Farruco, Sociedad Anónima / Teodoro Petkoff

Casi nadie sabe que detrás del Panteón Nacional se está construyendo un panteón particular para Bolívar. La obra está a cargo de la Oficina para Planes y Proyectos Especiales de la Presidencia de la República (OPPE), ahora convertida en Fundación, con la sigla FOPPE. Esta oficina está en manos de Farruco Sesto y el director de la ejecución de sus obras es el arquitecto Lucas Pou Ruan, no sólo amigo sino socio de Farruco desde hace años, en la firma “Sesto y Pou Consultores”, de la cual forma parte también Carlos Pou, hermano de Lucas. Esta empresa fue encargada de varios proyectos de construcción durante los primeros años del régimen. Posteriormente la firma fue disuelta y en su lugar apareció la contratista “Opus 18 Desarrollos C.A.”, cuyos socios principales son, mire qué casualidad, los hermanos Lucas y Carlos Pou. “Coincidencialmente”, esta empresa asumió la construcción de la Villa del Cine, en Guarenas, otorgada a dedo por el ministro Farruco Sesto a sus socios, con el argumento cínico de que tratándose de “una obra artística no era necesaria ninguna licitación”.

Recientemente, con motivo del bicententario del 19 de Abril, fue erigido en la plaza de San Jacinto un horrendo obelisco de 48 metros de altura. Chávez encargó de la obra a la FOPPE.

¿Quién levantó ese bodrio escultórico? Pues, mire qué nueva casualidad, aunque nunca se mencionó el nombre de la empresa constructora ni el costo de la plasta, quien declaró sobre ella, exponiendo todos sus detalles y “méritos” artísticos, fue el caballero Lucas Pou, directivo de la FOPPE, socio de Farruco. Chávez encargó de la obra a la FOPPE.

A todas estas, cuando Farruco fue designado viceministro de Cultura, todavía en el Ministerio de Educación, fue creada la empresa constructora “Pemegas C.A.”, cuyos directivos son los hermanitos Pou y un señor llamado Juan Luis Sesto, por pura coincidencia hermano mayor de Farruco, quien obviamente representaba sus intereses. Este Sesto vendió en mayo de 2007 el 33% de sus acciones a los otros socios, Pou y un tal Igor Flasz. Desde 2006, “Pemegas” forma parte de las contratistas de Pdvsa y ha realizado obras y prestado servicios, tanto a la petrolera como al Ministerio de Salud, al Inavi, a los ministerios del Ambiente e Infraestructura y a la Defensoría del Pueblo.

“Pemegas” ha tenido varios cambios en su directiva y en la composición de sus accionistas, pero siempre figuran los Pou. Por ejemplo, Lucas Pou y Flasz vendieron sus acciones, ¿y quiénes las adquirieron? Pues, entre otros, la señora Cecilia de Pou y la señora Judith de Flasz. Familia que guisa unida permanece unida.

Ahora bien, Señor Presidente, todo esto y mucho más está registrado y notariado.

En la edición de El Mundo del miércoles 9 de marzo aparece un amplísimo reportaje sobre este caso de atraco a la Nación, con todos los detalles sobre la conformación de estas compañías para los guisos de Farruco. ¿Usted no sabe nada de esto? ¿Será necesario explicarle que el tal Farruco Sesto es un pillastre de marca mayor, que viene despachándose y dándose el vuelto desde hace años, viviéndose a la “revolución” y seguramente contando con que su asqueroso y repugnante modo de jalarle bolas a usted le asegura la impunidad para esta sarta de vagabunderías. Esto es con Usted, Presidente. ¿Usted ni siquiera va a ordenar una averiguación? ¿Nada de esto le resulta sospechoso?

Batallas (Pedro Enrique Rodríguez)

Copio este post aparecido en facebook, porque considero vital su lectura. No podemos exigir buenos gobiernos si somos malos ciudadanos. ¿Cuánta gente que marcha “por la libertad” irrespeta los más elementales derechos ajenos?

Es sábado. Desde temprano, cuando mi esposa salió de casa al consultorio donde estará trabajando como psicóloga infantil hasta después del mediodía, estoy solo con mi hija de 3 años y 3 meses. Como todo sábado, mi hija y yo bajamos a la cocina, preparamos un desayuno que comemos conversando, jugando, en fin, viviendo de la mejor forma posible ese privilegio efímero y fascinante que es ver aparecer un sábado en su estuche de juguete nuevo, de horas sin asuntos pendientes. Es sábado23 de enero, día de marchas: el día en que se celebra la caída del penúltimo militar del siglo XX. Termina un mes duro, repleto de cortes de luz, de agua, de relatos violentos, del peligro que corrió en dos ocasiones mi esposa, cerca de dos tiroteos, del discurso cada vez más ruin y demagógico de los nuevos dueños del país, de un sujeto bocazas y aburrido que, como un círculo que se repite una y otra vez en la historia, hace las veces de mandamás, de todopoderoso, de simpaticón, de nuevo gendarme necesario. Pero es de mañana y todas esas cosas están, todavía, un poco lejos: exorcizadas por la sonrisa de mi hija, por el amarillo licuado y casi transparente de la luz que entra por la ventana de la cocina. Así, tomando el desayuno, mirando una película, acompañándola a jugar, de pronto ambos recordamos una promesa que le había hecho desde temprano: comprar chocolates y helados para el resto del fin de semana. Puesto que hay una cadena de supermercados a poco más de una cuadra de nuestra casa, decido que no estaría mal comprar algunas otras cosas para ella. Mi hija tiene 3 años y 3 meses: es veloz, feliz, temeraria. Por precaución, por seguridad, decido llevarla sentada en su coche. En el camino, ella sube y baja el toldito, disfruta del sol, voltea de tanto en tanto y me sonríe. En el supemercado, colabora llevando en sus piernas los objetos que seleccionamos para ella: chocolates de leche, galletas de plantilla, leche deslactosada, jugos de durazno, helado de chocolate. Serena, cívica, me acompaña durante la cola de la caja. Conversa con algunas señoras sobre las cosas que realmente le interesan en la vida: el disfraz de Stephanie, de Lazy Town, que le prometimos para carnavales; un juego de muñecas; una historia de su amiga Isabella; el temor que siente por los fuegos artificiales. Pagamos, coloco las bolsas en las agarraderas a ambos lados del coche y salimos en dirección a la casa. A medio camino, nos encontramos con que una camioneta se ha trepado en la acera, justo junto a un árbol, y no existe ni un pequeño espacio que permita continuar. A un lado, en la calle, pasan carros a una velocidad que no podría considerarse baja, entre un caos de otros carros estacionados en la calle. Es un riesgo, pero aún así no queda alternativa. Me aseguro que no venga ningún carro y bajo a la calle con el coche. Al pasar junto a la camioneta, noto que el conductor, un sujeto vestido con ropa deportiva, lee con actitud bobina la página de deportes de un periódico. Toco el vidrio, el conductor me mira y lo baja: noto que, sentado en el asiento de atrás, está un niño de no más de siete años. Le digo que al estacionarse en toda la acera, le cierra el paso a todos los peatones. Que esa calle está llena de viejitos, que es un peligro que yo deba pasar el coche de mi hija por la calle. El sujeto parece pensar. Lo hace, de hecho, y me responde que el tiene poco tiempo estacionado allí. No comprendo de qué forma el problema temporal resuelve las implicaciones del problema espacial. Pienso, sí, que es la típica respuesta autoreferencial de una ciudad donde la noción de convivencia es sólo un tópico. Se lo digo. El sujeto, sin embargo, parece encontrar en su argumento una legitimidad recóndita, libertaria, quizá flamígera, pues de pronto cambia su actitud perpleja y me dice, furioso: Es más chico, ¿por que tú me tocas el vidrio así? La pregunta, en medio de todo, me da risa. Le respondo: Pana, y ¿cómo quieres que te toque el vidrio? ¿en inglés? El sujeto pierde el control. Grita, se agita, tiembla. Entre escupitajos (indicador de mala dicción) vocifera que él se para donde a él le de la gana, que él hace la mierda que le dé la gana, esencialmente, porque yo me puedo ir al coño de la madre en la medida en que él es él y le importa una mierda cualquier mierda, frase que, se le mire por donde se le mire, está repleta de una cadena significativa de contrasentidos. Pienso en eso. Noto que, sentadito en su asiento, el niño lo mira, con miedo. Abajo, en el coche, mi hija me mira a mí, perpleja. Considero en un instante frío, silencioso, total, el fácil gesto de desplazar mi mano izquierda (soy zurdo) y darle un golpe seco y feroz justo en el centro de la cara. Es un instante, pero sé en ese instante que soy más fuerte que él, que el golpe sería exacto, que le partiría la nariz, que el sujeto no podría reponerse fácilmente, que el placer que sentiría al verle asimilar la violencia de mi golpe sería un pequeño regalo de la fisiología: una galleta rota con placer. Pienso (como en la lámina de un libro) en el hueso nasal, en la fragilidad de la sutura internasal. Casi al mismo tiempo pienso en el terror que sentirá mi hija en el coche, en un niño sentado en el puesto trasero, en la desolada condición de encontrarme junto a un imbécil al volante de algo que sobrepasa los 1500 kg. y una potencia de 6000 rpm con la nariz fracturada, sangrando a borbotones. Pienso, además, en mi fantasiosa suposición de que el término ciudadanía debe tener algún sentido, en mi romántica esperanza de vivir en un país y no en lo que realmente vivo: un territorio repleto de sobrevivientes torpes, egoístas, simples, esencialmente estúpidos y, por todos esos motivos, por todas esas imaginaciones, decido seguir mi camino. Al hacerlo, dos, tres metros más allá, cuando al fin volvemos a la acera, mi hija me pregunta: Papi, qué dijo ese sheñor. Le digo: dijo que es feo y que además es tan estúpido que le gusta ser feo. Mi hija, de 3 años y 3 meses, hace un gesto de pesar con la boca y dice: Aaaah. Siento la nítida punzada de dolor de quien comprende que este no es, ni de lejos, el mundo que quisiera para ella. Que ese episodio frente a un sujeto obsceno, simplón, abusivo, que se orienta en la ciudad según su mediocre espacio privado es sólo una parte del libreto de siempre, de la misma vieja historia de lo que siempre hemos sido, de lo que quizá nunca dejaremos de ser. Caminando el trayecto final a nuestra casa, de pronto siento (como otras veces), que recordar aquél remoto 23 de enero de 1958 es recordar, apenas, una pequeña parte de las luchas libradas y por librar. De hecho, la parte más pequeña.

Libertad de expresión, no. Libertad de agresión

Un grupo de trabajadores y periodistas de Ávila TV (televisora oficialista) muestran sus “argumentos” a un grupo de periodistas de la Cadena Capriles que protestaban pacíficamente repartiendo volantes en el centro de Caracas, contra la Ley Orgánica de la Educación y otras leyes restrictivas de la libertad de expresión. Usaron palos y metras. El resultado doce periodistas heridos.


Diez años de un discurso que sataniza a los medios y al ejercicio del periodismo han hecho de ese oficio uno de los más peligrosos de ejercer en la Venezuela que, según el slogan gobiernero “ahora es de todos” (los que aplaudan)

El regreso a la normalidad

Los militares lo depusieron tras una orden del Tribunal Supremo, y desaparecieron de la escena, sin disolver los otros poderes establecidos ni dejar una estela de muetos, por lo que se pudo hacer lo que la Constitucion de Honduras prevé para esos casos: el interinato del presidente del Congreso hasta las elecciones. Es decir, el cronograma electoral sigue vigente.
Luego de que la comunidad internacional comienza a digerir esas pequeñas diferencias con respecto a lso golpes militares clásicos, comienzan a suceder ligeros cambios de percepciones y movimientos. ¿Cuáles?
La OEA cambia la exigencia de devolver el poder a Zelaya, a cambio de la creación de una comisión conformada por miembros de los países más moderados frente al tema (es decir, los que no tengan intereses a la vista). Estados Unidos tantea el terreno, respira, ve a los lados, y a la final busca alternativa al término golpe. Taiwán e Israel ya reconocen el gobierno hondureño. Fernández (Dominicana) cita a Rómulo Betancourt en su discurso sobre las doctrinas democráticas. Colom (Guatemala) dice que ni de vaina apoya una intervención militar en Honduras. El pueblo de Honduras se galvaniza en torno a sus poderes constituidos ante la amenaza de naciones extranjeras, consciente de que si Zelaya retorna al poder en ese país gobernará abiertamente Hugo Chávez…
Como resultado de esos cautelosos movimientos el visitante se vuelve incómodo para todos en tanto deja de ser noticia. Todo seguirá su curso, hasta noviembre que habrá elecciones (en las que ningún candidato será tan suicida como para aliarse al ahora conocido como el Bush del Caribe) y nuestro Emperador sufrirá su primera gran derrota a la hasta ahora infalible fórmula: Constituyente-reelección-vasallaje al imperio.
Pareciera que la aplicación de dicha fórmula parece venir en retroceso.
Ahora, ¿el berrinche del emperador realmente se debe a la pérdida de una de las piezas de su tablero? ¿Será que las investigaciones internas en Honduras podrían dar con escandalosas evidencias acerca de la fórmula del vasallaje llamada Socialismo del Siglo XXI, que demuestre cómo está plagada de delitos electorales y corruptelas?
Cada segundo de inactividad de la comunidad internacional frente al caso Honduras le agrega una tonelada de barro a la “víctima demócrata” de los “gorilas” hondureños. El inexorable “regreso a la normalidad” es una pesadilla para Zelaya, para Chávez. Por la natural necesidad de paz y de estabilidad (necesarias para salir a ganarse el pan) los hondureños quieren poner fin al conflicto, por razones de economía social: no hubo muertos (como sí los hay en Irán), un alto porcentaje de la población (ochenta y tanto por ciento) está de acuerdo con la deposición del mandatario, no hay que hacer ese escándalo cuando apenas le quedaban meses frente al gobierno…
No parecen ser esas las razones de tanta furia.

¿Será entonces que sólo él sabe cómo están las cosas en esos puntuales y alarmantes informes del G2, y teme que si el mundo no actúa contundentemente contra un ejército que, mostrando las evidencias adecuadas, decida actuar contra las locuras de un presidente, se está gestando un mal precedente que pesa en su contra? Es decir, ¿será que teme que si no se condena a los militares de Honduras, los de algún “otro país”, aduciendo algún descalabro institucional, puedan actuar de manera semejante (aprovechando las viejas ganas que algunos podrían tener)? En fin, ¿será que hay gente esperando los resultados de Honduras para decidirse a actuar?
¿Es eso lo que lo tiene tan enérgico, amenazante y nervioso?
Ya se verá por dónde vienen los tiros. El asunto ha servido, al menos, para que el mundo entero se ría o se asombre (depende del talante de cada quien) del cinismo de Ortega, Chávez, Castro y Evo hablando de democracia.

Nos merecemos tener un país o tenemos el país que nos merecemos?

Está bien, eso es irrefutable: el ilustre bocón-megalómano-ignorante que se hizo del coroto realmente ha destrozado las instituciones, una inmensa parte de la actividad productiva nacional y ha incurrido en desmanes tan impedonables como acentuar el resentimiento, barrer con la autonomía de los poderes, usar los recursos del Estado en un permanente proselitismo, ahogar cualquier forma de disidencia, financiar bandas paramilitares armadas, y una cantidad innumerable de abusos, con el fin de ir instaurando, paso a paso, una dictadura fascista de derecha. Eso nadie lo niega. Pero me pregunto yo ¿Es nuestra mala calidad de vida su única y absoluta responsabilidad? Es decir, ¿no contribuimos nosotros con que nuestra calidad de vida y nuestra percepción de ciudadanía sea cada vez más pobre?
Ese gordo que toca corneta como un poseso apenas el tránsito reduce ligeramente la veolcidad, sin importarle las molestias que causa a los que le rodean; el motorizado que se sube impunemente a la acera para evadir las colas, el autobusero que se para donde le dá la gana y el taxista que se atraviesa en el rayado; el animal que monta su carro en la acera, a veces hasta perpendicular a la calle, obligando a los peatones a caminar por la avenida; el otro idiota que monta media camionetota en la acera, frente al restaurant donde va a comer, porque tiene hambre y él no va a parar más lejos porque le pueden robar el carro; el vivo que no deja terminar de salir y ya se está metiendo en el vagón del metro; el que usa el carro para rodar tres cuadras (porque él paga su gasolina); el que es incapaz de ceder el puesto en los autobuses a las señoras que cargan niños; todos esos incivilizados que no se quitan el morral al subirse al vagón, los que fuman delante encima de los demás, los que son incapaces de hacer la torsión mínima necesaria para evadir chocar contra los demás viandantes, y una vez que chocan son incapaces de disculparse; los que esperan a los chamos en el carro frente al portón del colegio, generando una cola monstruosa; lso que escuchan música con los celulares en el metro, los que ponen música a todo volumen en el carro; los que se colean en todos lados, porque son vivísimos; los que tiene malos hábitos de aseo y se montan en vagones atestados de gente, normalmente sin aire acondicionado; los que no se bajan del carro para comprar el peródico y gneran más congestionamiento; los que beben cerveza en la calle, ofreciendo un balurdo espectáculo de chabacanería (los estudiantes del Nuevas Vacaciones, en Los Dos Caminos, beben a diario y bailan regueton en la acera con las puertas de los carros abiertas); los que hablan por el celular gritando; los que explotan sin asco a sus empleados; los que le compran a los buhoneros… Seamos honestos: ¿Esa gente qué tiene que ver con el emperadorcito?
Mientras aquel cae, lo caen, le estalla una verdadera revolución o se muere, hay un trabajo duro que hacer para recuperar la ciudadanía. Y es urgente. Y es grave. “Esa gente” me hace la vida mucho más dura en mi ciudad. “Esa gente” me jode tanto o más que el desquiciado emperadorcito en mi tránsito cotidiano por mis calles. Esa gente jamás, lease bien, jamás estará en mi mismo bando. Esa gente que no se adapta a vivir en ciudad, que fue derrotada por la dureza de la urbe y vive malhomorada contaminando con su agresividad y sus chapucerías y problemas de educación y de trato social y su incapacidad de sonreir y de hacer uso de la cortesía, son la otra mitad del problema.
Reitero, esa gente no juega para mi equipo, y están en la misma lista de gente que desprecio (como las foquitas rojitas y los recién vestidos rojitos y los estómagos agradecidos rojitos y los malandros rojitos). Esa gente tiene el país que se merece.
Mientras ellos existan, mientras esa gente no se eduque para vivir en ciudad, al ciudadano de verdad, herido en su sensibilidad, le tocará vivir en el exilio interior.
Sigamos hablando de macropolítica, que si mañana cae el emperadorcito, gracias a “esa gente” mi calidad de vida, ni a de ninguno, mejorará ni un ápice al día siguiente.

Presos políticos


Al día siguiente del 11-A el gobierno dejó que los buhoneros montaran sus tenderetes en la Av. Baralt (contaminando el área que debió acordonarse). También se supo que a los apartamentos cercanos a Miraflores, llegaron hombres con órdenes de Miraflores y removieron evidencias y frisaron paredes. Por otra parte, sabotearon la Comisión de la Verdad y obviaron sus informes. No hubo juicio realmente. Todo se basó en supuestos testimonios, sin escuchar las contrapartes. Los comisarios Vivas, Forero y Simonovis, así como los policías metropolitanos “acusados”, recibieron penas hasta de 30 años. Mientras, los pistoleros de Puente Llaguno (por estar defendiendo al emperador), fueron liberados completamente. Estos hombres son presos políticos de Chávez. Así gobierna un cobarde que, al menos, ya se quitó la careta.

Lo malo es que convierte al hombre en sapo

Una de las consecuencias más tristes de los regímenes de terror, es que convierten al hombre, digno por origen, en un sapo, en un ser despreciable, vil, rastrero. Los cobardes ven en la sumisión la única manera de salvar el pellejo.
Y no sólo se vuelven serviles. Con la sumisión viene la abyección total (saben que perdieron su dignidad y pasan factura a los que la mantienen, porque su actitud los humilla al recordarle que vendieron su condición humana). Con la abyección viene el odio hacia los demás, el cinismo, el sadismo… Y la delación. Los regímenes se sostienen del terror de la carroña (no es contigo, pedro. Al menos, no exclusivamente).
Cuando los seres que se despojaron de su dignidad, se dejan llevar por el pánico, se vuelven despiadados. Y se vuelven despiadados porque cambian los principios por instintos. Son viscerales. Sólo reaccionan ante estímulos primitivos: el hambre, el fuego… Se solazan en un “poder” que intenta (pesimamente) esconder su terror y su esclavitud. Prefieren ser el perro en casa del emperador (qué digo perro, el gusano de las sobras del plato del emperador), que un hombre libre en la calle.
Uno de estos sapos, uno de estos especímenes del “hombre nuevo” delata a dos juezas de Maracaibo por el supuesto delito de haberse reunido con un sentenciado del emperador. De inmediato son destituidas. El delator calma su terror sintiendo el poder que le dá la delación. El poder de su dedo. ¡Vana ilusión! Es un poder ficticio porque es esclavo de sus miedos y de su amo. Y, así nos lo dice la historia, algún día pasará a ocupar el lugar del delatado. Sólo que además perdió su dignidad hace tiempo.
Reo e indigno.
Otra esclava de sus instintos se solaza porque al antiguo compadre del emperador lo metieron preso. Cree que con aplaudir las decisiones del amo se salva. La historia le recordará lo absurdo de su indignidad.
Pobre gente. Así, uno a uno, todos demuestran su talento para reptar.
Y, una vez que se desata, el miedo todo lo consume. Porque también el emperador es prisionero de sus miedos. Por eso ataca. Por eso escucha delaciones. Por eso necesita actitudes serviles. Teme hasta su sombra. Por eso es, a su vez, prisionero de sus lisonjeros y delatores de oficio. Y tiene miedo al “pueblo”. Por eso lo divide. Sabe que algún día ese pueblo sabrá que todos sus pesares tienen su origen en aquel. Por eso distrae. Ofrece funciones gratis de guillotinamiento en las plazas públicas. Por eso azuza el odio de unos con otros. Por eso, porque es víctima de sus fantasmas, es que no soporta ninguna forma de cuestionamiento. Todo el que fue su aliado, todo el que alguna vez le tendió la mano, es potencial víctima (porque le recuerda que alguna vez necesitó de los demás, que fue menos poderoso que hoy: que fue humano). Por eso, en cuanto se resbalan, en cuanto dan la más mínima señal de erguir los hombros, les cae encima la “justicia imperial”. El que una vez le tendió la mano, se convierte para siempre en un esclavo. So pena de conocer esa justicia.
Lo malo de los países que caen prisioneros del terror, es que sus ciudadanos dejan de ser hombres libres. Y no necesariamente porque comenzarán a poblar las cárceles, sino porque los más débiles sacarán lo peor de sí para sobrevivir con su instinto de chacal. Vana ilusión. El terror sabe que usándolos unos a otros, poco a poco todos caerán con un mínimo esfuerzo. La historia no miente.
Esos que creen que están arriba, son los verdaderos prisioneros. Ojalá que les alcance la vida para que los persiga la vergüenza.
Lo malo de la historia, es que se repite y se repite de manera tan previsible.

Por cierto, ¿derechos? ¿Humanos?

Uno de los ministricos del emperador, uno de sus voceros nunca demasiado autorizados, señaló ante los micrófonos (porque, para ellos, la verdad es en tanto la nombran), que el “gobierno revolucionario” respeta los derechos humanos. Esa, como todas las cosas que suelen afirmar los capitranes del mundo al revés, no sporta un soplido. ¿Quién puede sentir que la situación de los derechos humanos en Venezuela ha mejorado cuando los planes de seguridad ciudadana se resuelven sacando guardias nacionaels con fusiles a la calle? ¿Qué pasa si un guardia nacional avista un raterito en plena fechoría? ¿Dispara un fusil que tiene un alcance efectivo de 1.500 metros? ¿Qué rechos humanos han mejorado cuando el mismo emperador exige que se le eche gas del bueno y se meta en la cárcel a los estudiantes que protesten (y a todo el que tranque una calle)? ¿Qué derechos humanos tienen los ciudadanos disidentes sin desde la tarima en la que le habla a sus seguidores, el mismísimo emperador los tilda de (según la palabra que ponga de moda entre sus huestes) apátridas, afligidos, escuálidos, oligarcas, pityankis? ¿En qué parte quedan los derechos humanos de aquellos que, en espera de que le entreguen su miserable crédito gubernamental, le ponen una camisa roja y lo ponen al sol a escuchar seis horas consecutivas al emperador? ¿Qué derechos humanos tenían los ciudadanos que pasaron a formar parte de la Lista de Tascón y por ende, fueron despedidos de sus empleos? ¿O los que se vieron obligados a retirar su firma de la solicitud del revocatorio, so pena de perder su empleo si no lo hacían? ¿Qué derechos humanos respeta un gobierno que ignora olímpicamente la decisión soberana del electorado cuando coloca a un alcalde o gobernador opositor, que es inmediatamente desconocido por el emperador? ¿Dónde están los derechos humanos de los miles de despedidos de pdvsa? ¿Y las de los presos políticos que, en tal caso, desconocieron la autoridad del emperador, tal como él lo hizo en su momento? ¿Quién sabe de los derechos humanos de los dos ciudadanos asesinados a manos de los cuerpos de seguridad, cuando se inventaron la caza de brujas tras el asesinato del fiscal Anderson? ¿Y los de los barrenderos que para ganarse un sueldito de miseria barriendo calles, tienen que hacer de hombre-sandwichs con la camisita con la propaganda de turno? Y, en fin, ¿dónde están los derechos humanos de los que tienen que ira a un hospital, o conocer el horror de la cárcel sin juicio ni sentencia alguna? ¿O el de los vecinos del 23 de enero, que deben soportar el terrorismo de las andanadas de plomo cada vez que a los desadaptados que se disfrazan de militantes les dá la gana? ¿Y el de los ciudadanos que deben soportar los abusos de las escoltas de cuanto funcionario público anda en caravanas de seis carros y diez motos? Ahora, como nunca, cualquiera que tiene un carnet o una pistola (oficial o no) abusa de sus vecinos. Ahora, como nunca, policías y guardias nacionales hacen lo que les dá la gana impunemente. Ahora, como nunca, la gente sabe que el Estado de Derecho es un decir y que la justicia está parcializada y politizada.
Eso lo sabe todo el mundo.

¿Derechos? ¿Humanos? ¡Por favor!

Exactamente, ¿qué celebran?

Luego de ver la alborotada algarabía, la celebración de el emperador y sus acólitos, me he estado preguntando: ¿exactamente qué celebran? Que luego de hacer una costosísima, ventajista y abusiva campaña en la que no escatimaron ni tuvieron escrúpulos a la hora de desplegar propaganda por el SI en todas las instituciones públicas (léase bien: públicas), incluyendo el mes que estuvo el metro de Caracas poniendo música a favor del SI, lograron embaucar a un porcentaje importante del electorado para que respondiera afirmativamente una pregunta enredada y tramposa, más porque cayó en la trampa de convertir la consulta en un plebiscito en torno a la figura del caudillo, que porque tuvo la información suficiente para saber que estaba respondiendo sobre el tema de si deseaba eliminar la limitación a los períodos de postulación del presidente (cualquier presidente, en adelante todo presidente).
Si necesitaron de todo el esfuerzo de gastar una cantidad importante de los dineros de todos los venezolanos comprando conciencias, amenanzando y extorsionando (ellos mismos reconocen que cruzaron las listas de los beneficiarios de las misiones, empleados públicos y otras sutilezas como imprimir propaganda del SI hasta en los récipes de Barrio Adentro), para al fin ganar gracias más bien a la apatía de casi 5 millones de venezolanos, que simplemente se quedaron en sus casas y no salieron a opinar en torno a algo tan importante. Porque la victoria del gobierno, luego de esa aplastante, abusiva, desigual campaña en la que se amedrentó a la oposición, incluso convirtiendo una reunión de la oposición cin n grupo de asesores extranjeros en una cospiración, se reprimió a los estudiantes y se permiti´ño campaña del gobierno incluso el mismo día de las elecciones, para al fin sacar una ventaja de 900 mil votos, lo que da es vergüenza.
Y ese pueblo que votoó a favor del plebiscito del caudillo, ¿qué ganó con complacerle el capricho? ¿Seguir viviendo de las dádivas, teniendo que ponerse la camisita del gobierno en cada concentración pública a la que es llamado? ¿Por qué le compra al caudillo la idea de que su presencia en el poder (obtenida tras modificar “la mejor constitución del mundo” con el único rpopósito de permanecer en el pdoer recurriendo a métodos falaces y poco éticos) es indispensable para “continuar profundizando la revolución”? ¿Ese pobre pueblo no le ve por encimita el modo de vida a los jerarcas del régimen? ¿De verdad están tan jodidos así que entregan todo a cambio de migajas, de palabras huecas, de promesas de cambio luego de diez años enriqueciéndose en el poder?
Ahora entiendo por qué a los tiranos les conviene mantener al pueblo ignorante y en la pobreza. Así son tan baratos que no hay que hacer mucho esfuerzo por engañarlos. Y salen, además, baratos a la hora de comprarlos.
6 millones de compatriotas (por diversas razones) compraron la trampa. Otros 6 millones se abstuvieron. Los que hasta hace unos años éramos 4 millones que no nos compraban ni nos amedrentaban con nada, ahora somos 5 millones. Les tengo noticias a los tiranos y a sus cómplices: seguiremos luchando. No somos de los que se cansan con facilidad.

La brizna de paja al viento





Humilde, sencillo, “una brizna de paja en el viento de la revolución” como el mismo gusta definirse. Un hombre del pueblo, ese, que algún día se va a retirar al campo y va a colgar su chinchorrito mientras compone coplas por la patria. Hoy los venezolanos salimos a votar. Y él, como buen patriota, también ejerció su derecho al voto. Tres tiunas, una decena de motorizados, varias camionetas blindadas y otras de apoyo, además de otros cuerpos policiales forman parte de la comitiva que lo acompaña cuando se “llena de pueblo”.
Allí se le puede ver, en la secuencia fotográfica, manejando el carro rojo (una pregunta, fuera de joda: ¿De dónde saca esos vehículos? Antes se desplaza en un volkswagen rojo, ahora lo hace en este. ¿Él no donó su sueldo a dos estudiantes? Parecerá un hecho irrelevante, pero si ese vehículo no parece pertenecer a ningún organismo oficial -al menos, no tiene ninguna calcolmania que lo identifique-, ¿de dónde salen? ¿Se los prestan los panas, tipo valijeros, como dice la prensa argentina?). Como se puede ver, después del carro rojo (y antes también) se ven las camionetas blindadas colmadas de guardaespaldas, luego los tiunas rojos y las pick-up blancas.
A “su pueblo” (casi 50-50 con la cantidad de guardaespaldas que está en la esquina,con camisas rojas y caras blindadas) le encanta verlo pasar, como un niño repentinamente rico, como un muchacho del barrio que llegó a las grandes ligas, como alguien “de nosotros” que “le fue bien”. Disfrutan de ver cómo “ese muchacho que vivía aquí, en la casa de la esquina” se da esa vida de millonario. Verlo arrogante cuando viene a visitar a la mamá. Se complace sus caprichitos. Tiene avión, carros, historias con mujeres famosas, amigos “importantes”, enemigos de temer… Por eso les encanta verlo pasar. Además, no ha perdido sus maneras de cuando vivía en el barrio: contestón, retrechero, habla golpiao y dice lo que se le pasa por la cabeza.
Así esperen una hora bajo el sol, soportando el mal humor de los guardaespaldas, pero bien vale ese “brevísimo instante” de verlo manejando “él mismo”, como dicen asombradas las sencillas mujeres que todavía creen en él, su carrito rojo. El último caprichito de nuestro muchacho, al que le ha ido bien. Mientras siga ahí sentimos que “uno de nosotros coronó“. Por eso, y sólo por eso, votan si.
Aunque al rato se den la vuelta, suban de nuevo a sus casas y, buscando aquí y allá, de pronto consigan hacer una sopa con huesos.
Contentos porque, si uno de los suyos llegó. Es como si ellos hubiesen llegado.
Aunque los separe una montaña (grande de verdad) de billetes.