Calle luna, calle sol
El Emperador insiste (e insistirá) en lograr su cometido de implantar la reelección eterna. Es lo único que le interesa. No puede creer que sólo le queden cinco años de gobierno. Él, que tenía toda una vida (y una gorda chequera) para decidir a qué país le financiaba un sistema de transporte, dónde (en qué país, claro) construir un hospital, o hacer una carretera. ÉL, el único que puede pintar el cuadro del futuro latinoamericano. Es un hombre hecho para cosas portentosas, para proyectos utópicos y titánicos, para ser el protagonista de alguna de esas cursis cancioncitas de Trova cubana. Para ser el Elegido, o algo así.
No concibe al mundo sin Chávez.
Sin haber aprendido nada de la derrota sufrida, ya él y sus aduladores están hablando de recoger firmas, de que ha recibido cartas, de que el pueblo lo aclama. Que ya él no puede presentarla, pero que si el pueblo la presenta otro gallo canta. Que hay que escuchar la voz del soberano (no esos 4.522.000 pendejos que tuvieron una victoria de mierda). Que el pueblo es el soberano y a él se deben los buenos emperadores.
Poco le importa que el artículo 345 de “la bicha” que tanto blandía hasta hace unos meses, es claro al señalar que:
Se declarará aprobada la Reforma Constitucional si el número de votos afirmativos es superior al número de votos negativos. La iniciativa de Reforma Constitucional revisada no podrá presentarse de nuevo en un mismo período constitucional a la Asamblea Nacional.
En ese claro artículo no se hace alusión al presentante. No podrán volvernos a preguntar si queremos que Chávez sea el emperador eterno de nuestros destinos. Nunca más. Ya, con respecto a ese tema, los venezolanos dijimos que no. Que no. Pero, además de que no hace alusión al presentante, ellos en su afán de darle un barniz de decisión colectiva al personalísimo proyecto (recueden el cursi asunto del pincel y el cuadrito), se mandaron a matar al redactar la pregunta a la que los venezolanos respondimos claramente que NO:
“¿Aprueba usted el proyecto de Reforma Constitucional con sus Títulos, Capítulos, Disposiciones Transitorias, Derogatoria y Final, presentado en dos bloques y sancionado por la Asamblea Nacional, con la participación del pueblo y con base en la iniciativa del Presidente Hugo Chávez?”
Es decir, que los co-presentantes de la reforma fueron Chávez, el pueblo y la asamblea. Es decir: No es no. Que no.
Pero él va a insistir. Eso de gobernar (trabajar) no es para él. NO, al menos, en eso de cosas minúsculas, cotidianas. Surtir lso hospitales, dotar las escuelas, asegurar el funcionamiento de las policías, garantizar un buen clima para la iniciativa privada. Es decir, ofrecer a sus gobernados la mayor suma de felicidad posible, con espíritu de inclusión. Leyes para que todos se beneficien. Él se muere de aburrimiento si tiene que hacer eso que todos lso venezolanos hacemos todos los días: hacer nuestro trabajo lo mejor que podemos, sin pretender cambiar el mundo con ello. Él necesita de emociones fuertes. De laser que lo persigan mientras él hábilment se escabulle. De batallas tremendas contra poderosos imperios. De fustigar al enemigo con su verbo implacable. De ordenar al mundo y deshcaer entuertos dejados en el camino por su predecesor (Dios, por supuesto)l.
Y mientras logra su cometido de ofrecernos la gracia de su omnipotencia eterna de manera constitucional,, se dedica a cosas realmente trascendentes, cosas de verdadera importancia, dignas de un Emperador, como cambiar la hora de todos los venezolanos. Como titulara, con adulante solidaridad, el diario prooficialista Últimas Noticias, en su edición de ayer: “Hoy la hora se ajusta al sol”. Insisto, más mata el hampa que la falta de sol. Los malandros no madrugan. En los barrios, en los oscuros callejones, veredas e infinitas escaleras de los barrios de Caracas, la gran aliada de los malandros es la oscuridad, la penumbra nocturna. En lo oscuro no se ve la cara. En lo oscuro no se ve la sigilosa pistola. En lo oscuro se quitan unos zapatos y un celluar más rápido. Si esto fuera una ciudad, la hora en la que el sol decide irse a dormir no causara la más mínima incomodidad, porque el alumbrado público paliara la ausencia de luz natural. Pero en nuestra calamidad llamada Caracas, todavía el sol es necesario para llevar la luz a muchas calles en las que los postes hace años dejaron de funcionar y sólo sirven para que los perros orinen. El hampa, ministro, es el hampa la que todavía mata niños con sus balas perdidas. Es el hampa la que hará su agosto cuando la gente regrese del trabajo, a las seis de la tarde, y ya todo esté oscuro. Es el hampa la que se mueve con soltura en ese rincón del rústico que se quedó solo y oscuro. En esa esquina sombría por donde pasa todo el que venga del trabajo. Debajo de ese puente por donde nadie se va a salvar. Es el hampa la que ganó media hora de complicidad en la oscuridad producto de un fracaso brutal y vergonzoso en la gerencia municipal.
Mientras, nuestro emperador, dice a la prensa argentina, que con su sabia decisión los niños van a dormir más.
No, presidente, temo decirle que sus inmensos poderes aun no trastocan el tiempo. Su decisión no agregó media hora más al día, sólo la atrasó en media hora.
Calle luna, calle sol.
Premio 11 de abril otorgado por 














