Vainas de la Patria

Oscar Marcano, el narrador venezolano ganador del Premio Internacional Jorge Luis Borges, durante una entrevista para Ficción Breve Venezolana, a propósito de una pregunta sobre la actitud del artista frente al poder, señaló: “La posición del artista no puede ser la de apoyar o condenar a un régimen. Yo creo que el artista, por naturaleza, por definición, debe estar en contra de cualquier régimen, es decir, el artista tiene que pararse siempre en la acera opuesta al poder y escrutarlo con ojos saltones y denunciar toda la basura que tiene por dentro, sea el régimen o el gobierno que sea.”
Es decir, cuando el poder miente, el artista lo desnuda; cuando olvida, el artista recuerda. Cuando altera, se ciñe al orden de la Historia. Cuando el Poder amenaza y alza la voz: el artista debe, sereno, firme, mantener su postura y su defensa de la libertad, de la paz y de los derechos de los seres humanos. Y desmontar los mitos que a aquel le resultan útiles. Como ese de que la guerra es gloriosa, y sus capítulos se escriben en páginas doradas.
En momentos en que volvemos a las conmemoraciones, a las versiones oficiales de la historia, siempre queda algún texto, alguna foto, algún incómodo lienzo, que nos ate a un recuerdo. Guernica, La historia oficial, Memorias de un venezolano de la decadencia…
La buena escritura y el apego a sus firmes convicciones, a veces, producen textos como este:

“… Alguien dispara contra alguien. Los estómagos se contraen y los corazones se precipitan. No se tiene noticia de la invasión de un ejército extranjero. Entonces, debe ser el comienzo de una batalla entre soldados de Caripito y soldados de Tucupita, o sea, como dijo el sargento: ¡Vainas de la Patria! ¿Y a dónde coño nos trajeron, mi cabo? Cúbrame y no pregunte güevonadas, nuevo. Hay que entrarle por los costados. ¡Ay!, mi madre, me dieron. Arrastren a ese herido. Sigan avanzando detrás de los tanques. ¡Lobo a la izquierda! ¡Lobo a la izquierda! Nos están disparando desde las garitas. Barran el cielo, carajo, barran el cielo. ¡Coño, despliéguense! Sargento, llegue hasta el muro con su gente y cúbranos. […] Una oruga agresiva se estrella una y otra vez contra un portal del Palacio que se resiste a ceder. ¿Qué coño estará esperando el komandante para apoyarnos?, comenta un teniente con rabia. Tenemos ya muchas bajas, agrega el cabo. Le di, le di por fin a ese hijo de puta que está en aquella garita, le di en la mera madre y me lo eché. La mosca observa, ahora detrás de una cacerina, el coraje y el culillo codo a codo, el orine y la sangre, el sonido y la furia, dos granadas estallan en uno de los patios del Palacio, el olor a pólvora recuerda el de las fiestas patronales de los pueblos donde los soldados solían ir, sólo que éste es un jolgorio donde la muerte es la reina”.
Eduardo Liendo (Las kuitas del hombre mosca)

¡Qué bueno que ahora nuestros embajadores son militares y no escritores! Así los escritores retoman, en su relación con el Poder, el rol que les cuadra: el de la voz de la reflexión.

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