El deseable vicio de la palabra
Cuando uno conversa con un escritor venezolano, de esos de obra consolidada, es común escuchar su optimismo ante el panorama que se asoma con las voces de relevo. Su fe y su entusiasmo tienen que ver, también, con un asunto de supervivencia. La literatura de una nación es como un tren cuya máquina está en el último vagón y no en el primero. El tren va más lejos mientras más se cimenta una tradición. Hay más tradición en tanto la historia (el tren) es más largo. Si hay una generación luminosa (un vagón) en el aire, aislada, sin relevo, nadie empuja. Además, si ni en tu país te leen, si no eres maestro ni siquiera de tus coterráneos, ¿a dónde van a parar esas letras, esa miles y millones de letras escritas?
Y, al menos en cuanto al vigor con que ven el asunto, estas nuevas generaciones no parece que quieran defraudar estos augurios. No, al menos, por el ímpetu. Venezuela, por desdicha, posee una de las menos prestigiosas literaturas del continente (al menos así se percibe). Eso no es de gratis. Un pueblo que se ha dado a conocer por sus peloteros, sus reinas de belleza y por la idiotez con el cual ha ido por el mundo gastando sus petrodólares, tiene todo en contra para que el mundo lea con atención sus textos literarios. El dinero del petróleo y de la corrupción ha conformado la nuestra, en una de las élites más estériles y pobres intlectualmente del continente. Y nuestra clase media es el reflejo de nuestra élite. El dinero adquirido es para comprar frívolas y costosas caricias al ego, no para nutrirse intelectual y espiritualmente. Si las élites son idiotas, y la clase media es frívola, ¿qué se puede esperar del pueblo llano? Ya lo estamos viendo. La mitad de la población (partiendo del supuesto de que la mitad de la población electoral es chavista), luegto de ocho años de gobierno, está orgullosa de la mala educación y la insensatez de su líder. Como dijo Clinton: “ese (el irreflexivo verbo de Chávez) es un problema del pueblo venezolano no del nuestro”. O como dijo un viejo taxista maracucho: “cómo va a gobernar un país un hombre que no gobierna ni su lengua”.
Volvamos a la lengua, al idioma. Que las nuevas generaciones de escritores estén asumiendo su vocación como un vicio, como una necesidad, como un hecho digno de toda concentración, de imprtancia vital en al existencia es un excelente augurio que algún día nos permitirá madurar ese adolescente espíritu de la nación. “Los trabajos de horarios feroces y, como ñapa, la lentitud del tránsito en la ciudad (…), además de los deberes de la supervivencia y las continuas reparaciones generales que exige el vivir dificultan la escritura como hábito y la desplazan a los terrenos del vicio: se hace apenas se puede”, señaló Roberto Martínez Bachrich (un narrador que no llega a los treinta años) cuando se le consultó si escribe a diario. Y, los vicios, completó en paralelo Carolina Lozada (otra narradora que acaso tendrá esa edad) “son diarios, constantes, exigentes y, a veces, agobiantes”.
Como todos tenemos vicios, todos sabemos a qué se refiere.
Entre esas reflexiones de la escritura (realizadas para Ficción Breve Venezolana entre catorce narradores jóvenes), se lee esta joyita, tan cercana a la locura, a la belleza de la locura: “A veces, un texto escrito con muchísima rabia me sigue doliendo las primeras diez veces que lo leo. Y si llega un momento en que ya no me duele más, siento a veces una tristeza muy grande por haber desgastado una rabia auténtica y una calma en compensación por haberla exorcisado exitosamente”. Palabras desde Amberes, de Orlando Verde. ¿Quieres compartir con ellos sus reflexiones? Entra acá.
Ojalá estos (y no los derivados de la ignorante bravuconería de un líder que amalgama lo peor de nuestra identidad cultural) sean algún día un tema de interés común. Disfruten del asunto.
Premio 11 de abril otorgado por 














AMen, mi pana.
Comment de Feddosy — 25 September, 2006 @ 3:05 pm
hecTórres: par de días atrás intenté dejarte un comentario con el link a mi post y tu robot cazaspam no me lo permitió. Así que, abusando de tu hospitalidad, me alojo aquí para plantear algo que nos involucra:
Las antologías son el “modus publicandi” actual. Nos “antologizan” o se pudren nuestros textos en las gavetas devenidas en ataúdes literarios, nichos cibernéticos de nuestros discos duros.
Antologizarnos, sí, o metamorfosearnos en el insensato de Salinger con su síndrome nefasto de escribir para no publicar. Exhibicionismo masturbatorio ante el espejo del claustro, si fuese cierto el chisme legendario de su vanagloria en rehusarse a ser editado.
¿Las antologías son libros promiscuos? ¡Benditas orgías, pues, a las que me suscribo, donde compartir páginas con mis vecinos! Vitrinas adosadas en el pecaminoso barrio rosado, rojo, fucsia de la literatura.
Las antologías son un evento generoso de encuentro y biodiversidad. A veces, también, espacio de coincidencias. En todo caso, portal portátil, museo colectivo, multiplex de textos.
Las antologías son el Metro (pero recién inaugurado en 1983, cuando todo funcionaba). Los pasajeros nos reconocemos e intercambiamos saludos, lecturas, epígrafes encriptados.
Aquí está la antología de Alfadil; ahí viene la quinta edición del premio nacional de cuentos Sacven, prometida para octubre. Ahora le toca el turno a Monte Avila, editorial estatal que perfectamente pudiese asumir una antología anual de narrativa y otra de poesía, simultáneamente a su plausible iniciativa de Autores Inéditos donde hemos coincidido varios antologizados por Alfadil junto a ganadores y finalistas del Sacven.
Sacven podría encarar su premio narrativo con frecuencia anual y lo mismo vale para Alfadil. Ediciones “de bolsillo”, pequeños tirajes, distribución nacional y extrafronteras. Promoción, promoción, promoción, promoción, promoción, promoción, promoción,
promoción, promoción, promoción, promoción, promoción. O sea, ¿ves? entre otras cosas, que nos pongan en el mesón de novedades y nos exhiban en la vitrina.
Entre los antologizados, familiares y amigos agotaríamos una buena ración de la edición, amén de los posts laudatorios y exegéticos en nuestros blogs respectivos.
Ah, bravo por las ventas itinerantes de Monte Avila en las estaciones del Metro que nos aproximan al lector, pasajero tipográfico de nuestras ficciones.
Abrazo selectivo, JML.
Comment de javiermirandaluque — 27 September, 2006 @ 5:11 pm