El estruendoso ¡buuuummmm!
Es noche de domingo. Las voces llaman la atención sobre un altercado que parece común. Los tripulantes de un carro pequeño discuten con el chofer de un microbús. Decir microbús puede parecer equívoco a efectos de la crónica. Son curiosidades del habla del venezolano. Mastodontes de cuatro ruedas, sería una aproximación. Varias toneladas ambulantes, sería otra. Decir discuten sería un acto de pudor. El lenguaje empleado se acerca peligrosamente al de una alocución oficial, de las de ahora. Todo comenzó con una protesta airada del chofer del microbús. Criterios a la hora de conducir, al parecer. Un tono que se incrementa en su exasperación. Gritos. Amenazas. A la espera de que las aguas se aquieten, los pasajeros del bus comienzan a bajarse, discretamente primero, y luego con más diligencia. Cuando el energúmeno del carrito se trepa a la ventana del bus y entra en él, ya el asunto tiene visos de estampida. El conductor del bus pone en marcha el vehículo. Son dos contra uno y están fuera de sí. Su desquiciada estrategia es hacerlo caer del bus con el movimiento. Acaso llega a la palanca de cambios cuando ya tiene encima al monstruo que le está dando palos sin contemplación ni geografía. La palanca queda en retroceso cuando aprieta la chola. Acelera a fondo. Los pasajeros, en un sálvese quién pueda, siguen evacuando el transporte, sin atender a aquello de mujeres y niños… El bus se monta en la acera, por donde viene caminando un grupo familiar grande, plácidamente, a paso de domingo. El grupo familiar reacciona y logra escapar antes de que el bus pegue de una pared cercana a un quiosco. Ah, es que el caraqueño tiene buenos reflejos. Gritos, motos que pasan velozmente porque el instinto les recuerda que los mirones son de palo. Gente que huye sin saber a dónde. Los carros aceleran y el que esté atravesado llevará la peor parte. El bus ahora echa hacia adelante. Debe ser muy difícil conducir llevando coñazos, piensa alguien que está a salvo del peligro. Se repite la escena. En el poste que casi se lleva por delante en su ciego avance (y no se trata de una mala metáfora) hay un pendón que dice contra la mentira mediática el pueblo apoya a su alcalde más que nunca. El pendón lo habían puesto la noche anterior dos tipos en un camión de la Alcaldía, claro está. Otro grupo de peatones que se salvan milagrosamente. El conductor sale por la otra ventana luego de incrustar el bus contra un porrón de la isla. Otro que intenta salvarse, pero la cosa no puede terminar ahí. No con uno de los protagonistas de la película. No en un país histérico, electrizado, con los pelos de punta… Los dos tipos se bajan del bus y van tras él. Dos es más que uno, piensa rápido el chofer y sale corriendo. Lo persiguen un par de cuadras, hasta que se logra zafar de los perseguidores, internándose en la avenida oscura. Los nuevos dueños del microbus (de las toneladas ambulantes) ahora se dan a la tarea de revisar con calma el bus estrellado contra el porrón. Entran y salen. Toman cosas y las bajan al carrito. Los pasajeros (con sus maletas en el maletero) esperan el desenlace sin quejarse ni exigir mucho. Ya vieron lo que le sucede a los que reclaman o creen que viven en un país con derechos. Como a los diez minutos llega de pronto un carro. Como si lo hubieran ensayado, se abren las cuatro puertas antes de que termine de detenerse. Era de esperarse. Los pasajeros reconocen al chofer, acompañado de otros tres tipos, caminando hacia el bus con actitud resuelta. Llegó la hora del rescate. Como los bandoleros cuando amarraban a un caballo los barrotes de la celda. 200 palos (millones, para los que desconocen el glosario en uso) no se dejan a la buena de Dios, por más que te persigan dos energúmenos. Por más que lo hayas dejado incrustado en un porrón de la isla. La lógica de la calle indica que aquí comenzaría la segunda parte de la película, la esperada venganza. Así lo pensaron los que veían desde sus ventanas. Pero más atrás venía una patrulla de la policía. Los pasajeros, luego de media hora de peligros, gritos, noche oscura, vieron renacer las esperanzas de recuperar sus maletas y terminar de llegar a sus casas, luego de haberse montado en el aeropuerto en un bus destinado a la crónica roja. Con la policía allí la escena pierde interés. Aunque nada garantiza que la cosa se resuelva justamente. Quizá la balanza se inclina hacia la cartera más gorda. O puede que los tipos hasta sean honestos.
Qué cómodo es azuzar la violencia, qué fácil es dar discursitos iracundos, cuando se vive rodeado de guardaespaldas, cuando se viaja en caravanas de seguridad, cuando se vive en las más apacibles urbanizaciones del este caraqueño. Es pólvora, lo que se respira. Y el irresponsable discurso no se detiene. Después de mí el diluvio, dicen los locos estos.
En cualquier momento se escucha el estruendoso ¡Buuuuummmmmmm!
Premio 11 de abril otorgado por 















Es curioso hace poco encontré, visitando otros blogs, el tuyo, me alegro un montón por que yo nací y me crié en Venezuela, aunque hace 23 años que estoy fuera con alguna que otra visita esporádica a mi lindo país.
Comencé a leer todos tus artículos y rememore cada año vivido, cada situación pasada, cada susto, cada miedo, fue como volver a mi infancia y mi juventud. Hace un año estuve por allá y aparte de volver a ver a mis queridos amigos, eso me hizo muy feliz, que aun con valentía o sin ella viven en Caracas, me di cuenta que yo ya había perdido aquella arrogancia, bravura, indiferencia o llámala como quieras que muchos venezolanos tenemos para poder sobrevivir a nuestro país. Ya no te digo nada de lo que era para mi mirar la televisión, cuando el Sr. Hugo Chávez me dejaba claro esta, telenovela tras telenovela, y no es que no me las mirara cuando vivía en Venezuela, pero para mí perdieron todo encanto, si es que alguna ves lo tuvieron.
Leer la prensa me angustiaba de muy mala manera, y salir a pasear me hacia perder los papeles, me volvía loca de miedo. Y no te cuento lo mal que lo pasaba a la hora de ir a comprar, mi única pregunta era; Pero como podéis comer sí todo esta por las nubes?, No obtuve ninguna respuesta razonable a tal desbarajuste.
Cuando me subí al avión para regresar a España, que es donde vivo ahora, solo lloraba, no sé porque, a lo mejor porque yo era una orgullosa venezolana, a la cual nadie le podía hablar mal de su país, por que le mentaba la madre, a lo mejor por que me daba lastima que mi hermoso país se estuviera viniendo abajo tan rápidamente, a lo mejor por el miedo vivido durante el mes que estuve allá, a lo mejor, a lo mejor, a lo mejor, yo que se no te lo puedo explicar, lo que si se es que me dolió mucho mi país.
De toda la manera me continuo sintiendo muy orgullosa de ser venezolana, de amar a mi patria, y sobre todo de querer volver a verla, pero no como ahora si no libre de la dictadura escondida en la que vive, libre de miedo, libre de malandros, de mala gente, de basura, de todo lo que la ensucia.
Perdona si me he puesto un poco pesada, continuare entrando a tu blog para leer cosas de mi lindo país aunque me hagan llorar amargamente muchas veces.
Gracias por escribir todo lo que escribes y dejarnos leer lo que realmente pasa allá a los que estamos expulsados de tan magnifico país.
Comment de Clari — 29 August, 2006 @ 1:20 pm
Llegué a esta parte y no sé si comentar acerca del post o del comentario anterior. Quizá no sean cosas excluyentes, probablemente la angustia de quien comenta es fortalecidad por las actitudes descritas en la crónica.
De cualquier manera hay una concordancia: ¡Que Dolor de País este que nos embarga!
Salud
Comment de falconiano — 29 August, 2006 @ 3:06 pm
Amigo Héctor…
Retornando lentamente a estos parajes bloguesinos, me contenta mucho siempre contar con la precisa compañía tu mirada.
Nos vemos pronto, de nuevo.
Muchos saludos.
H.
Comment de hzdedalus — 1 September, 2006 @ 3:00 pm
Vine a comentar sin tener idea de lo que iba a decir (Leo en Bloglines). Excelente crónica, Héctor. Se siente la rabia.
No tengo una anécdota tan espectacular de mi regreso a Caracas. Sólo que mi hijo de dos años, quien caminaba independiente en su A2 natal, me pide que lo lleve en brazos al salir del edificio en El Paraíso. Tiene miedo de la ciudad que yo amo.
Comment de Iria — 4 September, 2006 @ 3:55 am