Ahora, en Banesco: Depósito a plazo fijo “voluntario”

Una cosa es que en Venezuela la tendencia irreversible sea que el servicio (tanto público como privado), sea cada vez sea más malo, y otra es que los encargados de prestar servicio compitan por la mediocridad en la prestación del servicio y la mala educación y la falta de seriedad y el más absoluto irrespeto al cliente. Pero otra muy distinta es el caso de Banesco, que está pasando de mal servicio a actitud sospechosa.
Hace quince días, alguien intentó sacar su dinero de su cuenta Banesco, en un cajero automático de un banco cualquiera. La operación fue cancelada por el cajero y los 150 bolívares fuertes (que no enriquecen, pero cómo hacen falta cuando es lo último que se tiene para pasar esos días), además de las respectivas comisiones, desaparecieron de su cuenta.
Convencido de que se debía a un pequeño error que se solucionaría apenas se asomara a su banco, se quedó esa noche sin su dinero pero con la esperanza de resolver el asunto en cuanto se dirigiera a la agencia bancaria en la que tiene su cuenta. Al día siguiente, y con la característica displicencia del que no quiere ser molestado por nimiedades, algún funcionarillo menor (en la monstruosa pirámide jerárqueca del banco) le dijo que debía esperar 48 horas para ver si la operación se revertía automáticamente (nunca lo hace, no lo va a hacer y ellos lo saben) y “sólo después de este lapso de tiempo”, es que debía acudir a una agencia a hacer el requerimiento (los mundos militares y banqueros tienen en común el gusto por las jergas pomposas y de ridícula apariencia técnica). Se resigna a esperar ver cumplidas las 48 horas a las que se ve sometido arbitrariamente, pensando que si después de todo ese es su dinero, nadie debería ponerle plazos para devolverle un dinero que le pertenece. Pero, ya sabe cómo funciona el servicio en Venezuela.
Se anota en una lista larga que pone a prueba su paciencia y su civilidad. Es atendido tres o cuatro horas después por una funcionaria que le dice que esas cosas se deben procesar es por este número de teléfono, y le extiende un papelito escrito a mano por ella, y que no podía ayudarlo. Que lo siento. Que (y esto es el colmo del cinismo) si lo puede ayudar en alguna otra cosa… El agraviado se dice que Banesco no va a lograr convertirlo en un energúmeno y trata de mascullar un buenas tardes y se va a su casa a llamar por teléfono (lo que pudo haber hecho cinco horas antes si el funcionarillo se lo hubiese informado cuando le preguntó, dos días antes). Al décimo intento de comunicarse, alguien le ordena anotar un número y le dice que en 20 días hábiles le darán respuesta acerca del destino de sus miserables 150 bolívares ¿fuertes? Es decir: un mes sin derecho a réplica ni explicaciones. Un monto que el banco debería tener como seguro de garantía y devolverlo de inmediato al cliente, porque el mal servicio de las operaciones técnicas es responsabilidad del banco, no de la víctima (perdón, cliente) que tiene su dinero allí, creyendo en la publicidad llena de caras sonrientes que dicen que le van a dar el trato que se merece (¿que se merece? ¿Alguien se merece ese trato?).
La persona espera resignada a que el banco haga uso de su dinero todo ese mes y se lo devuelva (¿se lo devuelva?) cuando le dé la gana, poniendo plazos arbitrarios y sin explicación alguna a la devolución de su dinero. Espera tratando de no impacientarse y, a la semana, recibe una llamada de su esposa desde su celular:
¿Amor? ¿puedes revisar un momentico mi saldo en mi cuenta Banesco?
Sí, el lector es muy astuto. Las novelas policiales ya lo han entrenado a reconocer lo obvio. 200 Bolívares fuertes que desaparecieron de sus cuentas. Otra víctima de Banesco. Otras 48 horas. Otro mes sin por qué. Otra desazón y otra desesperanza y otra percepción de que en Venezuela todo el que puede hace lo que le dá la gana con el tienpo, con el dinero, con la vida de los demás. Que esa potestad no parece ser exclusivamente del gobierno. Que cualqueir que ponga una taguara y se esconda detrás de un empleado anónimo y unas reglas arbitrarias, hcae lo que le da la gana con los demás.
Ahora, sería interesante que Banesco promocionara ese nuevo servicio, para los amantes de las aventuras: la del depósito voluntario. Aleatorio. Un depósito forzado a plazo fijo por 30 días, sin derecho a pataleo, y sin que el cliente y dueño del dinero se gane medio por la operación. Va una propuesta de publicidad:

Si usted es amante de los riesgos y las aventuras, únase ya a Banesco y sude cada vez que va a sacar su dinero de un cajero. Hoy le puede tocar a usted. Banesco, sólo para los que saben que la vida es azarosa.

Qué fácil es ser banquero en la Venezuela del Socialismo del siglo XXI. Por esa falta de controles sobre el dinero de los ahorristas y sobre las normas de operación (siempre favorables para ellos) es que los banqueros son el gremio más silencioso y cauto a la hora de fijar posiciones políticas.

A las puertas de la Reforma

Un gobierno tan paranoico como este, que en todo ve una conspiración, que nunca logró establecer mecanismos de comunicación con la población que lo adversa (lejos de eso, acentuó sus ataques y su acorralamiento a la disidencia), ayer (1 de noviembre) dio dos muestras de su verdadero talante para gobernar, y demostró por qué se quiere quitar de encima el estorbo del debido proceso y la libertad de prensa en estados de excepción (vale acotar que en el traje a la medida que se confecciona Chávez, él puede decir cuándo ameritamos estar ante un estado de excepción). Chávez, como lo ha demostrado durante estos nueve largos y penosos años, desdeña las formas y los trámites que signifiquen control a su gestión. Siempre supuso que gobernar es hacer lo que le da la gana y, como buen malandro, todo el que rechace esa forma de actuar, es un enemigo, catalogado en una de las miles de formas que usa para ello: traidor, apátrida, peón del Imperio, loro del imperio, escuálido, afligido, oligarca… Ayer se demostró lo peligroso que resulta esto para una democracia. Ayer se demostró cuánto está en juego cuando se juntan estos factores. Dos eventos separados representan el mejor ejemplo de cómo Chávez nos pretende gobernar de por vida.

1) Atracados por los organismos de seguridad frente al TSJ: El primero de ellos se protagonizó a las cuatro de la madrugada. A esa hora, los miembros de Primero Justicia que realizaban una vigilia frente al Tribunal Supremo de Justicia, fueron desalojados por la fuerza por efectivos de la Guardia Nacional (eso no es precisamente producto de cumplir una orden; es producto más bien de un sadismo alimentado por el resentimiento que, como doctrina única, reciben los miebros de ese cuerpo de seguridad: “vamos a joder a esos sifrinitos“). Una vez a la intemperie, “funcionarios de un organismo de inteligencia, que llegaron en camionetas negras, los sometieron y les robaron sus carteras, teléfonos, maletines con documentos y hasta las llaves de los autos”, según reseñó el diario El Universal, basado en unas deaclaraciones de Julio Borges, directivo de ese partido político, quien acotó que esa acción es “una pequeña muestra de lo que le espera al país si se aprueba la reforma, y harán lo que les de la gana”.
Es decir, hombres de civiles, llegados en carros de lujo, los sometieron y amedrentaron. Como suele hacerse en esos procedimientos, además del sueldo y las comisiones, el botín conseguido por cada funcionario es un incentivo adicional.

2) Violencia contra los estudiantes y criminalización de las protestas: Los estudiantes organizaron una nutrida marcha hasta el Consejo Nacional Electoral, para solicitarle que no siga avanzando en una reforma que fue cocinada a espaldas de la población, y que es desconocida por un 90% de la población. Como siempre, se les permitió llegar sólo hasta un par de cuadras del edificio público (cuando es sabido que a los adeptos del régimen los dejan celebrar frente al CNE, como la vez aquella que Jorge Rodríguez celebró en una tarima improvisada con el pueblo chavista a las puertas del ente comicial). En fin, los estudiantes llegaron al sitio, y ya el tratamiento de locos peligrosos que se le dio al llegar al sitio, era toda una provocación. Una cantidad impresionante de efectivos militares (Guardia Nacional, o Nazional como se le conoce ultimamente) y policiales, que si se pusieran a la disposición de la ciudadanía no tendríamos los índices delictivos que tenemos. Como siempre, tras las cinco, seis, líneas de choque de la policía y la guardia, se encontraban los adeptos al gobierno (las brigadas de “actos de repudio” que es el nombre original de esta figura importada de Cuba), en actitud amenazante y lanzando cohetones y botellas, protegidos por la policía. Es decir, los que iban en paz, se encontraban con una pared militar; y, del otro lado, los que lanzaban botellas y amenazaban, se encontraban en plena “zona de seguridad” custodiados por las fuerzas del orden público. Como siempre, una comisión de los estudiantes debió ir, escoltados por la policía y sometidos por las piedras y botellas del puñado de delincuentes de rojo, a entregar el documento. Como siempre, se lo recibieron con cara de circunstancia y los quisieron despachar a sus casa: ya entregaron el documento, ya pueden irse a sus casas, despejen la vía, ya jugaron a hacer de rebeldes.
Pero esta vez los estudiantes quisieron ponerle un toque inesperado al libreto, intentando encadenarse a las rejas de la escalera del Consejo Nacional Electoral. Lo que podría considerarse un acto hasta pueril, se convirtió en un intento de golpe de Estado para las hipersensibles autoridades del país. Funcionarios de seguridad y guardias nacionales, dirigidos por un oficial, reaccionaron de manera desmedida para desalojarlos del lugar, cosa que no lograron gracias a la mediación de algunos directivos del CNE. Ya en la calle, la voz de la agresión sufrida a sus compañeros se corre entre los que esperan afuera, los ánimos se exaltan y la policía decide dispersar la manifestación. En ese momento, cuando se desatan los ánimos sádicos de los policías, es que se da el suceso de Henry Vivas (hijo de Henry Vivas, último director civil de la PM, preso político del régimen por un juicio infinito en el cual no se le ha podido determinar culpabilidad en la muerte de civiles el pasado 11 de abril de 2002), en el que una patota de seis o siete policías arremete contra él hasta que se percatan que están siendo filmados por una cámara de Globovisión. El saldo de su hazaña militar: Henry tuvo que buscar por el piso dos de sus dientes.
En las declaraciones oficiales, tanto Tibisay Lucena (presidente del CNE) como el viceministro de seguridad ciudadana, coincidieron en concluir que la violencia en el CNE era un “show mediático” (es decir, preparan el terreno para montarle un expediente a Globovisión, y quitarse ese estorboso ojo público, en vísperas de las protestas venideras luego de aprobada fraudulentamente la reforma). “Hemos sido sorprendidos en nuestra buena fe” dijo la señora Lucena, como si se hubiese tratado de que le pusieron una bomba al edificio entero.

Criminalizar la protesta, convertirla en un intento de subversión, cuando los estudiantes hicieron un acto que además de simbólico no suponía mayor peligro. Ese es el resultado de un país gobernado con una estructura mental militar. Las declaraciones de las autoridades, son las típicas declaraciones de la más rancia y aburguesada burocracia conservadora y militarista. Sin imaginación, sin contacto con la masa, como si ya se hubieran agotado tras de cuarenta años en el poder.

Criminalizar la protesta, cuando los criminales, los delincuentes, fueron los que atracaron a unos ciudadanos durante la madrugada de ayer, y los que, durante esa misma noche, se metieron a la UCV en motos a hostigar y a lanzar bombas lacrimógenas a los estudiantes.
Y eso es sin haber modificado la constitución. Cómo será cuando Chávez gobierne con la constitución militar y dictatorial que desea.

Toque de queda y estado de excepción

Los buhoneros de cada callejón, de cada vereda, ya están identificados por los maleantes. El dilema, el verdadero trabajo, de cada día, no es armar y desarmar un tarantín hecho de tubos y cinta de embalaje, ni pasar el día repitiendo su eventual “alaolden”. El trabajo real es planificar minuciosamente cómo llegar a la casa con los reales de la venta del día. Todas las tardes deben cambiar la ruta de acceso, la forma de llegada y hasta el sitio dónde guardar el dinero, para llegar a salvo a su casa. Todo el que vive en un barrio duro lo sabe. El toque de queda comienza a las seis de la tarde. A esa hora, el que va llegando a su casa, se encierra a ver televisión (por eso fue un duro golpe el cierre de RCTV), hasta el día siguiente. Ya a las ocho comienzan a oír las balaceras. De cuando en cuando, despiadados dioses señalan a un tranquilo morador, sin importar la edad, y con su mano poderosa dirige una de esas tantas balas hasta la cabeza del elegido, atravesando paredes de lata o ventanas con sucias cortinas de tela. Hay barrios tan, pero tan duros, que ya después de las dos de la tarde sólo se sale para emergencias. Los prudentes ya a esa hora compraron en las bodegas cercanas todo lo necesario para el resto del día. No es una exageración. Como tampoco lo es que, a la mañana siguiente, cuando alguien salga a su trabajo, se encuentro con un tiroteado muerto en la puerta de su casa. La fuerza de la costumbre puede demoler hasta el asombro y la compasión. En esos casos se da un saltito y se sigue su rumbo. Y ojalá que a la tarde ya lo hayan recogido. En Pinto Salinas mataron a un tipo que se atrevió a salir de noche. A las diez lo alcanzó la bala. Murió cerca de las once, y la policía lo recogió a las diez de la mañana siguiente. ¿Qué ley protege a esos niños de ver tanta violencia? ¿Por qué esos mismos que bramaban contra la violencia que transmitía RCTV, no exigen más respeto por la inocencia de esos niños? En otro barrio, el cadáver de un atracado se lo llevó la corriente de la lluvia, porque la PTJ no llegó nunca. En los barrios de Caracas hay toque de queda e infringirlo, con toda seguridad, cuesta la vida. ¿Qué más estado de excepción que esto? ¿No es la violencia de Caracas algo excepcional? ¿O es que estados de conmoción sólo se refieren a que el gobierno vea en peligro su permanencia en el coroto? ¿Con qué moral nuestro emperador le dice a MR. Donkey (perdón, al presidente norteamericano) que cese el genocidio del pueblo iraquí? ¿No es un genocidio a manos del hampa, con la que el gobierno venezolano es sumamente complaciente, la que se lleva a cabo contra el pueblo de Venezuela?
El colmo de la vanidad de nuestro máximo líder, se expresa en su permanente deseo (aprendido de su mentor) de escuchar su propia y detallada opinión sobre los “grandes problemas del mundo”, todos aquellos que le permitan hablar como un estadista, pero ninguno de aquellos que deba resolver él. ¿Sabrá un fan español (o argentino o francés) del nuevo líder de los desposeídos del mundo, la terrible experiencia de morir en un hospital venezolano? ¿Conocerá todo el esplendor de la palabra desidia? ¿Conocerá cómo se vive en un barrio de Caracas? ¿Tendrá idea de lo brutal que es vivir rezando todas las noches para que no los atraquen camino a su casa, y si los atracan, que no les disparen, y si les disparan que los maten, porque la experiencia del ruleteo hospitalario significa una muerte lenta e indigna? ¿Sabrá que arriba, donde se ven las luces que parece un pesebre, mandan los malandros, distribuidores de drogas y todo aquel que tenga una pistola, y que abajo, en las demenciales calles y avenidas, manda el que tenga una chapa, por lo que puede montarse en la acera en moto, chocar a los demás vehículos impunemente y cometer cualquier atropello contra sus semejantes? ¿Tendrán la más peregrina idea de lo que es vivir en un permanente toque de queda, en un infinito estado de excepción? No, él sólo está tratando de explicarse cómo justifica la reelección infinita en Venezuela, pero en su país no.

Post-post: Los malandros están muy molestos por las promesas incumplidas con respecto a mover el reloj media hora. Estaban muy contentos con la medida porque supondría que, al oscurecer a eso de las cinco y media, hora en que la gente apenas estaría llegando del trabajo, la oscuridad sería una aliada muy rentable para darle la bienvenida a los vecinos. Sin embargo, no pierden las esperanzas de que la medida se concrete en cualquier momento.

Genuflexos y déspotas, las únicas dos categorías

El presupuesto de Ender y Mariela para divertirse ese domingo no daba pie para muchas opciones. Pero querían verse. Querían, siquiera, aburrirse juntos. Decidieron irse a la plaza Altamira a cantar y tocar guitarra un rato. Una zona iluminada y protegida parecía buena opción. Cerca de las ocho de la noche comprendieron que era prudente alzar el vuelo. Ya el caraqueño presiente el advenimiento del toque de queda. Esa hora cuando los pocos viandantes apuran el paso y ven de reojo. Ender acompañó a Mariela a su casa, al final de la avenida Fuerzas Armadas. Llegaron a la parada en La Hoyada y se sintieron un poco más tranquilos al ver a otra pareja esperando bus. Al caraqueño se le va desarrollando un instinto que en otro país, en otro mundo, parecería sobrenatural. Eso le faltó a Ender para oler lo que luego, cuando lo estuviera viendo, sería muy tarde para hacer algo. De la nada, de la oscuridad, del insano aire que se respira en la ciudad, aparecieron, de pronto, diez, quince, veinte carajitos de entre quince y diecisiete años. Sin otro protocolo, sin un lema de guerra, se abalanzaron sobre ambas parejas, de forma simultánea, sin distingo de género. Es decir, como reza la mejor constitución del mundo: a venezolanos y venezolanas; a caraqueños y caraqueñas, ciudadanos y ciudadanas, pendejos y pendejas. Ender sintió que lo atenazabn por la espalda, que lo estaban asfixiando, mientras veía cómo a la otra pareja le estaban repartiendo sin asco, donde los alcanzaran, golpes y patadas. Fue entonces que se dio cuenta de que los estaban atracando. Que la famosa marabunta de La Hoyada no es una leyenda urbana. Que cayó en esa fría estadística que el gobierno tanto se esmera en maquillar. Que en adelante estaban en las manos de unos veinte menores de edad con licencia para matar.
No tuvo ocasión de buscar a Mariela con la vista, pero supuso que le estaban haciendo lo que a los demás. Con la guitarra aún en la mano, se la clavó con el mástil al que se le venía encima y logró desconcertarlo por un instante. El de atrás redobló la máquinay él, en reflejo, soltó la guitarra para tratara de zafarse. En eso, el que estaba al frente agarró la guitarra y corrió unos metros. Ya había logrado su botín de la noche. Parece que ni comparten lo robado, sino que cada quien es dueño de lo que saquea. Mientras luchaba con el que estaba a sus espaldas, veía cómo los bichitos hurgaban en lso bolsillos de la pareja vecina, mientras éstos luchaban por defenderse, en el piso. La gente pasaba apurando el paso, agradeciendo que estuvieran tan ocupados con las dos parejas que estaban trabajando.
De pronto, se vio una patrulla policial a lo lejos, y los bichitos, satisfechos con lo obtenido en la incursión, los soltaron.
Los bichitos cruzaron la calle pero no desaparecieron del lugar. En la escena del crimen sólo quedaron ellos cuatro. Indignados, humillados, saqueados, maltratados. Aquí viene la historia del absurdo cotidiano: LLegan los policías, piden cédulas, ponen orden. Ellos, atropelladamente, intentan explicarles, aprovechando que los delincuentes estaban viéndolos desde la acera de enfrente. No todo está perdido, qué suerte tuvimos, dirían. Esos que están allí, les dijeron a los policías, señalándolos. Esa es mi guitarra, decía Ender, señalando al malandro con la guitarra, que veía todo sin muestras de temor. Esa, mi cartera, agregaba la muchacha. Vamos, vamos por ellos, decían entusiasmados. La autoridad comenzó a guabinear: un momentico, todo a su momento, vamos por partes, cédula y carta de trabajo. Pero que son ellos, se van a ir, vale. Ya va, deja los gritos que nosotros somos la autoridad, así que más respeto. Mientras un policía conversaba con el vecino agraviado, y otros dos con ellos, la pareja del vecino aún estaba en estado de shock y, fuera de sí, empezó a alzar la voz, gritando a los policías que debían hacer algo, que ellos eran la autoridad, que qué coño de país es este, que esto lo que da es arrech… En ese momento uno de los policías actuó para poner orden. La primera bofetada no dejó a la chica terminar de expresarse, aunque sí la hizo tambalear. Luego, las demás fueron de rutina, disuasivas. De culminación de faena, como dicen los taurinos. El vecino, al ver que a su mujer la estaban castigando en efectivo por el delito de opinión, fue en su auxilio. La situación era digna de una película de Tarantino. Cuatro uniformados forcejeando con una pareja, otra viendo todo desconcertada, convencidos de que estaban teniendo una pesadilla en pareja. Y los bichitos ahí, en la acera del frente, confiados. Disfrutando del espectáculo y esperando. O evaluando que los policías se mantuvieran en el guión que ellos habían previsto: quedarse ahí, ver de reojo, guabinear, cambiar el tema, buscar un pretexto, ejercer la autoridad y ejercitarse en eso de soltar bofetones… Ellos saben con absoluta certeza que son intocables. Las razones las recitan de memoria: senos menores, senos muchos, senos el pueblo mesmo… Es decir: senos intocables.

Esa noche no hubiese sido tan amarga para Ender y Mariela, si no fuera porque las más recientes declaraciones públicas del alcalde metropolitano de Caracas, la última vez que se dejó ver ante la prensa, fue para dar declaraciones políticas. Y en los últimos tres meses, para referirse al tema que padecen caraqueños como ellos, ha dicho que la Policía Metropolitana está podrida (siendo él quien la comanda) y que debe ser eliminada. Como si fuera opositor. Y su última medida al respecto fue comprar unos costosos globos aerostáticos con el inmenso logo de la alcaldía, más parecidos a vayas publicitarias que a otra cosa, dos de los cuales han sido puestos fuera de circulación, por el viento y el hampa, respectivamente.
No fuese tan dura de tragar si no fuese porque recientemente se enteraron de las nosecuántas patrullas policiales que Venezuela compró ¡para Bolivia! Y que el erario nacional se está dilapidando en financiar la milmillonaria campaña del emperador local (una vez atornillado en el coroto, según cree él) para convertirlo ahora en aspirante a emperador del tercer mundo, a gran jefe de los desposeídos del universo. Si no fuese porque en uno de los breves paseos verbales que ha hecho por asuntos de los cuales está al frente (y aspira estarlo más aún, con su reforma constitucional), como Caracas, fue para decir que está bien bonita.
No fuese tan desesperante si no fuera porque ellos saben que la situación sólo puede empeorar. Que la enfermedad ya penetró las fibras más íntimas del mecanismo. Que entramos en una larga y penosa terapia intensiva. Que la actuación de lso policías, abofeteando a una víctima y sacándole el cuerpo a enfrentar unos delincuentes, es síntoma de una enfermedad que está carcomiendo el estado, y que hará que se desplome el día menos pensado. Que los jefazos generan esa enfermedad en sus segundones, ese comportamiento reflejo, de ser genuflexos hasta el asco con el de arriba (con el que tiene poder: el que lo puede joder) y despiadados hasta lo demencial con el de abajo (con el desválido: al que puede joder). Que eso corresponde a la más genuina sociología del cuartel: la cadena de humillaciones, la cual se va compensando en la medida en que se asciende y se tiene por debajo más gente que pague las humillaciones a que los somete el que está arriba. Que ese modo de ser llegó, por medio de una larga cadena, hasta el policía que sabe que si con alguien deberá hacer uso de su autoridad, ni de vaina va a ser con los bichitos que están en su zona de trabajo. Que para eso está la ciudadana que se alzó y le faltó el respeto a la autoridad. Para algo le dieron chapa, pistola y moto sin placa.

Ender y Mariela agregaron otra hoja amarga, otra rabia, a ese libro que escriben en su vida en común. Otra disyuntiva que enferma y saca canas y úlceras e insomnios. Y revuelve la peligrosa locura, al sentir que se acorrala la esperanza. Si esa es la ruta de ella entre la universidad nocturna y su casa, y esos son los bichitos que gobiernan esa zona, y esos los policias que deben protegerla, y esa es la realidad que amenaza con agudizarse, y ellos no son ni ladrones ni chivos del gobierno ni comisionistas de armas; es decir, si no hay manera de cambiar la realidad inmediata¿Cómo carajo dormir en paz? ¿Cómo no amargarse? ¿Cómo no coquetear con ideas locas?
Mientras Ender le da vueltas y vueltas al asunto, mientras analiza las opciones en las noches de insomnio, alternando angustias venideras con recuerdos recientes, al día siguiente abrirá el periódico y leerá al fiscal general diciendo que los medios son una dictadura diabólica, a un gobernador diciendo que pueden venir más cambios imprevistos (ocultos, es de suponer) en la reforma, a un diputado diciendo que los “revolucionarios” (genuflexos; es decir, déspotas) levantan las dos manos en apoyo a la propuesta, y a un ministro declinando informar acerca de ciertas decisiones de su competencia, aduciendo que habrá que esperar hasta el próximo domingo para que el presidente las anuncie. Genuflexos y déspotas, como en los cuarteles.
Y lo más duro es que Ender ni que quiera, podrá enfucharse en la cadena: por encima de él, el dios local, el vicepresidente de su territorio, el gobernador, los ministros, el viceministro, los directores sectoriales generales, el jefe policial, el jefe civil, el líder comunal de su zona, la vieja chavista vecina cuyo hijo trabaja pa´l gobierno… Debajo de él, sólo su rabia. Y a veces hasta ésta se le amotina.

Cómo estamos de comida

Las motos, como siempre, ruedan por las aceras. Basta el más miserable atascamiento para que ellos tomen su vía alterna, sin asco. Ya los peatones están acostumbrados y se toman la cosa como si de un videojuego se tratara. Los buhoneros echan los modernos containers de Bernal a la calle, porque donde los colocaron, exactamente ahí, van sus puestos. Los autobuses, entonces, para no quedar atrapados entre containers, toman como parada el canal del medio de las avenidas. Eso deja un sólo canal para circular. El truco está, al bajarse del bus, en adivinar de dónde vendrá la moto (puede venir de cualquiera de los dos sentidos) que querrá llevárselo por el medio. Es parte del videojuego. Es parte del nivel de dificultad que se seleccionó. Lo que nadie sabe es quién seleccionó ese nivel tan rudo, tan brutal. Muchos jugadores amateurs se han quedado en la acera por no estar prevenidos. En las avenidas más congestionadas a diario alguien, clavado en la acera, lee en la pantalla que se apaga: Game over.
A golpe de seis, siete, las panaderías y abastos están llenos de jugadores que esta vez sí lograron saltar a la acera. Son los que vuelven de la jornada diaria y deben completar la faena con el pan y el queso de la cena. Ahí empieza el otro malabarismo. Ya sustituyeron la leche por chicha. Mañana sustituirán esa chicha por una vaina de avena que envasan bajo una marca que es como decir las Jaguar de los lácteos. No hablen de granos ni de quesos. Cuando falte el papel de baño hay que huir, caballero, le comentó un cubano que tiene años en Venezuela a un compañero de trabajo. El tipo ve hacia el estanto del papel y ve que todavía hay. Poquito, pero hay. ¿Y pa donde voy a coge yo?, se pregunta. Dentro de un bus, en pleno calor de mayo, una muchacha que viene de pie con sus tacones y su bolso y su termo del almuerzo, le pregunta a un tipo que tiene a un muchachito cargado que por qué la cola estará tan inusualmente larga. No deja de pensar que mientras más tarde más difícil se pone la panadería. Y el callejón donde vive. A los veinte minutos comienza a moverse la cola. Nunca sabrá que una moto militar se atravesó en medio de la avenida por largos veinte minutos, hasta que llegara la comitiva oficial de cuatro blazer que se iban a comer una flecha, en un cruce muy indebido. Las Razones de Estado no están al alcance del populacho. Mientras estuvo la moto atravesada sólo podían pasar motos de la PM (que las usan tipos vestidos de civil para pasear con las novias o llevar a los muchachos al colegio) y todo aquel que tuviera en la cartera algo metálico con la inscripción República Bolivariana de Venezuela.
Los que al fin llegan al barrio se encerrarán y no asomarán ni las cejas por las ventanas. Así se mueran de calor y así lo que haya en el televisor sea otra cadena de amenazas e insultos. Como si no bastara con el jefe gritón. Ahora al barrio no suben los camiones de cerveza, porque los amenazaron con quitarles la concesión. Yno fueron precisamente los malandros. Ahora, para tomar cerveza, hay que sentarse en una tasca de La Candelaria. Coño, ni que fuera diputado, dice un gordo mentando madre y apagando el televisor. Pero es mejor quedarse sano. Cada vez que amanece Radio Bemba da cuenta de otro vecino que se mudó para El Cementerio. Y ni muerto tendrá suerte, porque es muy probable que el Sistema Automatizado del CICPC lo registre bajo el rubro Ajuste de cuentas, y eso no cuenta como homicidio. Es decir, olvídense de averiguaciones, ni de aplicación de justicia. Y en medio de tanto desmadre contenido, en ese mar de coñuesumadre de gente frente a los anaqueles, frente a las motos en la acera, frente a los malandros que se montan en los buses para atracar, frente al televisor con la cadena, frente (aunque disimulado) al jefe que le dice que se tiene que inscribir en el partido de la revolución, frente a este coro gregoriano de coñuesumadres susurrados, un gobierno habla de magnicidio, de que el partido de la revolución va a ser el más grande de Latinoamerica, de que la jornada de ayer fue exitosa, de que la Copa América va a estar del carajo, de que a un viejo que soltaron los gringos va a entrar a Miraflores sigilosamente (como si fuera McGiver) y va a cometer un acto horrendo contra la Patria, de que las horas de estudio de marxismo (y esas no cuentan como horas extras), de que a los Palestinos esto, de que a los hermanos africanos aquello, de que ese ombligo mío sí que es ancho y ajeno… Y mientras celebran la arrolladora inscripción y la bien que la mueven en el ajedrez del mundo, no escuchan lo que en la calle sí se escucha. Y cada vez más. Y a veces hasta de manera inquietante. El que se echa a un lado en estas aceras demenciales y aguza un poco, sólo un poco, el oído, puede escucharlo. Es un ruido sordo, ronco y lejano, que se distingue clarito entre ruidos de cornetas, de gritos, de peleas y desalientos. Un ruido que está latente y que, en el momento menos pensado, se desatará como cuando se abren las compuertas de una represa. Es ese ruido que hace que la gente, sin motivo, compre un paquete de Harina Pan adicional, o que las viejas caminen apuraditas buscando a los lados nadie sabe qué. Un ruido ubicuo que tiene su propio vaivén. Entre los nombres que le dan, hay uno contundente, gráfico: Arrechera colectiva.
Los que lo escuchan llegan a sus casa y preguntan: ¿Cómo estamos de comida?

Viernes en la tarde en un feudo cualquiera

Camarón canta una desgarrada historia de gitanos muertos. Su dolor es tan genuino que sería arduo mantenerse ecuánime. A su lado, robada del mundo, una chica siente que la vida se le va poco a poco en cada suspiro. En el apartamento de al lado, dos muchachos aprovechan que la abuela de ella no pudo con el sopor, para sumergirse en los océanos de sus humedades. Dos pisos más abajo, el tío soltero y desempleado esconde dentro de una revista de sudoku, una más pequeña, poblada por sus fantasías más bizarras, de cuero y dolor y metal; de sangre y fluidos a todo color. En el apartamento vecino una viejita le habla a la malamadre con verdadera preocupación. Desde hace días su salud decae y con ella la de su compañera. Si no mejoras, le dice, yo no sé qué vamos a hacer. Intenta hablarle con autoridad pero lo que le sale es un ruego, un graznido moribundo. El muchacho del primer piso, arrancado de la ciudad en la que vive, insiste en que esos poemas escritos con sus huesos ablandarán el corazón de esa enigmática flaca de la que apenas conoce su nombre. A unos cuantos metros de ahí, en la calle rebosada de ese viernes, entre las motos abusadoras y los buhoneros sin hogar, un muchacho se detiene y finge estar molesto sólo para que la novia lo cubra con los amapuches que saben dar las caraqueñas. Cuando quieren, claro. Una señora sorteando tarantines apresura al chico que trae de la mano, de unos seis años, porque se muere por llegar a casa a bajarse de esos tacones que no ayudan en nada a detener sus várices. Esta noche sí tendrá fuerzas para decirle al marido que ese seguro autobús que siempre lo llevó, decidió hace tiempo andar solo. Dos chicas entran a la panadería y ponen sus caras de duras, porque saben que son la delicia de los panaderos, ninguno de los cuales les llevará más de cinco años, sólo que ellos cumplen jornadas de doce horas y ellas sólo tienen que meter sus caderas en esos pantaloncitos y bajar a mover al mundo, comprando el pan y alegrando panaderos. Un perro, luego de tanto patear aceras sucias, encontró al fin algo digno de mordisquear. En el edificio de enfrente, una señora guardó bajo la almohada el pote de pastillas, porque escuchó que intentaron abrir la puerta. Posterga así, por quinta vez, su sueño más largo. Los mismos borrachos alegres de siempre, paran frente a su ventana el carro, para abastecerse de su combustible, más cercano al etanol que al patriótico derivado fósil. Una cuadra, una calle, una urbanización, una parroquia, una ciudad entera, construida con cientos, miles, millones de razones personales, de ambiciones secretas, de decisiones postergadas, de anhelos lujuriosamente acariciados, de historias propias y no robadas. Y en un punto de esa ciudad, un diminuto monarca, poseso, grita sus delirios a una multitud más bien pequeña. Habla de cosas ajenas a la vida: de imperios, de atronadoras guerras, de juramentos, de delirios faraónicos. Llena el espacio con promesas donde debió poner hechos, felicidades reales. Ajeno a esa ciudad, celebra su historia como si fuera la historia del mundo, junto al puñado de seguidores que, esa tarde de viernes, postergaron sus vidas por lealtad, ignorancia, conveniencia o vacío. Celebra y vocifera ajeno a veinticuatro millones de seres que suelen dedicar los viernes a beber cervezas, amar, escuchar música, llorar, descansar, pelear con la mujer, tomar decisiones trascendentales, darse otra oportunidad, o ver pasar la vida, entre el bullicio y la suciedad y la energía y la incomprensible belleza, que no se arredra ante el avasallante entorno.

Mequetrefes

Es una de esas avenidas difíciles de la Capital. Populosa, le llaman hipócritamente políticos y medios de comunicación. Densamente pobladas, señalan los planificadores y urbanistas. Avenida dura en su mejor momento. Viernes, día de cobro, ocho de la noche, previo al Carnaval. La ciudadanía es un arte complicado, que requiere tanta formación, tanta preparación, tanto esfuerzo, que no es muy viable en este país con chequera de Japón y maneras de Haití. En Caracas, hay que decirlo, los motorizados son la plaga . Una de las más peligrosas y más difíciles de controlar. Una virosis dañina. Une epidemia. Imagínese el ambiente: buhoneros, gente que camina, que corre, se aglomera a comprar, ríe, toma cerveza y se cuida de los carteristas. Gente que sale del metro y va a las paradas, a seguir la ruta. Gente que se detiene a comprar la cena (viven del día a día). Gente que pelea y resuelve sus asuntos maritales con los demás como espectadores, pero no como potenciales testigos de bofetón o empujón. Y los motorizados. Se suben a las aceras, se comen las flechas (ruedan a contracorriente), atraviesan por sobre las islas, hacen ruido y piruetas si les dan cinco metros de pista.
Una comisión policial detiene una unidad en la avenida. Se bajan los cuatro funcionarios. Sacan los conos naranja. Cae el primer incauto: una moto que venía por la acera y, al ver a la policía, se bajó de inmediato a la calle. Son los primeros en conocer la medida. Strong arm of the law. Los detienen. Papeles, quédate por aquí. Pero, ¿estoy preso? No, no, no, quédate por aquí. Cae la segunda moto. El mismo procedimiento. La tercera. Los transeúntes reparan en el asunto y, por supuesto, apoyan la medida. Aunque los uniformados siempre despiertan recelo, se comienza a escuchar la voz del pueblo: así es, carajo. Que los metan presos. Abusadores. Los policías pasan de indeseables a héroes. Falta poco para que una señora cruce la calle y les de palmaditas en los chalecos. O les traigan café. Y hasta una cervecita, si se quedan media hora más. Viene una cuarta moto, también a toda velocidad por la acera. Misma reacción. Mismo procedimiento. Los policías, que escuchan, que sienten el murmullo, que perciben la sensación de placer que produce ser los héroes de la jornada, se lucen ante su público. Más diligentes que las veces anteriores (o más teatrales) no se conforman con tirarles el cuerpo encima, sino que, como ven en las películas del Imperio, llevan sus manos, prestas, alertas, sobre los mangos de sus armas de reglamento. El cuarto motorizado, pasa de sopetón de ser el motivo de regocijo del público, a ser el tipo con carnet. Y punto. Sin molestarse en bajarse de la moto, ni quitar la cara de patán fastidiado, apenas espera que los policías se aglomeren en torno a él, para sacar un carnet. Chapa, le dicen por acá. Nadie pudo leer de qué: ¿del extinto MVR? ¿De algún ministerio de Poder Popular de algo? ¿De Vive TV? ¿De los Tupamaros? ¿De las milicias que protegerán nuestra soberanía ante la invasión de los halcones del Imperio? nadie leyó, pero los cuatro mequetrefes se quitaron de inmediato en lo que asomaron las narices en el carnet. El tipo puso cara de quítense, que estoy apurado. Quedaron chapiaos, dijo un transeunte, no sin desencanto. El patán, que nunca apagó su moto, aceleró; los otros motorizados, con gestos de nooo, vale, ¿y al hijo de María sí lo van a dejar pagando plantón? comenzaron a montarse en sus motos, el público volvió a su rabia y a su tedio y a su cerveza y a la carne que aunque la bajaron está más cara, y los héroes devenidos en mequetrefes, recogieron sus conos y, discretamente, se fueron en su unidad. La masa no está pa bollo, se les oyó decir, cuando volvieron a ser unos indeseables forasteros en una de esas avenidas duras, populosas, densamente pobladas de la ciudad.
Los motorizados que pasaron cinco minutos después sobre la acera, ni se enteraron de que hubo un operativo. Ni de que cuatro mequetrefes se salvaron de pagar la rabia colectiva por lso abusos de los motorizados.

Lento para aprender

El presidente de Venezuela (en campaña para la reelección, para los que no lo saben) señaló a un televisora local que ahora sí está listo para resolver los problemas del país. Ahora sí. Luego de ocho años de gestión. “Hemos venido ensayando soluciones que creíamos lo eran y que al final no lo fueron; cometiendo errores”, explicó como quien da un refresco. Ah, pero es optimista, ya que asegura que “me siento absolutamente seguro de que ya agarramos al toro por los cachos”.
Una sola pregunta: si luego de ocho años en un cargo, el funcionario en cuestión admite que estuvo aprendiendo y ahora sí le agarró el ritmo al asunto, y ahora sí le va a poner corazón, ¿quién es culpable del desastre que, como argumento de venta, nos vendió su revolución? Es decir, si él ha requerido de ocho años para aprender, y todos (tooooodos) los gobernantes que lo precedieron en el cargo apenas tuvieron cinco años para hacerlo ¿A quién culpar del desastre de país que tenemos? Aparte de Gómez (el tirano que gobernó a Venezuela durante las primeras décadas del siglo pasado), nadie ha gobernado más tiempo que Chávez. Ah, bueno, Pérez Jiménez (otro tiranuelo, pero eficientísimo eso sí; que gobernó ocho años). Si en ocho años no ha aprendido a ejercer el cargo, ¿por qué sí hubieron de hacerlo sus predecesores, con apenas cinco años de ejercicio (es decir de práctica en el cargo)?
Chaplin hubiese encontrado allí, leyendo la prensa, un excelente guionista en ese personaje, cuando filmó The great dictator.
Lástima que entre la cinta y los parlamentos medien 66 años. Lástima que no es ficción.

En campaña


Ese día las calles amanecieron limpias, extrañamente limpias. Ni un sólo buhonero se veía en las aceras. Ni siquiera los telefoneros. En un ambiente de tensión, en cada esquina se veían hombres vestidos de negro con armas largas. Los mismos comandos que asesinaron a los muchachos de Kennedy, pero sin pasamontañas, por supuesto. De pronto se esuchó el estruendo del rotor de un helicóptero que peinó la zona en un vuelo a baja altura. Luego del chequeo del helicóptero (”esta limpia la zona, mi comandante“) apareció un motorizado de Casa Militar a altísima velocidad. Prohibieron a la gente cruzar la calle, a los carros atravesar aunque tuvieran luz verde, a los pajaritos que anidan cerca de la estación del metro intentar alzar vuelo. A continuación aparecieron diez, doce carros rústicos (¡qué lujo, ni en los campos de golf que van a expropiar se ven esos carros!), con vidrios de seguridad, con hombres armados hasta los dientes (y aquí el lugar común luce insuficiente para describir lo que se ve). El helicóptero, las motos ululando, la sensación de la inminencia de un instante en el que no se podrá ni respirar so pena de que te neutralicen, los vehículos a toda velocidad. Como en una película de acción. Todo el mundo se esconde. Demasiados cañones de altísima precisión como para estar contribuyendo a una confusión. Demasiados gatillos con licencia para matar como para estar tentando a la suerte. La surrealista caravana dobla en una esquina. El helicóptero los sigue. Militares y civiles armados van acordonando el sitio hacia donde se detiene la caravana. Ah, el liceo Luis Espelozín, en Gato Negro. Además de los hombres de vedde (siguiendo la acentuación de moda entre la gente de seguridad presidencial) están los de rojo, los únicos que pueden estar cerca del hombre que se baja de uno de los vehículos.
¿Qué es tanto alboroto? Ah, es un candidato en campaña. El candidato de la revolución. Ya previamente habían escogido a algunos chicos (cuidadosamente seleccionados entre los más morenitos, por supuesto. “¿Y ese catire?”, preguntó el encargado de prensa. “Ese es el hijo de la cumanesa que vende empanadas”, le respondió el del comité local. “No, ni de vaina, ese no puede salir en la foto”, ordenó el experto). Nadie entra. Nadie sale, como siempre. ya llegó Aguila Uno al sitio de la campaña.
El hombre se baja. Luce apresurado. La agenda es apretada. Ni las pastillitas que le manda su tutor logran aplacar el cansancio. Es que la campaña ha sido feroz. Asia, África, Centroamérica… El ministrico lo va llevando por las aulas refaccionadas mientras le explica los logros de la revolución en materia educativa. El candidato, como un autómata, se monta en el papel. “Los liceos bolivarianos deben ser espacios luminosos de construcción del socialismo, porque el capitalismo es el camino a la perdición de la sociedad”, repitió una vez más el manido discurso. Cuando está en automático sólo cambia el lugar. Cuando lo lleven (en una próxima visita al país), a un hospital, con otro de esos despliegues de seguridad que ni Michael Jackson, le dirá a las enfermeras “Los hospitales bolivarianos deben ser espacios luminosos de construcción del socialismo, porque el capitalismo es el camino a la perdición de la sociedad”.
“Muchachos revolucionarios (…) después ustedes van a las universidades a llevar ese mismo aliento”, ordenó y, como ya la campaña por el mundo lo esta volviendo impaciente (que nunca fue un dechado de paciencia), subrayó el carácter obligatorio de la orden: “No debería haber un sólo joven que no esté con este proyecto”. Luego, como los boxeadores con maña, aún agotado, conoce el sitio dónde debe pegar. Es el mismo sitio de siempre. El resentimiento. “Es natural que haya ricachones, oligarcas uña en el rabo, enemigos de esta revolución”, pero “que haya un joven en contra, eso debe llamarnos a la reflexión, porque ese joven está confundido sin duda”. Pobre del que exprese una opinión política propia al día siguiente en el liceo bolivariano. A los confundidos, en Catia, los aclaran a coñazos. Luego la dosis necesaria de megalomanía, de hipérbole emocional. “La cuarta república eliminó los liceos porque se habían convertido en centros de debate y lucha política”, pero ahora “tenemos un gobierno estudiantil”. ¿¿¿???
Cuando ya iba a decirle a su reducidísimo auditorio de adolescentes maravillados de ver en persona a alguien que sale en televisión, que en la Cuarta la policía tenía órdenes de echarle candela a todo el que viera uniformado de bachillerato, se le acercó un asistente y, al oído, le recordó: “Señor Presidente, el avión que parte a Nueva York está esperando por usted”. De inmediato recordó de nuevo la campaña. Pensó que acababa de llegar de Irak y no había tenido tiempo de descansar, pero está en campaña. No puede descuidar ni un segundo. Guatemala sigue roncando en la cueva y no se puede dormir en los laureles. En menos de diez minutos la comitiva, hombres de negro, armas largas, hombres de rojo, de verde (vedde), doce carros rústicos de mucho, mucho lujo, los guardias motorizados paranoicos deteniendo el tránsito, peatones, pajaritos en vuelo, helicóptero, bulla, armas, seguridad, mosca con aquel, todo, se fue comido por la misma vorágine conque vino, inauguró y partió.
Rumbo a seguir la campaña. Hay un compromiso con los pobres del mundo.
Y en la avenida, como en la canción de Serrat, se acabó la fiesta. Mañana, la basura, los malandros, los buhoneros y la mierda de perro. Como siempre. Como todos los días.

Verde olivo


Son unos cuarenta, quizá cincuenta. Como los famosos entierros de malandros, aunque podrían ir por la acera, toman la avenida. Ocasionan un tráfico colosal. Imperdonable, tratándose de una mañana de sábado. ¿Cuándo fue que me dijiste que íbamos a comprar el repuesto que faltaba para la lavadora? Visten de verde olivo y boinas rojas, algunos hasta usan una pañoleta roja, a manera de bufanda. A falta de arma, portan estandartes y banderas. Marchan en formación militar. Van por la calle vociferando esos canticos ridículos a mitad de camino de consignas ñángaras y de ejercicios militares gringos (porque eso se ve en las películas gringas) ¿Lo ubicas? Como pujando, como oscureciendo y retardando la voz. Sí, entre lo más deprimente del mundo están los cuarteles y los ñángaras trasnochados. Llevan banderas de Cuba y de El Líbano. En serio. Son de los más duros. Son los de Lina Ron. Los Tupamaros, que tienen tiempo comiendo, lucen aburguesados al lado de ellos. Sus chalecos tienen el sello que los define. Una puño golpeando una mano abierta. Nosotros, el puño (Stalin, el mazo); ustedes, escuálidos, la mano abierta, la que lleva plomo. A imagen y semejanza de su mesías particular, que le dice al resto de la población, que amenaza y vocifera, ¡Diez millones por el buche! (lo que en la versión más franca, la del alcaldito, se traduce textualmente como estalinismo por ese culo, según registro histórico de la infeliz frasecita). El líder, que se enteró que en el referendum la población que lo adversa (con todo y las dudosas circunstancias) es de más del 40%. ¿Con tal nivel de rechazo un líder europeo seguiría avanzando en cambios radicales en la constitución de una nación?
Curioso, el líder baja sus expectativas de 10 millones por ese buche a 6 millones estaría bien. Sin embargo, luego de un viaje por el mundo (se entiende, viaja a países donde los derechos humanos no existen; de hecho, lo que le gusta de las revoluciones es el carácter vitalicio de sus líderes), regresa con una buena nueva: Va a impulsar una reforma constitucional para quedarse indefinidamente, porque el pueblo es el que decide cuándo se van los gobernantes. ¿Qué dirán de eso los rosaditos, educaditos y respetuositos comeflores europeos y sus ingenuas franelitas de “Hands off Venezuela”? ¿Cómo caería esa desquiciada declaración en España, si su autor fuese Zapatero? ¿O en Alemania o Inglaterra? La bomba, simplemente. El fin, simplemente. Seamos honestos: El tipo tiene viaja con una bolsa de dinero y es mano suelta. No me vengan con el cuentico de proteger del halcón al pueblito digno y feliz en revolución. Ay, Danny Glover, qué papelón después de viejo.
Volvamos a la campaña. El Metro de Caracas saca un pasquincito semanario con sus logros. Una hojeadita basta para ver por dónde vienen los tiros. La cara del líder en sistios estratégicos, fracesitas muy del régimen (avanzando a toda marcha, a paso de vencedores, hacia la transformación total… ¿Qué dicen los unánimes asambleístas del gobierno acerca de publicidad subliminal?). Comenzó la campaña y hay que ver de dónde SUMATE saca los reales.
Curioso: mientras que la libre iniciativa económica resulta ser uno de los motores más sensuales que mueven a la Humanidad, las revoluciones resultaron ser de las cosas más corrompidas, reaccionarias y fastidiosas que se han visto. Qué cerca están los totalitarismos unos de otros.
Echemos un último ojo a los duros, que se pierden con una cola de aburridos conductores detrás, que se la calan porque no queda otra. Cerremos con la imagen que abre. Chalequitos y franelitas verde oliva. Una líder enamorada irremisiblemente del gran líder. Una conexión primitiva. Con una mujer enamorada toda promesa renueva las esperanzas. Marchan en formación militar. Gritan ruidosas consignas de guerra. El líder vocifera frases demenciales, cada vez más alejadas de la realidad. Ocho años de puro espíritu guerrero, de pura ilusión de grandeza en medio del pantano. Pero viene por más. Las revoluciones requieren de mucho tiempo (lo que nunca explican es por qué si es el coelctivo, siempre manda el mismo tipo). Consignas militares, marchas en formación, uniformes, banderas, puro Tánatos, puro apetito de destrucción… ¿Esto no suena conocido? ¿Quién acusó a quién de fascismo?