Caracas hasta el último de mis días

Intentaron cambiar el nombre a la Urbanización Menca de Leoni por algo tan cursi como Urbanización 27 de febrero, y los vecinos entraron en cólera. No tenían nada a favor del personaje histórico, la gran mayoría no era adeco, quizá ni sabían que se trataba de una primera dama venezolana de cuando los albores de la democracia. Es decir, no era un asunto político, ni histórico, era un asunto de identidad. Y de sentido práctico. No iban a cambiar su dirección de toda la vida por el capricho oportunista de unos cuantos legisladores locales.
Le quitaron al parque del Este el nombre de Rómulo Betancourt (¿Ah, se llamaba así?) y le colocaron Francisco de Miranda. Y nada ha cambiado. Sólo que ahora le rinden menos honor al homenajeado, porque el mantenimiento del parque (con el consabido populismo de abolir el simbólico pago por el disfrute de sus instalaciones) es mucho más pobre. Los usuarios de antes, de cuando se llamaba Rómulo Betancourt, le llamaban Parque del Este, y los de ahora le llaman parque del este.
Le pusieron a Venezuela el adjetivo de bolivariana, y además de ser una muestra de lo folklóricos que son los tipos que nos gobiernan, el asunto apenas sirve para marcar ese período histórico en que se registró un incremento brutal de la corrupción en el Estado. Los bolivarianos, como se les llama a los funcionarios de ahora, son mucho más corruptos que sus predecesores. Los ministerios ahora intercalan “del Poder Popular” en su razón social, y nunca la gente ha estado más lejos del poder (asómense y vean la cantidad de vehículos de seguridad que acompañan a los representantes de ese poder popular).

En esa búsqueda inútil de borrar la memoria de los venezolanos de todo acontecimiento anterior al advenimiento del Rey Sol criollo, ahora se toparon con el nombre de nuestra ciudad: Santiago de León de Caracas, que ha recibido a lo largo de su historia afectuosos (e incluso cariñosamente irónicos) epítetos como La de los techos rojos, La sucursal del cielo, La sultana del Ávila, y conocida simplemente como Caracas (o La Capitar, según el imaginario de los caraqueños de antaño sobre cómo era nombrada su ciudad por los pobladores del interior del país), ahora la suman a esa larga lista de oprobiosos y ridículos intentos por desnaturalizarla, de hacerla aliada (cómplice, creación, obra de gobierno) de una revolución a la que no se le han visto ni se le verán las bondades: Ahora proponen llamarla “la Cuna de Bolívar y Reina del Guaraira Repano”. ¿Habrase visto tamaña ridiculez? ¿Semejante cursilería inútil? ¿Se acabará el hampa, el abuso de los motorizados, la indolencia de sus habitantes, con el cambio de nombre? ¿Respetarán los policías a sus conciudadanos a partir del nuevo bautizo? ¿Dejarán de matraquear los fiscales? ¿Se resiprará un ambiente más humano, la gente no botará basura en sus calles, dejarán de comprarle a los buhoneros? ¿Habrá menos desnutrición si le ponemos la Reina del arroz con pollo? ¿O menos violencia si la bautizamos Hogar espiritual de Gandhi? ¿Y a los alrededores del Paseo Vargas, le pondremos: “Tierra sagrada de indias harapientas y descalzas que piden limosnas para sobrevivir mientras dan teta a cinco indiecitos barrigones”? Cuando uno los ve por la calle, y piensa que unos vivos están usando su imagen para saquear al Estado, no se puede sentir sino asco. Y medir el talante espiritual de esos tipos que nos gobiernan. Y la sede del poder ejecutivo, ¿que tal si la mudamos para La Planicie? ¿O la sede de la Asamblea para el Nucleo Endógeno Fabricio Ojeda? ¿O los ministros y diputados, mudarlos a un bloque del 23 de Enero? Eso sí sería revolucionario.
Todo ese afán de cambiar nombre recuerda la milmillonaria campaña de Telcel por obligar a sus clientes a que la llamen Movistar, y sin embargo la gente va a un quiosco y pide una Telcel de quince mil, y el quiosquero, impávido, entrega la mercancía solicitada. El alma de una ciudad no se legisla. Como todo organismo vivo, depende de miles de factores que escapan de las manos de los gobernantes. Ponle Bushtown a Manhattan y seguirá siendo Manhattan. Ponle Leningrado a San Petesburgo y sus habitantes recuperaron su nombre.

El problema con estos tipos es que creen que tiene derecho a hacer lo que les da la gana con el país porque usurpan el coroto. Que creen ingenuamente que se puede escribir la Historia en el alma de los ciudadanos. Que creen que la Historia y sus vidas son una sola cosa. Que juran que por escribirlo, por decretarlo, se siente, se asimila, se produce el cambio. El problema con estos tipos es la desconexión con el sentir de la gente real. Es que dejaron de sentir como esos que cobran quince y último, que se apilonan en el metro, que van al cine los lunes y que hablan mal del gobierno, de la suegra y del jefe. Que no saben que el gobierno, la suegra y el jefe siempre estarán en la acera del frente, así se hagan los locos, así compartan la mesa y celebren los chistes. Que no hay nada más reaccionario que pensar como los poderosos, que hacer las cosas no porque genera felicidad sino porque se tiene con qué. Porque entrañan la caudillesca noción de que el poder se debe demostrar, y cuanto mas arbitrario mas evidente.
El problema con estos tipos es su intrínseca infelicidad. Su suprema infelicidad.

Para mí Venezuela será sólo Venezuela y Caracas será Caracas aún en el último de mis días. Porque no hay nada más subversivo, más insolente con el poder, que el corazón.

Hasta el nombre sugiere felicidad


Como cuando nos permitimos ilusiones pueriles, Caracas se permite a veces pasajes felices, calles que nos recuerdan que tuvimos momentos, si no de gloria, sí de placidez, de gusto por vivir en paz. Momentos de vecindad, con todo lo que lleva esa palabra por dentro, y que ahora suena tan lejano. Como este edificio, ubicado en una calle de Bello Monte, esas que están en la ribera norte del Guaire. Esa calle, que termina a un costado del Centro Comercial El Recreo, se hace de casitas frescas y edificios con árboles y hasta carros de la misma época, perfectamente ubicables en unos esplendorosos años cincuenta, sesenta. Ese Bello Monte casi bucólico, apacible (cómo pudo no haber sido feliz si nació con un nombre que sugiere felicidad), menos sofisticado que en el lado sur, no sólo recuerda que Caracas supo vivir con decoro y respeto al otro, sino que se convierte en símbolo de resistencia a la vulgaridad y al afán de borrarlo todo, al vidrio ahumado y a las edificaciones hechas en serie. Dice, con su sola presencia, que cuando el momento sea propicio, volvamos la vista a estos parajes y nos reencontremos con la ciudad que fuimos, con los ciudadanos que, quizá, podamos volver a ser.

Indefinida


Hay una Caracas invisible. Esa que a fuerza del paso del tiempo y de la locura colectiva, pasa inadvertida. Pero es la Caracas que estuvo, la que sigue ahí y la que seguirá presenciando los inútiles ajetreos de sus habitantes. En un típico delirio tropical, un hombre enfermo de poder grita, para excitar a un puñado de seguidores: “Habría que modificar la Constitución, con la aprobación del pueblo para que la reelección en Venezuela sea indefinida. ¡Hasta que el pueblo diga cuándo debe terminar el mandato de un presidente!”. Pero la piedra es más sabia, y sabe que todos esos afanes pasan, que esos delirios nada son frente al roble, a la piedra a las paredes de una iglesia antigua. Allá, lejos, débiles, llegan los ecos de la locura de los hombres, la megalomanía del que se cree la Historia; acá, la iglesia de Petare, la que estuvo y la que estará cuando ya los parroquianos que siempre ham comentado en sus alrededores los chismes políticos, los que antier comentaban dePérez Jiménez, hayan olvidado al narciso lunático de turno. Todo pasa, nos recordó Chocrón.
Hasta la locura colectiva.

El apartamento de Altavista

«Teníamos como veinte años, aunque creo recordar que aún no los habíamos cumplido. Apenas nos casamos conseguimos un apartamentico en Altavista. Eso fue en el 63 y en esa época se podía vivir tranquilo por esa zona. Hasta paseábamos por los alrededores en las tardecitas. Aunque la verdad es que lo único que tenía de bonito el apartamento era que estábamos enamorados. Y que entraba el sol por las mañanas. Sólo teníamos un box que nos regaló mi suegra, y la cocina. Un día nos metimos en La Liberal y nos enamoramos de un juego de comedor y otro de recibo. Todo lo hacíamos porque nos provocaba. Pagamos el primer giro y nos los llevaron al apartamento, que lo único que tenía de especial, como te dije, era que estábamos enamorados. ¿Tú crees que yo me acuerdo si pagábamos los giros o no? Yo lo único que me acuerdo era que por todo nos reíamos, y que un día, exactamente cuando nos preparábamos para almorzar, llegó el camión de La Liberal y se llevó sus muebles. ¿Que qué hicimos? Nos echamos a reir y desde ese día comíamos en la cama

(De las memorias de una señora común)

Aunque algún día vayan por él


En los setenta, ochenta, aún parecían mayoría. Al menos, esa era la impresión que dejaban al caminar por sus calles. Sobre todo en la plaza y sus alrededores. Su inconfundible estampa acentuaba la atmósfera de la zona. Le daba color local. Gorras, bastones, cigarros, guayaberas. Cinco o seis viejos discutiendo acaloradamente en un grupo. La frase nada humano me es ajeno jamás podría ser más propicia. En ocasiones, cansados de discutir, se quedaban en silencio, pensativos. Y hasta ese silencio marchito le llegaban lejanas nostalgias.
Era La Candelaria, y aunque no el único, era el barrio ibérico por excelencia de la Caracas de entonces. Sus tascas y barras, sus pintorescos billares, sus edificios pequeños y sus inconfundibles señoras rollizas paseando a sus perritos falderos, armando periqueras incomprensibles, eran características de ese noble barrio que daba sabor cosmopolita a la ciudad que, paradójicamente, comenzó a perder encanto cuando tropezó con sus rachas de abundancia.
¿Por qué las comunidades que se asentaron en ese barrio y le dieron su estilo distintivo no pudieron conservar su estampa? ¿Por qué la ruda avalancha de realidad que lo cambió todo para siempre los alcanzó democratizando el caos? ¿Será que los descendientes de esos laboriosos europeos, a los que les tocó la época de las vacas gordas, migró hacia otras zonas, maás al este de la ciudad? Alucinante pesadilla, la de haberse asentado en la plenitud de la vida en un barrio que ofrecía reminiscencias del terruño para tener que, al ocaso, sobrevivir vadeando tarantines, esquivando motos que suben a las aceras, soportando la estridencia de los vendedores de quemaítos.
En La Candelaria, que en nada se diferencia al resto de esta demencial Caracas hay, sin embargo, orgullosos símbolos de la historia chica, verdaderos estandartes que conservan el esplendor de la época de las mejores cocinas españolas de Caracas. Como este edificio que, si el viandante se toma el tiempo de observar, se niega a sucumbir a la estética del todo a mil. Aunque sea sólo un descolorido, un inútil recuerdo. Aunque sea invisible a los ojos del que en donde veía paseos, ahora ve luchas por alcanzar el metro y el seguro encierro en la (ojalá) inexpugnable celda de su casa. Aunque algún día vayan por él.

Añoranza en la ciudad de la furia

“Al contrario que la nostalgia bonaerense, o la murriña gallega, o la saudade portuguesa”, decir nostalgia caraqueña parece una contradicción, afirma, ya en el primer párrafo de su ensayo Mínimas nostalgias caraqueñas, Manuel Llorens, poeta y psicoanalista que, partiendo del dolor que le produce la muerte del Belle Epoque, aprovecha y hurga en el sentido de la nostalgia y en el sentido de la identidad nuestra. En estas nuevas generaciones de repatriados, asoma, se está formando una nostalgia caraqueña. Pero, ¿nostalgia de qué? ¿Del humo, los atracos, la inseguridad, la furia que se siente hasta en las risotadas, en los súbitos arranques de alegría, en las caravanas de algún eventual triunfo deportivo? Los amigos se van alejando, la ciudad y sus recuerdos se van mutilando, el paisaje se va arruinando en nuestra caras, en nuestra cotidiana travesía del trabajo a la casa.

El venezolano extraña el último chiste que salió en contra del gobierno, los zapatazos de Zapata, las vulgaridades de una docena de comediantes, las reuniones ruidosas entre amigos, los absurdos tragi—cómicos de nuestra realidad. Algo de regocijo resignado hay tanto en simpatizantes y opositores en las imágenes de nuestro presidente enloquecido diciendo barbaridades en los noticieros internacionales. Ahora las noticias mundiales incluyen de tanto en vez la última farfullada diplomática que nuestro gobierno emitió en contra o a favor de la globalización, o la salida boliviana al mar, o el estado de las aguas contaminadas del Bronx, o saludos afectuosos a terroristas como El Chacal… El desconcierto del mundo es nuestro día a día. El absurdo nuestra tradición principal.

Esa generación criada en crisis, com dice Llorens (o eso de “nacer con los que estaban bien, pero a la noche estaba todo mal”, como decía el bonaerense), ¿qué puede añorar? “Mi experiencia caraqueña siempre ha estado contaminada por el smog angustioso de un porvenir incierto”, reconoce. ¿Será esta la generación, la que nació y vivió y maduró en esta ya eterna crisis, a la que le tocará encontrar nuestra identidad, lejana como está del desenfreno voluptuoso de épocas mejores? ¿Esta generación que acaso le queda y le quedará el Avila, como último símbolo que no podrán dejar derrumbar, que ya no podrán dejar destruir? Por lo pronto, los invito a leer el delicioso ensayo, publicado en Ficción Breve Venezolana. Es un interesante acercamiento a nosotros y a lo que nos une a nuestra ciudad furiosa.

De los centros comerciales

Conozco un señor, en La Victoria, que se llama Mister. Lindo nombre, ¿no? Digo, el de la ciudad. Lo increible es que a nadie -a ningún venezolano, quiero decir- desconcierta enterarse del nombre de ese caballero. Nos conocemos demasiado bien para que eso nos asombre. En esa misma ciudad, por cierto, hay un centro comercial que se llama Shopping Center. Supongo que su nombre completo sería algo así como Centro Comercial Shopping Center. Le sucederá a Mister, si llega a ir a un país de habla inglesa. Si de algo lo podrán acusar (a su madre, más bien) sería de redundante. Pero por eso nadie va preso. De hecho, me extraña un poco que, siendo los venezolanos como somos, no le llamemos Shopping Center a los centros comerciales.

Una de las taras que parecen definirnos es que, culturalmente, los venezolanos, a la hora de poner parches, lo hacemos siempre con costura gruesa. Desconocemos el zurcido invisible. En pocas palabras: se nos ven las costuras. Y los shopping center (perdón, centros comerciales), ofrecen claros ejemplos de ello. Hablar de uno es hablar de todos. Todos se parecen. Siguiendo con las metáforas del mundo del sastre, todos son cortados por una misma tijera.
Lo primero que vemos, de lejos, al entrar en estas ciudades de climas controlados y relativa tranquilidad para caminar, es a un grupo de jóvenes elegantemente vestidos con trajes oscuros, lentes de sol y radiotrasmisores en la mano, apostados en las cercanías de los inmensos accesos. De lejos se ven así. Es el llamado personal de seguridad. Pero en Caracas a todo se le ve el artificio, como ya dijimos. En la medida que la mirada se acerca, se descubre que ese compacto y elegante equipo de agentes de seguridad, no es más que un grupo de muchachos mal pagados, que a duras penas disimulan, haciendo uso de la clásica arrogancia caraqueña, lo barato de su ropa, lo apurado de su atuendo, lo irregular de ese (de lejos) uniforme. Da tristeza verle a todo el truco.
Y, en adelante, nada cambiará. No habrá sorpresas durante la visita a cualquiera de ellos.
Los mesoneros de los pocos locales que todavía ofrecen el sano servicio de la atención en la mesa, tampoco logran esconder sus parches. La costura dice claramente que son unos tipos que están pasando por una mala racha y aceptaron, de mala gana, esa chambita. Por eso el pésimo servicio. Por eso la falta de un código de honor del respetable oficio. De los pocos locales con mesoneros, vale subrayar. En realidad son pocos y caros. Y tienen nombres pretenciosos. Pasta´s, por ejemplo (que es como llamarse Mister). De resto, pelear por una mesa, cual si de un comedor de beneficencia se tratara, y dividirse las tareas: yo cazo la mesa y tú ve pidiendo, en las llamadas ferias. ¿Ferias de qué?, se preguntará el visitante. Del mal gusto y la comida mala, podría ser.
Los centros comerciales caraqueños son, con ligeras modificaciones, uno y el mismo. No sueñe con deleitarse en novedades arquitectónicas. Quizá se salve, ligeramente, el San Ignacio. Y no mucho, después de todo. Y como buenos clones, por dentro todos tienen lo mismo. Todas las franquicias (que son decenas, en esta Venezuela endógeno y revolucionaria) tienen sucursal en ellos. Puedes ir a cualquiera y, seguro, encontrarás el Ferretotal, el Grafitti, el Tijerazo, el Farmatodo, el Retoucherie, el insufrible Mac Donalds… O sus respectivas competencias. Adiós a los tiempos de vamos a una heladería en tal sitio, que tiene un helado de brandy con café que es una delicia. La sorpresa, la variedad, la personalidad, no forman parte de la oferta de estas ciudades dentro de la ciudad.
De las librerías (todas de cadena, por supuesto) sale gente con cara de mírenme, yo sí leo, con sus libros de autoayuda en las bolsas. Los autores más vendidos en ellas son Deepak Chopra y Paulo Coelho. También se venden muy bien los que tienen en la portada palabras como asertividad, inteligencia emocional, competitivo…
¿Los baños? las camareras los cierren cuande les place. “Estoy limpiando”, dicen, gritan, ordenan. Que es como decir: No jodas tanto y ten consideración, ¿no ves que estoy haciéndote el favor de limpiar esta vaina?. A todo se le ve el truco. Y no hay dónde tomarse una cerveza helada sin cometer un exceso con el bolsillo. Ni un rayito de venerable sol, ni una brisita que nos traiga algún aroma perdido. Ni gente amable, alegre dueña de su negocio, en ningún local que visite. Ni, en general, rastros de la ciudad en la que se vive.
Y aunque todo eso es verdad, si se asoma a la calle, al mundo que está fuera de sus laberínticos dominios, a esa Caracas imposible que cada vez más parece una competencia para los más aptos, podría incluso provocarle girar en círculo. Girar en círculo y volverse, mansamente, a esas aburridas ciudades de espejos y luces. Al menos allí no lo pisará una moto. Ni se inquietará sabiendo que, como dicen algunas pintas en las paredes de la ciudad, “si matan a Chávez quemamos el este”.

El corazón todo lo recuerda en sepia

Después que, una vez más, discutieron agriamente, sintió mucha rabia. De repente, eso amargo que asfixia y calienta el pecho se convirtió, así, sin más, en asombro. En asombro y luego en despecho. Pero, ¿qué estamos haciendo?, se pregunta. Decide, entonces, buscarlo de nuevo. Pero no acude a ese pasaporte al veneno. Va a esa otra imagen, la que dijo tantas cosas gratas a lo largo de ese camino largo. La que prometió tanto alborozo en amaneceres tibios. Busca el albúm y se encierra en el baño. Esas fotos sepias pertenecen a un mundo bucólico, donde toda esperanza era posible. Se alojan en la suite presidencial del corazón. Porque el corazón todo lo recuerda en sepia, con imágenes borrosas de bordes carcomidos. Esta era yo… Acá está Miguel… ¡Mira lo delgada que estaba! Tú, siempre tan payaso… musita durante esa visita al pasado. En esas fotos sepias, las celebraciones, los logros, por nimios que se vean a la distancia, tienen sabor a gloria. Tienen la anchura de la esperanza. Y su ingenuidad, también. Cómo hemos venido a parar en esto, se pregunta, mordiéndose un labio, y negándose a quitar la vista de esa época, opaca y brillante a la vez, para ubicarla en esta derrota.


La foto corresponde a una larga reseña aparecida en la página 24 de la revista Mecánica Popular (Nov. 1952), titulada: Venezuela construye la carretera más costosa del mundo. En la misma se señalan todos los detalles de esa maravillosa obra de ingeniería que fue la autopista Caracas-La Guaira, contruida por el Ministerio de Obras Públicas, salvo los viaductos, que fueron encargados a la Compañía Campeon Bernard, de Francia; y los túneles (uno de ellos de 1780 metros de longitud), encargados a la norteamericana Morrison Knudsen Company.

La antigua carretera que une a Caracas con la Guaira es una ruta tortuosa, plagada de peligrosísimas curvas situada la mayor parte en los escarpados Andes,

se puede leer en la reseña (con notorio error geográfico incluido).

El Viaducto Nro. 1, el más largo de los tres y situado al final de la autopista en Caracas, es el puente de arco de concreto más grande del Hemisferio Occidental y el quinto en tamaño del mundo entero. El largo total del viaducto es de 302 metros; su anchura y altura es de 21 y 61 metros respectivamente,

se lee más adelante.
Pueden ver los facsimiles de la revista, página a página, aquí: portada, 22, 23, 24, 144 y 145.
¡Qué tiempos aquellos cuando nuestros gobernantes, a la manera de la Roma de los Césares, nos querían vender nuestra grandeza haciendo obras monumentales!

Las rejas como metáfora

Tal como ya lo había prometido en un post anterior, hoy entrego el segundo texto de la visita de nuestro amigo Subal a Caracas, en la cual diserta sobre la vida enrejada de los caraqueños y comenta una visita que hizo a la casa de Aquiles Nazoa. En el original, Subal lo tituló De com saltar una reixa (De cómo saltar una reja). Otro punto de reflexión sobre una mirada extranjera a nuestro modo de vida. Espero lo disfruten.

El diablo los quería a todos entre rejas y creó el tráfico de cocaína. Así fue que entre todas las castas surgió el hierro forjado como elemento unificador, como nexo de unión de los habitantes de la ciudad atribulada, de la puta excesivamente bella que es Caracas. Rejas y barrotes, todos a cumplir condena.
Rejas y barrotes de color negro, de color blanco, hilo espinoso, circuitos internos de televisión. Del rancho más escandalosamente pobre hasta la urbanización más escandalosamente rica, todos bajo los efectos narcotizantes de la maldición de la cocaína, que genera pobreza, que genera más cocaína, que genera más miseria, que genera bandas, que genera corrupción, que genera más pobreza, más pobreza de espíritu, más ganas de huir, más ganas de armarse hasta los dientes, más rejas. Plomo contra el hampa, canta una pared.
Y la ciudad se desangra lentamente y deja ir un líquido espeso, líquido de frenos, sangre roja, crudo de Maracaibo, un charco de agua sucia en un cráter de Avenida Libertador. Como D.F., como Managua, como Guatemala, como Medellín.
Las rejas como metáfora. Infinita tristeza. Las ventanas, las puertas, las salidas de aire: todos enrejados, todos entregados. Cada vez hay más muros en la ciudad de la eterna primavera. La política no sabe, no tiene ná que ver, me aseguran unos y otros. Los muros, cada vez más altos.
La única casa de Caracas que he conocido sin rejas, la casa más alegre, la más luminosa, fue la del finado poeta, humorista, narrador brillante de toda una época desaparecida de Venezuela, Aquiles Nazoa [nota de subal; http://www.arrakis.es/~joldan/anazoa.htm#3 ] , uno de esos artistas del que uno se haría amigo de inmediato.

Su casa es un ático y no tiene timbre; has de pegar un grito, así, ueeeeeeeeoooo, y entonces se escucha un panita, nieto de poeta, que te dice ya vaaaaaaa, y en un minuto el chiquito te da la bienvenida en el portal. En el ático, un hecho sorprendente; dejan la puerta entreabierta. Hay unas viejitas que charlan y se ríen, tertulias en grave peligro de extinción, máscaras bolivianas de hace más de un siglo, caricaturas dedicadas, cuadros de artistas, alguno de ellos catalán.
Sobre la mesa una galletas hechas por las yayas y un té exquisito. Las anécdotas sobre Aquiles van y vienen. Era un hombre magnífico, estoy seguro. Cuentan que la primera vez que ejerció de preso político fue durante la brutal dictadura de Pérez Jiménez. El panita quería ver llegar el Spirit of Sant Louis de Lindbergh en el hoy desaparecido aeródromo de Caracas y se subió a una verja. Mal vamos.
También dicen que un día, un Nazoa, esta vez no el poeta sino su hermano, creo, se acercó al palacio de Miraflores con intención de charlar con el presidente de turno. Le cerró el paso un vigilante con un enojoso Y tú qué quieres. Y ese tal Nazoa se volvió sobre sus pasos y encontró una silla. Y volvió a palacio con su silla y se sentó delante del vigilante y le soltó sus peculiares voluntades. Panamérica. Libertad. Justicia. Cultura. Educación. Y horas estuvo sentado ante el vigilante. Éste último, pasmado y rascándose el cogote, observaba cómo el círculo de curiosos se iba haciendo cada vez mayor. El presidente recibió por fin en audiencia a ese otro Nazoa, de quien no recuerdo el parentesco con el Poeta.
Eran otros tiempos. Tiempos sin demasiadas rejas, de cielos más azules, de la Caracas que bien pudiera ser París, una ciudad que, gracias a A., L. y a mi querida y única aliada M. reapareció como un espíritu que transformó por unos momentos las avenidas maltratadas, malqueridas, regalando minutos de antigua y eterna esplendor al único turista que vagaba por la ciudad de la eterna primavera.
Esa tarde quizás sentí sobre mi cabeza la brisa que el aeroplano de Lindbergh cultivó en los cielos de Caracas, antes de que las rejas y los barrotes de la realidad me nublaran, de nuevo, la mirada.

Comenzando el blog cerrando el año

Son tantas las cosas que siempre quise decir sobre Caracas que no se podían decir en Ficción Breve, que tuve que sucumbir a crear mi propio blog. La idea de crear un medio que exigiera alimentarse con una frecuencia diaria me asustaba un poco. Pero creo que la ciudad da para eso y para más. Es curioso que me animé a comenzar a escribir cuando casi nadie está leyendo nada. En todo caso, inicio el blog despidiendo el año, en una ciudad que cada día está más caótica. Ya de eso podremos hablar. Mientras, como no podemos recibir el año con malas noticias, los invito a leer el trabajo que hicimos sobre los libros (editados en Venezuela) más importantes del 2005. Lean pues, en Los libros del 2005, en Ficción Breve Venezolana, claro.