Nos merecemos tener un país o tenemos el país que nos merecemos?

Está bien, eso es irrefutable: el ilustre bocón-megalómano-ignorante que se hizo del coroto realmente ha destrozado las instituciones, una inmensa parte de la actividad productiva nacional y ha incurrido en desmanes tan impedonables como acentuar el resentimiento, barrer con la autonomía de los poderes, usar los recursos del Estado en un permanente proselitismo, ahogar cualquier forma de disidencia, financiar bandas paramilitares armadas, y una cantidad innumerable de abusos, con el fin de ir instaurando, paso a paso, una dictadura fascista de derecha. Eso nadie lo niega. Pero me pregunto yo ¿Es nuestra mala calidad de vida su única y absoluta responsabilidad? Es decir, ¿no contribuimos nosotros con que nuestra calidad de vida y nuestra percepción de ciudadanía sea cada vez más pobre?
Ese gordo que toca corneta como un poseso apenas el tránsito reduce ligeramente la veolcidad, sin importarle las molestias que causa a los que le rodean; el motorizado que se sube impunemente a la acera para evadir las colas, el autobusero que se para donde le dá la gana y el taxista que se atraviesa en el rayado; el animal que monta su carro en la acera, a veces hasta perpendicular a la calle, obligando a los peatones a caminar por la avenida; el otro idiota que monta media camionetota en la acera, frente al restaurant donde va a comer, porque tiene hambre y él no va a parar más lejos porque le pueden robar el carro; el vivo que no deja terminar de salir y ya se está metiendo en el vagón del metro; el que usa el carro para rodar tres cuadras (porque él paga su gasolina); el que es incapaz de ceder el puesto en los autobuses a las señoras que cargan niños; todos esos incivilizados que no se quitan el morral al subirse al vagón, los que fuman delante encima de los demás, los que son incapaces de hacer la torsión mínima necesaria para evadir chocar contra los demás viandantes, y una vez que chocan son incapaces de disculparse; los que esperan a los chamos en el carro frente al portón del colegio, generando una cola monstruosa; lso que escuchan música con los celulares en el metro, los que ponen música a todo volumen en el carro; los que se colean en todos lados, porque son vivísimos; los que tiene malos hábitos de aseo y se montan en vagones atestados de gente, normalmente sin aire acondicionado; los que no se bajan del carro para comprar el peródico y gneran más congestionamiento; los que beben cerveza en la calle, ofreciendo un balurdo espectáculo de chabacanería (los estudiantes del Nuevas Vacaciones, en Los Dos Caminos, beben a diario y bailan regueton en la acera con las puertas de los carros abiertas); los que hablan por el celular gritando; los que explotan sin asco a sus empleados; los que le compran a los buhoneros… Seamos honestos: ¿Esa gente qué tiene que ver con el emperadorcito?
Mientras aquel cae, lo caen, le estalla una verdadera revolución o se muere, hay un trabajo duro que hacer para recuperar la ciudadanía. Y es urgente. Y es grave. “Esa gente” me hace la vida mucho más dura en mi ciudad. “Esa gente” me jode tanto o más que el desquiciado emperadorcito en mi tránsito cotidiano por mis calles. Esa gente jamás, lease bien, jamás estará en mi mismo bando. Esa gente que no se adapta a vivir en ciudad, que fue derrotada por la dureza de la urbe y vive malhomorada contaminando con su agresividad y sus chapucerías y problemas de educación y de trato social y su incapacidad de sonreir y de hacer uso de la cortesía, son la otra mitad del problema.
Reitero, esa gente no juega para mi equipo, y están en la misma lista de gente que desprecio (como las foquitas rojitas y los recién vestidos rojitos y los estómagos agradecidos rojitos y los malandros rojitos). Esa gente tiene el país que se merece.
Mientras ellos existan, mientras esa gente no se eduque para vivir en ciudad, al ciudadano de verdad, herido en su sensibilidad, le tocará vivir en el exilio interior.
Sigamos hablando de macropolítica, que si mañana cae el emperadorcito, gracias a “esa gente” mi calidad de vida, ni a de ninguno, mejorará ni un ápice al día siguiente.

Si no es ingenuidad es sadismo



¿Qué hace pensar a las autoridades muncipales que un una ciudad como Caracas, con índices de violencia sólo comparables con las películas de Tarantino, con ciudadanos que no confían en la eficacia de las autoridades policiales, con una población sumida en la más paralizante de las paranoias, que es buena idea colocar quioscos en avenidas mal iluminadas, en sitios donde, apenas cae la noche, comienzan a escasear los transeúntes? ¿Será negación de la realidad? ¿Ingenuidad? ¿E más puro sadismo? ¿Que la gente viva sumida en cada vez una mayor angustia?
¿De verdad no se les ha ocurrido que esa ubicación no es la adecuada para los quioscos en cuestión? De hecho, al remover los quioscos de la zona, los duplicaron bajo el nuevo formato. ¿Se trata sólo de pensar en el negocio de venderlos (porque no son gratuitos), antes que en la planificación adecuada de los espacios públicos? De verdad que si no es ingenuidad es sadismo.

Y el resultado fue…

Alcance en el Metro


La inusual noticia con la que amaneció Caracas este lunes fin de mes, fue la siguiente:

“Dos trenes del Metro de Caracas colisionaron hoy en la estación Plaza Sucre de la línea 1, suceso que dejó como saldo una persona fallecida y seis lesionados, incluyendo el operario de uno de los trenes.
De acuerdo a la versión del Jefe de Operaciones del Cuerpo de Bomberos Metropolitanos, comandante Delio Martínez, un tren que estaba en la estación haciendo su labor de carga y descarga de pasajeros fue impactado por otro por la parte posterior. No obstante, se desconoce hasta ahora la causa del accidente, mientras que se espera que las autoridades competentes comiencen el proceso de investigación.
La persona fallecida es de sexo femenino. Martínez destacó que es la primera vez que se registra este tipo de evento en el Metro de Caracas. Por los momentos, los bomberos se encuentran haciendo las tareas de rescate y atención de los heridos.”

Tal como lo explica Martínez, era la primera vez que el servicio subterráneo de Caracas, luego de casi 25 años de operaciones, sufre un accidente de esta naturaleza y envergadura. Un lunes fin de mes, en la mañana. El caos, por supuesto, demostró una de sus caras más vigorosas en la avenida Sucre (la avenida que va desde la estación Plaza Sucre hasta Caño Amarillo y conecta al oeste de Caracas con el centro). Para darle más sabor al asunto, ese mismo día de motos rodando sobre las aceras y paradas de autobuses agolpadas de gente y buhoneros indolentes y policías llevando a sus mujeres a su trabajo en las motos oficiales, la Seguridad de Miraflores (punto de enlace entre la avenida Sucre y la avenida Urdaneta y, como sabe cualquiera, sede del poder político venezolano) consideró pertinente cerrar el paso por esa zona, lo que obligó a los caraqueños que se desplazaban en buses desde el oeste hacia el centro, a soportar kilométricas colas en los desvíos dispuestos para esos casos, los cuales se hacen en vías más angostas, lo que ocasiona que un viaje de veinte minutos, se haga en una hora.

De inmediato, desde la estatal Venezolana de Televisión, entrevistaron al presidente del Metro, un tal Gustavo González López, que antepone a su nombre las siglas G.D. (Ej), es decir General de División. La primera pregunta que a uno se le viene a la mente es: ¿De verdad que los militares están tan sobrados en su preparación, que pueden asumir cualquier cargo, por específico que sea, en la administración pública? ¿De verdad que no hay un ingeniero experto en ferrocarriles y transportes masivos capitalinos más apto para ese cargo tan importante, tan delicado para el normal desarrollo de las actividades cotidianas en la ciudad? Luego, la siguiente interrogante no se hace esperar: ¿Cómo se vería González Lander, el presidente fundador del metro, el cual fue ratificado por varios gobiernos dado su profundo conocimiento del sistema que ayudó a construir, dando declaraciones de prensa con una franelita adeca?
¿Será falta de estrategia, ciega idiotez o simple candor? El presidente del metro, el tal general de división (¿Será porque han “dividido” al país que llegó a ese cargo?) aparece, en entrevista exclusiva para Venezolana de Televisión, informando sobre la colisión (como ya dijimos, la primera en la historia de más de veinte años de servicio), vestido con una franela roja del partido del gobierno muerto al nacer. ¿Qué le hace pensar a ese sujeto que el momento es idóneo para hacer propaganda al partido de gobierno? ¿Para recordarnos que han politizado todas las instancias públicas hasta niveles asqueantes? Lo cierto es que ellos mismos asocian su inoperancia, su ineficacia, su torpeza, su desconocimiento de las operaciones regualres del mundo civil del país, con su uniforme rojo-rojito. Es decir, él dá el ejemplo a toda la nómina del metro: siempre se viste de rojo-rojito. ¿Será esa la vara que impere, como ya se ha denunciado en otras empresas del Estado, para ser empleado del Metro? ¿O se apresuraría a vestirse de rojo ya que iba a salir en cámara, para que “Su Jefe” se entere de su incondicionalidad? En resumen, su vestimenta partidista parece decir que él está en ese cargo, no por ser un gran conocedor de la materia de transportes masivos, sino por ser militar y rojo-rojito. Es decir, obediente y leal.

Un forista de un portal informativo explicó lo siguiente:

“Con la información visual de las fotos que ya han salido, se puede claramente decir que el accidente se produjo por la falla de unas de las boyas de proteccion de ocupación de segmento de via.
Les explico: el sistema Metro, tiene un sub-sistema que evita que dos trenes consecutivos circulen en segmentos de vía contiguos. O sea, para que los trenes puedan circular, debe haber al menos un segmento de via desocupado entre ellos.
Para asegurarse de ello, el sistema tiene unas “boyas” electro-magnéticas que están “prendidas” mientras esta un tren ocupando un segmento de via. Esas boyas son “leídas” por la computadora del tren que viene atrás, provocando una parada de emergencia para evitar un choque.
Como se produjo el “choque”, que mas propiamente es un alcance, es evidente que el sistema falló… y la única forma de que este sistema de una falla de se tipo, es que el mantenimiento preventivo no se hizo.

En el Metro se pueden ver que, cada dos vallas publicitarias, una tiene la cara de Chávez. En el Metro, cuando Chávez llama a concentraciones públicas se da puerta franca al servicio. En el Metro se cierran las estaciones cercanas a las concentraciones opositoras por “razones de seguridad”. En el Metro, durante la campaña electoral, se imprimía un pasquín de centenas de millares de ejemplares -con ínfulas de vocero institucional- que no hacía más que alabar la figura de Chávez. Por los parlantes del Metro pasan, cada dos canciones, la cursi y ridícula Gaita de la Bandera. En el Metro, en cada estación, se colocó el afiche del gobierno atacando a RCTV. En el Metro no se respeta al usuario que piense distinto (no se respeta al usuario, en general), con el pretexto de información gubernamental. En lso vagones delMetro casi nunca hay aire acondicionado, y el soberano viaja como cochinos en las horas pico. En el Metro están cambiando paulatinamente el clásico uniforme azul, al agregar a algunos cargos operativos gorras y chalecos rojos. En el Metro el presidente viste de rojo-rojito. En el Metro, al decir de un empleado que pidió mantener su anonimato, los viernes se hacen reuniones ideológicas, en vez de cursos de capacitación y mejoramiento técnico. En el Metro, al parecer, es más importante la formación ideológica que el mantenimiento de rigor. En el Metro, en ese Metro, se sucedió el primer “alcance” en 25 años de historia, con un saldo de una persona muerta y (al final de la tarde se supo) más de diez heridos. En el Metro murió la primera persona que no había decidido suicidarse, por un accidente que nunca se aclarará (cuando no es que se endilgue a la oposición o a la CIA). El Metro, ese alabado y ejemplar modelo de servicio, decae en la prestación del mismo cada día más. El Metro tiene el indiscutible sello de los militares que tomaron el pdoer en Venezuela.
La idiotez y el terror psicológico y la persecución y la ineficiencia y la desidia y la “pava roja-rojita” ya dieron “alcance” al Metro, la obra de transporte que, junto a otras de infraestructura como el Teatro Teresa Carreño (ya en manos de Chávez, para sus caprichos), nos hacía sentir a los caraqueños que un futuro era posible, que sí vivíamos en una ciudad. Ya coronaron al Metro. Así es que se gobierna.

Post-post:
Los militares que pasaron del campo al cuartel (o al campo de batalla, como Gómez), desconfían de la ciudad. La sienten pretenciosa. Su burdo oropel, su falso esplendor, despierta sus resentimientos. Su más profundo deseo es destruirla. Sin duda lo está haciendo.

La memoria de la Humanidad

Que Chávez emplaza a Uribe a decir que está inquieto con la compradera de armas del gobierno venezolano. Que uno de cada cinco muertos en Venezuela son ocasionados por los cuerpos de (in)seguridad del Estado. Que a los mineros de La Paragua los asesinaron los militares básicamente porque no les entregaron el oro y el diamante que cargaban encima (es decir, por resistirse al atraco, o a la autoridad atracadora, en fin). Que el PPT denuncia un sofisticado plan desestabilizador de la CANTV, consistente en negarse a pagar las demandas laborales del personal, provocando con ello una ola de protestas el mismo día de las elecciones, lo cual será un sabotaje al contundente triunfo de su candidato. Que DirecTV es bidireccional y por allí nos espían los gringos (aunque, puestos a escoger, sería mejor echar un ojo en las habitaciones cerradas de las quinceañeras ociosas). Que en 8 años no hay un sólo preso por corrupción, ni siquiera de la Cuarta… Es increíble que en un país de ficción, la noticia más relevante respecto al tema no haya sido primera plana de todos los diarios nacionales. ¿La noticia? Que ahora leer ficciones será un asunto coordinado desde una página web. Y ficciones de calidad, no las que nos regala a diario la pobre realidad, de un país que decidió desmantelar el aparato técnico y acorralar a la élite gobernante criolla para imponer una élite gobernante extranjera (si no qué carajo hace un presidente flanqueado por dos ministros extranjeros inaugurando obras que van a operar connacionales de esos ministros extranjeros). En fin, que ahora, con Relectura, todos esos que leen a diario algo más que la prensa, podrán agruparse, hacer su blog, solicitar la reunión con un escritor luego de haber leído un libro, y sentarse a discutir esa lectura con el autor de su preferencia. Todo, o casi todo, por cuenta de la casa (es decir, de Relectura). Una idea que es realidad cotidiana en otros países (del continente incluso) y que aquí tenía una mora imperdonable. Más información en la página de la asociación Civil.
En los libros está la memoria de la Humanidad. Hurgando en ese pasado, podríamos evitarnos presentes como el nuestro. Y soñar con futuros más alentadores. A leer, pues. Y ahora acompañados.

A esa hora de la mañana…

«Hay una hora de la tarde -escribió Borges- en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos pero es intraducible como una música». Y, en efecto, hay horas que anuncian (o prefiguran) una magia, una esperanza. En al ciudad, en nuestra convulsionada Caracas, la hora de la esperanza parece ser otra. «A veces, cuando me toca salir muy temprano en la mañana y me sorprende ese estallido de colores que es todo amanecer, no puedo dejar de pensar que Caracas vuelve a ser, en ese momento, una ciudad hermosa. Un lugar que, sin embargo, destruiremos aplicadamente en las próximas horas» nos confía Rodrigo Coll. Todas las mañanas nos parece hermosa, esperanzadora. Y siempre, siempre, cuando salimos a sus calles, terminamos destruyéndola.
Por eso es que hay que evitar los noticieros a esa única hora que vale la pena vivir la ciudad.

En campaña


Ese día las calles amanecieron limpias, extrañamente limpias. Ni un sólo buhonero se veía en las aceras. Ni siquiera los telefoneros. En un ambiente de tensión, en cada esquina se veían hombres vestidos de negro con armas largas. Los mismos comandos que asesinaron a los muchachos de Kennedy, pero sin pasamontañas, por supuesto. De pronto se esuchó el estruendo del rotor de un helicóptero que peinó la zona en un vuelo a baja altura. Luego del chequeo del helicóptero (”esta limpia la zona, mi comandante“) apareció un motorizado de Casa Militar a altísima velocidad. Prohibieron a la gente cruzar la calle, a los carros atravesar aunque tuvieran luz verde, a los pajaritos que anidan cerca de la estación del metro intentar alzar vuelo. A continuación aparecieron diez, doce carros rústicos (¡qué lujo, ni en los campos de golf que van a expropiar se ven esos carros!), con vidrios de seguridad, con hombres armados hasta los dientes (y aquí el lugar común luce insuficiente para describir lo que se ve). El helicóptero, las motos ululando, la sensación de la inminencia de un instante en el que no se podrá ni respirar so pena de que te neutralicen, los vehículos a toda velocidad. Como en una película de acción. Todo el mundo se esconde. Demasiados cañones de altísima precisión como para estar contribuyendo a una confusión. Demasiados gatillos con licencia para matar como para estar tentando a la suerte. La surrealista caravana dobla en una esquina. El helicóptero los sigue. Militares y civiles armados van acordonando el sitio hacia donde se detiene la caravana. Ah, el liceo Luis Espelozín, en Gato Negro. Además de los hombres de vedde (siguiendo la acentuación de moda entre la gente de seguridad presidencial) están los de rojo, los únicos que pueden estar cerca del hombre que se baja de uno de los vehículos.
¿Qué es tanto alboroto? Ah, es un candidato en campaña. El candidato de la revolución. Ya previamente habían escogido a algunos chicos (cuidadosamente seleccionados entre los más morenitos, por supuesto. “¿Y ese catire?”, preguntó el encargado de prensa. “Ese es el hijo de la cumanesa que vende empanadas”, le respondió el del comité local. “No, ni de vaina, ese no puede salir en la foto”, ordenó el experto). Nadie entra. Nadie sale, como siempre. ya llegó Aguila Uno al sitio de la campaña.
El hombre se baja. Luce apresurado. La agenda es apretada. Ni las pastillitas que le manda su tutor logran aplacar el cansancio. Es que la campaña ha sido feroz. Asia, África, Centroamérica… El ministrico lo va llevando por las aulas refaccionadas mientras le explica los logros de la revolución en materia educativa. El candidato, como un autómata, se monta en el papel. “Los liceos bolivarianos deben ser espacios luminosos de construcción del socialismo, porque el capitalismo es el camino a la perdición de la sociedad”, repitió una vez más el manido discurso. Cuando está en automático sólo cambia el lugar. Cuando lo lleven (en una próxima visita al país), a un hospital, con otro de esos despliegues de seguridad que ni Michael Jackson, le dirá a las enfermeras “Los hospitales bolivarianos deben ser espacios luminosos de construcción del socialismo, porque el capitalismo es el camino a la perdición de la sociedad”.
“Muchachos revolucionarios (…) después ustedes van a las universidades a llevar ese mismo aliento”, ordenó y, como ya la campaña por el mundo lo esta volviendo impaciente (que nunca fue un dechado de paciencia), subrayó el carácter obligatorio de la orden: “No debería haber un sólo joven que no esté con este proyecto”. Luego, como los boxeadores con maña, aún agotado, conoce el sitio dónde debe pegar. Es el mismo sitio de siempre. El resentimiento. “Es natural que haya ricachones, oligarcas uña en el rabo, enemigos de esta revolución”, pero “que haya un joven en contra, eso debe llamarnos a la reflexión, porque ese joven está confundido sin duda”. Pobre del que exprese una opinión política propia al día siguiente en el liceo bolivariano. A los confundidos, en Catia, los aclaran a coñazos. Luego la dosis necesaria de megalomanía, de hipérbole emocional. “La cuarta república eliminó los liceos porque se habían convertido en centros de debate y lucha política”, pero ahora “tenemos un gobierno estudiantil”. ¿¿¿???
Cuando ya iba a decirle a su reducidísimo auditorio de adolescentes maravillados de ver en persona a alguien que sale en televisión, que en la Cuarta la policía tenía órdenes de echarle candela a todo el que viera uniformado de bachillerato, se le acercó un asistente y, al oído, le recordó: “Señor Presidente, el avión que parte a Nueva York está esperando por usted”. De inmediato recordó de nuevo la campaña. Pensó que acababa de llegar de Irak y no había tenido tiempo de descansar, pero está en campaña. No puede descuidar ni un segundo. Guatemala sigue roncando en la cueva y no se puede dormir en los laureles. En menos de diez minutos la comitiva, hombres de negro, armas largas, hombres de rojo, de verde (vedde), doce carros rústicos de mucho, mucho lujo, los guardias motorizados paranoicos deteniendo el tránsito, peatones, pajaritos en vuelo, helicóptero, bulla, armas, seguridad, mosca con aquel, todo, se fue comido por la misma vorágine conque vino, inauguró y partió.
Rumbo a seguir la campaña. Hay un compromiso con los pobres del mundo.
Y en la avenida, como en la canción de Serrat, se acabó la fiesta. Mañana, la basura, los malandros, los buhoneros y la mierda de perro. Como siempre. Como todos los días.

Aunque algún día vayan por él


En los setenta, ochenta, aún parecían mayoría. Al menos, esa era la impresión que dejaban al caminar por sus calles. Sobre todo en la plaza y sus alrededores. Su inconfundible estampa acentuaba la atmósfera de la zona. Le daba color local. Gorras, bastones, cigarros, guayaberas. Cinco o seis viejos discutiendo acaloradamente en un grupo. La frase nada humano me es ajeno jamás podría ser más propicia. En ocasiones, cansados de discutir, se quedaban en silencio, pensativos. Y hasta ese silencio marchito le llegaban lejanas nostalgias.
Era La Candelaria, y aunque no el único, era el barrio ibérico por excelencia de la Caracas de entonces. Sus tascas y barras, sus pintorescos billares, sus edificios pequeños y sus inconfundibles señoras rollizas paseando a sus perritos falderos, armando periqueras incomprensibles, eran características de ese noble barrio que daba sabor cosmopolita a la ciudad que, paradójicamente, comenzó a perder encanto cuando tropezó con sus rachas de abundancia.
¿Por qué las comunidades que se asentaron en ese barrio y le dieron su estilo distintivo no pudieron conservar su estampa? ¿Por qué la ruda avalancha de realidad que lo cambió todo para siempre los alcanzó democratizando el caos? ¿Será que los descendientes de esos laboriosos europeos, a los que les tocó la época de las vacas gordas, migró hacia otras zonas, maás al este de la ciudad? Alucinante pesadilla, la de haberse asentado en la plenitud de la vida en un barrio que ofrecía reminiscencias del terruño para tener que, al ocaso, sobrevivir vadeando tarantines, esquivando motos que suben a las aceras, soportando la estridencia de los vendedores de quemaítos.
En La Candelaria, que en nada se diferencia al resto de esta demencial Caracas hay, sin embargo, orgullosos símbolos de la historia chica, verdaderos estandartes que conservan el esplendor de la época de las mejores cocinas españolas de Caracas. Como este edificio que, si el viandante se toma el tiempo de observar, se niega a sucumbir a la estética del todo a mil. Aunque sea sólo un descolorido, un inútil recuerdo. Aunque sea invisible a los ojos del que en donde veía paseos, ahora ve luchas por alcanzar el metro y el seguro encierro en la (ojalá) inexpugnable celda de su casa. Aunque algún día vayan por él.

Barrio Caracas

Basta echar un ojo a la Caracas gruesa para notarlo. ¿La Caracas gruesa? Sí, la ciudad masiva. No las apacibles urbanizaciones residenciales del sureste caraqueño. No ese privilegiado norte que empieza en el Country y termina en Sebucán. No, la Caracas gruesa es por donde corren las venas que mueven a la población. La Urdaneta, la Andrés Bello, la Francisco de Miranda, la Baralt, la Sucre, la Casanova, la Universidad, la San Martín, la Fuerzas Armadas. Incluso en ciertas partes de la Autopista del Este. Es decir, la Caracas por donde transitan todos. La pública. Cualquiera que se detenga unos minutos en sus predios puede verlo: venden cerveza en la calle (camufladas en cavas que ofrecen maltas), fríen pinchos, parrillas, morcillas en las esquinas. Los telefoneros venden cigarros al detal y otras chucherías en toldos que ocupan toda la acera ¿Se puede ser tan inocente de no imaginar que cualquier buhonero venda, por ejemplo, perico? ¿No es de sospechar de qué puede vivir ese buhonero que vende tres peroles de plásticos, una plancha vieja y dos tapas de licuadora? ¿De eso se podrá vivir? Venden música y libros “pirateados”. Y los ciditeros siempre tienen unas estruendosas cornetas que permiten probar la mercancía. Así se atraen más clientes, argumentan. Luego están las motos. Ruedan en sentido contrario, se montan en las aceras. Y todo esto en la cara de los policías, que también ruedan por las aceras, por cierto.

Aunque fracasadas en Caracas (quizá ausencia de real voluntad política) las teorías de Bratton siguen siendo inalterablemente ciertas. Los delitos menores conllevan a delitos mayores. En una época, para tomarle la palabra sin darle la razón, se inventaron una Ley de Convivencia ciudadana. Nunca nadie intentó hacerla cumplir ¿Por qué? Porque no se puede. ¿Por qué no se puede? Intentemos argumentar una razón.
La ciudad es tan grande que tiene forzosamente sus reglas. Y, por ser para un mayor número de personas, que no se conocen entre sí, es que las reglas de la ciudad deben ser más estrictas que las de la comunidad; es decir, en el pequeño conglomerado de vecinos. El Barrio tiene reglas distintas a las de la ciudad. Antes, el habitante del barrio, cuando bajaba a la ciudad, actuaba distinto a como lo hacía cuando estaba en su zona. Funcionaba aquello de sentirse desvalido fuera de su “territorio”. Funcionaba aquello de actuar con precaución porque no estaba entre su gente. Allá la Ley tiene distinta aplicación. La “autoridad” no es la autoridad oficial de la ciudad, sino algo más difuso en su concepción. La Ley la imponen, en un increible y anárquico equilibrio, los pequeños delincuentes, los malandros viejos, los viejos a secas, los líderes comunales, usualmente deportistas (por aquello del prestigio), a veces el cura del barrio (cuando lo hay) y, antes, los ñángaras, que eran super resteados, y por tanto temidos. Pero funcionaba un precario equilibrio. En la ciudad acataba las reglas generales, en el barrio las específicas.

Volvamos al punto inicial. En las calles de la Caracas gruesa se está imponiendo el modo de vida de los barrios. Aquello de Caracas ahora es de todos ha sido estúpidamente mal aplicado y comprendido. La ciudad es de todos, nadie lo pone en duda, pero hay que ciudadanizar a sus habitantes. Ofrecerles las bondades de la ciudad, que son las bondades del mundo moderno y global. La ciudad (la polis) es una muestra del mundo. Hay que ofrecerle al pueblo motivos para disfrutar la ciudad y su infraestructura (no, por cierto, usando el Teresa Carreño para graduar bachilleres). Ahora, ese equilibrio (injusto, brutal, pero existente después de todo) que hay en la ley del barrio, colapsa cuando Caracas toda es el barrio. Como nadie está en “su zona”, todos actuán como les da la gana, sin siquiera las reglas del barrio. ¿Cómo aplicar una Ley de Convivencia Ciudadana en ese caos? ¿Qué policías, que se hacen la vista gorda con los delitos menores, y contribuyen con su parte de irrespeto a las normas, puede hacer cumplir las normas? Esos policías tampoco están educados para vivir en ciudad.

Espiritualmente, el barrio tomó Caracas. Una vez tomado el espíritu, tomará también la materia, es decir la infraestructura. De hecho, ya empezó. Por algo tantos locales de la avenida Urdaneta están cerrados y no abrirán nunca más. Sólo sirven para que los buhoneros usen sus fachadas para guindar las franelas que dicen “Se habla malandro” o “No creo en nadie”. Curioso: locales cerrados y ventas en las aceras. ¿No es como un mal uso de los espacios? No, es el modo de hacer las cosas a lo malandro. El barrio tomó Caracas. Pronto irá por Venezuela toda.

Caravanas

Este es el país del “salvese quien pueda”. Nuestra calles parecen un enorme set de una película de acción. Es tan normal intentar cruzar una calle y tener que detenerse ante una parafernalia holliwoodiense de vehículos negros, escoltas de civil, lentes, armas largas, motos, sofisticados equipos de comunicación… Uno podría esperar en cualquier momento el estallido de una bomba, y Bruce Willis salvando al mundo. ¡Cómo nos ha atravesado, de punta a punta, la estética del cine barato gringo, con todo y lo que ahora se pregona combatir al Imperio!
Antes (cuando todo estaba mal, de verdad, y el ciudadano, de tanto asco, había perdido interés en la política), se veía pocas veces ese espectáculo. En serio. Cualquiera, con memoria, puede atestiguarlo. Uno, al verlas, podía jurar que ahí iba el Inútil de turno. ¿Por qué se ven tantas ahora? ¿Por qué un grupo de niños, mujeres y hombres de a pie, deben esperar callados que un motorizado militar, aunque la luz esté en rojo, detenga el tránsito y el paso de peatones para dar paso a una hilera de vehículos negros de lujo? ¿Por qué se ve con tanta frecuencia esa escena? Porque todo funcionario de “alto nivel” (palabra contradictoria en un país en revolución) posee su caravana de seguridad. No sólo el presidente y el vicepresidente y el canciller y los ministros más importantes; también los presidentes de institutos autónomos, algunos ministros sin carteras, los jefes de los poderes (el presidente del Tribunal Supremo de Justicia, el presidente del Consejo Nacional Electoral, los invisibles jefes del Poder Moral) y hasta algunos diputados que son claves, viajan en grupos de entre cinco y diez vehículos, con motos que van apartando el tránsito, con una ambulancia en la retaguardia. ¿Qué inminente ataque están esperando? ¿Por qué el ciudadano de a pie tiene que sufrir las vejaciones y la opulencia del “servicio de seguridad” de los funcionarios estatales? ¿Por qué los primeros “servidores públicos” insisten en mostrarse superiores al común de los ciudadanos que trabajan duro, pagan impuestos y educan bien a sus hijos?

Hace unas pocas semanas, un joven, sintiendo que él era tan ciudadano como el que viajaba protegido en su caravana de diez vehículos rústicos de lujo, cruzó la calle sin cederles el paso. Pero Venezuela cambió para siempre, y los ciudadanos, al mejor estilo de la Francia de Luis XVI, deben inclinarse al paso de las caravanas oficiales. Pero este muchacho que caminaba por Plaza Venezuela pensó que estaba en un país en revolución. Así lo pensó y, verbo en acción, cruzó la calle sin inclinarse ni esperar el paso de la numerosa comitiva. Resultado: uno de los carros frenó, rozándolo. Del vehículo se bajó (dicen) el dueño de la comparsa, quien al parecer resultó ser el presidente del FUS (ríanse, esas siglas corresponden a Fondo Único Social). Éste, indignado ante la insolencia del súbdito tuvo con él un altercado que culminó con unos aleccionadores cocotazos (o, más preciso, cachazos), de parte de los mosqueteros que lo acompañaban. Se fueron con su bulla y su parafernalia y a los pocos minutos el muchacho fue secuestrado por un vehículo de civil con hombres armados dentro, que lo llevaron (igualmente aleccionándolo por el camino con las armas de la República) hasta la sede de la Disip (para los lectores de afuera, la policía política). Al llegar allá, maltratado, con la nariz y la frente rotas, se indagó la identidad del desafortunado insolente. Oh, sorpresa, era el hijo del viceministro de Cultura.

En Venezuela, todo el que puede hacer algo, lo hace y punto. El que tiene el “poder” de imponer algo o regalarse un privilegio, lo hace sin pensar en los demás. En ningún otro país del mundo el poder ejecutivo hace tantas “cadenas” (de hecho, hay países donde hay que explicar el concepto) por las razones más nimias. ¿Por qué lo hace? Porque puede. Porque tiene el poder de hacerlo. A partir de esa percepción, se aumentan los sueldos, abusan del poder en todas sus formas, imponen el porcentaje de la comisión que ganan, manejan influencias, usan los dineros públicos para sus campañas electorales. Cuentan que una carta de una militante muy popular afecta al gobierno, movía casi tantos resortes como si la misma hubiese tenido el membrete del Palacio de Miraflores. Tanto, que prefirieron darle un cargo formal, antes de que armara toda una estructura paralela de poder informal.
Y no estamos hablando de ideologías. No es el tema. No es un “artículo escuálido”. Dejemos el asunto de la guerra asimétrica a los militares. Y el de la multipolaridad a la Cancillería. Hablamos de nivel de vida. De sentimientos de impontencia ante los privilegios de unos cuantos. Hablamos de privilegios y de ciudadanos caminando por sus calles.

¿Por qué tantas medidas de seguridad? Porque las calles de Caracas son peligrosas. Y el que puede asignarse diez escoltas no va a dejar de hacerlo. Por eso y porque, en el fondo, todos se sienten importantes personajes tomados de películas gringas de intriga. Porque, con nuestro dinero, todos filman sus películas de Holliwood. Porque tienen la estética del héore gringo, del Very Important People atravesándoles el alma. Porque les da la gana.
Porque es el país del “salvese quien pueda”.