Una ciudad para Ridley Scott
Cedo este post a Subal Quinina quien escribe desde Barcelona La Segona Perifèria. Subal escribió un post dedicado a Caracas luego de su visita a nuestra ciudad durante el pasado mes de agosto, y gentilmente lo tradujo al español para compartirlos con los lectores de Ficción Caracas. Siempre es interesante una mirada virgen a los paisajes urbanos ajenos. El post original se tituló: Una ciudad de eterna primavera.

Vigilad. El peligro se intuye en cada esquina, en cada calle mal pavimentada. La iluminación paupérrima de las calles invita al crimen. Chevrolets ruinosos. Semáforos decorativos. Los caraqueños, por dios, conocen palmo a palmo su extensión natural, que es el coche. Se sumerjen en el tráfico y en el caos amparados por una extraña aura que los vuelve infalibles. Si entre esa farola y ese chevrolet con la salsa a todo trapo es imposible que pase un pizzero de Sants, fíjate qué hará ese caraqueño al volante de su turismo. Milagros, chamos.
Caracas es incomprensible a primer vistazo. Al segundo también. No os molestéis en entender nada. Si alguien que te dice que entiende la vida es un imbécil, pues lo mismo pasa con Caracas. Caracas no es Caracas; son distintos municipios, con sus propias leyes, con sus propias reglas. Dime en qué municipio vives y te diré quién eres. Caracas no se entiende si no se entiende el peo. Como el peo será el capítulo 6 de Mis vacaciones de verano, pues estaréis en la misma situación que yo.
Habéis visto Blade Runner. Yo también. La noche de Caracas runrunea a turbina. El gallo que dejó olvidado el chamo del tercero, de quién ya nadie sabe nada, canta las madrugadas con la papada de Serrat. El sonido sube y sube por entre las paredes de gris crepuscular de los bloques de pisos y por entre las ramas de las ceibas desbocadas de más de treinta metros que rascan las fachadas y me llega a mí, el sonido del gallo que hace ruido a turbina. Me levanto y me fumo un cigarro. Las cinco de la mañana. Oigo un claxon de camión cisterna. Los bomberos, como los gallos, son los primeros en anunciar el nuevo día.
Recuerdo el tránsito de los anocheceres por las arterias principales de la megalópolis. Los mosaicos de luces ahora azuladas, ahora amarillentas, quizás cálidas, cuadriláteras en los edificios de apartamentos humildes. Y como en una atmósfera irreal, el universo de lucecitas que hacen chiribitas en los montes, son los barrios. Estás loco si vas de noche. Eres un jodido imprudente si te atreves de día.
Y uno llega a casa, y ve las ceibas y los grillos que piden lluvia, y los buhoneros que plegan velas y guardan su economía informal en almacenes antaño tiendas de discos, de ropa, y los policías motorizados se tocan la bragueta y miran al cielo, y yo miro al cielo, y éste se abre en canal y de sus entrañas nace una puesta de sol bellísima, rojísima y pienso que algún día el bosque ganará la partida a la ciudad y cuando ya nada sea, acampará a sus anchas por barrios y avenidas, y lo salvará todo. Ella, a mi lado, suspira;
- A este país se lo llevo el diablo.
Premio 11 de abril otorgado por 














