Añoranza en la ciudad de la furia
“Al contrario que la nostalgia bonaerense, o la murriña gallega, o la saudade portuguesa”, decir nostalgia caraqueña parece una contradicción, afirma, ya en el primer párrafo de su ensayo Mínimas nostalgias caraqueñas, Manuel Llorens, poeta y psicoanalista que, partiendo del dolor que le produce la muerte del Belle Epoque, aprovecha y hurga en el sentido de la nostalgia y en el sentido de la identidad nuestra. En estas nuevas generaciones de repatriados, asoma, se está formando una nostalgia caraqueña. Pero, ¿nostalgia de qué? ¿Del humo, los atracos, la inseguridad, la furia que se siente hasta en las risotadas, en los súbitos arranques de alegría, en las caravanas de algún eventual triunfo deportivo? Los amigos se van alejando, la ciudad y sus recuerdos se van mutilando, el paisaje se va arruinando en nuestra caras, en nuestra cotidiana travesía del trabajo a la casa.
El venezolano extraña el último chiste que salió en contra del gobierno, los zapatazos de Zapata, las vulgaridades de una docena de comediantes, las reuniones ruidosas entre amigos, los absurdos tragi—cómicos de nuestra realidad. Algo de regocijo resignado hay tanto en simpatizantes y opositores en las imágenes de nuestro presidente enloquecido diciendo barbaridades en los noticieros internacionales. Ahora las noticias mundiales incluyen de tanto en vez la última farfullada diplomática que nuestro gobierno emitió en contra o a favor de la globalización, o la salida boliviana al mar, o el estado de las aguas contaminadas del Bronx, o saludos afectuosos a terroristas como El Chacal… El desconcierto del mundo es nuestro día a día. El absurdo nuestra tradición principal.
Esa generación criada en crisis, com dice Llorens (o eso de “nacer con los que estaban bien, pero a la noche estaba todo mal”, como decía el bonaerense), ¿qué puede añorar? “Mi experiencia caraqueña siempre ha estado contaminada por el smog angustioso de un porvenir incierto”, reconoce. ¿Será esta la generación, la que nació y vivió y maduró en esta ya eterna crisis, a la que le tocará encontrar nuestra identidad, lejana como está del desenfreno voluptuoso de épocas mejores? ¿Esta generación que acaso le queda y le quedará el Avila, como último símbolo que no podrán dejar derrumbar, que ya no podrán dejar destruir? Por lo pronto, los invito a leer el delicioso ensayo, publicado en Ficción Breve Venezolana. Es un interesante acercamiento a nosotros y a lo que nos une a nuestra ciudad furiosa.
Premio 11 de abril otorgado por 















Acabo de leer el ensayo y creo que es un aporte muy valioso para quienes andamos de alguna manera empeñados en encontrar elementos identificadores de lo que somos. Particularmente veo este trabajo como un prolongación o alguna actualización a lo que andaba presentando Cabrujas; queda lugar a mas de una reflexión y extiende la invitación a la discusión, a las revisiones en las cuales yo resaltaría que al lado del Ávila quedan otros símbolos probablemente asociados a la paradójica “permanencia de los cambios”, el eterno “bochinche” que ya intenta codificar Laureano Márquez y “la ciudad de la rumba” que nos habita desde épocas remotas. Incluso “la belle” nos ofrece otra pista y es ese eterno movilizarse, que no es solo desaparecer, porque La Belle no cierra: ¡Se muda!, se va al San Ignacio, transita de nuevo como y lo había hecho unos cuantos años atrás y como probablemente lo hará de nuevo dentro de unos años cuando la ciudad en su constante mutación le empuje hacia otros espacios. También creo que no solo se extraña “el último chiste que salió contra el gobierno”, va mucho más allá, extraña los chistes de siempre, los que aparecen contra todos los gobiernos, extraña los chistes de las esquinas, de los velorios, de los supermercados, de la cola en el banco, de la panadería, de la salida del cine, extraña la camaradería espontánea que surge con los extraños que comparten la ocurrencia del momento, extraña que aquí: “de cualquier vaina se haga un chiste”.
Extraña incluso la posibilidad de enmascarar sus propias carencias en las carencias colectivas pero también viceversa, porque si bien no hay una memoria colectiva clara, siempre aparecen muchas memorias individuales y los de esta generación transitoria rememoran su deambular por La Belle, por El Julios, por El León, por el restaurancito de La Candelaria, por Mata de Coco porque quizá no recuerde como se llama el autor de aquello que sonaba en sus primeros días de escuela. Extraña ese “estamos en crisis” que justifica y licencia angustias y desvaríos. Quizá incluso solo se extrañen a si mismos.
Seguimos en la revisión.
Salud
Comment de falconiano — 20 April, 2006 @ 7:59 pm
Cuando salí de mi adorada Caracaos, aún ni siquiera tenía el cuarto de siglo. De hecho, aún no he llegado al tercer piso. Así que los recuerdos que pude acumular eran barajitas frívolas de un álbum de papel. ¿Acaso mi corazón podía privilegiar los performances de poesía que realizaba en Al Trote sobre las bailaditas de merengue en un localcito del CCCT? Intelectualmente sí, emocionalmente no.
El caso es que me fui de Caracaos llena de rabia y dolor, como muchos. Y adjuré de extrañarla… al principio. Me sacaba de quicio el tono de voz destemplado de las venezolanas en los supermercados, la cavita llena de cervezas que llevaban los maracuchos a las playas de Miami Beach, las canción ‘yo me quedo en Venezuela’ cantada por Carlos Baute desde España, la altanería intelectual de vene-co.
Cual sería mi sorpresa que después de un año mi lexico pulido de la Escuela de Letras se volvió pura-sifrineria-de-la-chama-chevere-y-burda-de-pana. Que empecé a extrañar el brincaito del tecnomerengue y la gaita, y que le pedí un autógrafo a Papo, de Sandy y Papo (y yo que escribía de música electrónica). Que cambié el vino por ron-venezolano. Que me escapaba a restaurantes cubanos a las 12 de la noche para poder hablar gritado y rememorar mis after-parties de arepera.
La nostalgia es irracional, no te engañes, y mucho más la de mi generación. Sí, me pegó la muerte de Belle Epoqué, pero también me pegó la desaparición de Doors, o la decadencia de Palladium (al cual asistí cuando era menor de edad). Y sin embargo, no lloré mucho, porque sabía que nuestra generación mutante se apropiaría de algún otro símbolo de prosperidad pasada para mancillarlo con música electrónica y kurda.
La nostalgia de nuestra generación tiene que ver con la ausencia de la posibilidad de una gratificación inmediata. Aquí en EEUU uno debe trabajar duro -sin permitirse casi distracciones si se desea alcanzar algún sueño- mientras que en Caracas los platanos se comen verdes, con sal, vinagre, y un buche de cerveza, aunque amanezcamos con ratón.
Nuestra nostalgia es la adrenalida de una emoción no reprimida, así sea ira. Caracas es el hijo (a) de un filósofo pelabolas que ahora le dió por ser punk, con el cuál nos “resolvíamos” cuando estábamos borrachos (todo el tiempo), y que ahora NO NOS PARA BOLAS.
Comment de Sylvia Plath — 29 April, 2006 @ 5:42 pm
Ha sido una alegría enorme convocar a venezolanos nostálgicos. O más bien venezolanos añorando la nostalgia. En estas páginas de internet he encontrado un movimiento que tiene una libertad expresiva en que aparecen verdaderas joyas de lo que somos.
Me gustó mucho de falconiano esa referencia a un “estamos en crisis” que “justifica y licencia angustias y desvaríos”. Así es. Pero nada como una ex-estudiante de letras caraqueña que escaba furtivamente a bailar merengue en Palladium a pesar de presumir de tertulias intelectuales con vino y punketos, pidiéndole un autógrafo a Papo.
Todos estos comentarios, igual que los de Cabrujas y tantos otros tienen la exquisita capacidad de poder ironizar sobre nosotros mismos.
Esta Caracas punketa, hija de filósofos desacarriados seguramente no nos para bolas. Pero anhelo en mi propio desvarío, que de vez en cuando nos pique el ojo.
Comment de manuel — 30 April, 2006 @ 7:12 pm