Cuando ya no queda mucho que decir

La confrontación política del país desconoce la palabra tregua. Suponer que porque el gobierno conquistó el poder en todas sus instancias y rincones vendría una suavización del lenguaje, era una quimera que pronto veríamos desvanecerse. El más reciente escenario de esta confrontación (que será constante en este período de nuestra historia contemporánea), de esa visión militar de la política en la que el enemigo hay que acorralarlo para que negocie en desventaja, es el del arte; específicamente el del cine.
Los contendientes (gobierno/oposición) estuvieron representados por dos cintas, estrenadas ambas en el segundo semestre del año pasado: Secuestro express (Jonathan Jakubowicz) y El Caracazo (Román Chalbaud). De la primera, su director ni siquiera se sabía en contienda. En varias ocasiones dijo no sentir que su obra fuese antichavista, y que en el equipo de producción había personas que sentían inclinación a favor y en contra del gobierno. Sin embargo, tuvo que esperar poco para entrar involuntariamente en la batalla. El escándalo se inició con la secuencia de los tiradores de Puente Llaguno. De inmediato, al reparar en esa escena, de parte del gobierno se escucharon los más duros ataques al film. “Es una expresión de ese odio de clases, de esa falsificación de la verdad, es una película miserable que no tiene nada de artístico”, señaló, en su acostumbrado lenguaje, el vicepresidente de la República, José Vicente Rangel. Solicitud de medidas cautelares y de autocensura en la edición, no tardaron en hacerse oir de diversos voceros del régimen. Las declaraciones de Rangel decretaron el inicio de los ataques.
Eso ocurrió en agosto, cuando la cinta fue estrenada. Ya entonces se encontraba produciéndose su contraparte. El aire de revancha se podía oler. El 2 de diciembre se estrenó El caracazo, la versión del veterano realizador Román Chalbaud, de los sucesos de febrero de 1989. Muy al contrario de las opiniones emitidas contra la cinta de Jakubowicz, los más altos funcionarios del gobierno no escatimaron elogios hacia la cinta. El mismo Chávez “pidió aplausos para él (Chalbaud), sobre todo porque con la filmación les obsequió un maravilloso regalo a los venezolanos”.
Y, a diferencia de Jakubowicz, que nunca emitió juicio sobre su posición política, y negó en todo momento el carácter escuálido de la cinta; Chalbaud afirmó que “antes de Chávez me sentía escéptico… Ahora agradezco estar vivo para ver lo que está pasando y vivir la revolución”, agregando que El Caracazo “dividió el Ejército entre los que estaban dispuestos a disparar contra el pueblo y los que estaban en contra de hacerlo, entre ellos Chávez”. La foto que acompaña este post, por cierto, es en tiempos de la revolución bonita.
De los sucesos de El Caracazo, y luego de ver la cinta, Chávez comentó, nostálgico: “Yo trabajaba en Miraflores, ¡que casualidad!, y me tocó vivir ahí como un primer acto, era el mayor Chávez, allí un primer acto. Luego en Fuerte Tiuna, luego en mi casa y llorar, recibir cuántas noticias, cuántos mensajes, luego el retorno a Caracas y luego el dolor de sentirse uno soldado de una fuerza utilizada por un Gobierno para masacrar a un pueblo”. Curiosamente, uno de los protagonistas de El Caracazo ostenta una asombrosa similitud con ese personaje que el mismo Chávez describe de sí mismo.
Pero además de las actitudes de los realizadores, otra diferencia sustancial entre ambas cintas, lo constituye el aspecto económico y la rentabilidad. Mientras que la cinta de Chalbaud tiene el record de ser la producción cinematográfica más costosa de la historia del cine nacional, a un costo de millón y medio de dólares (con el total respaldo del gobierno nacional), Secuestro express fue una producción independiente, cuyo costo fue apenas de 300 millones de bolívares (un poco más de 120 mil dólares, menos de una décima parte de la anterior). Por otra parte, a quince días de su estreno, la cinta de Chalbaud recaudó por taquilla apenas 552.382.750 bolívares (un déficit cercano a los tres mil millones de bolívares). En un período de tiempo similar, Secuestro express recaudó más de un millardo de bolívares (o sea, triplicó el dinero invertido). A
pesar del déficit en taquilla, desde Cuba (donde su cinta fue premiada) Chalbaud afirmó que la misma ha tenido buena taquilla, agregando que “la gente llora cuando la ve”.
Pero, mención política aparte, la verdad es que El Caracazo no ha tenido buena acogida. “El Caracazo no es siquiera una pésima obra cinematográfica. No es siquiera un documento. Es la venenosa confirmación de una realidad cada vez más inobjetable: la senilidad no es cosa de juegos. La responsabilidad importa poco cuando ya no queda mucho que decir: esa película no soportaría una revisión técnica, mucho menos una lectura histórica. Y aquí no puede ser excusa la falta de presupuesto, se desaprovechó una gran oportunidad que, seguramente, tendrá sus consecuencias. Después no vengan sus productores a decir que el público venezolano es maluco y no quiere a su país porque no apoya al cine nacional“, reseña la revista Platanoverde, luego del estreno de la obra de Chalbaud. Y conste que no es una revista conocida por su excesivo sesgo político.
Concentrarse en el pequeño y abigarrado universo de la obra en proceso es ya suficiente esfuerzo para el creador como para además tener que agradar al financista. Y más cuando se trata de una biografía por encargo. No es casual que el gran crítico de la sociedad fracase estrepitosamente en su primer trabajo como apologista del poder de turno. En el arte, ese compromiso, esa alianza con el poder, suele pagarse caro, Chalbaud.