Hasta el nombre sugiere felicidad


Como cuando nos permitimos ilusiones pueriles, Caracas se permite a veces pasajes felices, calles que nos recuerdan que tuvimos momentos, si no de gloria, sí de placidez, de gusto por vivir en paz. Momentos de vecindad, con todo lo que lleva esa palabra por dentro, y que ahora suena tan lejano. Como este edificio, ubicado en una calle de Bello Monte, esas que están en la ribera norte del Guaire. Esa calle, que termina a un costado del Centro Comercial El Recreo, se hace de casitas frescas y edificios con árboles y hasta carros de la misma época, perfectamente ubicables en unos esplendorosos años cincuenta, sesenta. Ese Bello Monte casi bucólico, apacible (cómo pudo no haber sido feliz si nació con un nombre que sugiere felicidad), menos sofisticado que en el lado sur, no sólo recuerda que Caracas supo vivir con decoro y respeto al otro, sino que se convierte en símbolo de resistencia a la vulgaridad y al afán de borrarlo todo, al vidrio ahumado y a las edificaciones hechas en serie. Dice, con su sola presencia, que cuando el momento sea propicio, volvamos la vista a estos parajes y nos reencontremos con la ciudad que fuimos, con los ciudadanos que, quizá, podamos volver a ser.

Indefinida


Hay una Caracas invisible. Esa que a fuerza del paso del tiempo y de la locura colectiva, pasa inadvertida. Pero es la Caracas que estuvo, la que sigue ahí y la que seguirá presenciando los inútiles ajetreos de sus habitantes. En un típico delirio tropical, un hombre enfermo de poder grita, para excitar a un puñado de seguidores: “Habría que modificar la Constitución, con la aprobación del pueblo para que la reelección en Venezuela sea indefinida. ¡Hasta que el pueblo diga cuándo debe terminar el mandato de un presidente!”. Pero la piedra es más sabia, y sabe que todos esos afanes pasan, que esos delirios nada son frente al roble, a la piedra a las paredes de una iglesia antigua. Allá, lejos, débiles, llegan los ecos de la locura de los hombres, la megalomanía del que se cree la Historia; acá, la iglesia de Petare, la que estuvo y la que estará cuando ya los parroquianos que siempre ham comentado en sus alrededores los chismes políticos, los que antier comentaban dePérez Jiménez, hayan olvidado al narciso lunático de turno. Todo pasa, nos recordó Chocrón.
Hasta la locura colectiva.

El apartamento de Altavista

«Teníamos como veinte años, aunque creo recordar que aún no los habíamos cumplido. Apenas nos casamos conseguimos un apartamentico en Altavista. Eso fue en el 63 y en esa época se podía vivir tranquilo por esa zona. Hasta paseábamos por los alrededores en las tardecitas. Aunque la verdad es que lo único que tenía de bonito el apartamento era que estábamos enamorados. Y que entraba el sol por las mañanas. Sólo teníamos un box que nos regaló mi suegra, y la cocina. Un día nos metimos en La Liberal y nos enamoramos de un juego de comedor y otro de recibo. Todo lo hacíamos porque nos provocaba. Pagamos el primer giro y nos los llevaron al apartamento, que lo único que tenía de especial, como te dije, era que estábamos enamorados. ¿Tú crees que yo me acuerdo si pagábamos los giros o no? Yo lo único que me acuerdo era que por todo nos reíamos, y que un día, exactamente cuando nos preparábamos para almorzar, llegó el camión de La Liberal y se llevó sus muebles. ¿Que qué hicimos? Nos echamos a reir y desde ese día comíamos en la cama

(De las memorias de una señora común)

Aunque algún día vayan por él


En los setenta, ochenta, aún parecían mayoría. Al menos, esa era la impresión que dejaban al caminar por sus calles. Sobre todo en la plaza y sus alrededores. Su inconfundible estampa acentuaba la atmósfera de la zona. Le daba color local. Gorras, bastones, cigarros, guayaberas. Cinco o seis viejos discutiendo acaloradamente en un grupo. La frase nada humano me es ajeno jamás podría ser más propicia. En ocasiones, cansados de discutir, se quedaban en silencio, pensativos. Y hasta ese silencio marchito le llegaban lejanas nostalgias.
Era La Candelaria, y aunque no el único, era el barrio ibérico por excelencia de la Caracas de entonces. Sus tascas y barras, sus pintorescos billares, sus edificios pequeños y sus inconfundibles señoras rollizas paseando a sus perritos falderos, armando periqueras incomprensibles, eran características de ese noble barrio que daba sabor cosmopolita a la ciudad que, paradójicamente, comenzó a perder encanto cuando tropezó con sus rachas de abundancia.
¿Por qué las comunidades que se asentaron en ese barrio y le dieron su estilo distintivo no pudieron conservar su estampa? ¿Por qué la ruda avalancha de realidad que lo cambió todo para siempre los alcanzó democratizando el caos? ¿Será que los descendientes de esos laboriosos europeos, a los que les tocó la época de las vacas gordas, migró hacia otras zonas, maás al este de la ciudad? Alucinante pesadilla, la de haberse asentado en la plenitud de la vida en un barrio que ofrecía reminiscencias del terruño para tener que, al ocaso, sobrevivir vadeando tarantines, esquivando motos que suben a las aceras, soportando la estridencia de los vendedores de quemaítos.
En La Candelaria, que en nada se diferencia al resto de esta demencial Caracas hay, sin embargo, orgullosos símbolos de la historia chica, verdaderos estandartes que conservan el esplendor de la época de las mejores cocinas españolas de Caracas. Como este edificio que, si el viandante se toma el tiempo de observar, se niega a sucumbir a la estética del todo a mil. Aunque sea sólo un descolorido, un inútil recuerdo. Aunque sea invisible a los ojos del que en donde veía paseos, ahora ve luchas por alcanzar el metro y el seguro encierro en la (ojalá) inexpugnable celda de su casa. Aunque algún día vayan por él.

Añoranza en la ciudad de la furia

“Al contrario que la nostalgia bonaerense, o la murriña gallega, o la saudade portuguesa”, decir nostalgia caraqueña parece una contradicción, afirma, ya en el primer párrafo de su ensayo Mínimas nostalgias caraqueñas, Manuel Llorens, poeta y psicoanalista que, partiendo del dolor que le produce la muerte del Belle Epoque, aprovecha y hurga en el sentido de la nostalgia y en el sentido de la identidad nuestra. En estas nuevas generaciones de repatriados, asoma, se está formando una nostalgia caraqueña. Pero, ¿nostalgia de qué? ¿Del humo, los atracos, la inseguridad, la furia que se siente hasta en las risotadas, en los súbitos arranques de alegría, en las caravanas de algún eventual triunfo deportivo? Los amigos se van alejando, la ciudad y sus recuerdos se van mutilando, el paisaje se va arruinando en nuestra caras, en nuestra cotidiana travesía del trabajo a la casa.

El venezolano extraña el último chiste que salió en contra del gobierno, los zapatazos de Zapata, las vulgaridades de una docena de comediantes, las reuniones ruidosas entre amigos, los absurdos tragi—cómicos de nuestra realidad. Algo de regocijo resignado hay tanto en simpatizantes y opositores en las imágenes de nuestro presidente enloquecido diciendo barbaridades en los noticieros internacionales. Ahora las noticias mundiales incluyen de tanto en vez la última farfullada diplomática que nuestro gobierno emitió en contra o a favor de la globalización, o la salida boliviana al mar, o el estado de las aguas contaminadas del Bronx, o saludos afectuosos a terroristas como El Chacal… El desconcierto del mundo es nuestro día a día. El absurdo nuestra tradición principal.

Esa generación criada en crisis, com dice Llorens (o eso de “nacer con los que estaban bien, pero a la noche estaba todo mal”, como decía el bonaerense), ¿qué puede añorar? “Mi experiencia caraqueña siempre ha estado contaminada por el smog angustioso de un porvenir incierto”, reconoce. ¿Será esta la generación, la que nació y vivió y maduró en esta ya eterna crisis, a la que le tocará encontrar nuestra identidad, lejana como está del desenfreno voluptuoso de épocas mejores? ¿Esta generación que acaso le queda y le quedará el Avila, como último símbolo que no podrán dejar derrumbar, que ya no podrán dejar destruir? Por lo pronto, los invito a leer el delicioso ensayo, publicado en Ficción Breve Venezolana. Es un interesante acercamiento a nosotros y a lo que nos une a nuestra ciudad furiosa.

El corazón todo lo recuerda en sepia

Después que, una vez más, discutieron agriamente, sintió mucha rabia. De repente, eso amargo que asfixia y calienta el pecho se convirtió, así, sin más, en asombro. En asombro y luego en despecho. Pero, ¿qué estamos haciendo?, se pregunta. Decide, entonces, buscarlo de nuevo. Pero no acude a ese pasaporte al veneno. Va a esa otra imagen, la que dijo tantas cosas gratas a lo largo de ese camino largo. La que prometió tanto alborozo en amaneceres tibios. Busca el albúm y se encierra en el baño. Esas fotos sepias pertenecen a un mundo bucólico, donde toda esperanza era posible. Se alojan en la suite presidencial del corazón. Porque el corazón todo lo recuerda en sepia, con imágenes borrosas de bordes carcomidos. Esta era yo… Acá está Miguel… ¡Mira lo delgada que estaba! Tú, siempre tan payaso… musita durante esa visita al pasado. En esas fotos sepias, las celebraciones, los logros, por nimios que se vean a la distancia, tienen sabor a gloria. Tienen la anchura de la esperanza. Y su ingenuidad, también. Cómo hemos venido a parar en esto, se pregunta, mordiéndose un labio, y negándose a quitar la vista de esa época, opaca y brillante a la vez, para ubicarla en esta derrota.


La foto corresponde a una larga reseña aparecida en la página 24 de la revista Mecánica Popular (Nov. 1952), titulada: Venezuela construye la carretera más costosa del mundo. En la misma se señalan todos los detalles de esa maravillosa obra de ingeniería que fue la autopista Caracas-La Guaira, contruida por el Ministerio de Obras Públicas, salvo los viaductos, que fueron encargados a la Compañía Campeon Bernard, de Francia; y los túneles (uno de ellos de 1780 metros de longitud), encargados a la norteamericana Morrison Knudsen Company.

La antigua carretera que une a Caracas con la Guaira es una ruta tortuosa, plagada de peligrosísimas curvas situada la mayor parte en los escarpados Andes,

se puede leer en la reseña (con notorio error geográfico incluido).

El Viaducto Nro. 1, el más largo de los tres y situado al final de la autopista en Caracas, es el puente de arco de concreto más grande del Hemisferio Occidental y el quinto en tamaño del mundo entero. El largo total del viaducto es de 302 metros; su anchura y altura es de 21 y 61 metros respectivamente,

se lee más adelante.
Pueden ver los facsimiles de la revista, página a página, aquí: portada, 22, 23, 24, 144 y 145.
¡Qué tiempos aquellos cuando nuestros gobernantes, a la manera de la Roma de los Césares, nos querían vender nuestra grandeza haciendo obras monumentales!

Las rejas como metáfora

Tal como ya lo había prometido en un post anterior, hoy entrego el segundo texto de la visita de nuestro amigo Subal a Caracas, en la cual diserta sobre la vida enrejada de los caraqueños y comenta una visita que hizo a la casa de Aquiles Nazoa. En el original, Subal lo tituló De com saltar una reixa (De cómo saltar una reja). Otro punto de reflexión sobre una mirada extranjera a nuestro modo de vida. Espero lo disfruten.

El diablo los quería a todos entre rejas y creó el tráfico de cocaína. Así fue que entre todas las castas surgió el hierro forjado como elemento unificador, como nexo de unión de los habitantes de la ciudad atribulada, de la puta excesivamente bella que es Caracas. Rejas y barrotes, todos a cumplir condena.
Rejas y barrotes de color negro, de color blanco, hilo espinoso, circuitos internos de televisión. Del rancho más escandalosamente pobre hasta la urbanización más escandalosamente rica, todos bajo los efectos narcotizantes de la maldición de la cocaína, que genera pobreza, que genera más cocaína, que genera más miseria, que genera bandas, que genera corrupción, que genera más pobreza, más pobreza de espíritu, más ganas de huir, más ganas de armarse hasta los dientes, más rejas. Plomo contra el hampa, canta una pared.
Y la ciudad se desangra lentamente y deja ir un líquido espeso, líquido de frenos, sangre roja, crudo de Maracaibo, un charco de agua sucia en un cráter de Avenida Libertador. Como D.F., como Managua, como Guatemala, como Medellín.
Las rejas como metáfora. Infinita tristeza. Las ventanas, las puertas, las salidas de aire: todos enrejados, todos entregados. Cada vez hay más muros en la ciudad de la eterna primavera. La política no sabe, no tiene ná que ver, me aseguran unos y otros. Los muros, cada vez más altos.
La única casa de Caracas que he conocido sin rejas, la casa más alegre, la más luminosa, fue la del finado poeta, humorista, narrador brillante de toda una época desaparecida de Venezuela, Aquiles Nazoa [nota de subal; http://www.arrakis.es/~joldan/anazoa.htm#3 ] , uno de esos artistas del que uno se haría amigo de inmediato.

Su casa es un ático y no tiene timbre; has de pegar un grito, así, ueeeeeeeeoooo, y entonces se escucha un panita, nieto de poeta, que te dice ya vaaaaaaa, y en un minuto el chiquito te da la bienvenida en el portal. En el ático, un hecho sorprendente; dejan la puerta entreabierta. Hay unas viejitas que charlan y se ríen, tertulias en grave peligro de extinción, máscaras bolivianas de hace más de un siglo, caricaturas dedicadas, cuadros de artistas, alguno de ellos catalán.
Sobre la mesa una galletas hechas por las yayas y un té exquisito. Las anécdotas sobre Aquiles van y vienen. Era un hombre magnífico, estoy seguro. Cuentan que la primera vez que ejerció de preso político fue durante la brutal dictadura de Pérez Jiménez. El panita quería ver llegar el Spirit of Sant Louis de Lindbergh en el hoy desaparecido aeródromo de Caracas y se subió a una verja. Mal vamos.
También dicen que un día, un Nazoa, esta vez no el poeta sino su hermano, creo, se acercó al palacio de Miraflores con intención de charlar con el presidente de turno. Le cerró el paso un vigilante con un enojoso Y tú qué quieres. Y ese tal Nazoa se volvió sobre sus pasos y encontró una silla. Y volvió a palacio con su silla y se sentó delante del vigilante y le soltó sus peculiares voluntades. Panamérica. Libertad. Justicia. Cultura. Educación. Y horas estuvo sentado ante el vigilante. Éste último, pasmado y rascándose el cogote, observaba cómo el círculo de curiosos se iba haciendo cada vez mayor. El presidente recibió por fin en audiencia a ese otro Nazoa, de quien no recuerdo el parentesco con el Poeta.
Eran otros tiempos. Tiempos sin demasiadas rejas, de cielos más azules, de la Caracas que bien pudiera ser París, una ciudad que, gracias a A., L. y a mi querida y única aliada M. reapareció como un espíritu que transformó por unos momentos las avenidas maltratadas, malqueridas, regalando minutos de antigua y eterna esplendor al único turista que vagaba por la ciudad de la eterna primavera.
Esa tarde quizás sentí sobre mi cabeza la brisa que el aeroplano de Lindbergh cultivó en los cielos de Caracas, antes de que las rejas y los barrotes de la realidad me nublaran, de nuevo, la mirada.

Comenzando el blog cerrando el año

Son tantas las cosas que siempre quise decir sobre Caracas que no se podían decir en Ficción Breve, que tuve que sucumbir a crear mi propio blog. La idea de crear un medio que exigiera alimentarse con una frecuencia diaria me asustaba un poco. Pero creo que la ciudad da para eso y para más. Es curioso que me animé a comenzar a escribir cuando casi nadie está leyendo nada. En todo caso, inicio el blog despidiendo el año, en una ciudad que cada día está más caótica. Ya de eso podremos hablar. Mientras, como no podemos recibir el año con malas noticias, los invito a leer el trabajo que hicimos sobre los libros (editados en Venezuela) más importantes del 2005. Lean pues, en Los libros del 2005, en Ficción Breve Venezolana, claro.