Historias de la calle Lincoln

Cuando alguien del extranjero quiera recorrer las calles que sirven de fondo de algunas de nuestras novelas, como Historias de la Calle Lincoln, Piedra de Mar y País Portátil, se va a llevar la inmensa decepción de saber que sólo viven en esos libros. El bulevar de Sabana Grande, el Gran Café, el Callejón de la Puñalada, El ¿Tío Pepe?, El O´Gran Sole… Todo sucumbió a una cultura del desamor, de la conquista y el colonizaje, de la destrucción. Ahora ese bulevar que vive en algunas de nuestras novelas más queridas, es el imperio de la cinta de embalaje, de las sombrillas y de los tarantines de tablas, plásticos y tubos. De la economía del contrabando, de la basura china y de los negocios ilícitos encubiertos. La estrategia no fue llevar la ciudad al barrio, sino extender el barrio a la ciudad. ¿Quién gobierna el bulevar? ¿No es eso, también, depredación de la más salvaje; agresión al medio ambiente, transgresión de las más elementales normas de higiene? Si el bulevar no es para caminar sanamente sino para resolver un problema de desempleo, a ese costo, ¿no podríamos llamar a eso capitalismo salvaje? Sin duda, salvaje es el asunto.
Cuando todos los espacios de una ciudad se saquean, con una visión utilitaria, con la consigna tácita de que hay que servirse hasta de su último rincón (cultivos endógenos, buhoneros, mercados), se asesina su espíritu. ¿Por qué hacer ferias de todo en el Parque del Este? ¿Por qué hacer megamercales en las autopistas? ¿Por qué no se puede caminar en el bulevar de Sabana Grande? Una ciudad irrespetada es una ciudad muerta. Y una ciudad muerta, enferma a sus ciudadanos.
Caracas, la malquerida.
Premio 11 de abril otorgado por 














Hola, entiendo perfectamente tus sentimientos acerca tu ciudad; he estado en ella. Aún así, déjame recordarte una frase de Bolaño. “La literatura se instala en el terreno de la colisión y el desastre”. No quisiera parecer frívolo, sé cuán duro puede llegar a ser vivir en Caracas, pero creo que una forma de tomarse la situación es revertirla; la ciudad de Caracas puede llegar a ser un perfecto escenario literario. Revertir el desastre en oportunidades (literarias). Las historias que los venezolanos me contáis, ya las quisiera yo para mi y mi escritura. Repito, disculpa si te suena banal y frívolo.
salud.
Comment de subal — 3 January, 2006 @ 7:28 pm
Es cierto, Subal. De hecho, mucha de la nueva narrativa venezolana comienza a alimentarse de esa nueva realidad. Cuentos como los del libro Sólo quiero que amanezca, de Oscar Marcano; o el cuento Escritores famosos, de Alberto Barrera Tyzska, se asoman en esa Caracas convulsionada por la irracionalidad política, y por la desidia de sus habitantes. Pero, ese permanente paisaje lunar, cuando podemos recordar momentos más luminosos; ese permanente alejarse de ninguna parte en que vive nuestra ciudad… No sé, estoy seguro que se podría volver al Madrid o al Buenos Aires de algún pasaje literario y encontrarlo intacto. Caracas nunca está. Caracas pareciera desmoronarse día a día.
Comment de Héctor Torres — 3 January, 2006 @ 7:44 pm
Mis saludos Héctor, sabes no hace mucho tiempo podía recorrer librerías y librerías, y después sentarme a tomar un café. Mis idas a la capital, se sumaban en eso, visitar los espacios y sentir la frescura de lo que te llega como piedra de mar.
Bien amigo
Bien, siempre es agradable saber aún exoste un Massiani y muchos más, que alejen esa imagen decaída de Caracas.
Milagro Haack
Comment de Milagro — 3 January, 2006 @ 10:15 pm
Yo hablé de esto en el post de los militares: Eso que indica Milagros, la bohemía de pasear por la ciudad es una invitación a un hecho violento. No hace tanto ma alojé en el Hilton, y cuando dije que iría al Café del Ateneo, que es solo cruzar la calle, hasta a los porteros de Hotel les pareció una temeridad. Procuramos mantener a Caracas viva en nuestros recuerdos, pero para los que no la vivimos, es un golpe al corazón cuando las encontramos invadida, en ruinas, cual ciudad en plena guerra.
Comment de Martha Beatriz — 4 January, 2006 @ 3:40 pm
Esta desidia (o populismo) de no limitar la actividad de los buhoneros, prácticamente se ha convertido en una no decretada privatización del espacio público. Es paradójico, dado el discurso de moda del poder de turno. Cada buhonero se siente dueño de su pedazo de calle y va a luchar por ella como el que siente que lucha por su propiedad. ¿Cómo volvemos a tener las calles para los peatones?
Comment de ChamanTower — 4 January, 2006 @ 3:55 pm
Querido Chamán, qué gusto tenerte por estos lados con este lujo de blog.
Todos los que caminamos Caracas como el Carecorcho de Massiani, con la música de Evio y contemplamos los graffitis de Lobo, lo hicimos en una época de culto a lo urbano, donde flotaba una deliciosa sensación de participar en la construcción de una ciudad poderosa, hermosa y peculiar. Hubiera sido un placer que las cosas continuaran cambiando pero que ahí siguieran nuestros símbolos. Sin embargo en algún momento Caracas dejó de ser el punto partida para el futuro y se volvió sólo el reflejo de lo peor del presente.
Los que en Madrid se enamoraron en El Retiro hace 20 años pueden volver allí a rememorar aquellos paseos sin que la ciudad se haya detenido. Lo mismo pueden hacer los que han crecido en Roma, México o Los Angeles. Puede que desaparezca un bar o un restaurante, pero las ciudades suelen seguir ahí, con una personalidad más o menos inalterable.
Sin embargo contarle los caraqueños de 20 años que antes había donde caminar y se podían tener aventuras nocturnas sin llegar con una bala en la cabeza parece una patraña senil. Ellos han encontrado pequeños refugios que con seguridad también desaparecerán, pues en este lugar destruir y construir forma parte del mismo acto.
Comment de Linus Lowell — 7 January, 2006 @ 12:50 am
Muy cierto, Linus. Ese es el punto del post. Supongo que la Fontana di Trevi sigue ahí, tan inalterable como la inmortalizó el cine. O ciertos paisajes de Madrid. O de Ciudad de México. O de Río. Incluso cuando se pretende construir, se destruye a Caracas. Impresiona enterarse que pueden demoler un edificio de los años cincuenta, en la avenida Urdaneta, para hacer un mamotreto de espejos, porque suponen que eso le da más vistosidad al paisaje urbano. No sólo es desdén, es algo peor: es ignorancia. Y gracias por la bienvenida, caro amigo.
Comment de ChamanTower — 7 January, 2006 @ 1:31 am
Caminar por el bulevar de Sabana Grande forma parte de mi cotidianidad y es, también, el lugar de no pocos recuerdos. Como arquitecto representa indudablemente un problema complejo, como ciudadano, un problema vital.
Hace pocos años, dos o tres, caminaba entre los tinglados de buhoneros despotricando íntimamente por la precariedad, salvajismo e insalubridad del ambiente, como tú bien reconoces y afirmas. Pensaba en la ironía que significaba el hecho de que si yo tomaba cualquier objeto de alguna de esas mesas y pretendiera irme sin pagarlo, sería atacado y acusado de ladrón; mientras que el espacio público, mi derecho a circular libre y adecuadamente por un lugar de la ciudad a la que pertenezco, era y es tomado sin que ello sea calificado efectivamente de delito. Sin embargo, tuve que tragarme mi malhumor y mis prejuicios cuando en un instante miré a un rincón entre esos tinglados y vi, sentadito sobre unas cajas y con un cuaderno apoyado en sus rodillas, a un niño que aún con su uniforme escolar intentaba hacer su tarea. Sentí que esa imagen me exigía reconocer la dimensión del problema en una forma que yo estaba ignorando –y que es muy difícil de atender: la convivencia, es decir, la vecindad que nuestra condición de seres urbanos nos impone. Ello pasa por el respeto mutuo ¿qué lo define?, ¿cómo lo practicamos? Es algo que no se decreta, que no se norma o legisla. Es algo que apenas se cultiva, formándonos, siendo conscientes. ¿Cómo lograr eso en nuestras sociedades contemporáneas productoras de individuos y no de seres sociales? Las religiones y la educación cívica han perdido su capacidad para lograrlo; no es tarea del Estado porque desde aquella cultura es que este recibe la posibilidad de su definición. La familia, núcleo generador de toda sociedad, entonces, está sola, desprovista de cualquier apoyo y con recursos cada vez más escasos cuando no contradictorios.
Sólo un orden socialmente construido, fundado sobre la práctica de una justicia crítica y perfectible puede ofrecer, quizás, un camino.
Bueno, disculpa la extensión de este comentario. Recibe un fraternal saludo y mi sincero agradecimiento por la oportunidad que me brindas de conversar contigo.
H.
Comment de Hernán Zamora — 11 January, 2006 @ 4:58 pm
Excelente comentario, Hernán. SIn duda, nos obliga a dar otra mirada al asunto y descubrir que, al fin y al cabo, todos somos víctimas. Según leí en un trabajo sobre buhonería, al alcanzar los tres años, el oficio se vuelve irreversible. Es decir, si un individuo que entró en la buhonería por coyuntura, llega a tres años en ese puesto, difícilmente se reabsorbe por el mercado formal de trabajo; ese, que debería tener prestaciones sociales y beneficios socioeconómicos. ¿Qué posibilidad hay de que ese niño que hacía la tarea no herede el negocio? ¿Para qué estudia con ese entorno tan poco estimulante? El problema da para muchos años y será de difícil solución. Por lo pronto, los peatones nos quedamos con menos espacios cada vez. Un abrazo, y gracias por tus comentarios tan agudos.
Comment de ChamanTower — 14 January, 2006 @ 4:38 pm
Hola otra vez, Héctor y muchas gracias por tus amables comentarios.
Me había quedado pensando en esta nota (porque además creía que el sistema no la había incluido). Quería agregar lo siguiente:
¿Qué quiero decir con un “orden socialmente construido”? Realmente no lo tengo claro –y esto me arroja al universo de los habladores de paja, sin duda alguna– pero lo intento, sólo que creo llegar a una tautología: un orden socialmente construido es aquel capaz de expresarse como un conjunto orgánico de todas y cada una de las personas que le dan realidad, es decir, el individuo sabe que no está en soledad, que su existencia está íntimamente unida a la existencia de sus congéneres aun cuando las diferencias de ser en este mundo pareciesen manifestar lo contrario. Desde ese estado de conciencia de que existo en comunión al otro, cuya existencia depende de mí en la misma medida, nos convertimos en seres humanos plenos. Pero eso no se decreta, eso no se obliga, eso no se induce con violencia ni artilugios manipuladores del ser. Eso sólo halla posibilidad de realizarse en un despertar profundo de la conciencia de ser humano.
¿Qué produce ese despertar profundo de la conciencia del ser humano? (Creo que casi me corto las plantas de los pies caminando sobre este delgado filo entre lo que pretende ser filosófico y lo que más bien está resonando a barata autoayuda). Una sociedad que, como una atmósfera plena de recursos para la existencia o como una tierra rica en humus, permite a un ser humano cultivarse de manera sana, creativa y respetuosa del milagro de vivir. De la comunión de seres humanos conscientes del valor de la existencia humana se construye un orden social que alentará a los que vendrán después de nosotros a continuar en el cuidado de nuestro bienestar en el mundo.
La sociedad no puede anular a los individuos que la constituyen y estos no pueden ignorar la sociedad que constituyen.
Quizás aún estemos muy lejos de inventar efectivamente esa sociedad. A lo mejor ya está inventada y lo ignoro –como tantas cosas.
Mientras tanto, ciertamente, los peatones nos vamos quedando sin espacios en Caracas, tal vez porque, en cierto sentido, como ya lo anotaron Picón Salas (en 1957) y Cabrujas (en 1988) esta ciudad está siempre a medio hacer, sobre sus ruinas, tolerando ripios y malhadadas presencias. Entre otras tantas obras, mientras se hacía la Ciudad Universitaria de Caracas se hacía también el Sistema de La Nacionalidad y, simultáneamente, la inversión privada erigía pequeños bloques residenciales a lo largo de una Avenida Victoria que celebraba el triunfo de los aliados y ornaba sólo sus fachadas hacia la avenida con una curiosísima mezcla de modernidad ‘bastarda’ junto a los recuerdo de añoradas ciudades por maestros de obras y artesanos que pisaron esta tierra gracias a una política de inmigración selectiva. Así todo el relieve se transformaba, frente a una montaña que también cruzaron torres eléctricas, un teleférico y fue coronada con un modernísimo hotel. Pero, paradójicamente, mientras todo esto acontecía, Caracas se hacía también cada vez menos pública, menos ciudadana: «La naturaleza seguía siendo nuestra única constancia, el resto es sol…(…) la ciudad que aún no hemos terminado de construir y mucho menos de disfrutar, se encierra en sí misma y renuncia a la fachada. Es una ciudad privada. Las casas se enorgullecen por dentro e ignoran al paseante. (…) Caracas es la perfecta negación de lo peatonal» (Cabrujas, 1988).
Porque las fachadas, al contrario de lo que se piensa, me atrevería a decir que le pertenecen a la ciudad, al espacio público, no al privado. Ellas son las paredes que junto a las calzadas y las aceras construyen las estancias de esto que llamamos nuestra ciudad. Los espacios de la cosa pública, de la República. Y ya sabemos para qué se ha hecho vida pública en este país: para hacerse del poder por el poder y cultivar individualismos, nunca para hacer, efectivamente, Política: cultivo y cuidado de la convivencia entre individuos libres y plenamente humanos. Hoy por hoy podemos decir que casi nunca para el cuidado de los espacios públicos, esos donde de hecho se da realidad a las ciudades, se practica la ciudadanía y se da existencia viva a esa idea que nombramos “país”.
Me despido Héctor. Excúsame por favor lo largo de esta nueva nota, pero es que el tema me apasiona.
Saludos fraternales.
H.
Comment de Hernán Zamora — 14 January, 2006 @ 9:56 pm
frefwf
Comment de y-j-v-14@hotmail.com — 5 November, 2007 @ 5:35 pm
eres
Comment de y-j-v-14@hotmail.com — 5 November, 2007 @ 5:36 pm