Aunque algún día vayan por él


En los setenta, ochenta, aún parecían mayoría. Al menos, esa era la impresión que dejaban al caminar por sus calles. Sobre todo en la plaza y sus alrededores. Su inconfundible estampa acentuaba la atmósfera de la zona. Le daba color local. Gorras, bastones, cigarros, guayaberas. Cinco o seis viejos discutiendo acaloradamente en un grupo. La frase nada humano me es ajeno jamás podría ser más propicia. En ocasiones, cansados de discutir, se quedaban en silencio, pensativos. Y hasta ese silencio marchito le llegaban lejanas nostalgias.
Era La Candelaria, y aunque no el único, era el barrio ibérico por excelencia de la Caracas de entonces. Sus tascas y barras, sus pintorescos billares, sus edificios pequeños y sus inconfundibles señoras rollizas paseando a sus perritos falderos, armando periqueras incomprensibles, eran características de ese noble barrio que daba sabor cosmopolita a la ciudad que, paradójicamente, comenzó a perder encanto cuando tropezó con sus rachas de abundancia.
¿Por qué las comunidades que se asentaron en ese barrio y le dieron su estilo distintivo no pudieron conservar su estampa? ¿Por qué la ruda avalancha de realidad que lo cambió todo para siempre los alcanzó democratizando el caos? ¿Será que los descendientes de esos laboriosos europeos, a los que les tocó la época de las vacas gordas, migró hacia otras zonas, maás al este de la ciudad? Alucinante pesadilla, la de haberse asentado en la plenitud de la vida en un barrio que ofrecía reminiscencias del terruño para tener que, al ocaso, sobrevivir vadeando tarantines, esquivando motos que suben a las aceras, soportando la estridencia de los vendedores de quemaítos.
En La Candelaria, que en nada se diferencia al resto de esta demencial Caracas hay, sin embargo, orgullosos símbolos de la historia chica, verdaderos estandartes que conservan el esplendor de la época de las mejores cocinas españolas de Caracas. Como este edificio que, si el viandante se toma el tiempo de observar, se niega a sucumbir a la estética del todo a mil. Aunque sea sólo un descolorido, un inútil recuerdo. Aunque sea invisible a los ojos del que en donde veía paseos, ahora ve luchas por alcanzar el metro y el seguro encierro en la (ojalá) inexpugnable celda de su casa. Aunque algún día vayan por él.

4 comentarios »

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  1. Lástima, que ya esa “nota” distinta que tenía la Candelaria a diferencia de otras zonas de Caracas ya no la tenga… ella no iba a escapar del deterioro y la involución urbana que vivimos…

    Comment de unocontodo — 4 August, 2006 @ 2:17 pm

  2. De golpe, gran saudade por las quisquillas de La Tertulia y de La Cita, el mero del Bar Basque, la empanada del Galicia, los tercios bien fríos del Barco de Colón… Y sí, La Candelaria es un hoy en dìa un zoco de histeria colectiva, un ejemplo de cómo no se deben hacer las cosas… Pero, ay, su cocina, su cocina, todavía me hace salivar…

    Comment de gustavo valle — 5 August, 2006 @ 12:16 am

  3. Era muy difícil mantener la vulgarización a raya, sobre todo cuando las nuevas generaciones la abandonaron, convencidos de que sólo en el Este hay un buen nivel de vida. Ah, las malas noticias nunca vienen solas, Gustavo: En estos días pasé por el Barco de Colón y vi obreros trabajando en él y parecía estar cerrado. ¿Lo estarán refaccionando o Caracas perderá esa mítica barra en forma de barco, con un hombre vestido de marinero en la puerta, que tocaba la campana cada vez que entraba un uniformado, y los barman saludaban, alborozados? Una investigación digna de otro post. La verdad, por dura que sea, saldrá a flote. Lo prometo :-)

    Comment de ChamanTower — 5 August, 2006 @ 4:43 pm

  4. Hay que rescatar sino lo perdemos todo…bien por este blog!!!

    Comment de Gerardo — 19 August, 2006 @ 2:59 pm

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