Y con las armas del pueblo soberano

El asunto es fácil. Tenemos un uniforme. Verde oliva, por cierto (que es como decir, de Grandes Ligas). Tenemos un vehículo oficial. Tenemos armas (las armas del pueblo soberano) y tenemos chapas (carnet). Y hambre. Tenemos hambre que jode. Entonces, en esa esquina venden empanadas. Allá, en el quiosquito aquel. Dale que ahí yo no pago.
Rebobinando: tenemos hambre y tenemos autoridad. Y las armas del pueblo soberano. Estaciónate ahí, donde está la rampa para minusválidos. ¿Y si la gente estrila? El que se ponga bruto va a conocer el peso de la autoridad, ¿entendido? Sí, mi sargento. A la orden, mi sargento.
Se bajan, el piloto sube el rústico a la acera, atravesado en el único espacio donde se puede caminar y, porque sí, se deleitan con minuciosa calma paladeando las grasientas empanadas del quiosquito. Para eso se tiene autoridad. Para eso se tiene poder. O sea, nadie desaprovecha los pequeños privilegios. O sea, las normas son para los pendejos. O sea, en Venezuela las reglas se observan si no se pueden no observarlas. ¿Suena a trabalenguas? Aquí se entiende claramente el asunto, que se razona de la siguiente manera:
Si tengo hambre, diviso un lugar para comer y no tengo dónde estacionar, puedo: a) respetar las reglas y buscar otro sitio; b) intentar abusar y arriesgarme a tener que pagar vacuna, matraca, martillo, o como quiera llamársele al pago de impuesto personalizado; o c) estar uniformado, tener carnet y/o vehículo oficial, y hacer lo que venga en gana. ¿Suena aberrante, incivilizado, abusivo? Para ellos no. Para los resignados ciudadanos venezolanos no.
Después de todo, alcanzar un mejor nivel de vida no está en esas pendejadas como cumplir y hacer cumplir las normas. Está en hacer una revolución mundial para alcanzar algún día (de alguna manera impensada e inexplicable) un mejor nivel de vida. Y con las armas del pueblo soberano, claro.
Mientras tanto, ¡dame otra de mechá! Está bueno el juguito, ah, mi sargento.
Premio 11 de abril otorgado por 















Solo puedo decir que leerlo me dió tristeza, no rabia, no indignación: tristeza, porque cuando tenemos el chance la mayoría somos así ( con el poder que dan las armas o los cargos), si no que te lo diga Chávez. O JVR. O Barreto. Un saludo.
Comment de Martha Beatriz — 16 September, 2006 @ 12:53 am
y después se indignan cuando les dicen “gorilas”…
Comment de unocontodo — 16 September, 2006 @ 3:51 am
Un relato escrito con la maestría de la sencillez; dura y real como en todos los sitios donde se ha perdido los derechos de todos los ciudadanos. Una de las peores cosas del mundo, es un incivilizado con autoridad. Muy lamentable.
Saludos Cordiales
Comment de Antonio Alviárez — 16 September, 2006 @ 9:03 am
Me hiciste recordar una anécdota espeluznante, hace unos 4 años, en una panadería frente al Teatro Municipal en pleno Festival de Teatro. El camarógrafo con quien trabajaba tenía hambre, le di un billete de 5 mil para que se comiera un par de cachitos y un café y así aguantara hasta el final de la obra. Regresa el hombre a los 20 minutos con apenas un jugo en el estómago, no le alcanzó para los cachitos. “Qué pasó, Richita, no te alcanzaron 5 mil para comerte ni un cachito?” “No papá, es que entraron 3 guardias nacionales y me vieron con el billete en la mano, pidieron palmeras, cachitos, cafés para los tres. Y dijeron al de la caja: paga el pana aquí que tiene el billete ya listo. Yo les dije que no, que ni de vaina. Me ofrecieron unos peinillazos y que si yo era pajúo o qué, que si no los invitaba me iban a incendiar a coñazos. Así que yo me quedé tranquilito y pagué”.
Así son las cosas, así estamos. Aunque 4 años después quizás el abuso de los milicos criollos se ha agudizado aún un toquecito más.
Comment de Jose — 19 September, 2006 @ 3:56 pm
Caray, qué necesidad de completar la anécdota.
Estábamos camino al trabajo, a eso de las ocho de la mañana de un día cualquiera. Pasando por Las Mercedes para tomar la Autopista, hay un cruce que es vía libre, y para los que no lo saben ponen los conos y a un fiscal haciendo señas de paso todo el día.
Se nos atraviesa una camioneta, a lo arrecho, y sin poner la luz de cruce. Igual que pasa casi todos los días. Y, al igual que todos los días, corneta para qué te tengo. En esta ocasión, la mujer que iba manejando esa camioneta se para en todo el cruce, trancando el tránsito (y encima del rayado para peatones, por si fuera poco), y llama al fiscal, un muchacho flaco y bajito que no debía tener más de diecinueve años. Algo le dice y arranca, como loca y hablando por celular (llamada que no había interrumpido desde antes de tirarnos el carro).
¡Y el fiscal nos para!
¿Y por qué? Porque esa mujer era un coronel.
Lo más triste es que no nos quedó más remedio que “chapear”. Porque Venezuela ya no es para la gente decente y respetuosa, sino para el que tenga la “chapa” más grande.
Besos
Su
Comment de Susana Sussmann — 19 September, 2006 @ 11:59 pm
Lo peor de todo es que ya ni nos sorprende, nos hemos habituado a que las cosas tienen que ser así y a pensar que nunca van a cambiar. Que cambiaran esos “pequeños” detalles, eso sí que sería una revolución
Comment de Hijuechavista — 20 September, 2006 @ 3:07 pm
HOLA ESTOS COMENTARIOS Y ANECDOTAS NO ME DAN RISA, NI TAMPOCO ME ASOMBRAN SOLO QUIERO DECIR QUE ME DA UN DOLOR INMENSO SABER QUE LAS AUTORIDADES A QUIENES NOSOTROS MISMOS LE PAGAMOS SU SUELDO SE DEJEN MANIPULAR POR OTROS Y DE PASO SIEMPRE ME HA MOLESTADO LAS PERSONAS INDEPENDIENTEMENTE DEL COLOR POLITICO, QUE UTILIZA SU GRAN CARNET O PUESTO PARA ATROPELLAR AL CIUDADNO COMUN YA QUE NOSOTROS SOMOS LOS QUE LE PAGAMOS SUS GRANDES LUJOS O DE DONDE CREEN USTEDES QUE SALE EL DINERO PARA QUE ELLOS DISFRUTEN DE ESOS LUJITOS….
Comment de delia — 22 April, 2007 @ 2:34 am