Lectores

A L. le encanta releer los clásicos. Vuelve a ellos por lo seguro, cuando no tiene a mano nada que la seduzca lo suficiente. Una tarde, volviendo a casa del trabajo, entró en una panadería cercana. Llevaba consigo La Ilíada. Compró pan y queso y colocó el libro sobre el estante para buscar el dinero en su cartera. Mientras espera por su vuelto, queda unos instantes en silencio frente al muchacho que la había atendido. Por los rasgos generales, parecía portugués. El muchacho inclina la cabeza para echar un ojo al título del libro. L. no sabe por qué, pero cuando esas cosas le suceden, se pone un poco a la defensiva. “La Ilíada”, dice el muchacho en voz alta. L. asiente, un tanto incómoda, y ruega porque le entreguen su dinero pronto. “A mí me gusta”, comenta el portugués, muy serio, “pero me gusta más La Odisea. Es más bonita. Esta es muy sangrienta”.

Se podría decir que los textos de Homero son conocidos mundialmente. Pero lo que le ocurrió un par de años antes es mucho más curioso. Sospechoso, diría algún paranoico. Iba en un bus con un libro de Augusto Mijares. “Lo afirmativo venezolano, si mal no recuerdo”, rememora ella. Aunque llegó a ser ministro de Educación, Mijares es poco conocido hasta por los venezolanos. Una amable agudeza suele acompañar sus reflexiones sobre la educación. Leerlo es escuchar consejos de un abuelo sabio que regaña con cortesía. Muy cerca de la puerta de entrada, iba L. con su libro y, en un momento inesperado, el conductor del bus, viendo de reojo, comentó, como hablando consigo mismo, suspirando: “Augusto Mijares. ¡Qué importante es leer a ese señor! Si lo leyéramos más este país no estaría como está”.

Hay que vivirlo para saber qué es un vagón de metro a las siete de la mañana. Leía un ejemplar de País Portátil de la edición del 73. Toda una reliquia. “Te lo presto, pero me lo cuidas”, le dijo el que se lo prestó. “Claro, vale, ¡por favor! No faltaba más” debió responder L. Leía y pensaba que ella, atravesando Caracas en el metro, leía a Andrés Barazarte atravesando Caracas en un bús. Sólo que hacían recorridos inversos. Él para La Pastora y ella para el este. De pronto, en medio del calor y el apretujamiento, sintió que las letras se le evaporaban. Un frío comenzó a subirle desde las piernas. Los sonidos del entorno comenzaron a hacerse huecos. El frío dio paso a una placidez enorme. Y nada más.
Despertó sentada en un asiento del vagón. Varias personas la rodeaban. Un funcionario del metro la estudiaba en silencio. “Despertó”, oyó que dijo alguien, y comprendió que se referían a ella. “Desmayarse en el metro”, pensó ella, “la forma más fácil de regalar tus cosas”. Sus ojos preguntaron por su bolso. “Todo está ahí, mi niña”, le dijo un moreno que, casi con ternura, se lo extendió. Tratando de no ofender, L. hizo un disimulado inventario de lo más importante: monedero, celular, llaves… ¿Y el libro?

L. tiene una risa de fácil aparición. Una risa limpia, sin recodos malintencionados. Pero en contadas ocasiones esa risa se vuelve misteriosa. Sucede cuando alguien intenta parecer inteligente, en una conversación, y no se le ocurre otra cosa que decir “es que en este país nadie lee”. En esos casos, la risa limpia de L. adquiere ese extraño matiz, ese misterio solemne que acompaña con un ligero vaivén de cabeza, de un lado a otro. Podría echar alguno de sus cuentos, pero se limita a decir: “hay de todo, no te creas”.

4 comentarios »

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  1. Caracas aún me acompaña aquí, en la rosada Miami, a través de un librito que editó Blanca Elena Pantin en el 2002. Se trata de ‘La Libertad del Espíritu’, de Paul Valéry y Antonin Artaud. Aunque es color naranja chillón, puede pasar desapercibido como el vecino de un vagón del Metro agarrado en la Plaza Venezuela a las 6:00 pm. Pero aún le sigue ‘metiendo mano’ a mis recuerdos de la ciudad. Tal como aquel abusador hizo debajo de mi falda cuando me quedé dormida, parada, de Chacaíto a Altamira. Al mendigo le metí un bofetón, pero… ?Podré hacer lo mismo con con el cadaver de Valery?
    “Jamás se impidió a nadie pensar como quisiera. Sería difícil; al menos que se tenga aparatos para rastrear el pensamiento en los cerebros. Se llegará a eso seguramente, pero todavía no es del todo así, !y no deseamos ese descubrimiento…! La libertad de pensamiento mientras tanto, existe -en la medida en que no está limitada por el mismo pensamiento.” (Valery & Artaud, 60)

    Soooo?…. (como dicen en adorable spanglish)

    “Es muy bonito tener libertad para pensar, !pero aún hay que pensar algo!” (Valery & Artaud, 60)

    A ver, ¿Qué piensan que piensa su vecino sobre el terruño? O peor aún ¿Qué piensan usted?

    Niños que juegan con una chupeta, sin cédula de identidad. ¿Verdad, ciudadano?

    Comment de Ytaelena López — 24 February, 2006 @ 4:27 pm

  2. La verdad es que la gente si lee: antes del cable y dado lo malo de la TV, amén de un toque de queda general a las 8 p.m., creo que la gente adquirió la costumbre de leer, las editoras de periódicos nos dieron esas colecciones de clásicos, de literatura latinoamericana, de enciclopedias, que a bajo precio ponían libros en manos de uno. No puedo sino reirme de lo del robo de libros, es común y creo que el ladrón no se siente como tal, en realidad es un alabo al escritor y un consuelo tonto para el lector :-)
    Me hace gracia el título del post, porque hace unos minutos me enfrasqué, quizás en otro ámbito - en “El país de los equivocados, no pude dejarte el enlace - en una de defender a los lectores, esa masa retadora para el que escribe, traidora, impredecible, maravillosa, termómetro del éxito. Saludos!

    Comment de Martha Beatriz — 24 February, 2006 @ 4:55 pm

  3. Lindo. Me ha parecido así con frecuencia, Tower: L. termina dejándote la imprensión de tener muchas más historias de las que cuenta.

    Pero quien quita, a lo mejor un día de estos termina por animarse a montar su propio Overheard en Caracas, ¿no?

    Comment de rodrigo coll — 25 February, 2006 @ 3:08 am

  4. Sí, Rodrigo, en efecto, esa es una impresión compartida, que raya en la certeza.

    Comment de ChamanTower — 25 February, 2006 @ 5:15 pm

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