Mucha gente fumando alrededor de la pólvora
De tener un jefe directo (el alcalde metropolitano), la Policía Metropolitana pasó a tener un jefe que es una abstracción. Pongámoslo así: las responsabilidades de un ministro tienen alcance nacional. No puede estar pendiente de los requerimientos del cuerpo policial de una ciudad. Por más que sea la capital. Un alcalde planifica todo en su ciudad. Debe conocer sus necesidades reales. Por ejemplo, los índices delictivos. O la cantidad de funcionarios que requiere la policía de esa ciudad. ¿Cuál fue la rezón de haber pasado la PM de la Alcaldía Metropolitana al Ministerio de Interior (nunca voy a poner ese ridículo, demagógico y cínico nombre de ministerio del poder popular, revolucionario, socialista y endógeno del interior y la justicia socialista y revolucionario, o algo así)? Dos: Una, la obsesión Mugabesca de Chávez de controlarlo todo, de retrotraernos al paleolítico social. La otra viene enlazada con la anterior, pero es de carácter paranoico: el temor de perder (si se opera el milagro de que la oposición se ponga de acuerdo) la plaza de Caracas (hay que recordar que los militares todo lo ven desde la óptica bélica) y entregarle al enemigo un cuerpo armado. Esas son las razones. No ninguna relacionada con el mejoramiento del cuerpo ni la de concatenar los planes de seguridad ni la de ofrecer mayor bienestar a los ciudadanos. SU pellejo, su (para él) valioso pellejo, siempre será el primer elemento a tomar en cuenta en cada decisión que tome.
Ahora bien, esa permanente necesidad de salvar su pellejo, qué consecuencias ha traido en el caso de la PM. Acá algunas perlitas:
Los policías no tienen jefes, cesantearon (ya eso lo había hecho el nefasto Barreto) a los comisarios profesionales y pusieron en los cargos claves a dirigentes de grupos armados “revolucionarios”, hicieron una piñata de chapas (en Caracas, como en el viejo oeste, todo el mundo carga en el pecho una chapa de algo), los policías se rebuscan en diversos tipos de negocios, que van desde los ilegales hasta los criminales.
Los criminales salen todos los días en prensa: policías que atracan, que roban carros, que extorsionan, que secuestran, que trafican drogas… Los simplemente ilegales, son un escándalo, pero en tiempos de escándalos la mente razona con economía: no gasta energías en los menores.
Hay policías que montan “empresas” de seguridad, sin renunciar a sus cargos. O dicho de otra manera: en tiempos de Chávez la seguridad se ha privatizado, de facto. No es raro ver a un policía, vestido de civil, leyendo el periódico sobre su moto en la acera frente a una tienda. Si usted pasa dos horas después, lo verá ahí. Y si pasa al día siguiente lo verá ahí. Y si paso antier lo vio ahí. Ese funcionario tiene un sueldo por el gobierno y un sueldo por la tienda. Seguridad privatizada. Otros hacen de taxistas (con su arma de reglamento y sus “contactos” en la justicia, para cuando la cosa se complique con un malandro desprevenido que intente atracarlo). O de escolta de ejecutivos extranjeros.
También se da lo contrario. Uno de lso policías tiroteados en el 23 de enero (algo así como 18 funcionarios) por los grupos armados que operan en la zona, comentó a la prensa que a “esa gente” no se le puede responder el fuego, porque se pueden meter en problemas. ¿La razón? Según el policía, esos son los escoltas del gobierno.
Seguridad privatizada. Credenciales que dicen a quién sí y a quién no pueden molestar los policías que matraquean en las avenidad (esos son los menos ambiciosos) verificando documentos. Policías lanzados de lleno a la delincuencia. Un gobierno mirando para otro lado, jugando con sus inútiles soldaditos, diciéndoles que ellos están con su imaginaria revolución. Un general que fue “invitado” a declara en la DIM por denunciar ante los tribunales la inconstitucionalidad del lema “patria, socialismo o muerte”. Un ministro que refuta toda noticia sobre la inseguridad y la tilda de golpista. Un presidente agarrado de la silla, apretando ojos y muelas, sin hacer ni dejar hacer. Un gobierno asustado y armado. Un mono borracho y pendenciero con una hojilla (y no precesiamente la yilé de Yasuri Yamilé). Una ciudadanía aterrorizada. Una justicia en coma. Una calle dura, muy dura. Un gobierno que gusta usar altisonantes arengas de batalla y muerte. Muchas, muchas armas en la calle. Grupos armados que desconocen otra ley que la de ellos. Un gobierno corrompido hasta los tuétanos. Un polvorín repleto de pólvora. Mucha gente fumando alrededor…
Como dice un conocido narrador de béisbol local: La cosa se pone fea. Muuuuuy fea.
Premio 11 de abril otorgado por 













