Una de las consecuencias más tristes de los regímenes de terror, es que convierten al hombre, digno por origen, en un sapo, en un ser despreciable, vil, rastrero. Los cobardes ven en la sumisión la única manera de salvar el pellejo.
Y no sólo se vuelven serviles. Con la sumisión viene la abyección total (saben que perdieron su dignidad y pasan factura a los que la mantienen, porque su actitud los humilla al recordarle que vendieron su condición humana). Con la abyección viene el odio hacia los demás, el cinismo, el sadismo… Y la delación. Los regímenes se sostienen del terror de la carroña (no es contigo, pedro. Al menos, no exclusivamente).
Cuando los seres que se despojaron de su dignidad, se dejan llevar por el pánico, se vuelven despiadados. Y se vuelven despiadados porque cambian los principios por instintos. Son viscerales. Sólo reaccionan ante estímulos primitivos: el hambre, el fuego… Se solazan en un “poder” que intenta (pesimamente) esconder su terror y su esclavitud. Prefieren ser el perro en casa del emperador (qué digo perro, el gusano de las sobras del plato del emperador), que un hombre libre en la calle.
Uno de estos sapos, uno de estos especímenes del “hombre nuevo” delata a dos juezas de Maracaibo por el supuesto delito de haberse reunido con un sentenciado del emperador. De inmediato son destituidas. El delator calma su terror sintiendo el poder que le dá la delación. El poder de su dedo. ¡Vana ilusión! Es un poder ficticio porque es esclavo de sus miedos y de su amo. Y, así nos lo dice la historia, algún día pasará a ocupar el lugar del delatado. Sólo que además perdió su dignidad hace tiempo.
Reo e indigno.
Otra esclava de sus instintos se solaza porque al antiguo compadre del emperador lo metieron preso. Cree que con aplaudir las decisiones del amo se salva. La historia le recordará lo absurdo de su indignidad.
Pobre gente. Así, uno a uno, todos demuestran su talento para reptar.
Y, una vez que se desata, el miedo todo lo consume. Porque también el emperador es prisionero de sus miedos. Por eso ataca. Por eso escucha delaciones. Por eso necesita actitudes serviles. Teme hasta su sombra. Por eso es, a su vez, prisionero de sus lisonjeros y delatores de oficio. Y tiene miedo al “pueblo”. Por eso lo divide. Sabe que algún día ese pueblo sabrá que todos sus pesares tienen su origen en aquel. Por eso distrae. Ofrece funciones gratis de guillotinamiento en las plazas públicas. Por eso azuza el odio de unos con otros. Por eso, porque es víctima de sus fantasmas, es que no soporta ninguna forma de cuestionamiento. Todo el que fue su aliado, todo el que alguna vez le tendió la mano, es potencial víctima (porque le recuerda que alguna vez necesitó de los demás, que fue menos poderoso que hoy: que fue humano). Por eso, en cuanto se resbalan, en cuanto dan la más mínima señal de erguir los hombros, les cae encima la “justicia imperial”. El que una vez le tendió la mano, se convierte para siempre en un esclavo. So pena de conocer esa justicia.
Lo malo de los países que caen prisioneros del terror, es que sus ciudadanos dejan de ser hombres libres. Y no necesariamente porque comenzarán a poblar las cárceles, sino porque los más débiles sacarán lo peor de sí para sobrevivir con su instinto de chacal. Vana ilusión. El terror sabe que usándolos unos a otros, poco a poco todos caerán con un mínimo esfuerzo. La historia no miente.
Esos que creen que están arriba, son los verdaderos prisioneros. Ojalá que les alcance la vida para que los persiga la vergüenza.
Lo malo de la historia, es que se repite y se repite de manera tan previsible.