Después de mí el diluvio

El asunto ya tomó el camino de la rutina. Ya no causa asombro, ya no causa indignación. Ya no amerita comentario alguno. El vecino, el buhonero, el transeunte ocasional, contemplan la situación como el que mira caer la lluvia. O el que sigue con la vista la mosca hasta ver dónde aterriza. Sucede en esa esquina dura, difícil, esa esquina donde atropellan a un peatón una vez por semana, sin que nadie (entiéndase autoridad alguna) haga uso de sus atribuciones legales y bla, bla, bla… En fin, en esa esquina dura y peligrosa, donde los escolares sortean carros al mediodía, se detienen tres relucientes motos. De ellas bajan igual número de hombres uniformados, hombres de relucientes cascos, de relucientes botas, de relucientes guantes y, claro, de relucientes lentes de sol. ¿Dije bajan? No, saltan. Saltan como si hubiesen estado practicando duramente para esa ocasión. Atraviesan las motos en la intersección para evitar el paso de los carros, y comienzan a dirigir el tránsito. Es decir, comienzan a ordenar a los vehículos, enérgicamente, que apuren el paso. Es decir, trancan la calle en el cruce. Es decir, retienen vehículos sin explicaciones ni disculpas. Pasa la luz verde y la luz roja; y la luz verde y la roja; y la verde y la roja y la amarilla y la morada y la azul y ellos insisten, diez, quince largos minutos, en darle paso a los vehículos en la avenida, sólo a los que van por la avenida. Los que han visto pasar varias veces su derecho a paso aguardan resignados. Otra vez. Ya me pasó ayer. Ayer fue lo mismo. ¿Cuánto tiempo será esta vez? ¿Qué hora es? ¿Eso que tienes en la cara es una arrechera o una hoja caida del cielo? Luego de quince, veinte minutos, se aparece en el horizonte el motivo de la espera. La hermosa, la triunfante, la ostentosa caravana revolucionaria. Que es como decir la caravana imperial. Por tedio, los conductores retenidos cuentan con la cabeza y los labios, como el que reza en silencio: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once carros brillantes y nuevecitos. Los motorizados, como autómatas, corren a sus motos a repetir la operación dos o tres semáforos más allá. Sin explicaciones ni disculpas. El poder si no se hace sentir, no es poder. Luego, la avenida vuelve a ser el mismo infierno que cobra un peatón por semana. El mismo infierno donde los escolares sortean motos y carros venidos de todas direcciones.
Después de mí, el diluvio, dijeran si hablaran los hermosos vehículos de la comitiva.
Después de mí, el diluvio.

5 comentarios »

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  1. Perdoine el off-topic, amigo Héctor. ¡Felicidades venezuela! ¡Felicidades Alberto Barrera Tyszka!

    ¡De los territorios de la colisión y el desastre nace la literatura más pura!

    Comment de subal — 6 November, 2006 @ 11:47 pm

  2. Tienes razón, querido amigo. De la inconformidad y la rabia, de la acumulación de energías y de las más hondas reservas sale la mejor expresión. O, como tú inmejorablemente lo dices: “¡De los territorios de la colisión y el desastre nace la literatura más pura!”. Todos estamos celebrando con Barrera Tyzska. Gracias, Subal, por compartir nuestra alegría.

    Comment de ChamanTower — 7 November, 2006 @ 12:20 am

  3. Cada vez que veo ese abuso, le deseo al que va adentro de esa camioneta, “lo mejor”, sin importar quién es el de turno… pero este tipo, no se, es como mas abusador, una por el tiempo y dos por el número de carros…

    Comment de unocontodo — 7 November, 2006 @ 11:31 am

  4. Quisiera volver a esa etapa inocente en la que pensaba que cosas como esa sólo ocurrían dentro del radio de influencia de Miraflores, de las bases militares, los bares de La Candelaria y otros bastiones del poder.

    Esta mañana, en mi cola de una hora para llegar a un trabajo que en realidad queda a menos de quince minutos, me pasó por al lado un motorizado de la DISIP que se encargó de trancar todo el tráfico que venía en sentido contrario para que pasara uno de esos automóviles oscurísimos. A contraluz pude distinguir una, dos pequeñas cabezas que animadamente jugaban en el asiento trasero. Futuros jerarcas de la revolución que sin duda alguna necesitan una escolta del servicio de inteligencia para llegar a clases.

    Siempre he dicho que el problema del tráfico en Caracas es imposible de solucionar porque los oficiales electos (y no) JAMÁS hacen cola. Para los políticos venezolanos, esa raza doblemente arrogante, la violencia, el tráfico, la exclusión, el hambre, son temas absolutamente abstractos. Ideas lejanas, un tanto subversivas, que los traidores a la patria se empeñan en aflorar.

    Comment de Der Pratter — 7 November, 2006 @ 12:56 pm

  5. Nunca puede ser bueno alguien a quien no le importen los peatones, en este caso llamado pueblo.

    Comment de Antonio Alviárez — 9 November, 2006 @ 11:16 am

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