¿Y a ti no te gusta el reggaetón?

Unos tipos del color de la acera buscan con desespero entre bolsas de basura. cada bolsa abierta destila, sangra, un líquido entre amarillo y marrón, viscoso, que de inmediato riega un charco pegajoso en la acera. Los perros esperan que los monstruos grises de ojos de rata abandonen el botín, para echar un ojo. O una nariz. Cuando consiguen algo comestible, los despachan enseguida. A diferencia de los perros, los otros se ayudan con las manos. Allá, en Nueva York, M.S. Fogg les pone nombres pintorescos, graciosos, crueles: restaurantes cilíndricos, cenas de la suerte, paquetes de asistencia municipal… Pero eso es en Nueva York. Aquí la basura se amontona en las calles y el que quiera tentar la suerte puede darle a manos llenas. ¿Quién dice que no hay abundancia?
Unas muchachitas, doce, trece años, caminan por la calle y se detienen en las esquinas. Están gorditas. La mala alimentación está causando estragos en las venezolanas. Usan unas falditas cortísimas y de la cotica se asoman sus barriguitas morenas. En los alrededores de la bomba hay varios grupos. Llegaron como a las seis, cuando volvían del trabajo, y se fueron agrupando. Ya son las diez y siguen ahí. Aunque ya cerraron la bomba. Temprano, cosa rara. Parece que la Guardia quiso aumentar la tarifa y no llegaron a ningún acuerdo. Entonces, les aplicaron la ley.
Unas señoras, que seguro trabajan en oficinas del este, con las últimas perolas en la mano, están sentadas en los muritos cercanos. La oferta gastronómica es variada: pinchos, perros calientes, parrillas. Y los comensales son agradecidos y generosos. Una pareja come sobre el asiento de la moto, sentados en unos banquitos. Si es por ellos, podrían estar en cualquier exquisito restaurante del este y el asunto sería el mismo. De cuando en cuando estalla un peo, y nadie, más allá de echar un ojo y estar alerta al momento de agachar la cabeza, parece conmoverse especialmente ante ninguno. En media hora se caerán a botellazos unos borrachos, en una hora pelearán dos jugadores de caballos, en dos horas se darán dos pescozones por diferencias políticas ¿Qué no hay malandros escuálidos? Vayan a verlos. Y ofrecen dos coñazos cuando es necesario. Y los dan también.

Del otro lado de la ciudad, a partir de esa hora, las discotecas comienzan a llenarse. Las chicas son todas idénticas: risa boba, tetas operadas al formato estandar, tatuaje en la parte de abajo de la espalda, hilos que se ven cuando se agachan (los barrio adentro, les llaman), pantalones que nadie se explica cómo no se caen, las mismas blusitas dejando ver los mismos ombligos perforados. El mismo tinte, el mismo maquillaje, las estrambóticas uñas de mentira y las mismas cejas despobladas.
Es el look perreo. De las cornetas, unos tipos con graves problemas de dicción y pobrísimo vocabulario, escupen amenazas acerca de lo que piensan hacerle en la cama a sus parejas ocasionales. A juzgar por el grueso de las letras, sin Viagra de por medio parece poco probable que no estén fanfarroneando. Y que no vayan a quedar mal.
El que no tenga carro no levanta. Tarjeta que no aguante es mala compañía. Ahí todo suena tan real como la escandalosa firmeza de esos pechos que bailan. En ese ambiente bobo todas esas amenazas suenan afeminadas. Todos los tipos que pretenden tener el tumbao de chicos malos, suenan a comercial de Fortuna (¿Alguien recuerda las infames vallas de esa marca de cigarros?).

Volvamos al otro lado. A pesar de la hora y de que las licorerías ya están cerradas, un tipo decide bajar a comprar cervezas. “¿Puedo ir contigo?”, le pregunta el hijo, que escucha regaetton en sus audífonos. El tipo hace un recorrido mental por las calles que se ha cansado de patear. Está a punto de decir que no. Luego prevalece el sentido pedagógico. “Vente, pues”, le dice. “Pero es tarde y tienes que estar mosca”. Salen a la aventura de patear calles malandras, como el que sale de excursión. Caminan entre las montañas de basura y los monstruos de estómago de zamuro. Entre motorizados malandros y policías malandros. Entre guerras de botellas. Entre carajitas gorditas de tanto comer mal enseñando sus ombligos. El chamo camina apurado, en silencio, aterrado. El papá se percata. “¿Qué pasó?”, pregunta. “Nada”, dice el chamo, pero su cara hace tiempo que habló por él. “¿Y a ti no te gusta el reggaetón? ¿Tú no eres un tipo duro? ¿Cómo crees que son esos barrios de Puerto Rico?”. El chamo intenta sonreir, mientras caminan, esquivando la violencia que pulula como moscas en los basureros.

Son las tres, cuatro de la mañana. Los tipos con fantasía de duros, las tipas con fantasías de cachorritas, mamá, salen de las discotecas. Atrás dejaron el perreo. Atrás dejaron la dureza. En las calles, trasnochadas y borrachas se ven tan patéticas. Ya la pinta no aguanta una foto. Como las papitas de Mc Donalds, se desinflan, se marchitan, en cosa de horas. En poco tiempo las cornetas se apagarán para dormir, hasta esa noche. Mientras tanto, el regaettón de verdad, el que hiede, el que sangra y pasa hambre y alucina con sustancias baratas que intoxican el organismo, ya dejó, al otro lado, su reguero de locura.
Cuando el chamo explorador regresa a salvo a su casa, no volverá a escuchar con la misma inocencia esa música barata y monótona que está de moda. “¿Y a ti no te gusta el regaetón?”, escuchará de la voz de su papá. “Ese viejo si es rata”, comentará sonriendo, mientras de sus audífonos escapan malandros, basura, piedra y botellas rotas. Es decir, lo que es y no sólo lo que se cree ver.

5 comentarios »

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  1. Píllate esta cita de Jacques Attali, Tower:

    «la música es metáfora creíble de lo real. (…) Es anuncio, pues el cambio se inscribe en el ruido más rápidamente de lo que tarda en transformar la sociedad (…) Mozart o Bach reflejan el sueño de armonía de la burguesía mejor y antes que toda la teoría política del siglo XIX. Hay en las óperas de Cherubini un soplo revolucionario raramente alcanzado en el debate político. Joplin, Dylan o Hendrix dicen más sobre el sueño liberador de los años sesenta que ninguna teoría de la crisis»

    Un abrazo, panita.

    Comment de rodrigo coll — 8 April, 2006 @ 4:24 pm

  2. Querido Rodrigo, o cambiamos el comentario a post o lo agregamos de epígrafe, porque sintonizaste absolutamente con el post. Un gran abrazo, amigo.

    Comment de ChamanTower — 8 April, 2006 @ 5:13 pm

  3. Algo muy parecido a lo que siempre he dicho. Para mí es:

    Música barata
    Fácil
    y reciclada

    Saludos!

    Comment de Karwin — 11 April, 2006 @ 4:14 pm

  4. Para mi es lo de siempre el reggaeton es musica barata, q solo consiste en tener sexo con ropa y q la mujer se debe sentir muy prostituta para bailar eso, ademas las letras incitan a la droga la violencia y el alcohol, q mas? hay musica mejor….

    Comment de Stymc — 15 November, 2006 @ 11:11 pm

  5. Considero que no es justo meter todo en un mismo saco, pero en líneas generales, me rehuso a escuchar y a bailar un tipo de música que denigra la condición femenina, como si se tratase tan sólo de un objeto sexual. Peor aún considero que es mucho más preocupante ver que son las propias mujeres quienes al escuchar las primeras notas de esta aberración musical, se levantan a hacer contorsionismo en una competencia por quién es más vulgar y más insinuosa, cantando a todo pulmón sin ni siquiera prestar atención a la letra, “sólo porque el ritmo es contagioso” Y eso no es todo, las madres aplauden e incitan a sus hijos a moverse al son de la música, para más tarde ver las nefastas consecuencias: Prostitución infantil, embarazos precoces y para ud de contar. Pienso que es un momento oportuno para discutir este tipo de contenidos en familia, ya que a pesar de que existe una ley resorte que no la prohibe y si lo hiciese sería más escuchada, debemos rescatar la comunicación en el seno de la familia para fortalecer nuestros valores como sociedad.

    Comment de Sofía Medina — 27 June, 2007 @ 7:08 pm

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