A las puertas de la Reforma

Un gobierno tan paranoico como este, que en todo ve una conspiración, que nunca logró establecer mecanismos de comunicación con la población que lo adversa (lejos de eso, acentuó sus ataques y su acorralamiento a la disidencia), ayer (1 de noviembre) dio dos muestras de su verdadero talante para gobernar, y demostró por qué se quiere quitar de encima el estorbo del debido proceso y la libertad de prensa en estados de excepción (vale acotar que en el traje a la medida que se confecciona Chávez, él puede decir cuándo ameritamos estar ante un estado de excepción). Chávez, como lo ha demostrado durante estos nueve largos y penosos años, desdeña las formas y los trámites que signifiquen control a su gestión. Siempre supuso que gobernar es hacer lo que le da la gana y, como buen malandro, todo el que rechace esa forma de actuar, es un enemigo, catalogado en una de las miles de formas que usa para ello: traidor, apátrida, peón del Imperio, loro del imperio, escuálido, afligido, oligarca… Ayer se demostró lo peligroso que resulta esto para una democracia. Ayer se demostró cuánto está en juego cuando se juntan estos factores. Dos eventos separados representan el mejor ejemplo de cómo Chávez nos pretende gobernar de por vida.

1) Atracados por los organismos de seguridad frente al TSJ: El primero de ellos se protagonizó a las cuatro de la madrugada. A esa hora, los miembros de Primero Justicia que realizaban una vigilia frente al Tribunal Supremo de Justicia, fueron desalojados por la fuerza por efectivos de la Guardia Nacional (eso no es precisamente producto de cumplir una orden; es producto más bien de un sadismo alimentado por el resentimiento que, como doctrina única, reciben los miebros de ese cuerpo de seguridad: “vamos a joder a esos sifrinitos“). Una vez a la intemperie, “funcionarios de un organismo de inteligencia, que llegaron en camionetas negras, los sometieron y les robaron sus carteras, teléfonos, maletines con documentos y hasta las llaves de los autos”, según reseñó el diario El Universal, basado en unas deaclaraciones de Julio Borges, directivo de ese partido político, quien acotó que esa acción es “una pequeña muestra de lo que le espera al país si se aprueba la reforma, y harán lo que les de la gana”.
Es decir, hombres de civiles, llegados en carros de lujo, los sometieron y amedrentaron. Como suele hacerse en esos procedimientos, además del sueldo y las comisiones, el botín conseguido por cada funcionario es un incentivo adicional.

2) Violencia contra los estudiantes y criminalización de las protestas: Los estudiantes organizaron una nutrida marcha hasta el Consejo Nacional Electoral, para solicitarle que no siga avanzando en una reforma que fue cocinada a espaldas de la población, y que es desconocida por un 90% de la población. Como siempre, se les permitió llegar sólo hasta un par de cuadras del edificio público (cuando es sabido que a los adeptos del régimen los dejan celebrar frente al CNE, como la vez aquella que Jorge Rodríguez celebró en una tarima improvisada con el pueblo chavista a las puertas del ente comicial). En fin, los estudiantes llegaron al sitio, y ya el tratamiento de locos peligrosos que se le dio al llegar al sitio, era toda una provocación. Una cantidad impresionante de efectivos militares (Guardia Nacional, o Nazional como se le conoce ultimamente) y policiales, que si se pusieran a la disposición de la ciudadanía no tendríamos los índices delictivos que tenemos. Como siempre, tras las cinco, seis, líneas de choque de la policía y la guardia, se encontraban los adeptos al gobierno (las brigadas de “actos de repudio” que es el nombre original de esta figura importada de Cuba), en actitud amenazante y lanzando cohetones y botellas, protegidos por la policía. Es decir, los que iban en paz, se encontraban con una pared militar; y, del otro lado, los que lanzaban botellas y amenazaban, se encontraban en plena “zona de seguridad” custodiados por las fuerzas del orden público. Como siempre, una comisión de los estudiantes debió ir, escoltados por la policía y sometidos por las piedras y botellas del puñado de delincuentes de rojo, a entregar el documento. Como siempre, se lo recibieron con cara de circunstancia y los quisieron despachar a sus casa: ya entregaron el documento, ya pueden irse a sus casas, despejen la vía, ya jugaron a hacer de rebeldes.
Pero esta vez los estudiantes quisieron ponerle un toque inesperado al libreto, intentando encadenarse a las rejas de la escalera del Consejo Nacional Electoral. Lo que podría considerarse un acto hasta pueril, se convirtió en un intento de golpe de Estado para las hipersensibles autoridades del país. Funcionarios de seguridad y guardias nacionales, dirigidos por un oficial, reaccionaron de manera desmedida para desalojarlos del lugar, cosa que no lograron gracias a la mediación de algunos directivos del CNE. Ya en la calle, la voz de la agresión sufrida a sus compañeros se corre entre los que esperan afuera, los ánimos se exaltan y la policía decide dispersar la manifestación. En ese momento, cuando se desatan los ánimos sádicos de los policías, es que se da el suceso de Henry Vivas (hijo de Henry Vivas, último director civil de la PM, preso político del régimen por un juicio infinito en el cual no se le ha podido determinar culpabilidad en la muerte de civiles el pasado 11 de abril de 2002), en el que una patota de seis o siete policías arremete contra él hasta que se percatan que están siendo filmados por una cámara de Globovisión. El saldo de su hazaña militar: Henry tuvo que buscar por el piso dos de sus dientes.
En las declaraciones oficiales, tanto Tibisay Lucena (presidente del CNE) como el viceministro de seguridad ciudadana, coincidieron en concluir que la violencia en el CNE era un “show mediático” (es decir, preparan el terreno para montarle un expediente a Globovisión, y quitarse ese estorboso ojo público, en vísperas de las protestas venideras luego de aprobada fraudulentamente la reforma). “Hemos sido sorprendidos en nuestra buena fe” dijo la señora Lucena, como si se hubiese tratado de que le pusieron una bomba al edificio entero.

Criminalizar la protesta, convertirla en un intento de subversión, cuando los estudiantes hicieron un acto que además de simbólico no suponía mayor peligro. Ese es el resultado de un país gobernado con una estructura mental militar. Las declaraciones de las autoridades, son las típicas declaraciones de la más rancia y aburguesada burocracia conservadora y militarista. Sin imaginación, sin contacto con la masa, como si ya se hubieran agotado tras de cuarenta años en el poder.

Criminalizar la protesta, cuando los criminales, los delincuentes, fueron los que atracaron a unos ciudadanos durante la madrugada de ayer, y los que, durante esa misma noche, se metieron a la UCV en motos a hostigar y a lanzar bombas lacrimógenas a los estudiantes.
Y eso es sin haber modificado la constitución. Cómo será cuando Chávez gobierne con la constitución militar y dictatorial que desea.

Toque de queda y estado de excepción

Los buhoneros de cada callejón, de cada vereda, ya están identificados por los maleantes. El dilema, el verdadero trabajo, de cada día, no es armar y desarmar un tarantín hecho de tubos y cinta de embalaje, ni pasar el día repitiendo su eventual “alaolden”. El trabajo real es planificar minuciosamente cómo llegar a la casa con los reales de la venta del día. Todas las tardes deben cambiar la ruta de acceso, la forma de llegada y hasta el sitio dónde guardar el dinero, para llegar a salvo a su casa. Todo el que vive en un barrio duro lo sabe. El toque de queda comienza a las seis de la tarde. A esa hora, el que va llegando a su casa, se encierra a ver televisión (por eso fue un duro golpe el cierre de RCTV), hasta el día siguiente. Ya a las ocho comienzan a oír las balaceras. De cuando en cuando, despiadados dioses señalan a un tranquilo morador, sin importar la edad, y con su mano poderosa dirige una de esas tantas balas hasta la cabeza del elegido, atravesando paredes de lata o ventanas con sucias cortinas de tela. Hay barrios tan, pero tan duros, que ya después de las dos de la tarde sólo se sale para emergencias. Los prudentes ya a esa hora compraron en las bodegas cercanas todo lo necesario para el resto del día. No es una exageración. Como tampoco lo es que, a la mañana siguiente, cuando alguien salga a su trabajo, se encuentro con un tiroteado muerto en la puerta de su casa. La fuerza de la costumbre puede demoler hasta el asombro y la compasión. En esos casos se da un saltito y se sigue su rumbo. Y ojalá que a la tarde ya lo hayan recogido. En Pinto Salinas mataron a un tipo que se atrevió a salir de noche. A las diez lo alcanzó la bala. Murió cerca de las once, y la policía lo recogió a las diez de la mañana siguiente. ¿Qué ley protege a esos niños de ver tanta violencia? ¿Por qué esos mismos que bramaban contra la violencia que transmitía RCTV, no exigen más respeto por la inocencia de esos niños? En otro barrio, el cadáver de un atracado se lo llevó la corriente de la lluvia, porque la PTJ no llegó nunca. En los barrios de Caracas hay toque de queda e infringirlo, con toda seguridad, cuesta la vida. ¿Qué más estado de excepción que esto? ¿No es la violencia de Caracas algo excepcional? ¿O es que estados de conmoción sólo se refieren a que el gobierno vea en peligro su permanencia en el coroto? ¿Con qué moral nuestro emperador le dice a MR. Donkey (perdón, al presidente norteamericano) que cese el genocidio del pueblo iraquí? ¿No es un genocidio a manos del hampa, con la que el gobierno venezolano es sumamente complaciente, la que se lleva a cabo contra el pueblo de Venezuela?
El colmo de la vanidad de nuestro máximo líder, se expresa en su permanente deseo (aprendido de su mentor) de escuchar su propia y detallada opinión sobre los “grandes problemas del mundo”, todos aquellos que le permitan hablar como un estadista, pero ninguno de aquellos que deba resolver él. ¿Sabrá un fan español (o argentino o francés) del nuevo líder de los desposeídos del mundo, la terrible experiencia de morir en un hospital venezolano? ¿Conocerá todo el esplendor de la palabra desidia? ¿Conocerá cómo se vive en un barrio de Caracas? ¿Tendrá idea de lo brutal que es vivir rezando todas las noches para que no los atraquen camino a su casa, y si los atracan, que no les disparen, y si les disparan que los maten, porque la experiencia del ruleteo hospitalario significa una muerte lenta e indigna? ¿Sabrá que arriba, donde se ven las luces que parece un pesebre, mandan los malandros, distribuidores de drogas y todo aquel que tenga una pistola, y que abajo, en las demenciales calles y avenidas, manda el que tenga una chapa, por lo que puede montarse en la acera en moto, chocar a los demás vehículos impunemente y cometer cualquier atropello contra sus semejantes? ¿Tendrán la más peregrina idea de lo que es vivir en un permanente toque de queda, en un infinito estado de excepción? No, él sólo está tratando de explicarse cómo justifica la reelección infinita en Venezuela, pero en su país no.

Post-post: Los malandros están muy molestos por las promesas incumplidas con respecto a mover el reloj media hora. Estaban muy contentos con la medida porque supondría que, al oscurecer a eso de las cinco y media, hora en que la gente apenas estaría llegando del trabajo, la oscuridad sería una aliada muy rentable para darle la bienvenida a los vecinos. Sin embargo, no pierden las esperanzas de que la medida se concrete en cualquier momento.

Genuflexos y déspotas, las únicas dos categorías

El presupuesto de Ender y Mariela para divertirse ese domingo no daba pie para muchas opciones. Pero querían verse. Querían, siquiera, aburrirse juntos. Decidieron irse a la plaza Altamira a cantar y tocar guitarra un rato. Una zona iluminada y protegida parecía buena opción. Cerca de las ocho de la noche comprendieron que era prudente alzar el vuelo. Ya el caraqueño presiente el advenimiento del toque de queda. Esa hora cuando los pocos viandantes apuran el paso y ven de reojo. Ender acompañó a Mariela a su casa, al final de la avenida Fuerzas Armadas. Llegaron a la parada en La Hoyada y se sintieron un poco más tranquilos al ver a otra pareja esperando bus. Al caraqueño se le va desarrollando un instinto que en otro país, en otro mundo, parecería sobrenatural. Eso le faltó a Ender para oler lo que luego, cuando lo estuviera viendo, sería muy tarde para hacer algo. De la nada, de la oscuridad, del insano aire que se respira en la ciudad, aparecieron, de pronto, diez, quince, veinte carajitos de entre quince y diecisiete años. Sin otro protocolo, sin un lema de guerra, se abalanzaron sobre ambas parejas, de forma simultánea, sin distingo de género. Es decir, como reza la mejor constitución del mundo: a venezolanos y venezolanas; a caraqueños y caraqueñas, ciudadanos y ciudadanas, pendejos y pendejas. Ender sintió que lo atenazabn por la espalda, que lo estaban asfixiando, mientras veía cómo a la otra pareja le estaban repartiendo sin asco, donde los alcanzaran, golpes y patadas. Fue entonces que se dio cuenta de que los estaban atracando. Que la famosa marabunta de La Hoyada no es una leyenda urbana. Que cayó en esa fría estadística que el gobierno tanto se esmera en maquillar. Que en adelante estaban en las manos de unos veinte menores de edad con licencia para matar.
No tuvo ocasión de buscar a Mariela con la vista, pero supuso que le estaban haciendo lo que a los demás. Con la guitarra aún en la mano, se la clavó con el mástil al que se le venía encima y logró desconcertarlo por un instante. El de atrás redobló la máquinay él, en reflejo, soltó la guitarra para tratara de zafarse. En eso, el que estaba al frente agarró la guitarra y corrió unos metros. Ya había logrado su botín de la noche. Parece que ni comparten lo robado, sino que cada quien es dueño de lo que saquea. Mientras luchaba con el que estaba a sus espaldas, veía cómo los bichitos hurgaban en lso bolsillos de la pareja vecina, mientras éstos luchaban por defenderse, en el piso. La gente pasaba apurando el paso, agradeciendo que estuvieran tan ocupados con las dos parejas que estaban trabajando.
De pronto, se vio una patrulla policial a lo lejos, y los bichitos, satisfechos con lo obtenido en la incursión, los soltaron.
Los bichitos cruzaron la calle pero no desaparecieron del lugar. En la escena del crimen sólo quedaron ellos cuatro. Indignados, humillados, saqueados, maltratados. Aquí viene la historia del absurdo cotidiano: LLegan los policías, piden cédulas, ponen orden. Ellos, atropelladamente, intentan explicarles, aprovechando que los delincuentes estaban viéndolos desde la acera de enfrente. No todo está perdido, qué suerte tuvimos, dirían. Esos que están allí, les dijeron a los policías, señalándolos. Esa es mi guitarra, decía Ender, señalando al malandro con la guitarra, que veía todo sin muestras de temor. Esa, mi cartera, agregaba la muchacha. Vamos, vamos por ellos, decían entusiasmados. La autoridad comenzó a guabinear: un momentico, todo a su momento, vamos por partes, cédula y carta de trabajo. Pero que son ellos, se van a ir, vale. Ya va, deja los gritos que nosotros somos la autoridad, así que más respeto. Mientras un policía conversaba con el vecino agraviado, y otros dos con ellos, la pareja del vecino aún estaba en estado de shock y, fuera de sí, empezó a alzar la voz, gritando a los policías que debían hacer algo, que ellos eran la autoridad, que qué coño de país es este, que esto lo que da es arrech… En ese momento uno de los policías actuó para poner orden. La primera bofetada no dejó a la chica terminar de expresarse, aunque sí la hizo tambalear. Luego, las demás fueron de rutina, disuasivas. De culminación de faena, como dicen los taurinos. El vecino, al ver que a su mujer la estaban castigando en efectivo por el delito de opinión, fue en su auxilio. La situación era digna de una película de Tarantino. Cuatro uniformados forcejeando con una pareja, otra viendo todo desconcertada, convencidos de que estaban teniendo una pesadilla en pareja. Y los bichitos ahí, en la acera del frente, confiados. Disfrutando del espectáculo y esperando. O evaluando que los policías se mantuvieran en el guión que ellos habían previsto: quedarse ahí, ver de reojo, guabinear, cambiar el tema, buscar un pretexto, ejercer la autoridad y ejercitarse en eso de soltar bofetones… Ellos saben con absoluta certeza que son intocables. Las razones las recitan de memoria: senos menores, senos muchos, senos el pueblo mesmo… Es decir: senos intocables.

Esa noche no hubiese sido tan amarga para Ender y Mariela, si no fuera porque las más recientes declaraciones públicas del alcalde metropolitano de Caracas, la última vez que se dejó ver ante la prensa, fue para dar declaraciones políticas. Y en los últimos tres meses, para referirse al tema que padecen caraqueños como ellos, ha dicho que la Policía Metropolitana está podrida (siendo él quien la comanda) y que debe ser eliminada. Como si fuera opositor. Y su última medida al respecto fue comprar unos costosos globos aerostáticos con el inmenso logo de la alcaldía, más parecidos a vayas publicitarias que a otra cosa, dos de los cuales han sido puestos fuera de circulación, por el viento y el hampa, respectivamente.
No fuese tan dura de tragar si no fuese porque recientemente se enteraron de las nosecuántas patrullas policiales que Venezuela compró ¡para Bolivia! Y que el erario nacional se está dilapidando en financiar la milmillonaria campaña del emperador local (una vez atornillado en el coroto, según cree él) para convertirlo ahora en aspirante a emperador del tercer mundo, a gran jefe de los desposeídos del universo. Si no fuese porque en uno de los breves paseos verbales que ha hecho por asuntos de los cuales está al frente (y aspira estarlo más aún, con su reforma constitucional), como Caracas, fue para decir que está bien bonita.
No fuese tan desesperante si no fuera porque ellos saben que la situación sólo puede empeorar. Que la enfermedad ya penetró las fibras más íntimas del mecanismo. Que entramos en una larga y penosa terapia intensiva. Que la actuación de lso policías, abofeteando a una víctima y sacándole el cuerpo a enfrentar unos delincuentes, es síntoma de una enfermedad que está carcomiendo el estado, y que hará que se desplome el día menos pensado. Que los jefazos generan esa enfermedad en sus segundones, ese comportamiento reflejo, de ser genuflexos hasta el asco con el de arriba (con el que tiene poder: el que lo puede joder) y despiadados hasta lo demencial con el de abajo (con el desválido: al que puede joder). Que eso corresponde a la más genuina sociología del cuartel: la cadena de humillaciones, la cual se va compensando en la medida en que se asciende y se tiene por debajo más gente que pague las humillaciones a que los somete el que está arriba. Que ese modo de ser llegó, por medio de una larga cadena, hasta el policía que sabe que si con alguien deberá hacer uso de su autoridad, ni de vaina va a ser con los bichitos que están en su zona de trabajo. Que para eso está la ciudadana que se alzó y le faltó el respeto a la autoridad. Para algo le dieron chapa, pistola y moto sin placa.

Ender y Mariela agregaron otra hoja amarga, otra rabia, a ese libro que escriben en su vida en común. Otra disyuntiva que enferma y saca canas y úlceras e insomnios. Y revuelve la peligrosa locura, al sentir que se acorrala la esperanza. Si esa es la ruta de ella entre la universidad nocturna y su casa, y esos son los bichitos que gobiernan esa zona, y esos los policias que deben protegerla, y esa es la realidad que amenaza con agudizarse, y ellos no son ni ladrones ni chivos del gobierno ni comisionistas de armas; es decir, si no hay manera de cambiar la realidad inmediata¿Cómo carajo dormir en paz? ¿Cómo no amargarse? ¿Cómo no coquetear con ideas locas?
Mientras Ender le da vueltas y vueltas al asunto, mientras analiza las opciones en las noches de insomnio, alternando angustias venideras con recuerdos recientes, al día siguiente abrirá el periódico y leerá al fiscal general diciendo que los medios son una dictadura diabólica, a un gobernador diciendo que pueden venir más cambios imprevistos (ocultos, es de suponer) en la reforma, a un diputado diciendo que los “revolucionarios” (genuflexos; es decir, déspotas) levantan las dos manos en apoyo a la propuesta, y a un ministro declinando informar acerca de ciertas decisiones de su competencia, aduciendo que habrá que esperar hasta el próximo domingo para que el presidente las anuncie. Genuflexos y déspotas, como en los cuarteles.
Y lo más duro es que Ender ni que quiera, podrá enfucharse en la cadena: por encima de él, el dios local, el vicepresidente de su territorio, el gobernador, los ministros, el viceministro, los directores sectoriales generales, el jefe policial, el jefe civil, el líder comunal de su zona, la vieja chavista vecina cuyo hijo trabaja pa´l gobierno… Debajo de él, sólo su rabia. Y a veces hasta ésta se le amotina.

Caracas hasta el último de mis días

Intentaron cambiar el nombre a la Urbanización Menca de Leoni por algo tan cursi como Urbanización 27 de febrero, y los vecinos entraron en cólera. No tenían nada a favor del personaje histórico, la gran mayoría no era adeco, quizá ni sabían que se trataba de una primera dama venezolana de cuando los albores de la democracia. Es decir, no era un asunto político, ni histórico, era un asunto de identidad. Y de sentido práctico. No iban a cambiar su dirección de toda la vida por el capricho oportunista de unos cuantos legisladores locales.
Le quitaron al parque del Este el nombre de Rómulo Betancourt (¿Ah, se llamaba así?) y le colocaron Francisco de Miranda. Y nada ha cambiado. Sólo que ahora le rinden menos honor al homenajeado, porque el mantenimiento del parque (con el consabido populismo de abolir el simbólico pago por el disfrute de sus instalaciones) es mucho más pobre. Los usuarios de antes, de cuando se llamaba Rómulo Betancourt, le llamaban Parque del Este, y los de ahora le llaman parque del este.
Le pusieron a Venezuela el adjetivo de bolivariana, y además de ser una muestra de lo folklóricos que son los tipos que nos gobiernan, el asunto apenas sirve para marcar ese período histórico en que se registró un incremento brutal de la corrupción en el Estado. Los bolivarianos, como se les llama a los funcionarios de ahora, son mucho más corruptos que sus predecesores. Los ministerios ahora intercalan “del Poder Popular” en su razón social, y nunca la gente ha estado más lejos del poder (asómense y vean la cantidad de vehículos de seguridad que acompañan a los representantes de ese poder popular).

En esa búsqueda inútil de borrar la memoria de los venezolanos de todo acontecimiento anterior al advenimiento del Rey Sol criollo, ahora se toparon con el nombre de nuestra ciudad: Santiago de León de Caracas, que ha recibido a lo largo de su historia afectuosos (e incluso cariñosamente irónicos) epítetos como La de los techos rojos, La sucursal del cielo, La sultana del Ávila, y conocida simplemente como Caracas (o La Capitar, según el imaginario de los caraqueños de antaño sobre cómo era nombrada su ciudad por los pobladores del interior del país), ahora la suman a esa larga lista de oprobiosos y ridículos intentos por desnaturalizarla, de hacerla aliada (cómplice, creación, obra de gobierno) de una revolución a la que no se le han visto ni se le verán las bondades: Ahora proponen llamarla “la Cuna de Bolívar y Reina del Guaraira Repano”. ¿Habrase visto tamaña ridiculez? ¿Semejante cursilería inútil? ¿Se acabará el hampa, el abuso de los motorizados, la indolencia de sus habitantes, con el cambio de nombre? ¿Respetarán los policías a sus conciudadanos a partir del nuevo bautizo? ¿Dejarán de matraquear los fiscales? ¿Se resiprará un ambiente más humano, la gente no botará basura en sus calles, dejarán de comprarle a los buhoneros? ¿Habrá menos desnutrición si le ponemos la Reina del arroz con pollo? ¿O menos violencia si la bautizamos Hogar espiritual de Gandhi? ¿Y a los alrededores del Paseo Vargas, le pondremos: “Tierra sagrada de indias harapientas y descalzas que piden limosnas para sobrevivir mientras dan teta a cinco indiecitos barrigones”? Cuando uno los ve por la calle, y piensa que unos vivos están usando su imagen para saquear al Estado, no se puede sentir sino asco. Y medir el talante espiritual de esos tipos que nos gobiernan. Y la sede del poder ejecutivo, ¿que tal si la mudamos para La Planicie? ¿O la sede de la Asamblea para el Nucleo Endógeno Fabricio Ojeda? ¿O los ministros y diputados, mudarlos a un bloque del 23 de Enero? Eso sí sería revolucionario.
Todo ese afán de cambiar nombre recuerda la milmillonaria campaña de Telcel por obligar a sus clientes a que la llamen Movistar, y sin embargo la gente va a un quiosco y pide una Telcel de quince mil, y el quiosquero, impávido, entrega la mercancía solicitada. El alma de una ciudad no se legisla. Como todo organismo vivo, depende de miles de factores que escapan de las manos de los gobernantes. Ponle Bushtown a Manhattan y seguirá siendo Manhattan. Ponle Leningrado a San Petesburgo y sus habitantes recuperaron su nombre.

El problema con estos tipos es que creen que tiene derecho a hacer lo que les da la gana con el país porque usurpan el coroto. Que creen ingenuamente que se puede escribir la Historia en el alma de los ciudadanos. Que creen que la Historia y sus vidas son una sola cosa. Que juran que por escribirlo, por decretarlo, se siente, se asimila, se produce el cambio. El problema con estos tipos es la desconexión con el sentir de la gente real. Es que dejaron de sentir como esos que cobran quince y último, que se apilonan en el metro, que van al cine los lunes y que hablan mal del gobierno, de la suegra y del jefe. Que no saben que el gobierno, la suegra y el jefe siempre estarán en la acera del frente, así se hagan los locos, así compartan la mesa y celebren los chistes. Que no hay nada más reaccionario que pensar como los poderosos, que hacer las cosas no porque genera felicidad sino porque se tiene con qué. Porque entrañan la caudillesca noción de que el poder se debe demostrar, y cuanto mas arbitrario mas evidente.
El problema con estos tipos es su intrínseca infelicidad. Su suprema infelicidad.

Para mí Venezuela será sólo Venezuela y Caracas será Caracas aún en el último de mis días. Porque no hay nada más subversivo, más insolente con el poder, que el corazón.

Cómo estamos de comida

Las motos, como siempre, ruedan por las aceras. Basta el más miserable atascamiento para que ellos tomen su vía alterna, sin asco. Ya los peatones están acostumbrados y se toman la cosa como si de un videojuego se tratara. Los buhoneros echan los modernos containers de Bernal a la calle, porque donde los colocaron, exactamente ahí, van sus puestos. Los autobuses, entonces, para no quedar atrapados entre containers, toman como parada el canal del medio de las avenidas. Eso deja un sólo canal para circular. El truco está, al bajarse del bus, en adivinar de dónde vendrá la moto (puede venir de cualquiera de los dos sentidos) que querrá llevárselo por el medio. Es parte del videojuego. Es parte del nivel de dificultad que se seleccionó. Lo que nadie sabe es quién seleccionó ese nivel tan rudo, tan brutal. Muchos jugadores amateurs se han quedado en la acera por no estar prevenidos. En las avenidas más congestionadas a diario alguien, clavado en la acera, lee en la pantalla que se apaga: Game over.
A golpe de seis, siete, las panaderías y abastos están llenos de jugadores que esta vez sí lograron saltar a la acera. Son los que vuelven de la jornada diaria y deben completar la faena con el pan y el queso de la cena. Ahí empieza el otro malabarismo. Ya sustituyeron la leche por chicha. Mañana sustituirán esa chicha por una vaina de avena que envasan bajo una marca que es como decir las Jaguar de los lácteos. No hablen de granos ni de quesos. Cuando falte el papel de baño hay que huir, caballero, le comentó un cubano que tiene años en Venezuela a un compañero de trabajo. El tipo ve hacia el estanto del papel y ve que todavía hay. Poquito, pero hay. ¿Y pa donde voy a coge yo?, se pregunta. Dentro de un bus, en pleno calor de mayo, una muchacha que viene de pie con sus tacones y su bolso y su termo del almuerzo, le pregunta a un tipo que tiene a un muchachito cargado que por qué la cola estará tan inusualmente larga. No deja de pensar que mientras más tarde más difícil se pone la panadería. Y el callejón donde vive. A los veinte minutos comienza a moverse la cola. Nunca sabrá que una moto militar se atravesó en medio de la avenida por largos veinte minutos, hasta que llegara la comitiva oficial de cuatro blazer que se iban a comer una flecha, en un cruce muy indebido. Las Razones de Estado no están al alcance del populacho. Mientras estuvo la moto atravesada sólo podían pasar motos de la PM (que las usan tipos vestidos de civil para pasear con las novias o llevar a los muchachos al colegio) y todo aquel que tuviera en la cartera algo metálico con la inscripción República Bolivariana de Venezuela.
Los que al fin llegan al barrio se encerrarán y no asomarán ni las cejas por las ventanas. Así se mueran de calor y así lo que haya en el televisor sea otra cadena de amenazas e insultos. Como si no bastara con el jefe gritón. Ahora al barrio no suben los camiones de cerveza, porque los amenazaron con quitarles la concesión. Yno fueron precisamente los malandros. Ahora, para tomar cerveza, hay que sentarse en una tasca de La Candelaria. Coño, ni que fuera diputado, dice un gordo mentando madre y apagando el televisor. Pero es mejor quedarse sano. Cada vez que amanece Radio Bemba da cuenta de otro vecino que se mudó para El Cementerio. Y ni muerto tendrá suerte, porque es muy probable que el Sistema Automatizado del CICPC lo registre bajo el rubro Ajuste de cuentas, y eso no cuenta como homicidio. Es decir, olvídense de averiguaciones, ni de aplicación de justicia. Y en medio de tanto desmadre contenido, en ese mar de coñuesumadre de gente frente a los anaqueles, frente a las motos en la acera, frente a los malandros que se montan en los buses para atracar, frente al televisor con la cadena, frente (aunque disimulado) al jefe que le dice que se tiene que inscribir en el partido de la revolución, frente a este coro gregoriano de coñuesumadres susurrados, un gobierno habla de magnicidio, de que el partido de la revolución va a ser el más grande de Latinoamerica, de que la jornada de ayer fue exitosa, de que la Copa América va a estar del carajo, de que a un viejo que soltaron los gringos va a entrar a Miraflores sigilosamente (como si fuera McGiver) y va a cometer un acto horrendo contra la Patria, de que las horas de estudio de marxismo (y esas no cuentan como horas extras), de que a los Palestinos esto, de que a los hermanos africanos aquello, de que ese ombligo mío sí que es ancho y ajeno… Y mientras celebran la arrolladora inscripción y la bien que la mueven en el ajedrez del mundo, no escuchan lo que en la calle sí se escucha. Y cada vez más. Y a veces hasta de manera inquietante. El que se echa a un lado en estas aceras demenciales y aguza un poco, sólo un poco, el oído, puede escucharlo. Es un ruido sordo, ronco y lejano, que se distingue clarito entre ruidos de cornetas, de gritos, de peleas y desalientos. Un ruido que está latente y que, en el momento menos pensado, se desatará como cuando se abren las compuertas de una represa. Es ese ruido que hace que la gente, sin motivo, compre un paquete de Harina Pan adicional, o que las viejas caminen apuraditas buscando a los lados nadie sabe qué. Un ruido ubicuo que tiene su propio vaivén. Entre los nombres que le dan, hay uno contundente, gráfico: Arrechera colectiva.
Los que lo escuchan llegan a sus casa y preguntan: ¿Cómo estamos de comida?

Sin belleza no hay paraíso

I
La muchacha que está en la caja de la panadería tiene un rostro bonito. Toda ella fuera bonita, si no fuese por ese monumento a la desidia que compone el contraste entre la blusita triple S de licra y la profusión de carne que ha acumulado en su abdomen y que se desborda por todos los recodos. No es pudor su palabra predilecta. Afuera, en la esquina, dentro de la caja de Toallín que está debajo de un tenderete, duerme un niño de unos seis años. Encima, la mamá come pasta con ketchup y queso blanco rallado, bamboleando una chola con el pie más feo que alguien pueda mostrar en público mientras grita, con la boca parcialmente ocupada: Loquiagarriamil, loquiagarrieamil. Sus colegas más robustos tienen la estandarizada costumbre de doblarse la franela en dos, como si fuese un top, para dejar ver la perfecta y comprimida esfera hecha de chicharrón y cerveza recubierta por la piel de su abdomen. ¡Cómo beben cerveza! Parece un marathon. Apenas venden un despertador chino ya tienen una en la mano. Y como la cerveza es diurética, uno se pregunta: ¿y cómo hacen para…? En fin, cerveza y dominó, para no entrar en detalles sanitarios. Todo el día. Y están trabajando, y el derecho al trabajo es sagrado, y yo no me voy a mudá pa esos puestos de la alcaldía porque no tienen pa depositá la mercancía, que se cree Bernal, lo vamos a revocá, pa que sea serio. Dígalo ahí.
A veces quitan la vista del juego para decir linduras a las transeuntes. Y, a veces, esas transeuntes exigen, sino esas linduras, sí algo de atención de parte de ellos. De atención de la dura. Como a esa muchacha que camina junto a la amiga, la que tiene una blusa transparente que deja ver, sin otra prenda que medie, dos inmensos globos que en vano intentan levantar cabeza. Camina y habla y ríe todo lo duro que puede para hacerse notar. En ese momento la tregua es general, y de la larga fila de puestos sale una verdadera competencia oral de lo más granado del prejuicio machista y las perversiones escatológicas.

II
Un autobusero aprovecha el semáforo y se pasa, en seco, con displicencia, una maquinita de afeitar desechable. Cada tanto la sacude dando golpecitos con ella en el borde de la ventana. Cuando su unidad pasa por Miraflores, se ve a las damnificadas que aspiran a la condición de dignificadas (para retruécanos, llámenlos a ellos) tiradas en el piso, a un costado de la puerta principal del palacio, con todo y par de carajitos sucitos de pies a cabeza. Sin pasarles ni un peine. Ya están aprendiendo de la mamá a poner cara de perros apaleados. Ahí se van a quedar hasta que Chávez salga y las monte en su casita. Y no se van a seguir calando censos. Porque yo censos hilos tengo una cabuya bien larga y yo soy rojarojita.

III
En un vagón del metro, a eso de las cuatro y media, dos tipos jóvenes cuentan, como quién relata hazañas nobles, acerca de las motos que han prendido y las que no. El eufemismo indica robar. Ingenioso, el uso que le ha dado al castellano el habitante del Caribe. En ese mismo vagón se monta un hombre que no llega a los cuarenta años pidiendo dinero y mostrando una úlcera supurante en el abdomen. Ante cada persona que se detiene, se levanta la franela. Se baja ese y se monta otro que pide dinero, porque ahora no le gusta robar. La viejita a la que ya han atracado como cuatro veces es la primera que le da luego de elucubrar, no sin cierta lógica, que si el manganzón ese fracasa en ese intento de enmendar su vida mañana se aparecerá con un pistolón. O hasta con una piche hojilla, que se han conocido atracos con esa modalidad.

IV
Tan orgulloso que parecía ser el venezolano. Tan vanidoso. Miraba a los demás, a los que el mapa pone hacia debajo de él, como quien miraba para abajo. O sea, durante un tiempo se creyó el cuento de que estaba arriba y los demás abajo. Tan altanero que se veía. Tan culitoapretao, como dicen la viejas. Pero, un día cualquiera, por ese mismo sentido permanente de lo inmediato, de lo fácil, del yo todo lo compro hecho, renunció al paraíso. Renunció el paraíso porque, junto al del pudor, perdió el sentido de lo belleza.
Y sin formas corteses, sin dignidad humana, sin ese acuerdo tácito que nos regula y nos mantiene en tregua, se pierde toda esperanza.
Y la primera pobreza que se hizo patente en Caracas, fue la de ausencia de belleza. Fue la primera baja. Todo lo demás llegó por añadidura.
Y si no vean el celular que se gasta cualquiera de esos buhoneros que se hurga la nariz en la calle, come con las manos y duerme la siesta debajo del puesto. O la cantidad de lolas extra grande recién hechas que pululan en las colas de los jeeps.

Viernes en la tarde en un feudo cualquiera

Camarón canta una desgarrada historia de gitanos muertos. Su dolor es tan genuino que sería arduo mantenerse ecuánime. A su lado, robada del mundo, una chica siente que la vida se le va poco a poco en cada suspiro. En el apartamento de al lado, dos muchachos aprovechan que la abuela de ella no pudo con el sopor, para sumergirse en los océanos de sus humedades. Dos pisos más abajo, el tío soltero y desempleado esconde dentro de una revista de sudoku, una más pequeña, poblada por sus fantasías más bizarras, de cuero y dolor y metal; de sangre y fluidos a todo color. En el apartamento vecino una viejita le habla a la malamadre con verdadera preocupación. Desde hace días su salud decae y con ella la de su compañera. Si no mejoras, le dice, yo no sé qué vamos a hacer. Intenta hablarle con autoridad pero lo que le sale es un ruego, un graznido moribundo. El muchacho del primer piso, arrancado de la ciudad en la que vive, insiste en que esos poemas escritos con sus huesos ablandarán el corazón de esa enigmática flaca de la que apenas conoce su nombre. A unos cuantos metros de ahí, en la calle rebosada de ese viernes, entre las motos abusadoras y los buhoneros sin hogar, un muchacho se detiene y finge estar molesto sólo para que la novia lo cubra con los amapuches que saben dar las caraqueñas. Cuando quieren, claro. Una señora sorteando tarantines apresura al chico que trae de la mano, de unos seis años, porque se muere por llegar a casa a bajarse de esos tacones que no ayudan en nada a detener sus várices. Esta noche sí tendrá fuerzas para decirle al marido que ese seguro autobús que siempre lo llevó, decidió hace tiempo andar solo. Dos chicas entran a la panadería y ponen sus caras de duras, porque saben que son la delicia de los panaderos, ninguno de los cuales les llevará más de cinco años, sólo que ellos cumplen jornadas de doce horas y ellas sólo tienen que meter sus caderas en esos pantaloncitos y bajar a mover al mundo, comprando el pan y alegrando panaderos. Un perro, luego de tanto patear aceras sucias, encontró al fin algo digno de mordisquear. En el edificio de enfrente, una señora guardó bajo la almohada el pote de pastillas, porque escuchó que intentaron abrir la puerta. Posterga así, por quinta vez, su sueño más largo. Los mismos borrachos alegres de siempre, paran frente a su ventana el carro, para abastecerse de su combustible, más cercano al etanol que al patriótico derivado fósil. Una cuadra, una calle, una urbanización, una parroquia, una ciudad entera, construida con cientos, miles, millones de razones personales, de ambiciones secretas, de decisiones postergadas, de anhelos lujuriosamente acariciados, de historias propias y no robadas. Y en un punto de esa ciudad, un diminuto monarca, poseso, grita sus delirios a una multitud más bien pequeña. Habla de cosas ajenas a la vida: de imperios, de atronadoras guerras, de juramentos, de delirios faraónicos. Llena el espacio con promesas donde debió poner hechos, felicidades reales. Ajeno a esa ciudad, celebra su historia como si fuera la historia del mundo, junto al puñado de seguidores que, esa tarde de viernes, postergaron sus vidas por lealtad, ignorancia, conveniencia o vacío. Celebra y vocifera ajeno a veinticuatro millones de seres que suelen dedicar los viernes a beber cervezas, amar, escuchar música, llorar, descansar, pelear con la mujer, tomar decisiones trascendentales, darse otra oportunidad, o ver pasar la vida, entre el bullicio y la suciedad y la energía y la incomprensible belleza, que no se arredra ante el avasallante entorno.

Mequetrefes

Es una de esas avenidas difíciles de la Capital. Populosa, le llaman hipócritamente políticos y medios de comunicación. Densamente pobladas, señalan los planificadores y urbanistas. Avenida dura en su mejor momento. Viernes, día de cobro, ocho de la noche, previo al Carnaval. La ciudadanía es un arte complicado, que requiere tanta formación, tanta preparación, tanto esfuerzo, que no es muy viable en este país con chequera de Japón y maneras de Haití. En Caracas, hay que decirlo, los motorizados son la plaga . Una de las más peligrosas y más difíciles de controlar. Una virosis dañina. Une epidemia. Imagínese el ambiente: buhoneros, gente que camina, que corre, se aglomera a comprar, ríe, toma cerveza y se cuida de los carteristas. Gente que sale del metro y va a las paradas, a seguir la ruta. Gente que se detiene a comprar la cena (viven del día a día). Gente que pelea y resuelve sus asuntos maritales con los demás como espectadores, pero no como potenciales testigos de bofetón o empujón. Y los motorizados. Se suben a las aceras, se comen las flechas (ruedan a contracorriente), atraviesan por sobre las islas, hacen ruido y piruetas si les dan cinco metros de pista.
Una comisión policial detiene una unidad en la avenida. Se bajan los cuatro funcionarios. Sacan los conos naranja. Cae el primer incauto: una moto que venía por la acera y, al ver a la policía, se bajó de inmediato a la calle. Son los primeros en conocer la medida. Strong arm of the law. Los detienen. Papeles, quédate por aquí. Pero, ¿estoy preso? No, no, no, quédate por aquí. Cae la segunda moto. El mismo procedimiento. La tercera. Los transeúntes reparan en el asunto y, por supuesto, apoyan la medida. Aunque los uniformados siempre despiertan recelo, se comienza a escuchar la voz del pueblo: así es, carajo. Que los metan presos. Abusadores. Los policías pasan de indeseables a héroes. Falta poco para que una señora cruce la calle y les de palmaditas en los chalecos. O les traigan café. Y hasta una cervecita, si se quedan media hora más. Viene una cuarta moto, también a toda velocidad por la acera. Misma reacción. Mismo procedimiento. Los policías, que escuchan, que sienten el murmullo, que perciben la sensación de placer que produce ser los héroes de la jornada, se lucen ante su público. Más diligentes que las veces anteriores (o más teatrales) no se conforman con tirarles el cuerpo encima, sino que, como ven en las películas del Imperio, llevan sus manos, prestas, alertas, sobre los mangos de sus armas de reglamento. El cuarto motorizado, pasa de sopetón de ser el motivo de regocijo del público, a ser el tipo con carnet. Y punto. Sin molestarse en bajarse de la moto, ni quitar la cara de patán fastidiado, apenas espera que los policías se aglomeren en torno a él, para sacar un carnet. Chapa, le dicen por acá. Nadie pudo leer de qué: ¿del extinto MVR? ¿De algún ministerio de Poder Popular de algo? ¿De Vive TV? ¿De los Tupamaros? ¿De las milicias que protegerán nuestra soberanía ante la invasión de los halcones del Imperio? nadie leyó, pero los cuatro mequetrefes se quitaron de inmediato en lo que asomaron las narices en el carnet. El tipo puso cara de quítense, que estoy apurado. Quedaron chapiaos, dijo un transeunte, no sin desencanto. El patán, que nunca apagó su moto, aceleró; los otros motorizados, con gestos de nooo, vale, ¿y al hijo de María sí lo van a dejar pagando plantón? comenzaron a montarse en sus motos, el público volvió a su rabia y a su tedio y a su cerveza y a la carne que aunque la bajaron está más cara, y los héroes devenidos en mequetrefes, recogieron sus conos y, discretamente, se fueron en su unidad. La masa no está pa bollo, se les oyó decir, cuando volvieron a ser unos indeseables forasteros en una de esas avenidas duras, populosas, densamente pobladas de la ciudad.
Los motorizados que pasaron cinco minutos después sobre la acera, ni se enteraron de que hubo un operativo. Ni de que cuatro mequetrefes se salvaron de pagar la rabia colectiva por lso abusos de los motorizados.

La ciudad pizarra mágica

Los que nacimos y crecimos en la prehistoria de los juegos de video, recordamos aquellas fantásticas pizarras mágicas en las que uno dibujaba con dos perillas para después sacudirla, borrando su contenido, para dibujar otra cosa y luego otra cosa y luego otra cosa. Siempre borrando y siempre comenzando de nuevo. Era divertidísima si no se conocía el Gameboy ni el Colecovisión ni el PlayStation, claro está.
Recordé las pizarras mágicas (cuyo nombre exacto no recuerdo) por las palabras de una periodista maracucha asentada en Caracas. Cuando uno va en un carro con un caraqueño -comenta ella- siempre dice: Mira, en ese Farmatodo quedaba mi escuela… Mira, en aquel Wendy´s nació Orlandito, cuando estaba ahí la clínica Dolores, por supuesto… Yo venía a comer mucho en esa sastrería, cuando quedaba ahí el Da Franco… Ay (suspiro), pensar que en ese Ferretotal me casé yo…
Sólo en Caracas los brutos propietarios engordan sus nobles edificios viejos con el secreto anhelo de vender caro el terreno para que construyan encima un horrendo Centro Comercial de vidrios de espejos. La modernidad, dicen ellos. Es tal nuestra falta de identidad que Caracas es de las pocas ciudades que no termina de hacerse de un símbolo que la defina y la identifique: Fueron las Torres de El Silencio (hasta que pasaron de moda), las Torres de Parque Central (hasta que se quemó una), la estatua de María Lionza (hasta que la politizaron), la Nao Santa María del Parque del Este (hasta que la desmantelaron)… El fin de las pizarras mágicas era nunca terminar de construir nada, nunca dar nada por concluido. Su naturaleza se reafirmaba en el momento de borrar para volver a hacer. Caracas: la ciudad pizarra mágica, pues.

En un cuadrito pequeño

Mientras está transitada, no se le ve lo tétrica. Porque los carros son los mismos en todas partes. Pero el que la conoce a las doce de la noche, sabe que en esa avenida hasta los postes gritan ¡peligro! El carro (un taxi ejecutivo) se paró bruscamente y de él se bajaron dos muchachos con toda la intención de seguir el mismo rollo que de seguro traían desde lejos. Estaban borrachos y alterados. Bueno, uno más que el otro. Comienzan los amagos de la pelea y de inmediato se baja el taxista. El parecido de los muchachos entre sí es notorio, y el de ellos con el taxista es asombroso. sólo que ellos están en bermudas y zapatos de goma y el taxista viene de camisa y corbata. Hasta los rulos y la nariz afilada es la misma. Los mirones comienzan a sacar sus conclusiones. En eso son precisos como un bisturí. El viejo, dice uno, es el papá de los muchachos y trabaja de taxista en el aeropuerto. Sí, los pasó buscando por la playa y les dio la cola pa la casa, le responde otro. Claro, pero los chamos cargan encima tremenda nota y a aquel le dio por ponerse monstruo. Eso es, asevera su interlocutor, satisfecho del resultado de sus observaciones. En el techo del taxi hay una bolsa de cuero dentro de la cual se pueden presumir vienen las tablas de surf. El viejo, luego de intentar hacer de referi y de hacer llamados vanos a la cordura, se harta de la situación y como “tengo que trabajar, nojoda” comienza a desamarrar las tablas del techo del carro y saca los bolsos del maletero y se los tira sobre la acera. Ellos fingen hacer las paces y vuelven a meter las cosas en el carro. No han terminado de hacerlo cuando siguen con la pelea y los amagos y los gritos. El viejo se harta, ahora sí, les tira los bolsos en la calle y sin darles chance de nada, se monta en su carro y acelera dejándolos en la acera con sus tablas, sus bolsos y su peo.
Pasaría una hora en que llevaron silbidos, botellazos y gritos de los ociosos que se paran en la acera del frente, donde está la licorería. Un viejo sintió lástima de los muchachos (a los que no les calculó más de veinte años y los comparó con sus boxers cachorros: mucho tamaño y nervio; poco cerebro y temple) y cruzó la calle para advertirles: “Yo no sé qué peo tienen ustedes. Sólo sé que esta avenida es candela y que si no cojen un taxi rápido y se van de por aquí, van a aprender a coñazos que los hermanos no pelean en una calle que no conocen”. Era tan sensato el consejo que era imposible que entrara en cabeza de veinteañeros congestionados de perico y alcohol. El viejo les dio la espalda y dio por cumplida su misión. Los boxer siguieron con los gritos, las amenazas, los empujones mucho más allá del tiempo en que cerraron la licorería y los borrachos se aburrieron de una pelea que no terminaba de consumarse. En efecto, cerraron la licorería, cerraron los otros negocios de la zona, bajó el tráfico, la gente que aún quedaba en la calle comenzaba a apurar el paso, los perros trotaban con desconfianza, comenzaron a salir los lateros de sus escondrijos y fue entonces, con semejante paisaje, cuando los muchachos se sintieron solos en esa avenida que hasta hace un ratico (unas dos horas) no era tan dura. Intentaron parar un taxi pero ¿qué taxista se para a las once de la noche frente a dos chamos en bermudas, sucios, con caras de borrachos y de no ser de por ahí? Todos los que intentaban parar aceleraban cuando los veían. Y mientras más se desesperaban y más se le tiraban encima a los carros, más los evadían.
Como a la media hora, cuando ya la calle estaba bastante vacía y los muchachos desesperados, se vio las luces de un carro, acercándose por la avenida, despacito. Adentro, uno, dos, tres, cuatro bichitos con caras de album familiar de comisaría de la ptj (¿quien repite ese trabalengua de cicpc?), fuman piedra y observan atentos la calle en busca de ovejas que se hayan salido del corral. Tienen hambre. Como es de noche los chamos no ven el contenido del empaque, sólo ven un amistoso carro que viene a baja velocidad con ganas de auxiliarlos. Los lobos ven tan fácil el asunto que hasta desconfían. Se pararon entonces tres metros más adelante para asegurarse que lo que veían es lo que había: dos gallitos con una maletota larga y dos bolsitos finos, pidiendo cola en esa avenida a esa hora. “Vente marico, que se pararon”, dice el gallo mayor. Los lobos los ven acercarse por el retrovisor y ya sus papilas están salivando. Uno de ellos saca una navaja. Otro, un viejo 38. Ni se acordaron del consejo del viejo cuando se abrió una de las puertas del carro.
Lo demás saldrá en un cuadrito pequeño de la crónica roja de la prensa, al día siguiente.