Cabezas delirantes


Nunca le perdonó a la vida cuando aquella vez, seguido por sus delirios, se montó en una colina (en el Museo Histórico Militar, en La Planicie) y jugó a la guerra para ver cómo sus soldaditos eran aniquilados y se rendían. Bueno, eso de sus soldaditos era un decir, porque los que los lloraron y los enterraron fueron sus madres y sus padres.
Pero, en fin, como ahora es emperador, y los emperadores tienen el poder de cumplir sus sueños, ahora se vuelve a montar en una colinita, y ve cómo sus soldaditos esta vez sí ganan. Claro, como se trata de un libreto escrito para él, no puede ser de otra manera.
Lo único es que mientras juega a que esta vez sí gana, a que esta vez no lo derrotan ni tiene que salir a rendirse públicamente, mientras sus soldaditos (sí, ya explicamos que eso es un decir) eran masacrados; afuera, en la vida real, hay un pueblo que vive acosado por la delincuencia, los deficientes servicios públicos y la corrupción de los que le hacen creer que le son fieles.
El problema de que alguien crea que él es el Estado y es también la patria, es que llega a creer que su bienestar es el bienestar de la patria toda.
Lástima por los que aún creen en él

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