Tves muy sospechoso (comienza la batalla final, parte 6)

Mientras avanzaba el 2007, los ataques contra RCTV arreciaban en la misma medida en que la omisión del nombre de Venevisión en el tema del golpismo mediático se hacía cada vez más evidente. Atrás quedaría, en el discurso oficial y en el imaginario del chavismo, las alusiones a Venenovisión y el difuso recuerdo de una reunión solicitada por el magnate cubano Gustavo Cisneros a Chávez con la mediación del ex presidente estadounidense Jimmy Carter. Reunión, por cierto, de la cual nunca se supo mucho. Chávez, que desconoce palabras como pacto, acuerdo, negociación (sólo se pacta con iguales, y él no tiene iguales en 912.050 kilómetros cuadrados), apenas aludió a ella en tono dramático al decir algo así como "Me reuní con el demonio mismo". O una de las teatrales frases a las que echa mano cuando teme que se le vean las costuras. En adelante, paulatinamente, el noticiero de Venevisión comenzó a parecerse cada vez más a un micro institucional del Ministerio de Comunicación e Información (Minci), en vez de ser el noticiero de un canal propiedad de un cubano anticastrista, el canal del Premio Rey de España.
Luego vino la sostenida campaña en contra de Radio Caracas Televisión. Si un rasgo tienen en común los regímenes totalitarios es que suelen sentirse moralmente superiores a sus adversarios, los que convierten en enemigos a los que se justifica aniquilar. Es así como los cubanos que no quieren vivir en dictadura son "gusanos" (¿habrá algo más repulsivo e insignificante y, por tanto, más digno de aplastar que un gusano?). De tal manera, durante el primer semestre del año, los voceros del gobierno no perdían ocasión de dirigir, sistemáticamente, ataques contra ese canal. De las acusaciones de golpismo, se pasaba a las de que transmitía pornografía; de estas, a las de que incitaba a la violencia; de allí a la de que promovía falsos valores… Lo cierto es que Radio Caracas podía rebotar todas esas acusaciones que venían desde diversos voceros del gobierno, hacia el antes Venenovisión, como en ese conocido golpe larense: Usted es golpista / Usted también / Usted es vulgar / Usted también / Usted es malformador / Usted también / Usted explota el sexismo / Usted también / Usted promueve el dinero fácil / Usted también / Usted es soez / Usted también… Eso, sin contar que todas las perversiones y la trasmisión de las más reprochables conductas que puedan tener existencia en la televisión venezolana de todos los tiempos, ocurre precisamente en un escatológico programa de Venezolana de Televisión, bandera de su programación y el cual fue señalado por el presidente venezolano como el mejor programa de la televisión venezolana. Un programa donde las acusaciones sin fundamentos y los más procaces insultos se enmarcan en una adoración casi enfermiza por las imágenes de Ernesto Guevara, Fidel Castro y, por supuesto, Hugo Chávez. Se entiende la emocionada aseveración presidencial.

¿Golpismo? ¿Promoción de falsos valores? ¿Faltas a la Ley Resorte? Como nada de eso lucía muy sustentable, hubo que recurrir a otro expediente. Venezuela necesita una "televisión de servicio público" fue el nuevo argumento, y como se le vencía la concesión a Radio Caracas Televisión (a usted también), el gobierno había decidido no renovarla y, en su lugar, promover el nacimiento de una televisión de servicio público. Ese estado dueño de Venezolana de Televisión, Vive TV, Catia TV, Ávila TV, CMT, ANTV y Telesur decía que necesitaba la frecuencia que usaba RCTV para cumplir "ese viejo anhelo de la sociedad". A ese argumento acudieron con mucha fuerza durante el último mes, antes de que en el alma del chavismo de base cogiera forma una idea: el último capricho del líder máximo suponía la desaparición de un canal que existía antes de que Chávez gobernara, antes de que naciera la adoración que sentían por él, y antes incluso de que naciera, allá en Sabaneta de Barinas, el último prócer de Venezuela. De inmediato, sin escuchar opiniones, sin celebrar licitaciones, sin consultar absolutamente con nadie, decretaron el nacimiento de esa nueva televisión. Su nombre se supo a última hora: TVES. Su junta directiva estaba conformada por siete miembros: cinco de ellos nombrados (y libremente removidos por) el gobierno. Éste finaciaría completamente sus operaciones. En un alarde de cinismo, el embajador venezolano ante la OEA, Jorge Valero, señaló que "el gobierno de Venezuela va a administrar el uso de la frecuencia, pero no va a definir la línea editorial". Ahhhh, bueno, me quedo más tranquilo.
Sacada debajo de la manga de ese mago que gusta jugar en la cuerda floja, nacía la última excusa para quitarse de encima esa incómoda espina llamada Radio Caracas Televisión, la televisora con más alcance dentro del territorio nacional, la de mayor rating, la de más experiencia en el negocio y una de las pocas que ejercía una línea editorial de abierto enfrentamiento en contra de un gobierno particularmente corrupto, particularmente incapaz, particularmente sensible a la crítica. Es decir, un gobierno muy fácil de criticar.

La encuestadora Hinterlaces, la misma cuyos números en los sondeos coincidieron con más precisión con los resultados electorales, había dado a conocer la opinión del electorado sobre el tema del cierre de Radio Caracas Televisión. Un contundente 80% de la población se mostraba en desacuerdo con la medida. A pesar de eso, el domingo 27 de mayo en la mañana, Venezuela amaneció en un día particularmente extraño, inédito. Amaneció en la cuenta regresiva. A pesar de la clara expresión de la mayoría, y a pesar de que nadie podía concebir claramente el momento de la llegada de la hora cero, pocas personas esperaban un "perdón imperial". Al no haber juicio en el cual el acusado pudiese defenderse, ni mecanismo administrativo, todo se limitaba a una orden (o contraorden) presidencial. El gobernante le cogía el gusto a la habilitación de una asamblea subordinada. Sus deseos eran leyes de absoluto y obligatorio cumplimiento. Como en un cuartel, pues. Ese domingo el rating del canal (que usualmente está en torno al 40%) estuvo en un promedio de 46.4%, alcanzando el hito histórico de 80% a partir de las 11:45 pm. No era para menos. Ese 27 de mayo de 2007 Venezuela asistía, por primera vez en su historia, no al cierre definitivo de un canal; ni siquiera a la primera demostración irrebatible de la intolerancia del gobierno a la crítica y hasta dónde era capaz de llegar la soberbia del gobernante; asistía al primer paso en firme hacia la consolidación de un proyecto totalitario, que acababa de un plumazo con las nociones de libertad, propiedad privada e igualdad ante la ley que todavía algunos insistían en percibir.
Muestra de ello fue la cantidad de recursos de amparo introducidos ante el Tribunal Supremo de Justicia, con vistas a impedir por la vía judicial el cierre del canal. Uno de ellos, demuestra la peculiaridad de una manera de gobernar que, si no fuese indignante, fuese acaso pintoresca: un Comité de usuarios de RCTV introdujo un amparo para que la corte hiciera valer sus derechos de ver el canal que han visto durante 53 años, pero no recibieron respuestas del TSJ. Días después, otro Comité de usuarios, esta vez de un canal que nadie había visto todavía (TVES), solicitó un amparo similar, pero para que el tribunal les garantizara su derecho a ver el canal naciente en el último rincón de Venezuela. El viernes anterior al cierre de RCTV, el Tribunal Supremo de Justicia dictó la medida en favor de estos usuarios, y para poder garantizar esos derechos, ordenaba a RCTV "prestarle" las antenas y las repetidoras a TVES, para que esa señal pudiese llegar a todo el país. Es decir, a los usuarios de un canal con 53 años nunca se les dio respuesta, mientras que los hipotéticos usuarios, los difusos espectadores, el improbable público de un canal inexistente, fue protegido en sus derechos, para lo cual TVES usaría, sin pagar por ello, los equipos de transmisión de RCTV. Ah, y los operarios de RCTV debían colaborar con la transferencia de la señal.

Hasta ese momento, 27 de mayo a las 12 de la noche, mientras los venezolanos asistían el espectáculo más extraño que les ha tocado ver en los 53 años de la historia de la televisión en Venezuela, el gobierno pensaría que se enfrentaría a unas cuantas escaramuzas de actores maquillados y que, en dos semanas o un poco más, si acaso, ya encontraría motivos para cerrar a Globovisión, y así alcanzar el paraiso de la revolución. Un paraiso donde no habría delincuencia, ni corrupción, ni burlas en las entregas de casitas, ni desabastecimiento, ni abusos policiales con la gente que protesta a las puertas del Ministerio de la Vivienda, ni cárceles amotinadas por las paupérrimas condiciones, ni decenas de asesinatos todos los fines de semana, ni calles rotas ni pueblo descontento. Un mundo perfecto donde el gobierno pondría el pan, magnificado y repetido en todos los canales de los que dispone, y Venevisión pondría el circo. Eso, claro, por ahora. Mientras se avanzaba a la siguiente fase. La fase en la que el gobierno mismo también pondría el circo y el respetable empresario de las telecomunicaciones, volviese a tornar, como por arte de magia, en un gusano imperialista.

Pero apareció la generación del 2000. La que es senisble al tema de las telecomunicaciones. Pero ese tema se conversará en la siguiente y última entrega.