Caracas hasta el último de mis días

Intentaron cambiar el nombre a la Urbanización Menca de Leoni por algo tan cursi como Urbanización 27 de febrero, y los vecinos entraron en cólera. No tenían nada a favor del personaje histórico, la gran mayoría no era adeco, quizá ni sabían que se trataba de una primera dama venezolana de cuando los albores de la democracia. Es decir, no era un asunto político, ni histórico, era un asunto de identidad. Y de sentido práctico. No iban a cambiar su dirección de toda la vida por el capricho oportunista de unos cuantos legisladores locales.
Le quitaron al parque del Este el nombre de Rómulo Betancourt (¿Ah, se llamaba así?) y le colocaron Francisco de Miranda. Y nada ha cambiado. Sólo que ahora le rinden menos honor al homenajeado, porque el mantenimiento del parque (con el consabido populismo de abolir el simbólico pago por el disfrute de sus instalaciones) es mucho más pobre. Los usuarios de antes, de cuando se llamaba Rómulo Betancourt, le llamaban Parque del Este, y los de ahora le llaman parque del este.
Le pusieron a Venezuela el adjetivo de bolivariana, y además de ser una muestra de lo folklóricos que son los tipos que nos gobiernan, el asunto apenas sirve para marcar ese período histórico en que se registró un incremento brutal de la corrupción en el Estado. Los bolivarianos, como se les llama a los funcionarios de ahora, son mucho más corruptos que sus predecesores. Los ministerios ahora intercalan “del Poder Popular” en su razón social, y nunca la gente ha estado más lejos del poder (asómense y vean la cantidad de vehículos de seguridad que acompañan a los representantes de ese poder popular).

En esa búsqueda inútil de borrar la memoria de los venezolanos de todo acontecimiento anterior al advenimiento del Rey Sol criollo, ahora se toparon con el nombre de nuestra ciudad: Santiago de León de Caracas, que ha recibido a lo largo de su historia afectuosos (e incluso cariñosamente irónicos) epítetos como La de los techos rojos, La sucursal del cielo, La sultana del Ávila, y conocida simplemente como Caracas (o La Capitar, según el imaginario de los caraqueños de antaño sobre cómo era nombrada su ciudad por los pobladores del interior del país), ahora la suman a esa larga lista de oprobiosos y ridículos intentos por desnaturalizarla, de hacerla aliada (cómplice, creación, obra de gobierno) de una revolución a la que no se le han visto ni se le verán las bondades: Ahora proponen llamarla “la Cuna de Bolívar y Reina del Guaraira Repano”. ¿Habrase visto tamaña ridiculez? ¿Semejante cursilería inútil? ¿Se acabará el hampa, el abuso de los motorizados, la indolencia de sus habitantes, con el cambio de nombre? ¿Respetarán los policías a sus conciudadanos a partir del nuevo bautizo? ¿Dejarán de matraquear los fiscales? ¿Se resiprará un ambiente más humano, la gente no botará basura en sus calles, dejarán de comprarle a los buhoneros? ¿Habrá menos desnutrición si le ponemos la Reina del arroz con pollo? ¿O menos violencia si la bautizamos Hogar espiritual de Gandhi? ¿Y a los alrededores del Paseo Vargas, le pondremos: “Tierra sagrada de indias harapientas y descalzas que piden limosnas para sobrevivir mientras dan teta a cinco indiecitos barrigones”? Cuando uno los ve por la calle, y piensa que unos vivos están usando su imagen para saquear al Estado, no se puede sentir sino asco. Y medir el talante espiritual de esos tipos que nos gobiernan. Y la sede del poder ejecutivo, ¿que tal si la mudamos para La Planicie? ¿O la sede de la Asamblea para el Nucleo Endógeno Fabricio Ojeda? ¿O los ministros y diputados, mudarlos a un bloque del 23 de Enero? Eso sí sería revolucionario.
Todo ese afán de cambiar nombre recuerda la milmillonaria campaña de Telcel por obligar a sus clientes a que la llamen Movistar, y sin embargo la gente va a un quiosco y pide una Telcel de quince mil, y el quiosquero, impávido, entrega la mercancía solicitada. El alma de una ciudad no se legisla. Como todo organismo vivo, depende de miles de factores que escapan de las manos de los gobernantes. Ponle Bushtown a Manhattan y seguirá siendo Manhattan. Ponle Leningrado a San Petesburgo y sus habitantes recuperaron su nombre.

El problema con estos tipos es que creen que tiene derecho a hacer lo que les da la gana con el país porque usurpan el coroto. Que creen ingenuamente que se puede escribir la Historia en el alma de los ciudadanos. Que creen que la Historia y sus vidas son una sola cosa. Que juran que por escribirlo, por decretarlo, se siente, se asimila, se produce el cambio. El problema con estos tipos es la desconexión con el sentir de la gente real. Es que dejaron de sentir como esos que cobran quince y último, que se apilonan en el metro, que van al cine los lunes y que hablan mal del gobierno, de la suegra y del jefe. Que no saben que el gobierno, la suegra y el jefe siempre estarán en la acera del frente, así se hagan los locos, así compartan la mesa y celebren los chistes. Que no hay nada más reaccionario que pensar como los poderosos, que hacer las cosas no porque genera felicidad sino porque se tiene con qué. Porque entrañan la caudillesca noción de que el poder se debe demostrar, y cuanto mas arbitrario mas evidente.
El problema con estos tipos es su intrínseca infelicidad. Su suprema infelicidad.

Para mí Venezuela será sólo Venezuela y Caracas será Caracas aún en el último de mis días. Porque no hay nada más subversivo, más insolente con el poder, que el corazón.

Batallas (Pedro Enrique Rodríguez)

Copio este post aparecido en facebook, porque considero vital su lectura. No podemos exigir buenos gobiernos si somos malos ciudadanos. ¿Cuánta gente que marcha “por la libertad” irrespeta los más elementales derechos ajenos?

Es sábado. Desde temprano, cuando mi esposa salió de casa al consultorio donde estará trabajando como psicóloga infantil hasta después del mediodía, estoy solo con mi hija de 3 años y 3 meses. Como todo sábado, mi hija y yo bajamos a la cocina, preparamos un desayuno que comemos conversando, jugando, en fin, viviendo de la mejor forma posible ese privilegio efímero y fascinante que es ver aparecer un sábado en su estuche de juguete nuevo, de horas sin asuntos pendientes. Es sábado23 de enero, día de marchas: el día en que se celebra la caída del penúltimo militar del siglo XX. Termina un mes duro, repleto de cortes de luz, de agua, de relatos violentos, del peligro que corrió en dos ocasiones mi esposa, cerca de dos tiroteos, del discurso cada vez más ruin y demagógico de los nuevos dueños del país, de un sujeto bocazas y aburrido que, como un círculo que se repite una y otra vez en la historia, hace las veces de mandamás, de todopoderoso, de simpaticón, de nuevo gendarme necesario. Pero es de mañana y todas esas cosas están, todavía, un poco lejos: exorcizadas por la sonrisa de mi hija, por el amarillo licuado y casi transparente de la luz que entra por la ventana de la cocina. Así, tomando el desayuno, mirando una película, acompañándola a jugar, de pronto ambos recordamos una promesa que le había hecho desde temprano: comprar chocolates y helados para el resto del fin de semana. Puesto que hay una cadena de supermercados a poco más de una cuadra de nuestra casa, decido que no estaría mal comprar algunas otras cosas para ella. Mi hija tiene 3 años y 3 meses: es veloz, feliz, temeraria. Por precaución, por seguridad, decido llevarla sentada en su coche. En el camino, ella sube y baja el toldito, disfruta del sol, voltea de tanto en tanto y me sonríe. En el supemercado, colabora llevando en sus piernas los objetos que seleccionamos para ella: chocolates de leche, galletas de plantilla, leche deslactosada, jugos de durazno, helado de chocolate. Serena, cívica, me acompaña durante la cola de la caja. Conversa con algunas señoras sobre las cosas que realmente le interesan en la vida: el disfraz de Stephanie, de Lazy Town, que le prometimos para carnavales; un juego de muñecas; una historia de su amiga Isabella; el temor que siente por los fuegos artificiales. Pagamos, coloco las bolsas en las agarraderas a ambos lados del coche y salimos en dirección a la casa. A medio camino, nos encontramos con que una camioneta se ha trepado en la acera, justo junto a un árbol, y no existe ni un pequeño espacio que permita continuar. A un lado, en la calle, pasan carros a una velocidad que no podría considerarse baja, entre un caos de otros carros estacionados en la calle. Es un riesgo, pero aún así no queda alternativa. Me aseguro que no venga ningún carro y bajo a la calle con el coche. Al pasar junto a la camioneta, noto que el conductor, un sujeto vestido con ropa deportiva, lee con actitud bobina la página de deportes de un periódico. Toco el vidrio, el conductor me mira y lo baja: noto que, sentado en el asiento de atrás, está un niño de no más de siete años. Le digo que al estacionarse en toda la acera, le cierra el paso a todos los peatones. Que esa calle está llena de viejitos, que es un peligro que yo deba pasar el coche de mi hija por la calle. El sujeto parece pensar. Lo hace, de hecho, y me responde que el tiene poco tiempo estacionado allí. No comprendo de qué forma el problema temporal resuelve las implicaciones del problema espacial. Pienso, sí, que es la típica respuesta autoreferencial de una ciudad donde la noción de convivencia es sólo un tópico. Se lo digo. El sujeto, sin embargo, parece encontrar en su argumento una legitimidad recóndita, libertaria, quizá flamígera, pues de pronto cambia su actitud perpleja y me dice, furioso: Es más chico, ¿por que tú me tocas el vidrio así? La pregunta, en medio de todo, me da risa. Le respondo: Pana, y ¿cómo quieres que te toque el vidrio? ¿en inglés? El sujeto pierde el control. Grita, se agita, tiembla. Entre escupitajos (indicador de mala dicción) vocifera que él se para donde a él le de la gana, que él hace la mierda que le dé la gana, esencialmente, porque yo me puedo ir al coño de la madre en la medida en que él es él y le importa una mierda cualquier mierda, frase que, se le mire por donde se le mire, está repleta de una cadena significativa de contrasentidos. Pienso en eso. Noto que, sentadito en su asiento, el niño lo mira, con miedo. Abajo, en el coche, mi hija me mira a mí, perpleja. Considero en un instante frío, silencioso, total, el fácil gesto de desplazar mi mano izquierda (soy zurdo) y darle un golpe seco y feroz justo en el centro de la cara. Es un instante, pero sé en ese instante que soy más fuerte que él, que el golpe sería exacto, que le partiría la nariz, que el sujeto no podría reponerse fácilmente, que el placer que sentiría al verle asimilar la violencia de mi golpe sería un pequeño regalo de la fisiología: una galleta rota con placer. Pienso (como en la lámina de un libro) en el hueso nasal, en la fragilidad de la sutura internasal. Casi al mismo tiempo pienso en el terror que sentirá mi hija en el coche, en un niño sentado en el puesto trasero, en la desolada condición de encontrarme junto a un imbécil al volante de algo que sobrepasa los 1500 kg. y una potencia de 6000 rpm con la nariz fracturada, sangrando a borbotones. Pienso, además, en mi fantasiosa suposición de que el término ciudadanía debe tener algún sentido, en mi romántica esperanza de vivir en un país y no en lo que realmente vivo: un territorio repleto de sobrevivientes torpes, egoístas, simples, esencialmente estúpidos y, por todos esos motivos, por todas esas imaginaciones, decido seguir mi camino. Al hacerlo, dos, tres metros más allá, cuando al fin volvemos a la acera, mi hija me pregunta: Papi, qué dijo ese sheñor. Le digo: dijo que es feo y que además es tan estúpido que le gusta ser feo. Mi hija, de 3 años y 3 meses, hace un gesto de pesar con la boca y dice: Aaaah. Siento la nítida punzada de dolor de quien comprende que este no es, ni de lejos, el mundo que quisiera para ella. Que ese episodio frente a un sujeto obsceno, simplón, abusivo, que se orienta en la ciudad según su mediocre espacio privado es sólo una parte del libreto de siempre, de la misma vieja historia de lo que siempre hemos sido, de lo que quizá nunca dejaremos de ser. Caminando el trayecto final a nuestra casa, de pronto siento (como otras veces), que recordar aquél remoto 23 de enero de 1958 es recordar, apenas, una pequeña parte de las luchas libradas y por librar. De hecho, la parte más pequeña.

Nos merecemos tener un país o tenemos el país que nos merecemos?

Está bien, eso es irrefutable: el ilustre bocón-megalómano-ignorante que se hizo del coroto realmente ha destrozado las instituciones, una inmensa parte de la actividad productiva nacional y ha incurrido en desmanes tan impedonables como acentuar el resentimiento, barrer con la autonomía de los poderes, usar los recursos del Estado en un permanente proselitismo, ahogar cualquier forma de disidencia, financiar bandas paramilitares armadas, y una cantidad innumerable de abusos, con el fin de ir instaurando, paso a paso, una dictadura fascista de derecha. Eso nadie lo niega. Pero me pregunto yo ¿Es nuestra mala calidad de vida su única y absoluta responsabilidad? Es decir, ¿no contribuimos nosotros con que nuestra calidad de vida y nuestra percepción de ciudadanía sea cada vez más pobre?
Ese gordo que toca corneta como un poseso apenas el tránsito reduce ligeramente la veolcidad, sin importarle las molestias que causa a los que le rodean; el motorizado que se sube impunemente a la acera para evadir las colas, el autobusero que se para donde le dá la gana y el taxista que se atraviesa en el rayado; el animal que monta su carro en la acera, a veces hasta perpendicular a la calle, obligando a los peatones a caminar por la avenida; el otro idiota que monta media camionetota en la acera, frente al restaurant donde va a comer, porque tiene hambre y él no va a parar más lejos porque le pueden robar el carro; el vivo que no deja terminar de salir y ya se está metiendo en el vagón del metro; el que usa el carro para rodar tres cuadras (porque él paga su gasolina); el que es incapaz de ceder el puesto en los autobuses a las señoras que cargan niños; todos esos incivilizados que no se quitan el morral al subirse al vagón, los que fuman delante encima de los demás, los que son incapaces de hacer la torsión mínima necesaria para evadir chocar contra los demás viandantes, y una vez que chocan son incapaces de disculparse; los que esperan a los chamos en el carro frente al portón del colegio, generando una cola monstruosa; lso que escuchan música con los celulares en el metro, los que ponen música a todo volumen en el carro; los que se colean en todos lados, porque son vivísimos; los que tiene malos hábitos de aseo y se montan en vagones atestados de gente, normalmente sin aire acondicionado; los que no se bajan del carro para comprar el peródico y gneran más congestionamiento; los que beben cerveza en la calle, ofreciendo un balurdo espectáculo de chabacanería (los estudiantes del Nuevas Vacaciones, en Los Dos Caminos, beben a diario y bailan regueton en la acera con las puertas de los carros abiertas); los que hablan por el celular gritando; los que explotan sin asco a sus empleados; los que le compran a los buhoneros… Seamos honestos: ¿Esa gente qué tiene que ver con el emperadorcito?
Mientras aquel cae, lo caen, le estalla una verdadera revolución o se muere, hay un trabajo duro que hacer para recuperar la ciudadanía. Y es urgente. Y es grave. “Esa gente” me hace la vida mucho más dura en mi ciudad. “Esa gente” me jode tanto o más que el desquiciado emperadorcito en mi tránsito cotidiano por mis calles. Esa gente jamás, lease bien, jamás estará en mi mismo bando. Esa gente que no se adapta a vivir en ciudad, que fue derrotada por la dureza de la urbe y vive malhomorada contaminando con su agresividad y sus chapucerías y problemas de educación y de trato social y su incapacidad de sonreir y de hacer uso de la cortesía, son la otra mitad del problema.
Reitero, esa gente no juega para mi equipo, y están en la misma lista de gente que desprecio (como las foquitas rojitas y los recién vestidos rojitos y los estómagos agradecidos rojitos y los malandros rojitos). Esa gente tiene el país que se merece.
Mientras ellos existan, mientras esa gente no se eduque para vivir en ciudad, al ciudadano de verdad, herido en su sensibilidad, le tocará vivir en el exilio interior.
Sigamos hablando de macropolítica, que si mañana cae el emperadorcito, gracias a “esa gente” mi calidad de vida, ni a de ninguno, mejorará ni un ápice al día siguiente.

Si no es ingenuidad es sadismo



¿Qué hace pensar a las autoridades muncipales que un una ciudad como Caracas, con índices de violencia sólo comparables con las películas de Tarantino, con ciudadanos que no confían en la eficacia de las autoridades policiales, con una población sumida en la más paralizante de las paranoias, que es buena idea colocar quioscos en avenidas mal iluminadas, en sitios donde, apenas cae la noche, comienzan a escasear los transeúntes? ¿Será negación de la realidad? ¿Ingenuidad? ¿E más puro sadismo? ¿Que la gente viva sumida en cada vez una mayor angustia?
¿De verdad no se les ha ocurrido que esa ubicación no es la adecuada para los quioscos en cuestión? De hecho, al remover los quioscos de la zona, los duplicaron bajo el nuevo formato. ¿Se trata sólo de pensar en el negocio de venderlos (porque no son gratuitos), antes que en la planificación adecuada de los espacios públicos? De verdad que si no es ingenuidad es sadismo.

Toque de queda y estado de excepción

Los buhoneros de cada callejón, de cada vereda, ya están identificados por los maleantes. El dilema, el verdadero trabajo, de cada día, no es armar y desarmar un tarantín hecho de tubos y cinta de embalaje, ni pasar el día repitiendo su eventual “alaolden”. El trabajo real es planificar minuciosamente cómo llegar a la casa con los reales de la venta del día. Todas las tardes deben cambiar la ruta de acceso, la forma de llegada y hasta el sitio dónde guardar el dinero, para llegar a salvo a su casa. Todo el que vive en un barrio duro lo sabe. El toque de queda comienza a las seis de la tarde. A esa hora, el que va llegando a su casa, se encierra a ver televisión (por eso fue un duro golpe el cierre de RCTV), hasta el día siguiente. Ya a las ocho comienzan a oír las balaceras. De cuando en cuando, despiadados dioses señalan a un tranquilo morador, sin importar la edad, y con su mano poderosa dirige una de esas tantas balas hasta la cabeza del elegido, atravesando paredes de lata o ventanas con sucias cortinas de tela. Hay barrios tan, pero tan duros, que ya después de las dos de la tarde sólo se sale para emergencias. Los prudentes ya a esa hora compraron en las bodegas cercanas todo lo necesario para el resto del día. No es una exageración. Como tampoco lo es que, a la mañana siguiente, cuando alguien salga a su trabajo, se encuentro con un tiroteado muerto en la puerta de su casa. La fuerza de la costumbre puede demoler hasta el asombro y la compasión. En esos casos se da un saltito y se sigue su rumbo. Y ojalá que a la tarde ya lo hayan recogido. En Pinto Salinas mataron a un tipo que se atrevió a salir de noche. A las diez lo alcanzó la bala. Murió cerca de las once, y la policía lo recogió a las diez de la mañana siguiente. ¿Qué ley protege a esos niños de ver tanta violencia? ¿Por qué esos mismos que bramaban contra la violencia que transmitía RCTV, no exigen más respeto por la inocencia de esos niños? En otro barrio, el cadáver de un atracado se lo llevó la corriente de la lluvia, porque la PTJ no llegó nunca. En los barrios de Caracas hay toque de queda e infringirlo, con toda seguridad, cuesta la vida. ¿Qué más estado de excepción que esto? ¿No es la violencia de Caracas algo excepcional? ¿O es que estados de conmoción sólo se refieren a que el gobierno vea en peligro su permanencia en el coroto? ¿Con qué moral nuestro emperador le dice a MR. Donkey (perdón, al presidente norteamericano) que cese el genocidio del pueblo iraquí? ¿No es un genocidio a manos del hampa, con la que el gobierno venezolano es sumamente complaciente, la que se lleva a cabo contra el pueblo de Venezuela?
El colmo de la vanidad de nuestro máximo líder, se expresa en su permanente deseo (aprendido de su mentor) de escuchar su propia y detallada opinión sobre los “grandes problemas del mundo”, todos aquellos que le permitan hablar como un estadista, pero ninguno de aquellos que deba resolver él. ¿Sabrá un fan español (o argentino o francés) del nuevo líder de los desposeídos del mundo, la terrible experiencia de morir en un hospital venezolano? ¿Conocerá todo el esplendor de la palabra desidia? ¿Conocerá cómo se vive en un barrio de Caracas? ¿Tendrá idea de lo brutal que es vivir rezando todas las noches para que no los atraquen camino a su casa, y si los atracan, que no les disparen, y si les disparan que los maten, porque la experiencia del ruleteo hospitalario significa una muerte lenta e indigna? ¿Sabrá que arriba, donde se ven las luces que parece un pesebre, mandan los malandros, distribuidores de drogas y todo aquel que tenga una pistola, y que abajo, en las demenciales calles y avenidas, manda el que tenga una chapa, por lo que puede montarse en la acera en moto, chocar a los demás vehículos impunemente y cometer cualquier atropello contra sus semejantes? ¿Tendrán la más peregrina idea de lo que es vivir en un permanente toque de queda, en un infinito estado de excepción? No, él sólo está tratando de explicarse cómo justifica la reelección infinita en Venezuela, pero en su país no.

Post-post: Los malandros están muy molestos por las promesas incumplidas con respecto a mover el reloj media hora. Estaban muy contentos con la medida porque supondría que, al oscurecer a eso de las cinco y media, hora en que la gente apenas estaría llegando del trabajo, la oscuridad sería una aliada muy rentable para darle la bienvenida a los vecinos. Sin embargo, no pierden las esperanzas de que la medida se concrete en cualquier momento.

Sólo un detallito (a propósito de la Semana Santa)

Cero alcohol. Militares en las calles, armados de fusiles, vigilando el cumplimiento de la medida. Amenazas extravagantes a los negocitos que se atrevieran a violar la ley. Una norma impuesta dos días antes, sin dar tiempo a nada. Un enérgico grito de guerra. ¡Preparaaaaaar maletas! ¡A discreeeeeción! ¡Vista al freeeent! ¡Marchen! A disfrutar la semana santa al son de los redoblantes. ¡Rompaaaaan filas! (luego de cinco días de sano ejercicio matinal y formación ideológica) ¡Ateeeeeeención! ¡Formen filas! A regresar a casa. Y uno. Y dos. Y uno. Y dos. Y uno… Soldados, ¿nos divertimos, verdad? Permiso para responder, señor. Puede responder, tropa. ¡Si, señooor, nos divertimos!


¿Contra quién iba lo de la Ley Seca? Vamos, porque lo normal en cualquier ciudadano es desconfiar de las razones del Poder. Es decir, el poder y los ciudadanos siempre van a tener una relación de razonable desconfianza. Una relación marcada por intereses encontrados. Y si, en un rápido repaso mental, vemos las caritas del actual gabinete, no vemos precisamente el anuario de un colegio salesiano de los años cuarenta. Entonces, volvamos al punto. ¿Contra quién iba lo de la Ley Seca? ¿Cuál era el trasfondo? La cruzada moralista pica y se extiende, como diría el rozagante lugar común. Allá van contra los juegos de loterías. Ya hicieron lo propio con el hipismo. El gurú teológico del gobierno (un militar sin cargo público) dio en una entrevista unas declaraciones en contra del beisbol profesional. Desde el centro del gobierno se habla con desprecio del dinero y del deseo de ascender socialmente… ¿Contra quién va, entonces, el asunto de la Ley Seca? ¿Contra los irresponsables que toman mientras conducen? No parece. O, al menos, si es el caso, es una muestra absurda de desmedido ejercicio del poder. ¿No era más fácil controlar las carreteras y detener cuanto vehículo fuese sospechoso de tener una fiesta a 140 kph? ¿Eso que uno ve en las películas, de un pitico que le dan a soplar al sospechoso para retenerle la licencia y detener al rufián si se le encuentra alcohol en el aliento, eso es ciencia ficción, no existe, es una tecnología muy complicada? Ese espectáculo de Guardias Nacionales en motos, armados con sus fusiles de reglamento, paseando por las calles de Caracas, verificando el estricto cumplimiento de la Ley Seca, impuesta dos días antes de la Semana Santa por decreto del Ejecutivo, es lo menos civilizado que se puede presenciar en este aún nuevo siglo veintiuno. ¿No está, prohibido, acaso, tomar licor en público? ¿Qué necesidad había, entonces, de obligar a las licorerías a cerrar sus puertas, si no se puede beber en la vía pública, de cualquier manera? ¿Qué necesidad había de poner a hombres armados para la guerra, a supervisar el cumplimiento de un decreto, emanado dos días antes? ¿Será que había que asegurarse que, ni siquera en la tranquilidad de su casa, la gente consumiera cerveza? ¿Tantas restricciones tan absurdas pueden catalogarse como torpeza, o exceso de celo en el cuido a la ciudadanía? ¿O un dardo envenenado contra un negocio legal como es la cerveza? ¿Algo personal entre la corporación Gobierno y la corporación Mendoza, dueña de la Polar? En ese caso de nada valió nuestro sacrificio, porque la Polar (principal productora de cerveza del país) ya había vendido la mercancía a los camiones distribuidores, que son propiedad de sus conductores, y de ellos fue la pérdida por todo lo que no vendieron en los días de asueto.
En fin, indistintamente de las razones para una medida tan arbitraria, y de difícil explicación, vale acotar dos consideraciones: 1) El ciudadano es adulto y está en capacidad de decidir qué hacer con su vida. Si bota su dinero en loterías y la mujer deja que los chicos pasen hambre o si ahorra inteligenetemente para que sus hijos estudien; si decide tomarse unas refrescantes cervezas en su casa o prefiere dedicar los días de Semana Santa para visitar templos; si decide hacerse adicto a la heroína y botar su vida por el albañal o si trata de vivir la vida encontrando razones para ser feliz… la gente debería decidir lo que hace con su vida y su tiempo libre (sin dañar a terceros, que para eso hay un mínimo de leyes que cumplir). 2) Un gobierno que, bajo el pretexto de disminuir los accidentes en la vía, imponga leyes tan arbitrarias, demuestra su incapacidad de tomar medidas de protección a la ciudadanía, generando el menor daño posible a la libertad de los individuos.
Pero, ya se sabe, es la estructura mental del cuartel. Y la consecuencia de que nuestros ministros, diputados y concejales sean militares echados a la arena política sin siquiera un cursillo de desintoxicación cuartelaria. Si los niños ven pornografía en internet, vamos a prohibir los cybercafés. Si lo hacen en los celulares, prohibamos los celulares en el liceo. Si hay conductores irresponsables que toman mientras conducen, prohibamos el alcohol. En su contexto se entiende: el soldado Ramírez, el soldado Pérez, el soldado Moya, no pueden poner en peligro la integridad de la tropa toda. Alegría y belleza, conceptos tan caros a la vida civil, son prescindibles (e incluso inútiles) en la vida militar.
Sólo un detallito: no somos soldados, somos ciudadanos.

Mequetrefes

Es una de esas avenidas difíciles de la Capital. Populosa, le llaman hipócritamente políticos y medios de comunicación. Densamente pobladas, señalan los planificadores y urbanistas. Avenida dura en su mejor momento. Viernes, día de cobro, ocho de la noche, previo al Carnaval. La ciudadanía es un arte complicado, que requiere tanta formación, tanta preparación, tanto esfuerzo, que no es muy viable en este país con chequera de Japón y maneras de Haití. En Caracas, hay que decirlo, los motorizados son la plaga . Una de las más peligrosas y más difíciles de controlar. Una virosis dañina. Une epidemia. Imagínese el ambiente: buhoneros, gente que camina, que corre, se aglomera a comprar, ríe, toma cerveza y se cuida de los carteristas. Gente que sale del metro y va a las paradas, a seguir la ruta. Gente que se detiene a comprar la cena (viven del día a día). Gente que pelea y resuelve sus asuntos maritales con los demás como espectadores, pero no como potenciales testigos de bofetón o empujón. Y los motorizados. Se suben a las aceras, se comen las flechas (ruedan a contracorriente), atraviesan por sobre las islas, hacen ruido y piruetas si les dan cinco metros de pista.
Una comisión policial detiene una unidad en la avenida. Se bajan los cuatro funcionarios. Sacan los conos naranja. Cae el primer incauto: una moto que venía por la acera y, al ver a la policía, se bajó de inmediato a la calle. Son los primeros en conocer la medida. Strong arm of the law. Los detienen. Papeles, quédate por aquí. Pero, ¿estoy preso? No, no, no, quédate por aquí. Cae la segunda moto. El mismo procedimiento. La tercera. Los transeúntes reparan en el asunto y, por supuesto, apoyan la medida. Aunque los uniformados siempre despiertan recelo, se comienza a escuchar la voz del pueblo: así es, carajo. Que los metan presos. Abusadores. Los policías pasan de indeseables a héroes. Falta poco para que una señora cruce la calle y les de palmaditas en los chalecos. O les traigan café. Y hasta una cervecita, si se quedan media hora más. Viene una cuarta moto, también a toda velocidad por la acera. Misma reacción. Mismo procedimiento. Los policías, que escuchan, que sienten el murmullo, que perciben la sensación de placer que produce ser los héroes de la jornada, se lucen ante su público. Más diligentes que las veces anteriores (o más teatrales) no se conforman con tirarles el cuerpo encima, sino que, como ven en las películas del Imperio, llevan sus manos, prestas, alertas, sobre los mangos de sus armas de reglamento. El cuarto motorizado, pasa de sopetón de ser el motivo de regocijo del público, a ser el tipo con carnet. Y punto. Sin molestarse en bajarse de la moto, ni quitar la cara de patán fastidiado, apenas espera que los policías se aglomeren en torno a él, para sacar un carnet. Chapa, le dicen por acá. Nadie pudo leer de qué: ¿del extinto MVR? ¿De algún ministerio de Poder Popular de algo? ¿De Vive TV? ¿De los Tupamaros? ¿De las milicias que protegerán nuestra soberanía ante la invasión de los halcones del Imperio? nadie leyó, pero los cuatro mequetrefes se quitaron de inmediato en lo que asomaron las narices en el carnet. El tipo puso cara de quítense, que estoy apurado. Quedaron chapiaos, dijo un transeunte, no sin desencanto. El patán, que nunca apagó su moto, aceleró; los otros motorizados, con gestos de nooo, vale, ¿y al hijo de María sí lo van a dejar pagando plantón? comenzaron a montarse en sus motos, el público volvió a su rabia y a su tedio y a su cerveza y a la carne que aunque la bajaron está más cara, y los héroes devenidos en mequetrefes, recogieron sus conos y, discretamente, se fueron en su unidad. La masa no está pa bollo, se les oyó decir, cuando volvieron a ser unos indeseables forasteros en una de esas avenidas duras, populosas, densamente pobladas de la ciudad.
Los motorizados que pasaron cinco minutos después sobre la acera, ni se enteraron de que hubo un operativo. Ni de que cuatro mequetrefes se salvaron de pagar la rabia colectiva por lso abusos de los motorizados.

Después de mí el diluvio

El asunto ya tomó el camino de la rutina. Ya no causa asombro, ya no causa indignación. Ya no amerita comentario alguno. El vecino, el buhonero, el transeunte ocasional, contemplan la situación como el que mira caer la lluvia. O el que sigue con la vista la mosca hasta ver dónde aterriza. Sucede en esa esquina dura, difícil, esa esquina donde atropellan a un peatón una vez por semana, sin que nadie (entiéndase autoridad alguna) haga uso de sus atribuciones legales y bla, bla, bla… En fin, en esa esquina dura y peligrosa, donde los escolares sortean carros al mediodía, se detienen tres relucientes motos. De ellas bajan igual número de hombres uniformados, hombres de relucientes cascos, de relucientes botas, de relucientes guantes y, claro, de relucientes lentes de sol. ¿Dije bajan? No, saltan. Saltan como si hubiesen estado practicando duramente para esa ocasión. Atraviesan las motos en la intersección para evitar el paso de los carros, y comienzan a dirigir el tránsito. Es decir, comienzan a ordenar a los vehículos, enérgicamente, que apuren el paso. Es decir, trancan la calle en el cruce. Es decir, retienen vehículos sin explicaciones ni disculpas. Pasa la luz verde y la luz roja; y la luz verde y la roja; y la verde y la roja y la amarilla y la morada y la azul y ellos insisten, diez, quince largos minutos, en darle paso a los vehículos en la avenida, sólo a los que van por la avenida. Los que han visto pasar varias veces su derecho a paso aguardan resignados. Otra vez. Ya me pasó ayer. Ayer fue lo mismo. ¿Cuánto tiempo será esta vez? ¿Qué hora es? ¿Eso que tienes en la cara es una arrechera o una hoja caida del cielo? Luego de quince, veinte minutos, se aparece en el horizonte el motivo de la espera. La hermosa, la triunfante, la ostentosa caravana revolucionaria. Que es como decir la caravana imperial. Por tedio, los conductores retenidos cuentan con la cabeza y los labios, como el que reza en silencio: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once carros brillantes y nuevecitos. Los motorizados, como autómatas, corren a sus motos a repetir la operación dos o tres semáforos más allá. Sin explicaciones ni disculpas. El poder si no se hace sentir, no es poder. Luego, la avenida vuelve a ser el mismo infierno que cobra un peatón por semana. El mismo infierno donde los escolares sortean motos y carros venidos de todas direcciones.
Después de mí, el diluvio, dijeran si hablaran los hermosos vehículos de la comitiva.
Después de mí, el diluvio.

Y con las armas del pueblo soberano


El asunto es fácil. Tenemos un uniforme. Verde oliva, por cierto (que es como decir, de Grandes Ligas). Tenemos un vehículo oficial. Tenemos armas (las armas del pueblo soberano) y tenemos chapas (carnet). Y hambre. Tenemos hambre que jode. Entonces, en esa esquina venden empanadas. Allá, en el quiosquito aquel. Dale que ahí yo no pago.
Rebobinando: tenemos hambre y tenemos autoridad. Y las armas del pueblo soberano. Estaciónate ahí, donde está la rampa para minusválidos. ¿Y si la gente estrila? El que se ponga bruto va a conocer el peso de la autoridad, ¿entendido? Sí, mi sargento. A la orden, mi sargento.

Se bajan, el piloto sube el rústico a la acera, atravesado en el único espacio donde se puede caminar y, porque sí, se deleitan con minuciosa calma paladeando las grasientas empanadas del quiosquito. Para eso se tiene autoridad. Para eso se tiene poder. O sea, nadie desaprovecha los pequeños privilegios. O sea, las normas son para los pendejos. O sea, en Venezuela las reglas se observan si no se pueden no observarlas. ¿Suena a trabalenguas? Aquí se entiende claramente el asunto, que se razona de la siguiente manera:
Si tengo hambre, diviso un lugar para comer y no tengo dónde estacionar, puedo: a) respetar las reglas y buscar otro sitio; b) intentar abusar y arriesgarme a tener que pagar vacuna, matraca, martillo, o como quiera llamársele al pago de impuesto personalizado; o c) estar uniformado, tener carnet y/o vehículo oficial, y hacer lo que venga en gana. ¿Suena aberrante, incivilizado, abusivo? Para ellos no. Para los resignados ciudadanos venezolanos no.
Después de todo, alcanzar un mejor nivel de vida no está en esas pendejadas como cumplir y hacer cumplir las normas. Está en hacer una revolución mundial para alcanzar algún día (de alguna manera impensada e inexplicable) un mejor nivel de vida. Y con las armas del pueblo soberano, claro.

Mientras tanto, ¡dame otra de mechá! Está bueno el juguito, ah, mi sargento.

El estruendoso ¡buuuummmm!

Es noche de domingo. Las voces llaman la atención sobre un altercado que parece común. Los tripulantes de un carro pequeño discuten con el chofer de un microbús. Decir microbús puede parecer equívoco a efectos de la crónica. Son curiosidades del habla del venezolano. Mastodontes de cuatro ruedas, sería una aproximación. Varias toneladas ambulantes, sería otra. Decir discuten sería un acto de pudor. El lenguaje empleado se acerca peligrosamente al de una alocución oficial, de las de ahora. Todo comenzó con una protesta airada del chofer del microbús. Criterios a la hora de conducir, al parecer. Un tono que se incrementa en su exasperación. Gritos. Amenazas. A la espera de que las aguas se aquieten, los pasajeros del bus comienzan a bajarse, discretamente primero, y luego con más diligencia. Cuando el energúmeno del carrito se trepa a la ventana del bus y entra en él, ya el asunto tiene visos de estampida. El conductor del bus pone en marcha el vehículo. Son dos contra uno y están fuera de sí. Su desquiciada estrategia es hacerlo caer del bus con el movimiento. Acaso llega a la palanca de cambios cuando ya tiene encima al monstruo que le está dando palos sin contemplación ni geografía. La palanca queda en retroceso cuando aprieta la chola. Acelera a fondo. Los pasajeros, en un sálvese quién pueda, siguen evacuando el transporte, sin atender a aquello de mujeres y niños… El bus se monta en la acera, por donde viene caminando un grupo familiar grande, plácidamente, a paso de domingo. El grupo familiar reacciona y logra escapar antes de que el bus pegue de una pared cercana a un quiosco. Ah, es que el caraqueño tiene buenos reflejos. Gritos, motos que pasan velozmente porque el instinto les recuerda que los mirones son de palo. Gente que huye sin saber a dónde. Los carros aceleran y el que esté atravesado llevará la peor parte. El bus ahora echa hacia adelante. Debe ser muy difícil conducir llevando coñazos, piensa alguien que está a salvo del peligro. Se repite la escena. En el poste que casi se lleva por delante en su ciego avance (y no se trata de una mala metáfora) hay un pendón que dice contra la mentira mediática el pueblo apoya a su alcalde más que nunca. El pendón lo habían puesto la noche anterior dos tipos en un camión de la Alcaldía, claro está. Otro grupo de peatones que se salvan milagrosamente. El conductor sale por la otra ventana luego de incrustar el bus contra un porrón de la isla. Otro que intenta salvarse, pero la cosa no puede terminar ahí. No con uno de los protagonistas de la película. No en un país histérico, electrizado, con los pelos de punta… Los dos tipos se bajan del bus y van tras él. Dos es más que uno, piensa rápido el chofer y sale corriendo. Lo persiguen un par de cuadras, hasta que se logra zafar de los perseguidores, internándose en la avenida oscura. Los nuevos dueños del microbus (de las toneladas ambulantes) ahora se dan a la tarea de revisar con calma el bus estrellado contra el porrón. Entran y salen. Toman cosas y las bajan al carrito. Los pasajeros (con sus maletas en el maletero) esperan el desenlace sin quejarse ni exigir mucho. Ya vieron lo que le sucede a los que reclaman o creen que viven en un país con derechos. Como a los diez minutos llega de pronto un carro. Como si lo hubieran ensayado, se abren las cuatro puertas antes de que termine de detenerse. Era de esperarse. Los pasajeros reconocen al chofer, acompañado de otros tres tipos, caminando hacia el bus con actitud resuelta. Llegó la hora del rescate. Como los bandoleros cuando amarraban a un caballo los barrotes de la celda. 200 palos (millones, para los que desconocen el glosario en uso) no se dejan a la buena de Dios, por más que te persigan dos energúmenos. Por más que lo hayas dejado incrustado en un porrón de la isla. La lógica de la calle indica que aquí comenzaría la segunda parte de la película, la esperada venganza. Así lo pensaron los que veían desde sus ventanas. Pero más atrás venía una patrulla de la policía. Los pasajeros, luego de media hora de peligros, gritos, noche oscura, vieron renacer las esperanzas de recuperar sus maletas y terminar de llegar a sus casas, luego de haberse montado en el aeropuerto en un bus destinado a la crónica roja. Con la policía allí la escena pierde interés. Aunque nada garantiza que la cosa se resuelva justamente. Quizá la balanza se inclina hacia la cartera más gorda. O puede que los tipos hasta sean honestos.
Qué cómodo es azuzar la violencia, qué fácil es dar discursitos iracundos, cuando se vive rodeado de guardaespaldas, cuando se viaja en caravanas de seguridad, cuando se vive en las más apacibles urbanizaciones del este caraqueño. Es pólvora, lo que se respira. Y el irresponsable discurso no se detiene. Después de mí el diluvio, dicen los locos estos.
En cualquier momento se escucha el estruendoso ¡Buuuuummmmmmm!