Y el resultado fue…

La inusual noticia con la que amaneció Caracas este lunes fin de mes, fue la siguiente:
“Dos trenes del Metro de Caracas colisionaron hoy en la estación Plaza Sucre de la línea 1, suceso que dejó como saldo una persona fallecida y seis lesionados, incluyendo el operario de uno de los trenes.
De acuerdo a la versión del Jefe de Operaciones del Cuerpo de Bomberos Metropolitanos, comandante Delio Martínez, un tren que estaba en la estación haciendo su labor de carga y descarga de pasajeros fue impactado por otro por la parte posterior. No obstante, se desconoce hasta ahora la causa del accidente, mientras que se espera que las autoridades competentes comiencen el proceso de investigación.
La persona fallecida es de sexo femenino. Martínez destacó que es la primera vez que se registra este tipo de evento en el Metro de Caracas. Por los momentos, los bomberos se encuentran haciendo las tareas de rescate y atención de los heridos.”
Tal como lo explica Martínez, era la primera vez que el servicio subterráneo de Caracas, luego de casi 25 años de operaciones, sufre un accidente de esta naturaleza y envergadura. Un lunes fin de mes, en la mañana. El caos, por supuesto, demostró una de sus caras más vigorosas en la avenida Sucre (la avenida que va desde la estación Plaza Sucre hasta Caño Amarillo y conecta al oeste de Caracas con el centro). Para darle más sabor al asunto, ese mismo día de motos rodando sobre las aceras y paradas de autobuses agolpadas de gente y buhoneros indolentes y policías llevando a sus mujeres a su trabajo en las motos oficiales, la Seguridad de Miraflores (punto de enlace entre la avenida Sucre y la avenida Urdaneta y, como sabe cualquiera, sede del poder político venezolano) consideró pertinente cerrar el paso por esa zona, lo que obligó a los caraqueños que se desplazaban en buses desde el oeste hacia el centro, a soportar kilométricas colas en los desvíos dispuestos para esos casos, los cuales se hacen en vías más angostas, lo que ocasiona que un viaje de veinte minutos, se haga en una hora.
De inmediato, desde la estatal Venezolana de Televisión, entrevistaron al presidente del Metro, un tal Gustavo González López, que antepone a su nombre las siglas G.D. (Ej), es decir General de División. La primera pregunta que a uno se le viene a la mente es: ¿De verdad que los militares están tan sobrados en su preparación, que pueden asumir cualquier cargo, por específico que sea, en la administración pública? ¿De verdad que no hay un ingeniero experto en ferrocarriles y transportes masivos capitalinos más apto para ese cargo tan importante, tan delicado para el normal desarrollo de las actividades cotidianas en la ciudad? Luego, la siguiente interrogante no se hace esperar: ¿Cómo se vería González Lander, el presidente fundador del metro, el cual fue ratificado por varios gobiernos dado su profundo conocimiento del sistema que ayudó a construir, dando declaraciones de prensa con una franelita adeca?
¿Será falta de estrategia, ciega idiotez o simple candor? El presidente del metro, el tal general de división (¿Será porque han “dividido” al país que llegó a ese cargo?) aparece, en entrevista exclusiva para Venezolana de Televisión, informando sobre la colisión (como ya dijimos, la primera en la historia de más de veinte años de servicio), vestido con una franela roja del partido del gobierno muerto al nacer. ¿Qué le hace pensar a ese sujeto que el momento es idóneo para hacer propaganda al partido de gobierno? ¿Para recordarnos que han politizado todas las instancias públicas hasta niveles asqueantes? Lo cierto es que ellos mismos asocian su inoperancia, su ineficacia, su torpeza, su desconocimiento de las operaciones regualres del mundo civil del país, con su uniforme rojo-rojito. Es decir, él dá el ejemplo a toda la nómina del metro: siempre se viste de rojo-rojito. ¿Será esa la vara que impere, como ya se ha denunciado en otras empresas del Estado, para ser empleado del Metro? ¿O se apresuraría a vestirse de rojo ya que iba a salir en cámara, para que “Su Jefe” se entere de su incondicionalidad? En resumen, su vestimenta partidista parece decir que él está en ese cargo, no por ser un gran conocedor de la materia de transportes masivos, sino por ser militar y rojo-rojito. Es decir, obediente y leal.
Un forista de un portal informativo explicó lo siguiente:
“Con la información visual de las fotos que ya han salido, se puede claramente decir que el accidente se produjo por la falla de unas de las boyas de proteccion de ocupación de segmento de via.
Les explico: el sistema Metro, tiene un sub-sistema que evita que dos trenes consecutivos circulen en segmentos de vía contiguos. O sea, para que los trenes puedan circular, debe haber al menos un segmento de via desocupado entre ellos.
Para asegurarse de ello, el sistema tiene unas “boyas” electro-magnéticas que están “prendidas” mientras esta un tren ocupando un segmento de via. Esas boyas son “leídas” por la computadora del tren que viene atrás, provocando una parada de emergencia para evitar un choque.
Como se produjo el “choque”, que mas propiamente es un alcance, es evidente que el sistema falló… y la única forma de que este sistema de una falla de se tipo, es que el mantenimiento preventivo no se hizo.
En el Metro se pueden ver que, cada dos vallas publicitarias, una tiene la cara de Chávez. En el Metro, cuando Chávez llama a concentraciones públicas se da puerta franca al servicio. En el Metro se cierran las estaciones cercanas a las concentraciones opositoras por “razones de seguridad”. En el Metro, durante la campaña electoral, se imprimía un pasquín de centenas de millares de ejemplares -con ínfulas de vocero institucional- que no hacía más que alabar la figura de Chávez. Por los parlantes del Metro pasan, cada dos canciones, la cursi y ridícula Gaita de la Bandera. En el Metro, en cada estación, se colocó el afiche del gobierno atacando a RCTV. En el Metro no se respeta al usuario que piense distinto (no se respeta al usuario, en general), con el pretexto de información gubernamental. En lso vagones delMetro casi nunca hay aire acondicionado, y el soberano viaja como cochinos en las horas pico. En el Metro están cambiando paulatinamente el clásico uniforme azul, al agregar a algunos cargos operativos gorras y chalecos rojos. En el Metro el presidente viste de rojo-rojito. En el Metro, al decir de un empleado que pidió mantener su anonimato, los viernes se hacen reuniones ideológicas, en vez de cursos de capacitación y mejoramiento técnico. En el Metro, al parecer, es más importante la formación ideológica que el mantenimiento de rigor. En el Metro, en ese Metro, se sucedió el primer “alcance” en 25 años de historia, con un saldo de una persona muerta y (al final de la tarde se supo) más de diez heridos. En el Metro murió la primera persona que no había decidido suicidarse, por un accidente que nunca se aclarará (cuando no es que se endilgue a la oposición o a la CIA). El Metro, ese alabado y ejemplar modelo de servicio, decae en la prestación del mismo cada día más. El Metro tiene el indiscutible sello de los militares que tomaron el pdoer en Venezuela.
La idiotez y el terror psicológico y la persecución y la ineficiencia y la desidia y la “pava roja-rojita” ya dieron “alcance” al Metro, la obra de transporte que, junto a otras de infraestructura como el Teatro Teresa Carreño (ya en manos de Chávez, para sus caprichos), nos hacía sentir a los caraqueños que un futuro era posible, que sí vivíamos en una ciudad. Ya coronaron al Metro. Así es que se gobierna.
Post-post:
Los militares que pasaron del campo al cuartel (o al campo de batalla, como Gómez), desconfían de la ciudad. La sienten pretenciosa. Su burdo oropel, su falso esplendor, despierta sus resentimientos. Su más profundo deseo es destruirla. Sin duda lo está haciendo.
Los que nacimos y crecimos en la prehistoria de los juegos de video, recordamos aquellas fantásticas pizarras mágicas en las que uno dibujaba con dos perillas para después sacudirla, borrando su contenido, para dibujar otra cosa y luego otra cosa y luego otra cosa. Siempre borrando y siempre comenzando de nuevo. Era divertidísima si no se conocía el Gameboy ni el Colecovisión ni el PlayStation, claro está.
Recordé las pizarras mágicas (cuyo nombre exacto no recuerdo) por las palabras de una periodista maracucha asentada en Caracas. Cuando uno va en un carro con un caraqueño -comenta ella- siempre dice: Mira, en ese Farmatodo quedaba mi escuela… Mira, en aquel Wendy´s nació Orlandito, cuando estaba ahí la clínica Dolores, por supuesto… Yo venía a comer mucho en esa sastrería, cuando quedaba ahí el Da Franco… Ay (suspiro), pensar que en ese Ferretotal me casé yo…
Sólo en Caracas los brutos propietarios engordan sus nobles edificios viejos con el secreto anhelo de vender caro el terreno para que construyan encima un horrendo Centro Comercial de vidrios de espejos. La modernidad, dicen ellos. Es tal nuestra falta de identidad que Caracas es de las pocas ciudades que no termina de hacerse de un símbolo que la defina y la identifique: Fueron las Torres de El Silencio (hasta que pasaron de moda), las Torres de Parque Central (hasta que se quemó una), la estatua de María Lionza (hasta que la politizaron), la Nao Santa María del Parque del Este (hasta que la desmantelaron)… El fin de las pizarras mágicas era nunca terminar de construir nada, nunca dar nada por concluido. Su naturaleza se reafirmaba en el momento de borrar para volver a hacer. Caracas: la ciudad pizarra mágica, pues.
Que Chávez emplaza a Uribe a decir que está inquieto con la compradera de armas del gobierno venezolano. Que uno de cada cinco muertos en Venezuela son ocasionados por los cuerpos de (in)seguridad del Estado. Que a los mineros de La Paragua los asesinaron los militares básicamente porque no les entregaron el oro y el diamante que cargaban encima (es decir, por resistirse al atraco, o a la autoridad atracadora, en fin). Que el PPT denuncia un sofisticado plan desestabilizador de la CANTV, consistente en negarse a pagar las demandas laborales del personal, provocando con ello una ola de protestas el mismo día de las elecciones, lo cual será un sabotaje al contundente triunfo de su candidato. Que DirecTV es bidireccional y por allí nos espían los gringos (aunque, puestos a escoger, sería mejor echar un ojo en las habitaciones cerradas de las quinceañeras ociosas). Que en 8 años no hay un sólo preso por corrupción, ni siquiera de la Cuarta… Es increíble que en un país de ficción, la noticia más relevante respecto al tema no haya sido primera plana de todos los diarios nacionales. ¿La noticia? Que ahora leer ficciones será un asunto coordinado desde una página web. Y ficciones de calidad, no las que nos regala a diario la pobre realidad, de un país que decidió desmantelar el aparato técnico y acorralar a la élite gobernante criolla para imponer una élite gobernante extranjera (si no qué carajo hace un presidente flanqueado por dos ministros extranjeros inaugurando obras que van a operar connacionales de esos ministros extranjeros). En fin, que ahora, con Relectura, todos esos que leen a diario algo más que la prensa, podrán agruparse, hacer su blog, solicitar la reunión con un escritor luego de haber leído un libro, y sentarse a discutir esa lectura con el autor de su preferencia. Todo, o casi todo, por cuenta de la casa (es decir, de Relectura). Una idea que es realidad cotidiana en otros países (del continente incluso) y que aquí tenía una mora imperdonable. Más información en la página de la asociación Civil.
En los libros está la memoria de la Humanidad. Hurgando en ese pasado, podríamos evitarnos presentes como el nuestro. Y soñar con futuros más alentadores. A leer, pues. Y ahora acompañados.
«Hay una hora de la tarde -escribió Borges- en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos pero es intraducible como una música». Y, en efecto, hay horas que anuncian (o prefiguran) una magia, una esperanza. En al ciudad, en nuestra convulsionada Caracas, la hora de la esperanza parece ser otra. «A veces, cuando me toca salir muy temprano en la mañana y me sorprende ese estallido de colores que es todo amanecer, no puedo dejar de pensar que Caracas vuelve a ser, en ese momento, una ciudad hermosa. Un lugar que, sin embargo, destruiremos aplicadamente en las próximas horas» nos confía Rodrigo Coll. Todas las mañanas nos parece hermosa, esperanzadora. Y siempre, siempre, cuando salimos a sus calles, terminamos destruyéndola.
Por eso es que hay que evitar los noticieros a esa única hora que vale la pena vivir la ciudad.
Ese día las calles amanecieron limpias, extrañamente limpias. Ni un sólo buhonero se veía en las aceras. Ni siquiera los telefoneros. En un ambiente de tensión, en cada esquina se veían hombres vestidos de negro con armas largas. Los mismos comandos que asesinaron a los muchachos de Kennedy, pero sin pasamontañas, por supuesto. De pronto se esuchó el estruendo del rotor de un helicóptero que peinó la zona en un vuelo a baja altura. Luego del chequeo del helicóptero (”esta limpia la zona, mi comandante“) apareció un motorizado de Casa Militar a altísima velocidad. Prohibieron a la gente cruzar la calle, a los carros atravesar aunque tuvieran luz verde, a los pajaritos que anidan cerca de la estación del metro intentar alzar vuelo. A continuación aparecieron diez, doce carros rústicos (¡qué lujo, ni en los campos de golf que van a expropiar se ven esos carros!), con vidrios de seguridad, con hombres armados hasta los dientes (y aquí el lugar común luce insuficiente para describir lo que se ve). El helicóptero, las motos ululando, la sensación de la inminencia de un instante en el que no se podrá ni respirar so pena de que te neutralicen, los vehículos a toda velocidad. Como en una película de acción. Todo el mundo se esconde. Demasiados cañones de altísima precisión como para estar contribuyendo a una confusión. Demasiados gatillos con licencia para matar como para estar tentando a la suerte. La surrealista caravana dobla en una esquina. El helicóptero los sigue. Militares y civiles armados van acordonando el sitio hacia donde se detiene la caravana. Ah, el liceo Luis Espelozín, en Gato Negro. Además de los hombres de vedde (siguiendo la acentuación de moda entre la gente de seguridad presidencial) están los de rojo, los únicos que pueden estar cerca del hombre que se baja de uno de los vehículos.
¿Qué es tanto alboroto? Ah, es un candidato en campaña. El candidato de la revolución. Ya previamente habían escogido a algunos chicos (cuidadosamente seleccionados entre los más morenitos, por supuesto. “¿Y ese catire?”, preguntó el encargado de prensa. “Ese es el hijo de la cumanesa que vende empanadas”, le respondió el del comité local. “No, ni de vaina, ese no puede salir en la foto”, ordenó el experto). Nadie entra. Nadie sale, como siempre. ya llegó Aguila Uno al sitio de la campaña.
El hombre se baja. Luce apresurado. La agenda es apretada. Ni las pastillitas que le manda su tutor logran aplacar el cansancio. Es que la campaña ha sido feroz. Asia, África, Centroamérica… El ministrico lo va llevando por las aulas refaccionadas mientras le explica los logros de la revolución en materia educativa. El candidato, como un autómata, se monta en el papel. “Los liceos bolivarianos deben ser espacios luminosos de construcción del socialismo, porque el capitalismo es el camino a la perdición de la sociedad”, repitió una vez más el manido discurso. Cuando está en automático sólo cambia el lugar. Cuando lo lleven (en una próxima visita al país), a un hospital, con otro de esos despliegues de seguridad que ni Michael Jackson, le dirá a las enfermeras “Los hospitales bolivarianos deben ser espacios luminosos de construcción del socialismo, porque el capitalismo es el camino a la perdición de la sociedad”.
“Muchachos revolucionarios (…) después ustedes van a las universidades a llevar ese mismo aliento”, ordenó y, como ya la campaña por el mundo lo esta volviendo impaciente (que nunca fue un dechado de paciencia), subrayó el carácter obligatorio de la orden: “No debería haber un sólo joven que no esté con este proyecto”. Luego, como los boxeadores con maña, aún agotado, conoce el sitio dónde debe pegar. Es el mismo sitio de siempre. El resentimiento. “Es natural que haya ricachones, oligarcas uña en el rabo, enemigos de esta revolución”, pero “que haya un joven en contra, eso debe llamarnos a la reflexión, porque ese joven está confundido sin duda”. Pobre del que exprese una opinión política propia al día siguiente en el liceo bolivariano. A los confundidos, en Catia, los aclaran a coñazos. Luego la dosis necesaria de megalomanía, de hipérbole emocional. “La cuarta república eliminó los liceos porque se habían convertido en centros de debate y lucha política”, pero ahora “tenemos un gobierno estudiantil”. ¿¿¿???
Cuando ya iba a decirle a su reducidísimo auditorio de adolescentes maravillados de ver en persona a alguien que sale en televisión, que en la Cuarta la policía tenía órdenes de echarle candela a todo el que viera uniformado de bachillerato, se le acercó un asistente y, al oído, le recordó: “Señor Presidente, el avión que parte a Nueva York está esperando por usted”. De inmediato recordó de nuevo la campaña. Pensó que acababa de llegar de Irak y no había tenido tiempo de descansar, pero está en campaña. No puede descuidar ni un segundo. Guatemala sigue roncando en la cueva y no se puede dormir en los laureles. En menos de diez minutos la comitiva, hombres de negro, armas largas, hombres de rojo, de verde (vedde), doce carros rústicos de mucho, mucho lujo, los guardias motorizados paranoicos deteniendo el tránsito, peatones, pajaritos en vuelo, helicóptero, bulla, armas, seguridad, mosca con aquel, todo, se fue comido por la misma vorágine conque vino, inauguró y partió.
Rumbo a seguir la campaña. Hay un compromiso con los pobres del mundo.
Y en la avenida, como en la canción de Serrat, se acabó la fiesta. Mañana, la basura, los malandros, los buhoneros y la mierda de perro. Como siempre. Como todos los días.


Alberto es un tipo común. Trabaja, tiene familia, intenta llegar a la quincena, quiere a su hijo. Las noticias diarias lo inquietan. Alberto quiere a su hijo y siempre que lee cosas como las de Kennedy, piensa que su muchacho, educado para que sea un caballero, no va a decir no cuando un compañero de la UCV, donde estudia, le diga: “Vamos a acompañar a las panitas a su casa, que me da maltripeo ir solo”. No hay remedio: vivir en Caracas, vivir en Venezuela, vivir en estos primeros años del siglo XXI, genera angustia y desazón.
Aunque los viejos digan que siempre ha sido así, Alberto piensa que tanto militar suelto, tanto policía de civil, tanta arma, tanta apología a la guerra, tanto malandreo de pasar como la marabunta rayando todas las paredes de los municipios en donde tienen no gozan de amplias simpatías, no es un asunto de todos los tiempos. No se despacha con un “siempre ha sido así”.
Alberto salió esa mañana a su oficina. No todo el mundo sale feliz a ganarse el pan en el negocio de otro. Y ya dijimos que Alberto es un tipo común. Las mañanas camino a la oficina tiene esa cosa a mitad de recorrido entre el tedio y la desesperanza. Para eso están los programas “ligeros” de la radio. Porque ya Miguel Ángel (ese, el gritón del televisor) y su loco deseo de convertirse en el martir del periodismo libre, no es una opción mañanera para muchos. Alberto trata de encontrar un punto de equilibrio a tanta realidad: hace un mes invadieron a plomo un edificio cerca de donde vive la mamá. Hace dos semanas un alcalde habló de expropiaciones. Hace una, un presidente que viste con ropa italiana y usa relojes suizos, ordenaba, gritaba, advertía que hay que comprar nacional. Alberto todavía no sabe convivir con el cinismo. Se resiste. Meditaba sobre eso, sobre cuál es el punto, escuchando sin prestar atención las risas falsas de los locutores de la radio, cuando escucha un impacto a un costado de esa camioneta que a duras penas logra mantener, comprada en una época mejor.
Su reacción fue buscar con la vista hacia el costado de donde vino el golpe. Por el retrovisor ve pasar una moto con un hombre vestido de verde sobre ella. Le pasa por un costado y comprende, de inmediato, que esa moto con el militar encima tienen que ver con el golpe. Las cadenas, la amenaza, las viejas entrenando de guardia patrimonial, los devaneos de la prensa mundial que pretende hallar por estos lares al “buen salvaje”, tanta pistola y tanto verde junto, todo eso le estalló en la frente. En la cara. Con rabia, sin mesura, le dice, por la ventana: “Coño, ¿y te vas a ir?”
El motorizado no actúa como un ciudadano con responsabilidad civil, sino como un uniformado. Y el uniforme es autoridad. Así se lo enseñaron en la Academia Militar. Detiene la moto a un costado, sin muchas precauciones (los demás son los que deben evitar desgraciarse la vida pisándolo). Se baja y, de mala gana, le dice, con ese tono de amenaza con que los suelen decir las cosas quienes se sienten apoyados: “Ven acá pa´ve que fue lo que te hice”.
Los teóricos de la comunicación dicen que todo eso está previsto. La polarización, la amenaza, la arrogancia… Alberto sólo sabe que no quiere andar con la camioneta rayada, porque está conteniendo, con lo que le resta de fuerza, el rancho que se cierne sobre su modo de vida y sobre Caracas. “Ven acá no, ven tú que fuiste el que me rayaste”, le contestó. El motorizado se acercó con parsimonia (¿Enseñarán en la Academia Militar eso, que la autoridad no responde sino a su uniforme?). Si no van a saber andar por la calle, que no salgan de los cuarteles, nojoda, pensó Alberto mientras veía la raya que indicaba otro escaloncito hacia abajo, hacia el “Socialismo del siglo XXI”. El motorizado se le paró al lado y, con cinismo, comentó sonriendo: “¿Qué fue lo que te hice? ¿Esa rayita?” Alberto conocía sus limitaciones. Que eran muchas. Y la longitud de su paciencia. Que era poca. Tanta desfachatez era una invitación a convertir una mañana de ida al trabajo en un confuso episodio en Fuerte Tiuna. Con coñaza incluida. Pero su ego no le permitía retirarse en silencio. Si había bajado un escalón más en su nivel de vida, no tendría por qué bajar también en su concepto de sí mismo. “Nojoda, de bolas, si ustedes son arrechos y nunca pagan un coño”, comentó con suficiente volumen para salvaguardar su honor ante los transeúntes, pero con suficiente prudencia como para montarse en su camioneta y seguir directo al trabajo, sin volver la vista atrás.
Todo el día estuvo pensando en la raya. Necesitaba llegar a su casa y echarle el cuento a su mujer, tomarse un whisky, relajarse con el cable y revivir la furia al día siguiente, cuando viera que la raya (como el país) sigue allí. Camino a casa ya estaba preparando el cuento a su mujer cuando, al abrir la puerta, vio en el rostro de ella, frente al televisor de la cocina, que algo más importante que una raya en la camioneta estaba pasando. ¿Qué pasó? le preguntó. Ella también quiere a su hijo, pero ya lo dijo el maestro: El que tiene un hijo tiene todos los hijos, o algo así. “Los muchachos estos que secuestraron ¿te acuerdas? ¿Los libaneses? Los encontraron muertos. A los tres”. Alberto sintió que toda la rabia que sentía por una raya se le salió del cuerpo, y que todas las preguntas que se hacía esa mañana eran vanas. Sintió lo que siente cualquiera ante la muerte: que todo lo demás agacha la cabeza, por temor y respeto. “Como al viejo Sindoni. Los habían parado en una alcabala policial”, dijo su mujer, como si hablara consigo misma. ¿Y Pedro?, preguntó él de inmediato. “En su cuarto”, respondió ella sin quitar la vista del televisor.
Las mañanas son buenas para pensar. Sería al día siguiente en la mañana cuando, rodando al trabajo con su camioneta rayada, que Alberto se preguntará si se estará volviendo cínico por el hecho de haber pensado que él, después de todo, había corrido con suerte en su ración diaria de violencia, pistolas y uniformes.
Basta echar un ojo a la Caracas gruesa para notarlo. ¿La Caracas gruesa? Sí, la ciudad masiva. No las apacibles urbanizaciones residenciales del sureste caraqueño. No ese privilegiado norte que empieza en el Country y termina en Sebucán. No, la Caracas gruesa es por donde corren las venas que mueven a la población. La Urdaneta, la Andrés Bello, la Francisco de Miranda, la Baralt, la Sucre, la Casanova, la Universidad, la San Martín, la Fuerzas Armadas. Incluso en ciertas partes de la Autopista del Este. Es decir, la Caracas por donde transitan todos. La pública. Cualquiera que se detenga unos minutos en sus predios puede verlo: venden cerveza en la calle (camufladas en cavas que ofrecen maltas), fríen pinchos, parrillas, morcillas en las esquinas. Los telefoneros venden cigarros al detal y otras chucherías en toldos que ocupan toda la acera ¿Se puede ser tan inocente de no imaginar que cualquier buhonero venda, por ejemplo, perico? ¿No es de sospechar de qué puede vivir ese buhonero que vende tres peroles de plásticos, una plancha vieja y dos tapas de licuadora? ¿De eso se podrá vivir? Venden música y libros “pirateados”. Y los ciditeros siempre tienen unas estruendosas cornetas que permiten probar la mercancía. Así se atraen más clientes, argumentan. Luego están las motos. Ruedan en sentido contrario, se montan en las aceras. Y todo esto en la cara de los policías, que también ruedan por las aceras, por cierto.
Aunque fracasadas en Caracas (quizá ausencia de real voluntad política) las teorías de Bratton siguen siendo inalterablemente ciertas. Los delitos menores conllevan a delitos mayores. En una época, para tomarle la palabra sin darle la razón, se inventaron una Ley de Convivencia ciudadana. Nunca nadie intentó hacerla cumplir ¿Por qué? Porque no se puede. ¿Por qué no se puede? Intentemos argumentar una razón.
La ciudad es tan grande que tiene forzosamente sus reglas. Y, por ser para un mayor número de personas, que no se conocen entre sí, es que las reglas de la ciudad deben ser más estrictas que las de la comunidad; es decir, en el pequeño conglomerado de vecinos. El Barrio tiene reglas distintas a las de la ciudad. Antes, el habitante del barrio, cuando bajaba a la ciudad, actuaba distinto a como lo hacía cuando estaba en su zona. Funcionaba aquello de sentirse desvalido fuera de su “territorio”. Funcionaba aquello de actuar con precaución porque no estaba entre su gente. Allá la Ley tiene distinta aplicación. La “autoridad” no es la autoridad oficial de la ciudad, sino algo más difuso en su concepción. La Ley la imponen, en un increible y anárquico equilibrio, los pequeños delincuentes, los malandros viejos, los viejos a secas, los líderes comunales, usualmente deportistas (por aquello del prestigio), a veces el cura del barrio (cuando lo hay) y, antes, los ñángaras, que eran super resteados, y por tanto temidos. Pero funcionaba un precario equilibrio. En la ciudad acataba las reglas generales, en el barrio las específicas.
Volvamos al punto inicial. En las calles de la Caracas gruesa se está imponiendo el modo de vida de los barrios. Aquello de Caracas ahora es de todos ha sido estúpidamente mal aplicado y comprendido. La ciudad es de todos, nadie lo pone en duda, pero hay que ciudadanizar a sus habitantes. Ofrecerles las bondades de la ciudad, que son las bondades del mundo moderno y global. La ciudad (la polis) es una muestra del mundo. Hay que ofrecerle al pueblo motivos para disfrutar la ciudad y su infraestructura (no, por cierto, usando el Teresa Carreño para graduar bachilleres). Ahora, ese equilibrio (injusto, brutal, pero existente después de todo) que hay en la ley del barrio, colapsa cuando Caracas toda es el barrio. Como nadie está en “su zona”, todos actuán como les da la gana, sin siquiera las reglas del barrio. ¿Cómo aplicar una Ley de Convivencia Ciudadana en ese caos? ¿Qué policías, que se hacen la vista gorda con los delitos menores, y contribuyen con su parte de irrespeto a las normas, puede hacer cumplir las normas? Esos policías tampoco están educados para vivir en ciudad.
Espiritualmente, el barrio tomó Caracas. Una vez tomado el espíritu, tomará también la materia, es decir la infraestructura. De hecho, ya empezó. Por algo tantos locales de la avenida Urdaneta están cerrados y no abrirán nunca más. Sólo sirven para que los buhoneros usen sus fachadas para guindar las franelas que dicen “Se habla malandro” o “No creo en nadie”. Curioso: locales cerrados y ventas en las aceras. ¿No es como un mal uso de los espacios? No, es el modo de hacer las cosas a lo malandro. El barrio tomó Caracas. Pronto irá por Venezuela toda.