Genuflexos y déspotas, las únicas dos categorías
El presupuesto de Ender y Mariela para divertirse ese domingo no daba pie para muchas opciones. Pero querían verse. Querían, siquiera, aburrirse juntos. Decidieron irse a la plaza Altamira a cantar y tocar guitarra un rato. Una zona iluminada y protegida parecía buena opción. Cerca de las ocho de la noche comprendieron que era prudente alzar el vuelo. Ya el caraqueño presiente el advenimiento del toque de queda. Esa hora cuando los pocos viandantes apuran el paso y ven de reojo. Ender acompañó a Mariela a su casa, al final de la avenida Fuerzas Armadas. Llegaron a la parada en La Hoyada y se sintieron un poco más tranquilos al ver a otra pareja esperando bus. Al caraqueño se le va desarrollando un instinto que en otro país, en otro mundo, parecería sobrenatural. Eso le faltó a Ender para oler lo que luego, cuando lo estuviera viendo, sería muy tarde para hacer algo. De la nada, de la oscuridad, del insano aire que se respira en la ciudad, aparecieron, de pronto, diez, quince, veinte carajitos de entre quince y diecisiete años. Sin otro protocolo, sin un lema de guerra, se abalanzaron sobre ambas parejas, de forma simultánea, sin distingo de género. Es decir, como reza la mejor constitución del mundo: a venezolanos y venezolanas; a caraqueños y caraqueñas, ciudadanos y ciudadanas, pendejos y pendejas. Ender sintió que lo atenazabn por la espalda, que lo estaban asfixiando, mientras veía cómo a la otra pareja le estaban repartiendo sin asco, donde los alcanzaran, golpes y patadas. Fue entonces que se dio cuenta de que los estaban atracando. Que la famosa marabunta de La Hoyada no es una leyenda urbana. Que cayó en esa fría estadística que el gobierno tanto se esmera en maquillar. Que en adelante estaban en las manos de unos veinte menores de edad con licencia para matar.
No tuvo ocasión de buscar a Mariela con la vista, pero supuso que le estaban haciendo lo que a los demás. Con la guitarra aún en la mano, se la clavó con el mástil al que se le venía encima y logró desconcertarlo por un instante. El de atrás redobló la máquinay él, en reflejo, soltó la guitarra para tratara de zafarse. En eso, el que estaba al frente agarró la guitarra y corrió unos metros. Ya había logrado su botín de la noche. Parece que ni comparten lo robado, sino que cada quien es dueño de lo que saquea. Mientras luchaba con el que estaba a sus espaldas, veía cómo los bichitos hurgaban en lso bolsillos de la pareja vecina, mientras éstos luchaban por defenderse, en el piso. La gente pasaba apurando el paso, agradeciendo que estuvieran tan ocupados con las dos parejas que estaban trabajando.
De pronto, se vio una patrulla policial a lo lejos, y los bichitos, satisfechos con lo obtenido en la incursión, los soltaron.
Los bichitos cruzaron la calle pero no desaparecieron del lugar. En la escena del crimen sólo quedaron ellos cuatro. Indignados, humillados, saqueados, maltratados. Aquí viene la historia del absurdo cotidiano: LLegan los policías, piden cédulas, ponen orden. Ellos, atropelladamente, intentan explicarles, aprovechando que los delincuentes estaban viéndolos desde la acera de enfrente. No todo está perdido, qué suerte tuvimos, dirían. Esos que están allí, les dijeron a los policías, señalándolos. Esa es mi guitarra, decía Ender, señalando al malandro con la guitarra, que veía todo sin muestras de temor. Esa, mi cartera, agregaba la muchacha. Vamos, vamos por ellos, decían entusiasmados. La autoridad comenzó a guabinear: un momentico, todo a su momento, vamos por partes, cédula y carta de trabajo. Pero que son ellos, se van a ir, vale. Ya va, deja los gritos que nosotros somos la autoridad, así que más respeto. Mientras un policía conversaba con el vecino agraviado, y otros dos con ellos, la pareja del vecino aún estaba en estado de shock y, fuera de sí, empezó a alzar la voz, gritando a los policías que debían hacer algo, que ellos eran la autoridad, que qué coño de país es este, que esto lo que da es arrech… En ese momento uno de los policías actuó para poner orden. La primera bofetada no dejó a la chica terminar de expresarse, aunque sí la hizo tambalear. Luego, las demás fueron de rutina, disuasivas. De culminación de faena, como dicen los taurinos. El vecino, al ver que a su mujer la estaban castigando en efectivo por el delito de opinión, fue en su auxilio. La situación era digna de una película de Tarantino. Cuatro uniformados forcejeando con una pareja, otra viendo todo desconcertada, convencidos de que estaban teniendo una pesadilla en pareja. Y los bichitos ahí, en la acera del frente, confiados. Disfrutando del espectáculo y esperando. O evaluando que los policías se mantuvieran en el guión que ellos habían previsto: quedarse ahí, ver de reojo, guabinear, cambiar el tema, buscar un pretexto, ejercer la autoridad y ejercitarse en eso de soltar bofetones… Ellos saben con absoluta certeza que son intocables. Las razones las recitan de memoria: senos menores, senos muchos, senos el pueblo mesmo… Es decir: senos intocables.
Esa noche no hubiese sido tan amarga para Ender y Mariela, si no fuera porque las más recientes declaraciones públicas del alcalde metropolitano de Caracas, la última vez que se dejó ver ante la prensa, fue para dar declaraciones políticas. Y en los últimos tres meses, para referirse al tema que padecen caraqueños como ellos, ha dicho que la Policía Metropolitana está podrida (siendo él quien la comanda) y que debe ser eliminada. Como si fuera opositor. Y su última medida al respecto fue comprar unos costosos globos aerostáticos con el inmenso logo de la alcaldía, más parecidos a vayas publicitarias que a otra cosa, dos de los cuales han sido puestos fuera de circulación, por el viento y el hampa, respectivamente.
No fuese tan dura de tragar si no fuese porque recientemente se enteraron de las nosecuántas patrullas policiales que Venezuela compró ¡para Bolivia! Y que el erario nacional se está dilapidando en financiar la milmillonaria campaña del emperador local (una vez atornillado en el coroto, según cree él) para convertirlo ahora en aspirante a emperador del tercer mundo, a gran jefe de los desposeídos del universo. Si no fuese porque en uno de los breves paseos verbales que ha hecho por asuntos de los cuales está al frente (y aspira estarlo más aún, con su reforma constitucional), como Caracas, fue para decir que está bien bonita.
No fuese tan desesperante si no fuera porque ellos saben que la situación sólo puede empeorar. Que la enfermedad ya penetró las fibras más íntimas del mecanismo. Que entramos en una larga y penosa terapia intensiva. Que la actuación de lso policías, abofeteando a una víctima y sacándole el cuerpo a enfrentar unos delincuentes, es síntoma de una enfermedad que está carcomiendo el estado, y que hará que se desplome el día menos pensado. Que los jefazos generan esa enfermedad en sus segundones, ese comportamiento reflejo, de ser genuflexos hasta el asco con el de arriba (con el que tiene poder: el que lo puede joder) y despiadados hasta lo demencial con el de abajo (con el desválido: al que puede joder). Que eso corresponde a la más genuina sociología del cuartel: la cadena de humillaciones, la cual se va compensando en la medida en que se asciende y se tiene por debajo más gente que pague las humillaciones a que los somete el que está arriba. Que ese modo de ser llegó, por medio de una larga cadena, hasta el policía que sabe que si con alguien deberá hacer uso de su autoridad, ni de vaina va a ser con los bichitos que están en su zona de trabajo. Que para eso está la ciudadana que se alzó y le faltó el respeto a la autoridad. Para algo le dieron chapa, pistola y moto sin placa.
Ender y Mariela agregaron otra hoja amarga, otra rabia, a ese libro que escriben en su vida en común. Otra disyuntiva que enferma y saca canas y úlceras e insomnios. Y revuelve la peligrosa locura, al sentir que se acorrala la esperanza. Si esa es la ruta de ella entre la universidad nocturna y su casa, y esos son los bichitos que gobiernan esa zona, y esos los policias que deben protegerla, y esa es la realidad que amenaza con agudizarse, y ellos no son ni ladrones ni chivos del gobierno ni comisionistas de armas; es decir, si no hay manera de cambiar la realidad inmediata¿Cómo carajo dormir en paz? ¿Cómo no amargarse? ¿Cómo no coquetear con ideas locas?
Mientras Ender le da vueltas y vueltas al asunto, mientras analiza las opciones en las noches de insomnio, alternando angustias venideras con recuerdos recientes, al día siguiente abrirá el periódico y leerá al fiscal general diciendo que los medios son una dictadura diabólica, a un gobernador diciendo que pueden venir más cambios imprevistos (ocultos, es de suponer) en la reforma, a un diputado diciendo que los “revolucionarios” (genuflexos; es decir, déspotas) levantan las dos manos en apoyo a la propuesta, y a un ministro declinando informar acerca de ciertas decisiones de su competencia, aduciendo que habrá que esperar hasta el próximo domingo para que el presidente las anuncie. Genuflexos y déspotas, como en los cuarteles.
Y lo más duro es que Ender ni que quiera, podrá enfucharse en la cadena: por encima de él, el dios local, el vicepresidente de su territorio, el gobernador, los ministros, el viceministro, los directores sectoriales generales, el jefe policial, el jefe civil, el líder comunal de su zona, la vieja chavista vecina cuyo hijo trabaja pa´l gobierno… Debajo de él, sólo su rabia. Y a veces hasta ésta se le amotina.
Premio 11 de abril otorgado por 















Viviendo la misma arrechera, porque al final la desgracia Es la misma arrechera - la grosería corresponde - que he cargado estos días con otro tono, en todas partes están : genuflexos, déspotas, malditos . Un saludo.
Comment de Martha Beatriz — 12 September, 2007 @ 10:51 pm