Un breve espacio para la palabra

Yo no sé si la CIA penetra sigilosamente nuestros sueños y nos reprograma. Algo similar habrán inventado los genios del “gobierno”. Pero la certeza de que vivimos en un país insólito (donde rubros básicos como la harina de maíz, el arroz, el azúcar y la leche son tesoros de venta restringida las pocas veces que se dejan ver en los anaqueles), nadie la puede mitigar. Mientras, el malherido ego del jefe de la revolución mundial sigue sangrando por la herida, insultando en público a la canciller alemana y recordando la pesadilla más atroz que ha sufrido, al decirle en cámara: “¿Por qué no te callas?”. Conjuntamente, en una inexplicable y novedosa estrategia electoral, el alcalde metropolitano y el de Libertador simplemente dejan la ciudad a la deriva (deben estar haciendo un demorado lobby con el caudillo, para ver si no quedará vacante al menos la embajada de Belarús). Todo eso, en momentos en que de Nicaragua y Cuba “nos visitan los asesores” (así dicen los gringos cuando se pasean como pedro por su casa en las instituciones militares de continente) para formar la nueva policía subversiva y revolucionaria.
Pero, en medio de todo esto desolador panorama, hay que resistir. Resistir hablando y escribiendo mientras haya un lector al que se le pueda mover una fibra. Resistir creyendo en la belleza y en el país posible. Resistir a la vulgaridad de caudillotes bocones que insultan al mundo entero y a las focas altaneras que se arrastran en público y que luego se masajean la vanidad gastando el dinero malhabido en tiendas de Nueva York. Esos, que ayer eran notablemente pobres y hoy básicamente siguen siéndolo, pero cubiertos de lujos que pretenden espantar el fantasma de su propia miseria espiritual.
Por eso, la manera de hacerle frente a la barbarie con plata, es seguir construyendo el país que se anhela. Y ese país que se anhela lo están haciendo en silencio miles de venezolanos, con la absoluta convicción de que Venezuela puede esperar otra cosa de sí misma. En esa corriente, hacemos un descanso en la crónica de este deteriorado país, para invitarlos a reunirse con nosotros este jueves 15 de mayo, para presentar La huella del bisonte, novela que publica el grupo Norma en su colección La otra orilla, y que fue finalista del Premio de novela Adriano González León en su edición de 2006. Un momentáneo lapso de descanso para abrir un pequeño refugio a la palabra y a poder dedicarle un par de horas a otros temas que están allí, esperando que la tediosa realidad nos devuelva nuestro tiempo y nuestras energías para cosas más amables y constructivas que observar la decadencia de una élite que no estaba preparada para esa oportunidad de oro que les regaló la historia.

Presentación de la novela La huella del bisonte, de Héctor Torres
Grupo Editorial Norma, colección La otra orilla
Jueves, 15 de mayo de 2008 / 7:00 pm
Lugar: Espacios Abiertos Econoinvest, Torre Mene Grande, PB, Los Palos Grandes, Caracas

Están todos cordiamente invitados.

Doris Lessing: Mucha gente continúa apostando al fracaso

El periodista venezolano Edmundo Bracho (autor, entre otros títulos, de El oponente, uno de los libros de entrevistas más ambiciosos producidos en Venezuela) entrevistó hace algunos años a la más reciente Premio Nobel de Literatura, Doris Lessing. En la entrevista aseguró que el mundo de colonos blancos explotadores en el que se crió, en su natal Rodesia del Sur (actual Zimbabwe), era tan opresivo que necesitó abandonarlo para poder hacerse escritora. También le confesó que ese mundo era tan indolente, tan frívolo, tan vulgar que se metió al Partido Comunista, a los veinte años, porque entre los militantes del PC encontró gente que “había leído lo mismo que yo”. Luego de haber vivido la Segunda Guerra Mundial, y haber estado al tanto del acontecer político e histórico del siglo veinte, dejó algunas reflexiones interesantes. Acá se pued eleer un extracto bastante significativo:

–¿Considera que la utopía sólo puede construirse en el ámbito de la ficción literaria, de las artes?
–Nuestro mundo social y nuestra historia deja ínfimo espacio para cualquier utopía. El hombre no ha dejado de enfrascarse en guerras desde siempre. Y la guerra trae consigo la mentira. Durante la segunda Guerra Mundial yo pertenecí a un grupo que se reunía semanalmente para analizar las noticias sobre la guerra. Creíamos tener una idea clara de lo que estaba pasando, pero al terminar la guerra nos dimos cuenta de que todo lo que habíamos leído era mentira. Vivimos en un mundo de engaño. Aunque a veces, se dan eventos maravillosos, impredecibles. Como en 1990, cuando recién caía el Muro de Berlín, colapsó la Unión Soviética, se derrumbó el apartheid en Sudáfrica. Nadie pudo prever esta serie de eventos. Y pudimos soñar un rato.
– Es un tipo de sueño diferente al que tenía cuando militó como comunista: ahora dice que eventos puntuales y súbitos se convierten en cuasi-útopicos debido a su carácter imprevisible.
– Sí, y la pregunta que me hago desde hace años es cómo gente inteligente y lúcida creyó en esa psicopatología masiva que es el comunismo. No puedo negar que fue emocionante ser parte de ese grupo en aquella época, y que cuando me reunía con mis amigos creíamos estar salvando el mundo. Pero era pura basura. No tardé en darme cuente de eso. No queríamos ver lo que realmente estaba pasando en el mundo. Nos obsesionábamos con lo que creíamos sucedía en la Unión Soviética. Éramos incapaces de ver que, como todo socialismo, aquello era un desastre, un fracaso.
–Estaban, sin querer saberlo, apostando a un fracaso.
–Bueno, claro. Y lo triste es que aún existe mucha gente que, a pesar de las evidencias, continúa apostando al fracaso, hablando en nombre de un pensamiento progresista, que no es otra cosa que anti-progresista.

El fragmento publicado fue cedido por el autor de la entrevista.

El subrayado es nuestro

A veces uno se niega que hasta el propio pensamiento lo tengan colonizado. A veces uno se harta de la prensa y de las infinitas muestras de arrogancia de los que detentan un poder temporal. A veces vale recordar que el país seguirá en pie después de ellos (como lo estuvieron todos los países luego de tantos salvadores de la patria y tantos alucinados). A veces uno se acuerda de que las naciones no son los edificios que albergan las instituciones públicas ni las arcas del Estado; que hay algo más allá, inmaterial, inasible, que seguirá allí cuando los lunáticos se encuentren con su pared, con esa pared inmensa que los esperó pacientemente desde cuando se creían inmortales. En esas ocasiones, se acuerda uno de que hay cosas imperecederas y superlativamente más importantes. Está la literatura, por ejemplo, con esa magia cotidiana de todos los días; con ese universo vibrando latente en cada línea, esa que hace que tu vida cambie para siempre a partir de ese encuentro. Por esa inmensa esperanza, por esa devoción que tenemos en suerte, abrí ahora “El subrayado es nuestro“. Allí estarán mis notas sobre literatura, las presentaciones y reseñas que he hecho, mis impresiones sobre los libros que estoy leyendo, las citas que dejan su sabor en el recuerdo, todo lo que -por formato o enfoque- no cabe en Ficción Breve Venezolana. Allí estarán esas notas, públicas gracias a la revolución del internet, para el quiera conversar sobre esos temas. Bienvenidos desde ya.

Adiós a la Veintiuno

Cerró la Veintiuno. Más allá de las explicaciones oficiales, nadie sabrá qué motivó a cerrar un espacio tan útil a la difusión de la literatura venezolana. O más bien, cualquiera podría suponer las razones, pero nadie las admitirá oficialmente. Una publicación que ahora es cuando iba a ser necesaria. Sobre todo en un momento en el que autores y lectores comenzaban a vivir un mutuo y fructífero reconocimiento. La revista Veintiuno, que dirigían Antonio López Ortega (quien, frente a la Fundación Bigott, logró abrir espacios a la literatura y dejar un importante catálogo literario en esa institución) y Edmundo Bracho (cuyo libro de entrevistas El oponente bastaría para situarlo en un importante lugar en la historia del periodismo cultural en Venezuela) al frente de un equipo muy creativo, y que fue un experimento de periodismo colectivo muy importante, dejó de circular durante este mes, luego de casi tres años que dejaron como testimonio infinidad de reseñas y reportajes sobre la actualidad artística y cultural del país.
Como muchas cosas buenas de la vida, se fue sin despedirse. Ya antes nos habíamos enterado del cierre de Macondo y de la Librería de Monte Ávila (sí, aunque digan que eso no fue un cierre sino un cambio de administración). Se van extinguiendo esas iniciativas que le daban al asunto ese necesario sabor de la pluralidad, del debate, del no siempre estar de acuerdo. La realidad aplasta en silencio. Apenas caído el Ateneo de Valencia y ya enfilaron contra el de Valera. Deben definir “su papel en este proceso de cambios”, como dijo el ministro de Cultura, que ya hasta habla como militar. Van por los demás. Trabajar en colectivo se hace marchando y al son de un único redoblante. No hay sino una única forma de hacer patria, de hacer cultura, de hacer el bien. Sólo una cara extiende las manos. Los demás son parte de un engranaje. Humildes tuerquitas del proceso. Eso se llama unidad. En ese ambiente, la Fundación Bigott se concentra nuevamente en la difusión del folklore. Peligrosos, los intelectuales. Subversivos los que escriben. Las nuevas técnicas eliminaron la feroz violencia de la trampa que se abre y deja a la víctima a expensas de esa lucha entre la gravedad, su peso y una soga en torno al cuello. Ya no se ahorca. Ahora se asfixia lentamente. Es lo nuevo. Es más humanitario. Toda iniciativa privada es personalista. Y aquí sólo cabe un personalismo. Por ahí, en el paroxismo de su vanidad y su arrogancia y su infantilismo enfermizo, un ministro asomó que los bienes culturales no deberían ser mercantilizables. ¿Qué dirá de eso el comunista Benedetti, que vive de mercantilizar sus poemas, es decir de sus capitalistas royalties? ¿O Saramago? ¿O el laureado García Márquez, amigo de reyes tropicales? ¿Cuánta caña cortaría García Márquez durante las zafras, en el período especial? ¿O es que en la práctica no todos somos tan iguales?
Después de los ateneos, ¿irán por las editoriales privadas? ¿Por los centros culturales? ¿Por los grupos de música? ¿Qué quedará, en unos años? ¿Un “si te portas bien, te doy una bequita para que enseñes en una misión”? ¿Un “con esta tarjetica, diciendo que eres un excelente camarada, te publicarán tu librito en la imprenta popular del pueblo soberano”? ¿Un “tranquilo, que yo moví una y te borraron de la lista del prócer Tascón”?
¿Y luego? ¿Los alojamientos, para asegurar que, así como el espectro radioeléctrico forma parte de la soberanía del pueblo, el almacenamiento en disco dentro de la república bolivariana también deba serlo? Cuando te piden la cédula, en momentos en que llamas a CANTV para reportar una falla, ¿No te entra un hilito de frío por la espalda? Le llaman paranoia, y no tengas miedo, no estás loco. Te lo han inculcado lentamente. Recuerda, ya no se ahorca, ahora se asfixia. Poco a poco. Pronto sólo van a quedar, en internet, las páginas a lo Venevisión (Las de chistes y espectáculos) y las páginas a lo VTV (las que hacen cánticos al proceso). Y las riñas de enanos en los foros literarios, esas de ataques supurantes y discusiones estériles, que dan un toque de locura al asunto. De libertad.
Mi más sentido adiós a la Veintiuno.
Revisa a ver ¿Todavía tienes internet?

Post-post (actualizado):
Mil gracias a Irreflexiones (Juan Raffo), a Unocontodo, y a Cagá e país por seleccionarme en el Thinking Blogger Award, así como a Maléfica (qué diseño para despertar perversas curiosidades el de su blog) por incluirme en su lista de finalistas. Me honran hondamente, de verdad. A pesar de las sospechas, sí voy a cumplir mi parte y haré mi lista. De hecho, estoy escribiendo el post para ello. Lo que pasa es que el afecto no tiene la garra punzante que tiene la rabia, disculpen.

Tatuajes de ciudad (*)

Portada de Tatuajes de ciudad

Probablemente el primer concurso literario del que se tenga conocimiento, o el antecedente más remoto de concurso que haya llegado hasta nosotros, sería aquel que, hace muchísimos años, protagonizara una virgen de apetitosas formas (al menos así me gusta imaginarla) que respondía al musical y misterioso nombre de Scheherezade. Un concurso con un único participante, un único juez y un premio de nula recompensa en metálico, pero de inestimable valor: Mientras convenciera a ese juez de sus dotes literarias (mientras no lo aburriera) seguiría conservando la cabeza sobre sus hombros. Según cuenta la historia, así lo hizo durante mil y una noches, asegurándole al Sultán Shahriar, al amanecer de cada una de esas jornadas, que la historia no sólo continuaría, sino que además prometía prodigios mayores y más fantásticos.

Ese remoto precursor, ese hechizo en frágil equilibrio, esa vertiginosa metáfora de la historia que pende de una tensión en perpetuo incremento, legado de la mitología Persa, nos deja invalorables pistas para abordar el arte de escribir cuentos para concursos. Una de ellas podría traducirse como: "el más mínimo parpadeo de tu historia bastará para que estés muerto". Otra, más inquietante, radicaría en el hecho de que nunca sabrás cuál es el motivo que te mantiene con vida, ni cuál el que te sacará del juego. Pero hay una fundamental, amenazadoramente tangible en el caso de la maliciosa virgen (que dejaría de serlo, por cierto, para convertirse en reina): se debe escribir como si es la vida lo que está en juego. O, como sentenciara aquel alemán misógino y amargado (disculpen la redundancia): "Entre todo cuanto se escribe, yo amo sólo aquello que alguien escribe con su sangre".

Aunque para nuestra fortuna las condiciones han cambiado ostensiblemente, el fondo del asunto permanece inalterable: Como nos lo recordara Bolaño, en los concursos literarios se dispone de un sólo cartucho para llevar a casa la cena, y hay cientos de cazadores hambrientos tras el esquivo y apetecible búfalo. La puntería, el pulso, la serenidad, dirán quién se acuesta esa noche con el estómago lleno y quién deberá esperar hasta la próxima.

Y, con todo lo frustrante que puede resultar la experiencia para esa inmensa mayoría que vuelve a casa derrotada, los concursos literarios no pierden su irresistible encanto. A pesar de lo duro que resulta acumular participaciones fallidas y lo injusto que resulta enfrentarse al veleidoso gusto de un tercero, que termina imponiendo sus prejuicios y sus caprichos. Y no pierden su encanto porque la literatura es, también (y aquí estoy tentado a agregar básicamente), un hecho social; y porque escribir bien supone necesariamente seducir. Por tanto el escritor, sobre todo el escritor principiante, necesita exponer sus textos al juicio de alguien con un poco más de objetividad que la novia o la mamá. Con los riesgos que entraña la derrota que, según dicen, enseña más que la victoria; y a pesar de lo sensible que suele ser el ego durante los inicios. Todo, tras esa remota esperanza de seducir a ese exigente verdugo que perdonará una sola vida. La vida que, en rito ancestral, invocará al espíritu de la astuta Scheherezade en cada nuevo veredicto. "Entre todo cuanto se escribe, yo amo sólo aquello que alguien escribe con su sangre", piensa, casi sin darse cuenta, el verdugo de turno. Y emite su dictamen.

Es muy común escuchar, entre autores desconocidos, la amarga letanía de que "en este país si no eres conocido no te publican". Cuando los escucho me limito a responder indistintamente con alguno de estos verbos: Concursa, exponte, asómate, insiste. Los que así se quejan desconocen uno de los capítulos clásicos en la historia de la literatura universal. Desconocen que grandes obras fueron tajantemente rechazadas por grandes editoriales. Que nombres de mitológica estatura se toparon, y no una vez, con los prejuicios y caprichos de avezados editores. Que ningún camino que no haya proporcionado angustias, frustraciones, alegrías, obsesiones, insomnios, borracheras y cuestionamientos a la moral propia, vale la pena transitarse ni produce nada que se sostenga en el tiempo. Que el camino de la literatura, por modesto que sea, se hace de la suma de esas dolorosas derrotas y esas pequeñas pero merecidamente celebradas victorias. Que se concursa más por un ejercicio de temple y resistencia, que en busca de reconocimiento. Que no existe otro método que ese de hacerlo cada vez mejor, y en eso los concursos son herramientas inigualables, porque obligan a medir la evolución del trabajo propio con el de los contemporáneos. Sobre todo en esa etapa en que creemos que todo cuanto escribimos es maravilloso.

Y es por un concurso, precisamente, que estamos reunidos esta noche. Por un concurso y sus resultados. Por ese concurso y para celebrar el libro que documenta su historia. Un libro que aglutina cinco ediciones, y manifiesta un compromiso. Ya el nuevo formato nos da indicios acerca de cómo el Concurso Nacional de Cuentos de SACVEN quiere ser un militante activo de este buen momento que vive nuestra narrativa. Un concurso nacido al calor de las más recientes generaciones. La bitácora de un proyecto que ha recibido mil cuentos participantes en sus cinco ediciones. Apenas uno menos que en la vieja leyenda Persa. Mil historias que han querido seducir, mil cartuchos en cacería, mil textos que han dejado, con mayor o menor eficacia, su testimonio de una ciudad, de un país, del imaginario en movimiento de una generación. Mil cuentos representados en los 47 textos que componen el volumen, constituido por los ganadores y finalistas de esas cinco primeras ediciones, los cuales exponen sin complejos una gran diversidad de estilos, tendencias, búsquedas estéticas y temáticas. Un libro al que se podrá acudir cuando se esté tras los inicios de muchos nombres que conformarán el panorama narrativo venezolano de los próximos diez años.

Aunque institucionalizado en nuestro ámbito literario, el Concurso Nacional de Cuentos de Sacven tiene la ventaja de que su corta existencia permite que Tatuajes de ciudad ofrezca un panorama bastante homogéneo de la narrativa emergente venezolana. Y además contribuya, junto a otros proyectos nacidos durante la última década (el Concurso de Autores Inéditos de Monte Ávila, El Concurso Literario Universitario, la Semana de la Nueva Narrativa Urbana y los cientos de páginas y blogs que están cambiando la cara a la discusión y la difusión literaria en nuestro país) a armar el mapa de la narrativa venezolana de las décadas futuras.

Y es por eso, y por la fe inmensa que tengo en la literatura venezolana, por sus ganas, por la seriedad con la cual asume su oficio, por esa generación que sabe de dónde viene y honra sin mezquindad su propia historia, que celebro el motivo que esta noche nos reúne. 

En adelante, sólo resta reencontrarnos con el milagro cotidiano del vino, seguir participando y seguir celebrando la consolidación de más espacios para la literatura.

* Palabras de presentación de Tatuajes de ciudad, edición especial de ls diez años del Concurso Nacional de Cuentos de SACVEN

Las coordenadas de Hernán

Este domingo (es decir, mañana) Hernán Zamora estará presentando su cuarto poemario: Cantos cardinales, y me ha hecho el honor de
pedirme que pronuncie las palabras de presentación. Así que mañana, a las 11 de la mañana, proseguiremos ese amable diálogo que hemos sostenido en estas páginas, sobre esos afectos comunes, y esos asombros compartidos. El poemario es editado por el Fondo Editorial ONG, y tiene en la portada una foto con el sello inconfundible de Nelson Garrido.

¿Dónde? En la sede de la ONG, Av. Maria Teresa Toro, Residencias Carmencita, Apto 5, Los Rosales, a las 11:00 am.
En la infeliz Caracas, por supuesto.

Cuentos para una ciudad neurótica

En tiempos de negaciones y alteraciones de la historia, nunca será un gesto inútil afianzar tradiciones. En una ciudad en la que se han destruido los últimos bastiones de la convivencia, siempre será grato un encuentro con lo amable. En un país en donde el poder trabaja para dividirnos, siempre serán bienvenidos los espacios que nos congreguen. En un ambiente donde la política agrede, siempre será un aliciente que el arte nos convoque. En momentos de gradilocuencia épica, siempre valdrá la pena volver a los más modestos y ancestrales ritos: reunirnos en torno al fuego, en torno a la reflexión, en torno al hechizo de la más modesta y poderosa de todas las magias: la de escuchar “historias maravillosas jamás oidas”, como quería aquel famoso y anónimo califa.
Por eso, cada espacio ganado para la belleza, en la infeliz Caracas, forma parte de un circuito vital. Un circuito imprescindible para sobrevivir a la locura, a la vulgaridad, a la inmediatez y a esa convición, cada vez más arraigada, de que gritar más alto supone tener más razón. Y es por eso que reunir a quince voces nuevas y novísimas de la narrativa venezolana, en un sitio tan grato como el Centro Cultural Chacao, para que noche a noche de una feliz semana compartan sus propuestas narrativas, es una noticia deliciosa y subversiva para los tiempos que corren. El que crea que en Caracas puede toparse con algo más que motorizados abusadores, calles rotas y amenazas en cadena, sólo debe acercarse entre el lunes 23 y el viernes 27, al espacio antes mencionado, a eso de las siete de la noche. Allí podrá darse el lujo de proclamar que la palabra, el instante de silencio, la mirada cómplice, importan más que la geoestrategia, la política internacional, las alianzas geopolíticas, los motores de la aplanadora y todas esas sandeces que llenan los días de los desdichados poderosos.
El evento se llama Semana de la Nueva Narrativa Urbana II. La idea fue de Ana Teresa Torres, y tuvo la generosidad de convocarme para la organización. Y como es segunda edición, carga encima el tentador sino de la tradición. Acérquense, que como van las cosas, quien quita que hasta se presencie la arqueología de una gran obra.


Para los minuciosos, la cartelera es la siguiente: Judit Gerendas, Antonieta Madrid, Federico Vegas, Ángel Gustavo Infante y Oscar Marcano, respectivamente, serán los presentadores-comentadores. Los autores son: Álvaro Pérez Capiello, Víctor Vegas y Gisela Kozak (lunes 23), Ricardo Waale, José Tomás Angola y Carlos Ávila (martes 24), Mario Morenza, Marianne Díaz y Eduado Cobos (miércoles 25), Carolina Rodríguez, Rafael Victorino Muñoz y Miguel Hidalgo (jueves 26) y Arnoldo Rosas, Leopoldo Tablante y Ana García Julio serán los encargados de cerrar el evento el viernes 27.

Las tercas buenas noticias


El pasado miércoles 15 se reunieron, en el Centro Cultural Chacao, Antonio López Ortega (narrador de amplia trayectoria, compilador de la reciente Las voces secretas y director de la Fundación Biogott), Oscar Marcano (ganador del premio Internacional Jorge Luis Borges, en su única edición -conmemorativa del centenario de su nacimiento-; además de finalista, durante la edición 2005, del premio Herralde), Federico Vegas (uno de los mejores narradores de la actualidad, autor de tres libros de cuentos y tres novelas, entre ellas Falke, una de las más importantes de la década) y Alberto Barrera Tyzska (ganador del premio Herralde en su edición del 2006, en su primera presentación en público luego del premio). Más de 80 personas atravesaron una Caracas colapsada, en travesías que duraban hasta dos y tres horas (cuando se realizan en 45 minutos como máximo). Se trató de un grito desesperado para escapar, siquiera por un par de horas, del agobio que produce una realidad cada vez más parecida a nuestras pesadillas y mas lejana a las utopías vendidas. El espectáculo valió todas las penurias, dijeron todos. Y no fue para menos: Federico Vegas leyó su cuento más reciente, aún inédito: Mercurio. López Ortega leyó cuatro cuentos de Lunar. Marcano leyó dos capítulos de Puntos de sutura, la novela finalista del Herralde, y Barrera Tyzska le regaló a los asistentes un capítulo de La enfermedad, la novela ganadora del Herralde. Para cerrar, Vegas leyó, a petición de Marcano, su primer cuento: el terrón, del libro El borrador.
El público agradecido los colmó de aplausos. Más que celebrar siete años de ficción breve, que era la excusa, los asistentes celebraron fraternalmente las buenas noticias que se empeña en dar nuestra literatura en momentos tan oscuros y tan grises y tan faltos de creatividad, en las esferas del poder. Mucho vino y venta de libros completó una velada extraordinaria, e inolvidable para muchos.
Luego de anunciarse a través de un boletín que alcanzó las seis mil cuentas de correos, entre envíos y reenvíos espontáneos, un nutrido público se encontró con estos grandes de la narrativa, germen de futuros premios internacionales que permitan ubicar a Venezuela en un lugar de mayor proyección dentro del panorama de las letras hispanas.
Y aunque usted no lo crea, esa misma prensa que no dejó de sacar rutinarias reseñas de la politizada Feria del Libro (esa, cuyo salón principal se llama Ernesto Che Guevara y cuya oferta en más de 75% es de libros de ideología trasnochada), no se enteró que, por ejemplo, Barrera Tyzska leyó por primera vez en público un capítulo de la novela merecedora de uno los premios más importantes que aún celebramos los venezolanos. Ni una línea asomaron los grandes diarios. Ni antes ni después.
Pero como la felicidad es total por definición, tampoco hizo falta. Había vino, libros y amantes de la literatura. Lo demás es adorno. Para el recuerdo, la foto muestra a los cuatro invitados, con los organizadores del evento y responsables de Ficción Breve.
La prensa ha muerto, vivan los blogs.

Nuestra literatura no se forja en el exilio


A contracorriente de la tesis oficialista (que en la Feria del Libro de Bolivia se ofreció una cátedra de su pensamiento al respecto) la literatura venezolana comienza a dar muestras de un crecimiento sostenido en cantidad y calidad. Entendida como una industria más, la editorial requiere que todas las piezas que la engranan estén en óptimo estado, así como su buen funcionamiento activa y potencia muchos aspectos a su alrededor. Nuevas editoriales (o resurgimiento de otras), más libros locales en las vidrieras, nuevos espacios (radiales y digitales, sobre todo), una gran producción de novelas (toda una explosión; de la calidad se encargará el tiempo), nuevas instituciones dedicadas a la difusión y la formación literaria (Escribas, Relectura), nuevos concursos literarios, libros de autores venezolanos publicados en el exterior (Quintero, Centeno, entre tantos), una agenda de eventos permanente y variada… El ambiente luce promisorio y con condiciones favorables para que ese crecimiento siga en expansión. Una demostración contundente de que esa red espontánea (no gubernamental, vale recalcar) de difusión y producción literaria comienza a demostrar su fortaleza, lo es, sin ninguna duda, el Premio Herralde otorgado a La enfermedad, de Alberto Barrera Tyzska. Y este no será un caso aislado. No será nuestra esperanza del 68 (como ocurrió con Adriano). Todo indica que este reconocimiento forma parte de algo más sólido que dará resultados continuos a corto y mediano plazo.
Que en la Venezuela de hoy, la del grito destemplado y la falta de sindéresis en la declaración pública, la de la procacidad extrema y la intolerancia asfixiante, la de la revolución de mercadeo y la del color único, la de la riquza súbita como nunca, que en esa Venezuela colosales reservas espirituales de la talla de Eugenio Montejo, Rafael Cadenas, Victoria De Stefano, Ana Teresa Torres y Adriano González León (por mencionar algunos pocos de una grata lista) continúen allí, al lado de uno, apareciendo en cualquier calle de Los Palos Grandes o en un bautizo de libros, o en la mesa de al lado, en el café; es un claro indicio del camino a seguir. Y el camino es persistir en eso de construir un país, es seguir ese ejemplo de entereza y estatura, en medio del caos y la vulgaridad. La buena literatura venezolana no se hizo, ni se hará en el exilio, se va a hacer acá, de pie, llamando a la reflexión y al pensamiento, recordando el sentido verdadero de las palabras, retomando el sano ejercicio del disenso en tolerancia.
Eso, que a ratos tiene cara de Montejo o de Barrera Tyzska, de Letralia y de Escribas, de retomar el hábito de las reuniones de lectura y de nuevos modelos de mercadeo de libros (ficcionbrevelibros, por ejemplo); todo eso junto es lo que vamos a celebrar, con una copa, el próximo miércoles 15.
Los esperamos para celebrar juntos tanta buena noticia.

La memoria de la Humanidad

Que Chávez emplaza a Uribe a decir que está inquieto con la compradera de armas del gobierno venezolano. Que uno de cada cinco muertos en Venezuela son ocasionados por los cuerpos de (in)seguridad del Estado. Que a los mineros de La Paragua los asesinaron los militares básicamente porque no les entregaron el oro y el diamante que cargaban encima (es decir, por resistirse al atraco, o a la autoridad atracadora, en fin). Que el PPT denuncia un sofisticado plan desestabilizador de la CANTV, consistente en negarse a pagar las demandas laborales del personal, provocando con ello una ola de protestas el mismo día de las elecciones, lo cual será un sabotaje al contundente triunfo de su candidato. Que DirecTV es bidireccional y por allí nos espían los gringos (aunque, puestos a escoger, sería mejor echar un ojo en las habitaciones cerradas de las quinceañeras ociosas). Que en 8 años no hay un sólo preso por corrupción, ni siquiera de la Cuarta… Es increíble que en un país de ficción, la noticia más relevante respecto al tema no haya sido primera plana de todos los diarios nacionales. ¿La noticia? Que ahora leer ficciones será un asunto coordinado desde una página web. Y ficciones de calidad, no las que nos regala a diario la pobre realidad, de un país que decidió desmantelar el aparato técnico y acorralar a la élite gobernante criolla para imponer una élite gobernante extranjera (si no qué carajo hace un presidente flanqueado por dos ministros extranjeros inaugurando obras que van a operar connacionales de esos ministros extranjeros). En fin, que ahora, con Relectura, todos esos que leen a diario algo más que la prensa, podrán agruparse, hacer su blog, solicitar la reunión con un escritor luego de haber leído un libro, y sentarse a discutir esa lectura con el autor de su preferencia. Todo, o casi todo, por cuenta de la casa (es decir, de Relectura). Una idea que es realidad cotidiana en otros países (del continente incluso) y que aquí tenía una mora imperdonable. Más información en la página de la asociación Civil.
En los libros está la memoria de la Humanidad. Hurgando en ese pasado, podríamos evitarnos presentes como el nuestro. Y soñar con futuros más alentadores. A leer, pues. Y ahora acompañados.