The Chávez show, por Venezolana de Venevisión (comienza la batalla final, parte 5)

Si de blackout se trata ¿qué gobierno no oculta información? ¿Qué gobierno no esconde sus negocios sucios? Quien esté libre de chanchullos que abra la primera puerta. Blackout informativo hace el gobierno cuando impide a los funcionarios del CICPC declarar a los periodistas de las fuentes de sucesos. O cuando, por ejemplo, no dejan entrar a los periodistas a los hospitales en algunas regiones. O, simplemente, cuando hay una noticia en el ambiente que resulta incómoda al gobierno, y éste hace una cadena que bloquea toda posibilidad de dirimir ese asunto ante la opinión pública. De hecho, en el torneo por el gobierno más obstruccionista con el trabajo periodístico, el nuestro debe ser uno de los claros favoritos. Porque, no sé si "nuestros amigos" (los pocos amigos que le quedan a Chávez en el viejo continente) saben, pero en Venezuela no hay norma que regule las cadenas, y el gobierno las puede ordenar cada vez que le venga en gana. Y en eso, como en muchas cosas, Chávez desconoce la mesura. Es tal su gusto (y el de sus seguidores) por entrar a la fuerza a los televisores de los venezolanos, que cada vez que reúne a sus acólitos en el Teatro Teresa Careño, comienza a escenificarse el clásico ritual del cortejo masa-caudillo: los primeros, como si de un talk show se tratara, acompañando de palmas cadenciosas, animan al líder solicitando: Ca-de-na, ca-de-na, ca-de-na… ¿Quieren cadena?, pregunta meloso, pícaro… Síiiiiiiiiiii, responden ellos, entrando en el juego sensual… Jesse, lánzame la cadena, complace el jefe… Estallidos delirantes de vítores y aplausos. O, este otro formato, en el que de pronto, el jefazo, orgulloso de su travesura, de su megalomanía y su poder, anuncia victorioso: "En cadena nacional", para que de inmediato estallen los aplausos. Es de las cosas que más les fascina. La gloria de ellos consiste en decir, al día siguiente, que estuvieron en el sitio desde dónde se transmitió en cadena. Algo así como la remota idea de que una cámara en paneo pudo haber ponchado un plano de su rostro, un par de segundos, que se reprodujo en tooooodos los televisores encendidos del país. El vacío dejado por Sábado Sensacional, con todo y Amador bailando alrededor de La Polaca, se revive en las cadenas de Chávez, que pueden durar horas, y que incluyen cantos, chistes y anécdotas para los buenos, y regaños, insultos y amenazas para los malos. Venezuela es un talk show permanente al estilo Truman Show (estrenada, casualmente, el mismo año que Chávez llegó al poder: 1998), sólo que en este caso, nuestro Truman no sólo sabe que está siendo filmado, sino que lo disfruta, lo estimula y lo exige. Cosas de tiempos mediáticos, que el que no sale en pantalla no existe. Y él, qué duda cabe, quiere existir en todos, todos, nuestros televisores. Blackout y abuso y soberbia megalomaníaca y una incapacidad manifiesta e incurable para convivir con reglas de juego claras. Y la hegemonía absoluta en torno a la figura del presidente. O como el personaje de historia creado por Pepo: Condorito. Lo vemos montado sobre un tractor, cambiando bombillos, poniendo vacunas, manejando topas excavadoras o vagones del metro de Valencia. Lo vemos vestido de deportista, de militar, de estadista o de campesino. Lo vemos declarándose hijo de Sandino en Nicaragua, de Velasco Alvarado en Perú, de Perón en Argentina y de Torrijos en Panamá. Lo vemos confesándose maoista en China y marxista en Rusia (aunque el auditorio en pleno tiemble con sólo escucharlo). Para muchos no debería existir más programación que las peripecias de nuestro Truman por el mundo. Por eso no tolera ver en la pantalla de su talk show llamado Venezuela, a opositores, disidentes o gente del común diciendo algo distinto a lo que él predica. Por eso le enfurece ver en "su" televisión imágenes de multitudinarias protestas rechazando su antidemocrático modo de gobernar. Pero, volviendo al tema de los negocios chucutos y los "arreglos" a la sombra, esos que al electorado le fascina enterarse para saber con quién está tratando, uno de ellos se escenificó al día siguiente de las elecciones del 3 de diciembre pasado. Claro, los pobres mortales que no estamos en esos condumios no nos enteraríamos sino algún tiempo después. Y sería gracias a esa maravilla de la democratización de los medios (no, no es Tves, disculpen) llamada Youtube, que pudimos ser testigos de una conversación telefónica sostenida entre Jesús Romero Anselmi, presidente de VTV (canal oficial del Estado venezolano), y Carlos Bardasano, presidente de Venevisión (canal que bajó el tono de sus protestas y entró al cielo de la revolución, propiedad del magnate latinoamericano Gustavo Cisneros, otrora el hombre más odiado por la izquiera ultrosa venezolana). En esa conversación telefónica (pinchada, de seguro, por el gobierno, el único con capacidad para efectuar ese tipo de operaciones, y soltada al descuido por ahí, quién sabe con qué intención) los alegres compadres festejaban el rotundo éxito que había tenido la alianza de esos canales durante la cobertura de la campaña presidencial de Chávez, y el posterior triunfo electoral. En ella Bardasano hacía acuse de recibo del carrito "rojo, rojito" que le había regalado Romero Anselmi. Además, nos regaló un chiste: "Ahora nos dicen Venezolana de Venevisión". Con motivo de las especulaciones en la opinión pública acerca del "regalito", Romero Anselmi se apresuró a aclarar que el carrito en cuestión era una cesta navideña en forma de carro, o algo así; y no un costoso Ferrari como se comenzó a especular entre los lectores de un foro político digital venezolano. Jamás negó la existencia de la conversación telefónica.

El segundo suceso importante de entonces fue el que acumuló los nubarrones que se convertirían en los aguaceros de estos días. A partir del 28 de diciembre del pasado año, Hugo Chávez comenzó a radicalizar su discurso anunciando, entre otras cosas, que a RCTV se le vencía pronto la concesión, y que no le sería renovada. La reelección indefinida, el carácter socialista (ya no bolivariano) de su revolución, el anuncio de estatizaciones de empresas de servicio público y el hecho de que las empresas del Estado (y la economía misma) pasarían a ser socialistas, completaban el menú previo al abrazo de fin de año de todos los venezolanos. Un abrazo con sabor a "El año que viviremos en peligro". Ninguna de esas propuestas, por supuesto, había figurado en su campaña electoral, la cual giró en torno a un poco creíble mensaje de amor de Chávez hacia todo ser viviente sobre esta tierra, en un estilo más cercano al de Gandhi que al de un militar que ha confesado estar conspirando desde que era cadete. Buenas noticias para Chávez: podía enfilar sus baterías (como gusta a él usar su nomenclatura militar) contra el incómodo RCTV, porque el segundo canal más grande de Venezuela (Venevisión, el otrora venenovisión, el antes golpista venenovisión) serìa un aliado incondicional en eso de decirle al mundo que en nuestro país se respetaban los canales comerciales privados, y por ende la libertad de expresión. Días de luna de miel, días de Venezolana de Venevisión ¿Cuánto durará la sociedad de dos hombres acostumbrados a dejar a los aliados circunstanciales en el camino? ¿Cuánto, la de dos ambiciones sin límites, dispuestas a comprar el continente entero, para comenzar? Para entonces, el objeto estaba claro: la salida de RCTV, líder del rating y medio incómodo para ambos. Para ese entonces, había gente en Venezuela (chavistas y no chavistas) que aún dudaba de que fuesen capaz de sacar del aire al canal más antiguo de Venezuela. "No, vale, no creo que Chávez haga esa vaina", era la frase común cuando, antes del 28 de mayo, se hablaba del tema.

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