Los colonos de la autopista
Gramovén es un laberinto infinito. Es una de las grandes favelas de Caracas. Sólo Petare la supera. Y esos cerros que unen, en un punto, a La Vega, El Cementerio y El Valle. Un punto de encuentro en el que se pierden las fronteras. Pocos son testigos de esas calles. Sólo los que viven por allí tiene el salvoconducto. A veces se vence sin que las víctimas se enteren. Una vez, hace más de quince años, me aventuré a buscar en Gramovén a una señora que hacía trajes a buen precio y buen acabado. Que era “una maravilla”, me dijo el que me pasó el dato, que luego haría de guía. A los veinte años uno se supone invencible. Frente a la puerta de la casa (un poco más allá de los silos de la empresa que dio nombre al sector), eché un vistazo hacia el paisaje que me llamaba en silencio. Adentro, mucho más adentro de lo que habíamos recorrido, que yo juraba que era bastante. La vista se perdía en los cerros que se sobreponían, unos tras otros, pintados de ladrillo y de zinc. Una ciudad profunda, asombrosa, pegada a una punta de la otra ciudad. Como un apéndice enfermo. Alguien que vivía allí me comentó, ante mi estupor, mire, hermano, usted no se imagina esto de noche. Cuando se va la luz, y los malandros aprovechan para matar sus culebras, lo que se escuchan son detonaciones y los gritos de los puyaos “¿Puyaos?”, pregunté inocente. Puyaos, apuñaleaos, pues. Que cuando es con puñal lo que se escucha es el grito. Me imaginé de noche, en un punto a kilómetros de donde me encontraba, allá adentro, y conservo intacto el asombro. Ese narrador espontáneo definitivamente supo marcar diestramente en mi recuerdo una treintena de palabras.
Eso fue hace 15 años. Hoy esa ciudad no oficial llamada Gramovén debe ser mucho más vasta e intrincada de lo que la vi. Más inmanejable. Más irreversible. Desde 1958, por conveniencia electoral y desidia, los gobiernos dejaron crecer esos barrios montados en los cerros que bordean la autopista Caracas-La Guaira, los que encontraron su conexión con la ciudad por la Cortada de Catia (hoy con la estación del metro de Plaza Sucre conectándolos con el resto de la ciudad). Desde Gramovén, Plan de Manzano, las últimas calles de San Isidro, en Altavista, esa precaria ciudad fue creciendo y complicándose, a la vera de la autopista que unía a Caracas con su puerto y su aeropuerto. Con el mundo, pues. Ese universo aparte del que apenas alcancé a ver un pedacito, hace quince años, se puede vislumbrar en su extensión cuando se transita por la autopista. Todos esos cerros que se ven cuando se baja desde Caracas se comunican internamente, a través de calles y callejones, con su crecimiento anárquico, sus servicios públicos robados, su transporte en manos de cooperativas (privadas, después de todo), su permanente estar al borde del colapso. Casi cincuenta años creciendo de forma orgánica, cada vez más cerca de la autopista, cada vez más peligroso. Cada vez con más vidas en juego. Lo del barrio Nueva Esparta es apenas una tímida muestra, una uñita del asunto. ¿Cómo desalojar Gramovén cuando se suceda otro deslave? ¿Cómo prevenir otro colapso? ¿Dónde reubicar a… cuatrocientas mil personas? ¿Me quedo corto en la cifra, Hernán?
El fotógrafo Nicola Rocco se montó en un helicóptero en compañía del piloto Noel Pérez y un curador de la Fundación para la Cultura Urbana y realizaron quince vuelos sobre nuestra ciudad, en un proyecto denominado Caracas Cenital. El producto de ese trabajo se divulgó en una exposición del mismo nombre, y en un fascinante DVD, que contó con el patrocinio de la fundación, de Econoinvest y de Chevrón Texaco. Las imágenes son tan sobrecogedoras como maravillosas. Caracas es tan abigarrada, variada e incomprensible desde arriba como desde abajo. Vernos como nos ven los zamuros que, desde lo más alto, planean sobre Caracas, es una experiencia única. La foto que acompaña este post forma parte de esa colección. Es tan, pero tan impresionante que bien amerita comentar sobre esas increíbles imágenes en post(eriores) entregas. Mientras, un vistazo a los colonos de la autopista muda.
Premio 11 de abril otorgado por 















A LOVECRAFT LE DARIA UN INFARTO… HASTA LUEGO
Comment de PINO — 22 January, 2006 @ 5:00 pm
Hola: te visitaba para conocer tu blog, está muy bueno, te felicito, lo leeré a menundo.
ApóstolCarlos
Comment de Apostolcarlos — 22 January, 2006 @ 6:18 pm
Bueno, gracias, espero tenerlos por aca de cuando en cuando, cada vez que quiera conversar sobre Caracas.
Comment de ChamanTower — 22 January, 2006 @ 6:30 pm
¡Hola Héctor!…
El libro “Caracas Cenital” –que luego fue también una exposición– es, como dices, sencillamente maravilloso y sobrecogedor por las imágenes que nos muestra de una ciudad que, por lo menos en mi caso, no había podido ver de esa especial manera que Nicola Rocco ofrece.
Así como comentábamos que el problema de la buhonería nos hace víctimas a todos, de alguna forma la situación de los barrios de Caracas también. Y estoy convencido, Héctor, de que es por causa de una absoluta indolencia, desprecio y negligencia de los distintos gobiernos que se sucedieron cada lustro, más lo que va del actual angustiosamente, desde que comenzó eso que se ha dado por llamar el periodo democrático en Venezuela.
En la Facultad de Arquitectura de la UCV ha trabajado un grupo de profesores e investigadores en el fenómeno de los barrios caraqueños. Son personas sensibles y conocedoras de las vivencias, historias, anhelos y dificultades de distintos pobladores de esas agrestes localidades de nuestra urbe. Sé que en la escuela de Psicología Social también han trabajado investigadores al respecto. Los profesores Esther Wiesenfeld y Euclides Sánchez son para mí una crucial referencia. Él tiene un libro muy hermoso, fruto de una investigación de casi 20 años, titulado “Todos con la ‘Esperanza’. Continuidad de la participación comunitaria” en el cual presenta los temas de la participación y el liderazgo, a partir de la desafortunada circunstancia que vivieron varias familias de un barrio llamado El Nazareno, en la zona de Casalta, en 1980. En los anexos del libro hay un relato de la experiencia vivida por dos de sus protagonistas que es conmovedor e ilustrativo de cómo los gobiernos, en el rango que sea, perturban más que colaboran. De hecho, un gobierno no sabe “co-laborar” porque requiere que se le esté dando reconocimiento para seguir “capitalizando” réditos políticos, más bien, politiqueros. La arrogancia de los gobernantes, en cualquier instancia es uno de los males mayores que tenemos como sociedad. Para mí queda demostrada con cada valla “informativa” de las obras públicas.
Entre esos profesores de la FAU que te refería están las arquitectas Teolinda Bolívar e Iris Rosas. Esta última presentó recientemente un trabajo doctoral en el que mostraba la cultura constructiva de los pobladores de unos barrios en Caracas; cabe decir, lo que hacen los constructores populares y, a mi juicio, en definitiva, habla de la arquitectura que producen. Otros de los profesores son Federico Villanueva y Teolinda Bolívar. El enfoque de sus estudios ha estado dirigido a dotar a los barrios de la infraestructura urbana necesaria para habilitarlos. La profesora Villanueva fue nombrada directora de CONAVI durante el año 98 y ellos, a mi entender, propiciaron uno de los sucesos más interesantes de la arquitectura venezolana en los últimos años: ayudaron a cambiar de paradigma y comprender que los barrios son ciudad, cosa que ya desde 1988 la ley Orgánica de Desarrollo Urbanístico señalaba. En pro de este reconocimiento convocaron a una serie de concursos de arquitectura para trabajar en esas obras de infraestructura; trabajos que debían abarcar tanto las necesarias sedes para las asociaciones comunitarias, ambulatorios, escuelas, pasando por viviendas y condominios y atendiendo incluso en igual o mayor grado de importancia las escaleras, colectores y distribuidores de aguas, vialidad, etc. En fin, todo lo que fuese necesario e importante para elevar indiscutiblemente el nivel de vida de los pobladores de barrios. Este mismo gobierno ha castrado el buen avance de esa experiencia, apenas unas pocas obras han visto luz. Entre ellas para mí destaca la del arquitecto Joao De Freitas y su equipo en el barrio Los Paparos de la Vega: se convirtió un canal de aguas negras y sumidero en un paseo peatonal y espacio deportivo indiscutiblemente digno de cualquier espacio civilizado.
Todo esto lo comento Héctor porque sí, tal vez te quedas corto con el número de personas que habitan Gramoven. Pero apunto a que si el Estado cumpliera su papel, probablemente podríamos ponernos de acuerdo para ir a tomarnos unas cervezas en alguna placita, algún buen rincón de alguno de los barrios de Caracas, donde alguna señora preparará comidas dignas de probar, algún sastre trabajará excelente y en fin, hallaremos los productos de labores artesanales respetables o maravillosas.
Los barrios de Caracas y de todo el País demuestran flagrantemente lo que afirma el profesor Alfredo Cilento (Cambio de paradigma de hábitat, CDCH, 1999): que el Estado ha fracasado al asumir enfoques cuantitativos y mal planificados sobre el problema de la vivienda y los asentamientos urbanos espontáneos (o por invasión). El desalojo es una medida extrema y sigue siendo una acción que desconoce la historia y vivencia de las personas que lo sufren.
Detengo aquí esta nota, pero quería hacerla para mantener contigo este extraordinaria oportunidad de conversación epistolar sobre nuestra ciudad, que propicias con tu bitácora.
Un abrazo fraternal.
H.
Comment de Hernán Zamora — 31 January, 2006 @ 4:27 pm
Un texto tan interesante que más que una respuesta amerita un análisis en un futuro post. Muchas gracias por esa colaboración, Hernán, y por el tiempo. Qué bueno es encontrar con quién compartir pasiones comunes por la ciudad que tenemos.
Comment de ChamanTower — 31 January, 2006 @ 4:47 pm
¡Igualmente agradecido…!
Buen día.
H.
Comment de Hernán Zamora — 1 February, 2006 @ 11:21 am