Viernes en la tarde en un feudo cualquiera
Camarón canta una desgarrada historia de gitanos muertos. Su dolor es tan genuino que sería arduo mantenerse ecuánime. A su lado, robada del mundo, una chica siente que la vida se le va poco a poco en cada suspiro. En el apartamento de al lado, dos muchachos aprovechan que la abuela de ella no pudo con el sopor, para sumergirse en los océanos de sus humedades. Dos pisos más abajo, el tío soltero y desempleado esconde dentro de una revista de sudoku, una más pequeña, poblada por sus fantasías más bizarras, de cuero y dolor y metal; de sangre y fluidos a todo color. En el apartamento vecino una viejita le habla a la malamadre con verdadera preocupación. Desde hace días su salud decae y con ella la de su compañera. Si no mejoras, le dice, yo no sé qué vamos a hacer. Intenta hablarle con autoridad pero lo que le sale es un ruego, un graznido moribundo. El muchacho del primer piso, arrancado de la ciudad en la que vive, insiste en que esos poemas escritos con sus huesos ablandarán el corazón de esa enigmática flaca de la que apenas conoce su nombre. A unos cuantos metros de ahí, en la calle rebosada de ese viernes, entre las motos abusadoras y los buhoneros sin hogar, un muchacho se detiene y finge estar molesto sólo para que la novia lo cubra con los amapuches que saben dar las caraqueñas. Cuando quieren, claro. Una señora sorteando tarantines apresura al chico que trae de la mano, de unos seis años, porque se muere por llegar a casa a bajarse de esos tacones que no ayudan en nada a detener sus várices. Esta noche sí tendrá fuerzas para decirle al marido que ese seguro autobús que siempre lo llevó, decidió hace tiempo andar solo. Dos chicas entran a la panadería y ponen sus caras de duras, porque saben que son la delicia de los panaderos, ninguno de los cuales les llevará más de cinco años, sólo que ellos cumplen jornadas de doce horas y ellas sólo tienen que meter sus caderas en esos pantaloncitos y bajar a mover al mundo, comprando el pan y alegrando panaderos. Un perro, luego de tanto patear aceras sucias, encontró al fin algo digno de mordisquear. En el edificio de enfrente, una señora guardó bajo la almohada el pote de pastillas, porque escuchó que intentaron abrir la puerta. Posterga así, por quinta vez, su sueño más largo. Los mismos borrachos alegres de siempre, paran frente a su ventana el carro, para abastecerse de su combustible, más cercano al etanol que al patriótico derivado fósil. Una cuadra, una calle, una urbanización, una parroquia, una ciudad entera, construida con cientos, miles, millones de razones personales, de ambiciones secretas, de decisiones postergadas, de anhelos lujuriosamente acariciados, de historias propias y no robadas. Y en un punto de esa ciudad, un diminuto monarca, poseso, grita sus delirios a una multitud más bien pequeña. Habla de cosas ajenas a la vida: de imperios, de atronadoras guerras, de juramentos, de delirios faraónicos. Llena el espacio con promesas donde debió poner hechos, felicidades reales. Ajeno a esa ciudad, celebra su historia como si fuera la historia del mundo, junto al puñado de seguidores que, esa tarde de viernes, postergaron sus vidas por lealtad, ignorancia, conveniencia o vacío. Celebra y vocifera ajeno a veinticuatro millones de seres que suelen dedicar los viernes a beber cervezas, amar, escuchar música, llorar, descansar, pelear con la mujer, tomar decisiones trascendentales, darse otra oportunidad, o ver pasar la vida, entre el bullicio y la suciedad y la energía y la incomprensible belleza, que no se arredra ante el avasallante entorno.
Premio 11 de abril otorgado por 















hecTórres: me quedo con las caderas que epur si muove(n) el planeta todo, enfundadas en sus diestros y brevísimos jeans, ¿ves? Esa es la narrativa urbana, demasiado urbana que nos ficciona, fricciona…whatever.
Abrazo urbano, demasiado urbano, JML.
Comment de javiermirandaluque — 14 April, 2007 @ 5:52 am
Héctor, excelente retrato, me pregunto si en el fondo toda la exhibición, toda la escenografía, todo el oropel, es porque no se dan cuenta de que las vidas de las personas necesitan otra cosa, o es para no tener que mirar esas vidas.
Comment de Luis Alejandro Ordóñez — 14 April, 2007 @ 12:21 pm
Radiografía en ritmo. Me encanta. Me haces volver.
cariños!
Comment de Lena Yau — 19 April, 2007 @ 8:26 am
Esta bien podría ser la primera página de esa gran novela sobre Caracas que todos han soñado y que nadie a escrito…gracias.
Comment de mharía vázquez benarroch — 11 May, 2007 @ 5:17 pm
Lo peor viene si esas caderas, que aún no han madurado, quedan deformes después de una parida antes de tiempo, para engrandecer más la infancia maltratada del país.
Comment de Antonio Alviárez — 17 May, 2007 @ 4:28 pm