En campaña
Ese día las calles amanecieron limpias, extrañamente limpias. Ni un sólo buhonero se veía en las aceras. Ni siquiera los telefoneros. En un ambiente de tensión, en cada esquina se veían hombres vestidos de negro con armas largas. Los mismos comandos que asesinaron a los muchachos de Kennedy, pero sin pasamontañas, por supuesto. De pronto se esuchó el estruendo del rotor de un helicóptero que peinó la zona en un vuelo a baja altura. Luego del chequeo del helicóptero (”esta limpia la zona, mi comandante“) apareció un motorizado de Casa Militar a altísima velocidad. Prohibieron a la gente cruzar la calle, a los carros atravesar aunque tuvieran luz verde, a los pajaritos que anidan cerca de la estación del metro intentar alzar vuelo. A continuación aparecieron diez, doce carros rústicos (¡qué lujo, ni en los campos de golf que van a expropiar se ven esos carros!), con vidrios de seguridad, con hombres armados hasta los dientes (y aquí el lugar común luce insuficiente para describir lo que se ve). El helicóptero, las motos ululando, la sensación de la inminencia de un instante en el que no se podrá ni respirar so pena de que te neutralicen, los vehículos a toda velocidad. Como en una película de acción. Todo el mundo se esconde. Demasiados cañones de altísima precisión como para estar contribuyendo a una confusión. Demasiados gatillos con licencia para matar como para estar tentando a la suerte. La surrealista caravana dobla en una esquina. El helicóptero los sigue. Militares y civiles armados van acordonando el sitio hacia donde se detiene la caravana. Ah, el liceo Luis Espelozín, en Gato Negro. Además de los hombres de vedde (siguiendo la acentuación de moda entre la gente de seguridad presidencial) están los de rojo, los únicos que pueden estar cerca del hombre que se baja de uno de los vehículos.
¿Qué es tanto alboroto? Ah, es un candidato en campaña. El candidato de la revolución. Ya previamente habían escogido a algunos chicos (cuidadosamente seleccionados entre los más morenitos, por supuesto. “¿Y ese catire?”, preguntó el encargado de prensa. “Ese es el hijo de la cumanesa que vende empanadas”, le respondió el del comité local. “No, ni de vaina, ese no puede salir en la foto”, ordenó el experto). Nadie entra. Nadie sale, como siempre. ya llegó Aguila Uno al sitio de la campaña.
El hombre se baja. Luce apresurado. La agenda es apretada. Ni las pastillitas que le manda su tutor logran aplacar el cansancio. Es que la campaña ha sido feroz. Asia, África, Centroamérica… El ministrico lo va llevando por las aulas refaccionadas mientras le explica los logros de la revolución en materia educativa. El candidato, como un autómata, se monta en el papel. “Los liceos bolivarianos deben ser espacios luminosos de construcción del socialismo, porque el capitalismo es el camino a la perdición de la sociedad”, repitió una vez más el manido discurso. Cuando está en automático sólo cambia el lugar. Cuando lo lleven (en una próxima visita al país), a un hospital, con otro de esos despliegues de seguridad que ni Michael Jackson, le dirá a las enfermeras “Los hospitales bolivarianos deben ser espacios luminosos de construcción del socialismo, porque el capitalismo es el camino a la perdición de la sociedad”.
“Muchachos revolucionarios (…) después ustedes van a las universidades a llevar ese mismo aliento”, ordenó y, como ya la campaña por el mundo lo esta volviendo impaciente (que nunca fue un dechado de paciencia), subrayó el carácter obligatorio de la orden: “No debería haber un sólo joven que no esté con este proyecto”. Luego, como los boxeadores con maña, aún agotado, conoce el sitio dónde debe pegar. Es el mismo sitio de siempre. El resentimiento. “Es natural que haya ricachones, oligarcas uña en el rabo, enemigos de esta revolución”, pero “que haya un joven en contra, eso debe llamarnos a la reflexión, porque ese joven está confundido sin duda”. Pobre del que exprese una opinión política propia al día siguiente en el liceo bolivariano. A los confundidos, en Catia, los aclaran a coñazos. Luego la dosis necesaria de megalomanía, de hipérbole emocional. “La cuarta república eliminó los liceos porque se habían convertido en centros de debate y lucha política”, pero ahora “tenemos un gobierno estudiantil”. ¿¿¿???
Cuando ya iba a decirle a su reducidísimo auditorio de adolescentes maravillados de ver en persona a alguien que sale en televisión, que en la Cuarta la policía tenía órdenes de echarle candela a todo el que viera uniformado de bachillerato, se le acercó un asistente y, al oído, le recordó: “Señor Presidente, el avión que parte a Nueva York está esperando por usted”. De inmediato recordó de nuevo la campaña. Pensó que acababa de llegar de Irak y no había tenido tiempo de descansar, pero está en campaña. No puede descuidar ni un segundo. Guatemala sigue roncando en la cueva y no se puede dormir en los laureles. En menos de diez minutos la comitiva, hombres de negro, armas largas, hombres de rojo, de verde (vedde), doce carros rústicos de mucho, mucho lujo, los guardias motorizados paranoicos deteniendo el tránsito, peatones, pajaritos en vuelo, helicóptero, bulla, armas, seguridad, mosca con aquel, todo, se fue comido por la misma vorágine conque vino, inauguró y partió.
Rumbo a seguir la campaña. Hay un compromiso con los pobres del mundo.
Y en la avenida, como en la canción de Serrat, se acabó la fiesta. Mañana, la basura, los malandros, los buhoneros y la mierda de perro. Como siempre. Como todos los días.
Premio 11 de abril otorgado por 















En champaña? un poco de los dos….
Comment de hlp — 20 September, 2006 @ 6:16 pm
La mentira…De eso trata….Un saludo
Comment de Antonio Alviárez — 22 September, 2006 @ 3:56 pm
Pana, excelente. Mándalo para un periódico y regálanos el derecho de leer cosas buenas en la prensa.
Comment de Der Pratter — 25 September, 2006 @ 5:01 am