Historias de la calle Lincoln


Cuando alguien del extranjero quiera recorrer las calles que sirven de fondo de algunas de nuestras novelas, como Historias de la Calle Lincoln, Piedra de Mar y País Portátil, se va a llevar la inmensa decepción de saber que sólo viven en esos libros. El bulevar de Sabana Grande, el Gran Café, el Callejón de la Puñalada, El ¿Tío Pepe?, El O´Gran Sole… Todo sucumbió a una cultura del desamor, de la conquista y el colonizaje, de la destrucción. Ahora ese bulevar que vive en algunas de nuestras novelas más queridas, es el imperio de la cinta de embalaje, de las sombrillas y de los tarantines de tablas, plásticos y tubos. De la economía del contrabando, de la basura china y de los negocios ilícitos encubiertos. La estrategia no fue llevar la ciudad al barrio, sino extender el barrio a la ciudad. ¿Quién gobierna el bulevar? ¿No es eso, también, depredación de la más salvaje; agresión al medio ambiente, transgresión de las más elementales normas de higiene? Si el bulevar no es para caminar sanamente sino para resolver un problema de desempleo, a ese costo, ¿no podríamos llamar a eso capitalismo salvaje? Sin duda, salvaje es el asunto.
Cuando todos los espacios de una ciudad se saquean, con una visión utilitaria, con la consigna tácita de que hay que servirse hasta de su último rincón (cultivos endógenos, buhoneros, mercados), se asesina su espíritu. ¿Por qué hacer ferias de todo en el Parque del Este? ¿Por qué hacer megamercales en las autopistas? ¿Por qué no se puede caminar en el bulevar de Sabana Grande? Una ciudad irrespetada es una ciudad muerta. Y una ciudad muerta, enferma a sus ciudadanos.
Caracas, la malquerida.