La confirmación

Ella no pasa de 18. O no hay manera de que aparente más. No, al menos, con esa blusita blanca y esa mirada celeste. Él tampoco luce más experimentado. Van en el metrobús, de pie, como es común. Vienen de La Trinidad y ya están llegando a Chacaíto. Eran las nueve de la mañana, más o menos. A lo largo de la autopista del Este y su cola perpetua alternaron entre discutir bajito y abrazarse, como si los asustara lo que se decían. Para el ojo huraño no pasaban de ser una parejita común con sus ritos comunes. Durante un tiempo guardaron silencio. A espaldas de ella, un sujeto conversaba con una mujer. Estaban en torno a los 30. Por el cansancio en sus rostros parecían haber culminado la jornada laboral. De todo hay en la ciudad. ¿Trabajarán en un bar, en una sala de redacción? Qué importa. Lo que importa sucede a sus espaldas. El silencio de la parejita lo rompen dos hechos, simultáneos e inesperados: un empujoncito en la espalda del ¿Barman?, como el de alguien que tropieza y las voces alarmadas del chico. Otro empujoncito y el barman voltea en el justo momento en que la chica está cayendo al piso. Por impulso la sujetó y la ayudó a que cayera con suavidad, sujetçandola de cuclillas. El novio no paraba de gritar, asustado, sin atinar a reaccionar ante el desmayo de la chica. El metrobús abre sus puertas en El Rosal, frente a una arepera. El barman y la amiga actúan rápido y dan órdenes al chico: Búscale algo dulce, rápido. La bajan del bus, que ahora parece un elefante dormido, y la llevan a la arepera, donde la sientan. El barman, en medio de la escena, se acuerda de cuando nació su primer hijo. Deja a la chica con su amiga y le compra un tres en uno. La chica ya había vuelto en sí pero no terminaba de entender nada. El barman vuelve con el batido y se lo da a la chica, que se le toma obediente. La presencia de la mujer ayuda a eso de la confianza con los desconocidos. Cuando ya la chica está recuperada llega el novio con un dulce comprado en un quiosco cercano. Ya está bien, le dicen. Cálmate ya. Él no cesa de dar las gracias, de una forma tan obsequiosa que recuerda a los chinos de las películas. Apenas se ven a los ojos, novio y novia, se llega al clímax del relato. Una angustia se confirma en esos ojos que contienen, penosamente, unas cataratas de susto y desasosiego. Al menos ya no los taladra la incertidumbre. Al menos ya hay certezas. Se abrazan y el barman vuelve a recordar a su primer hijo. Todo pasa, chamitos, les dice discretamente, fingiendo que no entiende del todo lo que ocurre. El chico siguió dándoles las gracias cuando se despiden y el barman salió a la calle evitando los ojos maliciosos de su amiga, que no podía contener las ganas de soltar el chisme. Ella, ignorando su pudor, le dice con el exacto tono de su mirada: Jum, esta lo que está es preñá. ¿Tú crees, responde él sonriendo, con compasión, y se alegró de saber que ahora está aquí y no allá. Con todo y la pérdida de ilusiones. Todo pasa, chamitos, repitió en voz baja, aunque ahora se lo decía a ese que fue y que ya no vuelve. Al que ahora puede sonreír. Todo pasa, repitió. Coño, vamos a desayunar, que vi el juguito ese y me dio hambre -dijo para cambiar de tema-. Vente, que yo invito.

1 comentario »

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  1. Me sorprende leer que las embarazadas se desmayan - yo que he tenido mis cuantas barrigas -. Siempre me pareció de trama de telenovela, pues. Un saludo.

    Comment de Martha Beatriz — 3 August, 2006 @ 2:39 am

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