación de placer que produce ser los héroes de la jornada, se lucen ante su público. Más diligentes que las veces anteriores (o más teatrales) no se conforman con tirarles el cuerpo encima, sino que, como ven en las películas del Imperio, llevan sus manos, prestas, alertas, sobre los mangos de sus armas de reglamento. El cuarto motorizado, pasa de sopetón de ser el motivo de regocijo del público, a ser el tipo con carnet. Y punto. Sin molestarse en bajarse de la moto, ni quitar la cara de patán fastidiado, apenas espera que los policías se aglomeren en torno a él, para sacar un carnet. Chapa, le dicen por acá. Nadie pudo leer de qué: ¿del extinto MVR? ¿De algún ministerio de Poder Popular de algo? ¿De Vive TV? ¿De los Tupamaros? ¿De las milicias que protegerán nuestra soberanía ante la invasión de los halcones del Imperio? nadie leyó, pero los cuatro mequetrefes se quitaron de inmediato en lo que asomaron las narices en el carnet. El tipo puso cara de quítense, que estoy apurado. Quedaron chapiaos, dijo un transeunte, no sin desencanto. El patán, que nunca apagó su moto, aceleró; los otros motorizados, con gestos de nooo, vale, ¿y al hijo de María sí lo van a dejar pagando plantón? comenzaron a montarse en sus motos, el público volvió a su rabia y a su tedio y a su cerveza y a la carne que aunque la bajaron está más cara, y los héroes devenidos en mequetrefes, recogieron sus conos y, discretamente, se fueron en su unidad. La masa no está pa bollo, se les oyó decir, cuando volvieron a ser unos indeseables forasteros en una de esas avenidas duras, populosas, densamente pobladas de la ciudad.
Los motorizados que pasaron cinco minutos después sobre la acera, ni se enteraron de que hubo un operativo. Ni de que cuatro mequetrefes se salvaron de pagar la rabia colectiva por lso abusos de los motorizados.

Después de mí el diluvio

El asunto ya tomó el camino de la rutina. Ya no causa asombro, ya no causa indignación. Ya no amerita comentario alguno. El vecino, el buhonero, el transeunte ocasional, contemplan la situación como el que mira caer la lluvia. O el que sigue con la vista la mosca hasta ver dónde aterriza. Sucede en esa esquina dura, difícil, esa esquina donde atropellan a un peatón una vez por semana, sin que nadie (entiéndase autoridad alguna) haga uso de sus atribuciones legales y bla, bla, bla… En fin, en esa esquina dura y peligrosa, donde los escolares sortean carros al mediodía, se detienen tres relucientes motos. De ellas bajan igual número de hombres uniformados, hombres de relucientes cascos, de relucientes botas, de relucientes guantes y, claro, de relucientes lentes de sol. ¿Dije bajan? No, saltan. Saltan como si hubiesen estado practicando duramente para esa ocasión. Atraviesan las motos en la intersección para evitar el paso de los carros, y comienzan a dirigir el tránsito. Es decir, comienzan a ordenar a los vehículos, enérgicamente, que apuren el paso. Es decir, trancan la calle en el cruce. Es decir, retienen vehículos sin explicaciones ni disculpas. Pasa la luz verde y la luz roja; y la luz verde y la roja; y la verde y la roja y la amarilla y la morada y la azul y ellos insisten, diez, quince largos minutos, en darle paso a los vehículos en la avenida, sólo a los que van por la avenida. Los que han visto pasar varias veces su derecho a paso aguardan resignados. Otra vez. Ya me pasó ayer. Ayer fue lo mismo. ¿Cuánto tiempo será esta vez? ¿Qué hora es? ¿Eso que tienes en la cara es una arrechera o una hoja caida del cielo? Luego de quince, veinte minutos, se aparece en el horizonte el motivo de la espera. La hermosa, la triunfante, la ostentosa caravana revolucionaria. Que es como decir la caravana imperial. Por tedio, los conductores retenidos cuentan con la cabeza y los labios, como el que reza en silencio: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once carros brillantes y nuevecitos. Los motorizados, como autómatas, corren a sus motos a repetir la operación dos o tres semáforos más allá. Sin explicaciones ni disculpas. El poder si no se hace sentir, no es poder. Luego, la avenida vuelve a ser el mismo infierno que cobra un peatón por semana. El mismo infierno donde los escolares sortean motos y carros venidos de todas direcciones.
Después de mí, el diluvio, dijeran si hablaran los hermosos vehículos de la comitiva.
Después de mí, el diluvio.

Y con las armas del pueblo soberano


El asunto es fácil. Tenemos un uniforme. Verde oliva, por cierto (que es como decir, de Grandes Ligas). Tenemos un vehículo oficial. Tenemos armas (las armas del pueblo soberano) y tenemos chapas (carnet). Y hambre. Tenemos hambre que jode. Entonces, en esa esquina venden empanadas. Allá, en el quiosquito aquel. Dale que ahí yo no pago.
Rebobinando: tenemos hambre y tenemos autoridad. Y las armas del pueblo soberano. Estaciónate ahí, donde está la rampa para minusválidos. ¿Y si la gente estrila? El que se ponga bruto va a conocer el peso de la autoridad, ¿entendido? Sí, mi sargento. A la orden, mi sargento.

Se bajan, el piloto sube el rústico a la acera, atravesado en el único espacio donde se puede caminar y, porque sí, se deleitan con minuciosa calma paladeando las grasientas empanadas del quiosquito. Para eso se tiene autoridad. Para eso se tiene poder. O sea, nadie desaprovecha los pequeños privilegios. O sea, las normas son para los pendejos. O sea, en Venezuela las reglas se observan si no se pueden no observarlas. ¿Suena a trabalenguas? Aquí se entiende claramente el asunto, que se razona de la siguiente manera:
Si tengo hambre, diviso un lugar para comer y no tengo dónde estacionar, puedo: a) respetar las reglas y buscar otro sitio; b) intentar abusar y arriesgarme a tener que pagar vacuna, matraca, martillo, o como quiera llamársele al pago de impuesto personalizado; o c) estar uniformado, tener carnet y/o vehículo oficial, y hacer lo que venga en gana. ¿Suena aberrante, incivilizado, abusivo? Para ellos no. Para los resignados ciudadanos venezolanos no.
Después de todo, alcanzar un mejor nivel de vida no está en esas pendejadas como cumplir y hacer cumplir las normas. Está en hacer una revolución mundial para alcanzar algún día (de alguna manera impensada e inexplicable) un mejor nivel de vida. Y con las armas del pueblo soberano, claro.

Mientras tanto, ¡dame otra de mechá! Está bueno el juguito, ah, mi sargento.

El estruendoso ¡buuuummmm!

Es noche de domingo. Las voces llaman la atención sobre un altercado que parece común. Los tripulantes de un carro pequeño discuten con el chofer de un microbús. Decir microbús puede parecer equívoco a efectos de la crónica. Son curiosidades del habla del venezolano. Mastodontes de cuatro ruedas, sería una aproximación. Varias toneladas ambulantes, sería otra. Decir discuten sería un acto de pudor. El lenguaje empleado se acerca peligrosamente al de una alocución oficial, de las de ahora. Todo comenzó con una protesta airada del chofer del microbús. Criterios a la hora de conducir, al parecer. Un tono que se incrementa en su exasperación. Gritos. Amenazas. A la espera de que las aguas se aquieten, los pasajeros del bus comienzan a bajarse, discretamente primero, y luego con más diligencia. Cuando el energúmeno del carrito se trepa a la ventana del bus y entra en él, ya el asunto tiene visos de estampida. El conductor del bus pone en marcha el vehículo. Son dos contra uno y están fuera de sí. Su desquiciada estrategia es hacerlo caer del bus con el movimiento. Acaso llega a la palanca de cambios cuando ya tiene encima al monstruo que le está dando palos sin contemplación ni geografía. La palanca queda en retroceso cuando aprieta la chola. Acelera a fondo. Los pasajeros, en un sálvese quién pueda, siguen evacuando el transporte, sin atender a aquello de mujeres y niños… El bus se monta en la acera, por donde viene caminando un grupo familiar grande, plácidamente, a paso de domingo. El grupo familiar reacciona y logra escapar antes de que el bus pegue de una pared cercana a un quiosco. Ah, es que el caraqueño tiene buenos reflejos. Gritos, motos que pasan velozmente porque el instinto les recuerda que los mirones son de palo. Gente que huye sin saber a dónde. Los carros aceleran y el que esté atravesado llevará la peor parte. El bus ahora echa hacia adelante. Debe ser muy difícil conducir llevando coñazos, piensa alguien que está a salvo del peligro. Se repite la escena. En el poste que casi se lleva por delante en su ciego avance (y no se trata de una mala metáfora) hay un pendón que dice contra la mentira mediática el pueblo apoya a su alcalde más que nunca. El pendón lo habían puesto la noche anterior dos tipos en un camión de la Alcaldía, claro está. Otro grupo de peatones que se salvan milagrosamente. El conductor sale por la otra ventana luego de incrustar el bus contra un porrón de la isla. Otro que intenta salvarse, pero la cosa no puede terminar ahí. No con uno de los protagonistas de la película. No en un país histérico, electrizado, con los pelos de punta… Los dos tipos se bajan del bus y van tras él. Dos es más que uno, piensa rápido el chofer y sale corriendo. Lo persiguen un par de cuadras, hasta que se logra zafar de los perseguidores, internándose en la avenida oscura. Los nuevos dueños del microbus (de las toneladas ambulantes) ahora se dan a la tarea de revisar con calma el bus estrellado contra el porrón. Entran y salen. Toman cosas y las bajan al carrito. Los pasajeros (con sus maletas en el maletero) esperan el desenlace sin quejarse ni exigir mucho. Ya vieron lo que le sucede a los que reclaman o creen que viven en un país con derechos. Como a los diez minutos llega de pronto un carro. Como si lo hubieran ensayado, se abren las cuatro puertas antes de que termine de detenerse. Era de esperarse. Los pasajeros reconocen al chofer, acompañado de otros tres tipos, caminando hacia el bus con actitud resuelta. Llegó la hora del rescate. Como los bandoleros cuando amarraban a un caballo los barrotes de la celda. 200 palos (millones, para los que desconocen el glosario en uso) no se dejan a la buena de Dios, por más que te persigan dos energúmenos. Por más que lo hayas dejado incrustado en un porrón de la isla. La lógica de la calle indica que aquí comenzaría la segunda parte de la película, la esperada venganza. Así lo pensaron los que veían desde sus ventanas. Pero más atrás venía una patrulla de la policía. Los pasajeros, luego de media hora de peligros, gritos, noche oscura, vieron renacer las esperanzas de recuperar sus maletas y terminar de llegar a sus casas, luego de haberse montado en el aeropuerto en un bus destinado a la crónica roja. Con la policía allí la escena pierde interés. Aunque nada garantiza que la cosa se resuelva justamente. Quizá la balanza se inclina hacia la cartera más gorda. O puede que los tipos hasta sean honestos.
Qué cómodo es azuzar la violencia, qué fácil es dar discursitos iracundos, cuando se vive rodeado de guardaespaldas, cuando se viaja en caravanas de seguridad, cuando se vive en las más apacibles urbanizaciones del este caraqueño. Es pólvora, lo que se respira. Y el irresponsable discurso no se detiene. Después de mí el diluvio, dicen los locos estos.
En cualquier momento se escucha el estruendoso ¡Buuuuummmmmmm!

All you need is love!

Escena 1: Una parejita con uniforme de liceo conversa y ríe, tomados de la mano en una plaza pública, mientras celebran cada mal chiste con un beso. Pasan dos tipos en una moto y les sueltan una frase tan gruesota, tan soez, que la chica dice, con cara de vergüenza, mejor vámonos. Escena 2: Una pareja viaja en un bus entre dos poblaciones vecinas. Era tanto lo que disfrutaban de estar juntos, que conversaban ojos frente a ojos, bocas tan cerca, que podían alcanzarse con un mínimo esfuerzo. El colector pasa, y sin la menor delicadeza, les advierte con grosería: “Que el chofer les manda a decir que esto no es un hotel”. Escena 3: Una pareja de veinteañeros viaja en el metro. El vagón está atestado. Sienten tal angustia de no poder decirse con palabras lo que sienten, que soltarse, no tocarse, les parece un asunto doloroso. Un tipo de los que va saliendo en Plaza Venezuela, incómodo y envidioso de que esa nena tan linda esté lela por ese flaquito casi puber, le vomita al salir: “llévatela pa´un hotel”. La chica no puede ocultar la rabia. El chico ensaya a esconderla con un mal chiste: No tengo dinero.
ESCENARIO: La ciudad más violenta del mundo. Una ciudad que padece a cada rato violencia visual, violencia delictiva, violencia automotor, violencia política… Una ciudad donde las motos (incluso de la policía y la Guardia Nacional) se suben a las aceras; donde el corneteo dura desde las seis de la mañana hasta las diez de la noche. Una ciudad en la que los voceros del gobierno sólo dan demostraciones públicas de cinismo, chabacanería e irrespeto al ciudadano, y las consideraciones para con el otro desaparecieron de la esfera de pensamientos del común de sus ciudadanos… En esa ciudad violenta, de crónica verdaderamente roja (mató al cuñado por una deuda… reclamó un choque y lo mataron… le metieron tres tiros en presencia de sus hijos…), en esa ciudad, todavía hay viejas ridículas que le dicen, con iracundia y asco, a los chicos que se besan en las paradas: ¡Que hay niños!
ANTECEDENTES: Un decreto del municipio Chacao, cuando gobernaba Irene Saez, la ex reina de belleza (famosa por lo unánime que resultaba el atractivo de su figura, y no por razones más elevadas) penalizaba las demostraciones de afecto en público… En un pueblo del estado Aragua pusieron un policía con el único objetivo de evitar que las parejitas de adolescentes se besaran en la plaza pública, porque era un irrespeto para con los próceres de mármol… En las películas del domingo cortan las escenas de sexo pero no las de asesinatos en primer plano… En Caracas nacen una chorrera de niños todos los días. Las adolescentes son madres desde los catorce años. Los moteles viven repletos desde el jueves hasta el domingo. La cultura solapada -y estimulada- es que todo el mundo tenga su “segundo frente”.
El venezolano es hipócrita con el asunto del sexo. Los muertos por SIDA se ocultan tras el eufemismo de “penosa enfermedad”. El tema “homosexualidad” apenas ahora está dejando de ser tabú en las familias. Sin embargo, todavía la forma más expedita de descalificar a alguien (actor de telenovela, cantante, político opositor o el vecino bien parecido) es tildarlo de “marico”. Dentro de esa lógica: las mujeres “se buscan” que las irrespeten si se visten con ropas ligeras, y los transformistas no tienen derechos humanos, en la práctica, cuando caen en manos de la policía. Modérense, compórtense, aquiétense, son las órdenes que reciben las parejitas (de parte de las personas mayores o las autoridades) cuando se ponen muy cariñosos. Esas actitudes frígidas, histéricas, mal cogidas (el término es de Eliseo Subiela), ¿no serán el germen de tanta violencia? ¿No nos vendrá bien relajarnos para comenzar a perder tensiones que nos mantienen en un constante corneteo, mentadera de madre e intolerancia? ¿Qué tiene que ver la inclinación sexual en el desempeño de un cargo público?
Más besos y menos insultos, a ver si se ven menos espectáculos en la televisión que, mejor ni hablar… O como diría la canción…

Por ahí viene Zapatoviejo


Aunque nadie dice de quién se trata, todo el mundo supone el nombre del personaje. Ocurre con el presidente de turno de Estados Unidos. Ocurre en plena campaña por la reelección (con las limitaciones y condicionantes de las que se prescinde en las repúblicas con adjetivos). Ocurre en el momento menos oportuno. La gente de la Casa Blanca se busca al mejor en eso de distraer al electorado con circo. Allá el problema no es de pan. Conrad Brean, se llama este mago de la ilusión y la manipulación. Cuando no está trabajando se hace llamar Robert De Niro. Convencido de que el asunto lo resuelven mejor en Hollywood que en las Salas Situacionales éste se busca, a su vez, a un productor de cine estrella: Stanley Motss (o Dustin Hoffman). El resto de la historia la saben los que vieron la cinta, que en original se llamó Wag the dog (y que en nuestras salas le pusieron cualquier título descabellado, predecible o cursi). Uno de sus trucos de magia consistió en crear una campaña de intriga, con un personaje que todos amaron pero que nadie llegó a ver, que supondría el renacer de la Patria, la unificación del corazón de la nación: zapatoviejo. Esta campaña fue reforzada con decenas de pares de zapatos viejos (símbolos del símbolo), los cuales amanecieron una mañana poblando postes, cables, semáforos de la ciudad. La ficción siguió su curso. ¿O es que aquí terminó la ficción? ¿O nada fue ficción? ¿O es esta es la ficción?
El asunto es que en Caracas ya se vieron, nueve años después de exhibida la cinta, los primeros ejemplos de esa campaña. Estos (los de la foto) se dejan ver en la avenida Blandín, en La Castellana, a dos cuadras del Centro San Ignacio. Al día siguiente, otros reportes dieron cuenta de ejemplares exhibidos en otros semáforos de la ciudad. Ya habrá el que esté haciendo un mapa de las apariciones, monitoreándolas, convencido de que algún enigma ocultan. ¿Era Wag the dog un documental y esto una ficción? ¿La operación de lanzar zapatos viejos a los postes seguiría su curso al margen de la ficción, de forma indetenible y espontánea? ¿Somos personajes de una película aburrida llamada realidad? ¿Nos invadirá el Imperio por el Ávila y los repeleremos con nuestros fieles AK47s? ¿Se dirige Carlos Ortega, con una fisonomía desconocida producto de una operación, hacia Miraflores, a dar por culminada su venganza? Por ahí viene Zapatoviejo. ¿Demoleremos al Imperio, haciéndolo morder el polvo de la derrota? ¿Será el teritorio de la actual República Bolivariana de Venezuela apenas el centro de un vasto imperio cuyos límites serán inabarcables por imaginación alguna? Zapatoviejo es el hombre. Viva Zapatoviejo. Zapatoviejo es como tú. Muchachos y añejos claman por zapatoviejo. ¿Es esto ficción? ¿Caracas existe?