Caribeño
Es uno de los rasgos más nefastos de nuestra idiosincrasia. Ese, ante el que todo el que aspira a ser civilizado, trata de extirpar, de sublimar, de convertir en energía amable y constructiva. Es el ser caribeño, gozón, noleparesbola, déjameloami, queaquetemeo. Es la “pelota caribe”. O la viveza criolla. O el meterlodoblao. Todas esas expresiones ya han fijado ese rasgo. Es creer que con la sonrisita y la simpatía se puede prescindir del respeto al otro. Es lo que tenemos de primitivo y de desconsiderado. Hablar duro y atemorizar como una forma de tener a los demás del lado de uno. Es el clásico “yo con fulano mejor me la llevo bien, porque tenerlo de enemigo es peor”. Es el vecino nuevo que un día saludaste por cortesía, el que al día siguiente le aceptaste las cervezas (a pesar de que no lo conoces casi, pero no te gusta decir que no) y no sabes cómo, en dos semanas ya come en tu casa, saca herramientas de tu caja y no las devuelve, entra directo a orinar a tu baño (delante de tus hijos y sin cerrar la puerta) y nunca te paga el dinero que te pide prestado. Y tú, decentico, te debates entre tener que enfrentarte al simpatiquísimo y escandaloso vecino, o dudar, preguntarte si no estarás siendo muy susceptible, mientras él gana terreno. Un día, entre chiste y chiste, ya le soba las piernas cariñosamente a tu mujer. Hecho el loco. Ladino. Como de pasada. A partir de ese día, cada segundo de duda de tu parte, de estupor paralizante ante tanto descaro, son kilómetros de avanzada del sabrosón. A él lo alimenta todo un imaginario: Pa brevo yo, Quítate tú pa poneme yo… En tu parálisis, en tu desconcierto, un día malpondrá a tu mujer en tu contra (aprovechándose de cualquier malentendido y la ingenua confianza de ella), y alentará a tus hijos a que se rebelen a tu autoridad. Caribeño. Abusador. Corrosivo. Ponzoñoso. Desconoce los límites. Se sobreestima hasta la locura. Su atrevimiento y audacia son brutalmente agresivas. Él todo es agresividad e irrespeto y violencia hacia el prójimo. Primero yo y después yo. El otro no es un sino un medio.
El caribeño, a pesar de que la ciudadanía dijo NO a la reforma planteada el pasado mes de diciembre, a pesar de que ese tema ya fue sometido a consulta y fue rechazado, mete por la vía habilitante una ley que define las distintas formas de propiedad. La revolución va. La Reforma va. Esto no está muerto, decía una madrugada el caribeño, hinchado, ojeroso, golpeado. Despechado, pues. Mete de a poco en poco sus artículos fundamentales, los que le permitirán gobernar como a él le gusta, disponiendo de todo a su entero deseo, y luego de que todo este aprobado por la vía habilitante, remata con un saludo a la bandera, haciendo una consultica en la que amarrará algo así como comida gratis por un año a la presidencia vitalicia. El caribeño no tiene palabra. Dijo que si se votaba en contra de la reforma, tendría que irse. Y ahí está. Viendo cómo te jode. Le prohibiste la entrada a tu casa y él sigue saludando a tus hijos y silbándole a tu mujer. Es una plaga que desconoce la sindéresis y el respeto.
Porque de paso, el caribeño confunde las cosas. Piensa, en su elementalidad, que los demás son pendejos.
Y a veces hasta lo son. A veces, la sensatez y el no parecer demasiado nervioso, paralizan. A veces. Pero no siempre.
Los pendejos, los decenticos, un día explotan.
Premio 11 de abril otorgado por 














es “idiosincrasia”.
Comment de marquezrodriguez — 1 March, 2008 @ 8:06 pm
Totalmente de acuerdo mi pana. Esa viveza criolla es nuestro peor mal. Lo más grave del asunto, es que muchos creen que es nuestro más preciado bien. Así son las cosas, luchando por defender los más mínimos espacios, por exigir el más mínimo respeto. Al final, parece que todos los análisis te llevan a pensar que lo que hay en Miraflores es, desgraciadamente, un enorme espejo.
Gran post.
Abrazos.
Comment de Cronopio — 2 March, 2008 @ 9:20 pm