Tierra de gigantes y de enanos

Mil doscientos kilómetros bajo unas condiciones imposibles de concebir desde el calor de este eterno trópico. Sesenta y seis días de camino (y aquí, decir camino, es un decir), con temperaturas de cuarenta grados bajo cero. En el desierto de hielo el viento corta con la presteza y la precisión del rayo. El infierno blanco, el ardor helado de los ejes que mueven esta piedra gigante en la que vivimos (y cabemos) todos. El lugar donde convergen todos los husos horarios. Todas las horas y ninguna hora. El lugar sin tiempo. Marcus Tobía, Carlos Calderas, Martín Echevarría, Marco Cayuso y Carlos Castillo, expedicionarios venezolanos del Proyecto Cumbre, tenían como norte al más absoluto sur. Es como para subirle la estima a los venezolanos, y alejarlos siquiera un poco de las consignas bobas y mezquinas.
Sacarlos de ese ajedrez gigante jugado por enanos.
“Fue muy duro llegar hasta aquí. Es verdad que se siente muy agradable haber completado la ruta, pero eso sólo fue posible porque había una gran fuerza interior. Físicamente salimos muy bien, pero el tiempo bajo estas condiciones debilita al cuerpo y llega un momento en que sólo tienes la mente para seguir haciéndole frente al reto; es allí donde toma fuerza ese peregrinaje interno”, confiesa Cayuso. “Por supuesto que estamos alegres –completa Tobía-, llenos de felicidad, orgullosos y satisfechos por el logro, pero también aliviados, porque al llegar le volvemos a decir a Venezuela que es posible alcanzar las metas, por difíciles que parezcan”. Parece poco. Mirando hacia adentro, concentrándose, poniéndolo todo en el esfuerzo supremo. Sin utopías colectivas ni milagros celestiales ni más líderes que uno mismo. Sólo la fuerza interna, que es superior a la del músculo.
Hay que tener hálito de gigantes.
Muy, muy lejos de allí, desde el aire acondicionado que los protege del clima tropical, sentados en las cómodas butacas de sus cómodas oficinas, unos hombrecitos pequeños (los enanos) se ven gigantes por sus guardaespaldas, por sus arbitrariedades, por su capacidad de abusar y por su derecho a ejercer la intolerancia. Hombrecitos que, se repiten a diario, llevan las riendas. Manejan el coroto, como se dice en criollo. Hombrecitos orgullosos porque están haciendo la Historia. Hombrecitos contentos con sus vidas de poderosos y sus vertiginosos ascensos y sus rústicos de lujo que nunca han visto la vida natural. Pequeños hombrecitos que no pueden ver a los verdaderos gigantes.
¡Salud al Proyecto Cumbre!

Las rejas como metáfora

Tal como ya lo había prometido en un post anterior, hoy entrego el segundo texto de la visita de nuestro amigo Subal a Caracas, en la cual diserta sobre la vida enrejada de los caraqueños y comenta una visita que hizo a la casa de Aquiles Nazoa. En el original, Subal lo tituló De com saltar una reixa (De cómo saltar una reja). Otro punto de reflexión sobre una mirada extranjera a nuestro modo de vida. Espero lo disfruten.

El diablo los quería a todos entre rejas y creó el tráfico de cocaína. Así fue que entre todas las castas surgió el hierro forjado como elemento unificador, como nexo de unión de los habitantes de la ciudad atribulada, de la puta excesivamente bella que es Caracas. Rejas y barrotes, todos a cumplir condena.
Rejas y barrotes de color negro, de color blanco, hilo espinoso, circuitos internos de televisión. Del rancho más escandalosamente pobre hasta la urbanización más escandalosamente rica, todos bajo los efectos narcotizantes de la maldición de la cocaína, que genera pobreza, que genera más cocaína, que genera más miseria, que genera bandas, que genera corrupción, que genera más pobreza, más pobreza de espíritu, más ganas de huir, más ganas de armarse hasta los dientes, más rejas. Plomo contra el hampa, canta una pared.
Y la ciudad se desangra lentamente y deja ir un líquido espeso, líquido de frenos, sangre roja, crudo de Maracaibo, un charco de agua sucia en un cráter de Avenida Libertador. Como D.F., como Managua, como Guatemala, como Medellín.
Las rejas como metáfora. Infinita tristeza. Las ventanas, las puertas, las salidas de aire: todos enrejados, todos entregados. Cada vez hay más muros en la ciudad de la eterna primavera. La política no sabe, no tiene ná que ver, me aseguran unos y otros. Los muros, cada vez más altos.
La única casa de Caracas que he conocido sin rejas, la casa más alegre, la más luminosa, fue la del finado poeta, humorista, narrador brillante de toda una época desaparecida de Venezuela, Aquiles Nazoa [nota de subal; http://www.arrakis.es/~joldan/anazoa.htm#3 ] , uno de esos artistas del que uno se haría amigo de inmediato.

Su casa es un ático y no tiene timbre; has de pegar un grito, así, ueeeeeeeeoooo, y entonces se escucha un panita, nieto de poeta, que te dice ya vaaaaaaa, y en un minuto el chiquito te da la bienvenida en el portal. En el ático, un hecho sorprendente; dejan la puerta entreabierta. Hay unas viejitas que charlan y se ríen, tertulias en grave peligro de extinción, máscaras bolivianas de hace más de un siglo, caricaturas dedicadas, cuadros de artistas, alguno de ellos catalán.
Sobre la mesa una galletas hechas por las yayas y un té exquisito. Las anécdotas sobre Aquiles van y vienen. Era un hombre magnífico, estoy seguro. Cuentan que la primera vez que ejerció de preso político fue durante la brutal dictadura de Pérez Jiménez. El panita quería ver llegar el Spirit of Sant Louis de Lindbergh en el hoy desaparecido aeródromo de Caracas y se subió a una verja. Mal vamos.
También dicen que un día, un Nazoa, esta vez no el poeta sino su hermano, creo, se acercó al palacio de Miraflores con intención de charlar con el presidente de turno. Le cerró el paso un vigilante con un enojoso Y tú qué quieres. Y ese tal Nazoa se volvió sobre sus pasos y encontró una silla. Y volvió a palacio con su silla y se sentó delante del vigilante y le soltó sus peculiares voluntades. Panamérica. Libertad. Justicia. Cultura. Educación. Y horas estuvo sentado ante el vigilante. Éste último, pasmado y rascándose el cogote, observaba cómo el círculo de curiosos se iba haciendo cada vez mayor. El presidente recibió por fin en audiencia a ese otro Nazoa, de quien no recuerdo el parentesco con el Poeta.
Eran otros tiempos. Tiempos sin demasiadas rejas, de cielos más azules, de la Caracas que bien pudiera ser París, una ciudad que, gracias a A., L. y a mi querida y única aliada M. reapareció como un espíritu que transformó por unos momentos las avenidas maltratadas, malqueridas, regalando minutos de antigua y eterna esplendor al único turista que vagaba por la ciudad de la eterna primavera.
Esa tarde quizás sentí sobre mi cabeza la brisa que el aeroplano de Lindbergh cultivó en los cielos de Caracas, antes de que las rejas y los barrotes de la realidad me nublaran, de nuevo, la mirada.