Farruco, Sociedad Anónima / Teodoro Petkoff

Casi nadie sabe que detrás del Panteón Nacional se está construyendo un panteón particular para Bolívar. La obra está a cargo de la Oficina para Planes y Proyectos Especiales de la Presidencia de la República (OPPE), ahora convertida en Fundación, con la sigla FOPPE. Esta oficina está en manos de Farruco Sesto y el director de la ejecución de sus obras es el arquitecto Lucas Pou Ruan, no sólo amigo sino socio de Farruco desde hace años, en la firma “Sesto y Pou Consultores”, de la cual forma parte también Carlos Pou, hermano de Lucas. Esta empresa fue encargada de varios proyectos de construcción durante los primeros años del régimen. Posteriormente la firma fue disuelta y en su lugar apareció la contratista “Opus 18 Desarrollos C.A.”, cuyos socios principales son, mire qué casualidad, los hermanos Lucas y Carlos Pou. “Coincidencialmente”, esta empresa asumió la construcción de la Villa del Cine, en Guarenas, otorgada a dedo por el ministro Farruco Sesto a sus socios, con el argumento cínico de que tratándose de “una obra artística no era necesaria ninguna licitación”.

Recientemente, con motivo del bicententario del 19 de Abril, fue erigido en la plaza de San Jacinto un horrendo obelisco de 48 metros de altura. Chávez encargó de la obra a la FOPPE.

¿Quién levantó ese bodrio escultórico? Pues, mire qué nueva casualidad, aunque nunca se mencionó el nombre de la empresa constructora ni el costo de la plasta, quien declaró sobre ella, exponiendo todos sus detalles y “méritos” artísticos, fue el caballero Lucas Pou, directivo de la FOPPE, socio de Farruco. Chávez encargó de la obra a la FOPPE.

A todas estas, cuando Farruco fue designado viceministro de Cultura, todavía en el Ministerio de Educación, fue creada la empresa constructora “Pemegas C.A.”, cuyos directivos son los hermanitos Pou y un señor llamado Juan Luis Sesto, por pura coincidencia hermano mayor de Farruco, quien obviamente representaba sus intereses. Este Sesto vendió en mayo de 2007 el 33% de sus acciones a los otros socios, Pou y un tal Igor Flasz. Desde 2006, “Pemegas” forma parte de las contratistas de Pdvsa y ha realizado obras y prestado servicios, tanto a la petrolera como al Ministerio de Salud, al Inavi, a los ministerios del Ambiente e Infraestructura y a la Defensoría del Pueblo.

“Pemegas” ha tenido varios cambios en su directiva y en la composición de sus accionistas, pero siempre figuran los Pou. Por ejemplo, Lucas Pou y Flasz vendieron sus acciones, ¿y quiénes las adquirieron? Pues, entre otros, la señora Cecilia de Pou y la señora Judith de Flasz. Familia que guisa unida permanece unida.

Ahora bien, Señor Presidente, todo esto y mucho más está registrado y notariado.

En la edición de El Mundo del miércoles 9 de marzo aparece un amplísimo reportaje sobre este caso de atraco a la Nación, con todos los detalles sobre la conformación de estas compañías para los guisos de Farruco. ¿Usted no sabe nada de esto? ¿Será necesario explicarle que el tal Farruco Sesto es un pillastre de marca mayor, que viene despachándose y dándose el vuelto desde hace años, viviéndose a la “revolución” y seguramente contando con que su asqueroso y repugnante modo de jalarle bolas a usted le asegura la impunidad para esta sarta de vagabunderías. Esto es con Usted, Presidente. ¿Usted ni siquiera va a ordenar una averiguación? ¿Nada de esto le resulta sospechoso?

Las revoluciones árabes no son endosables / Fernando Mires

Cada vez que ocurren revoluciones en cadena en cualquier lugar del mundo no faltan quienes imaginan que el fenómeno se repetirá en otras naciones marcadas por diferentes historias y tradiciones. Tal creencia ha traído consigo –está casi de más decirlo- calamidades de enorme magnitud.
Basta saber que los revolucionarios franceses de 1789 estaban plenamente convencidos de que el bacilo de la revolución antimonárquica iba a expandirse a lo largo y ancho de Europa. Sin embargo, en lugar de provocar la revolución continental precipitaron la contrarrevolución europea la que terminó por demoler a los propios ejércitos franceses en Waterloo (1815)
Los bolcheviques –quienes heredaron todos los errores franceses- imaginaron por su cuenta que la revolución soviética era sólo el eslabón más débil de la cadena imperialista (Lenin) o el inicio de una revolución permanente de carácter mundial (Trotski) Los recién fundados partidos comunistas -también en América Latina- fueron llamados por la URSS en los años veinte del pasado siglo a formar “soviets” proletarios, incluso en países en donde apenas había clase obrera. Los resultados de tan absurdas aventuras fueron espeluznantes. Miles y miles de comunistas repartidos a lo largo del mundo pagaron con sus vidas las fantasías trotskistas y leninistas.
El ejemplo de la revolución cubana no es de mucha data. A partir de una pésima lectura de esa revolución, Che Guevara -reinterpretado en lenguaje metafísico por Regis Debray a quien prologó Fidel Castro en un disparatado libro titulado “revolución en la revolución” - llamaba a la creación de focos armados en las montañas de diversos países (incluyendo a los que no tenían montañas) Cientos de jóvenes y adultos con formación profesional, entre ellos el Che Guevara, fueron exterminados como conejos. Los que tuvieron más suerte se perdieron entre los montes para regresar después de mucho tiempo, viejos, cansados y sobre todo, ignorados. Más todavía: la genial idea cubana destinada a exportar la revolución sólo consiguió enardecer a diversos generales latinoamericanos. Entre el golpismo castrense de los años setenta y el revolucionarismo castrista de los años sesenta –hay que decirlo alguna vez- existe más de alguna directa relación.
Quizás es necesario agregar que estas palabras las estoy escribiendo sólo como advertencia y no sin cierta preocupación. Porque recién está comenzando la revolución democrática árabe y ya algunos publicistas latinoamericanos, imaginando ser líderes de grandes masas, llaman a seguir el ejemplo árabe, como si las revoluciones fueran pandemias.
Por lo tanto, de acuerdo a la intención preventiva que estoy usando no es mala idea recordar que la revolución democrática de los países árabes tuvo lugar en contra de dictaduras radicalmente antipopulares. Estoy seguro de que a muchos el concepto “dictadura antipopular” puede parecer redundancia y, sin embargo, no lo es, pues guste o no guste es posible afirmar que no siempre las dictaduras han sido impopulares.
Las propias dictaduras árabes fueron muy pero muy populares en sus inicios. De acuerdo a la impronta “nasserista” que las caracterizaba, casi todas fueron erigidas sobre la base de profundos movimientos nacionalistas y anticolonialistas. A ello agregaban la ideología del socialismo del siglo XX (mucho más magnética que la alternativa que hoy nos ofrece esa ridiculez denominada “socialismo del siglo XXl”) Ahora, que después de la Tercera, los partidos sobre los cuales se sustentaban esas dictaduras hayan pasado a formar parte de la Segunda Internacional, sólo demuestra hasta que punto la idea del socialismo ha sido pervertida por los propios socialistas. Pero ese no es ahora el tema.
Parece elemental decirlo, pero hay muchos que no lo entienden: la primera condición para una insurrección democrática es la pérdida de popularidad de una dictadura. Para poner algunos ejemplos: las dictaduras fascistas europeas fueron extraordinariamente populares (y tal vez por eso, plebiscitarias) de ahí que ninguna fue derribada por efecto de una revolución interna. Pero no es necesario ir tan lejos.
Miremos el caso de las dictaduras latinoamericanas del pasado reciente, sobre todo la uruguaya, la argentina y la chilena.
La dictadura militar uruguaya así como la chilena fueron derrotadas no a partir de insurrecciones populares sino a través de plebiscitos en los cuales ambas perdieron la mayoría electoral pero no toda su popularidad. Hay que recordar que ninguna de ellas obtuvo en el plebiscito menos del 40%. Para ser más precisos: En Noviembre de 1980 la dictadura uruguaya obtuvo en el plebiscito destinado a reformar la Constitución el 42,51% de los votos en contra del 56,83% de la oposición. En Octubre de 1988 la dictadura chilena obtuvo en un plebiscito convocado para prolongar el mandato de Pinochet el 44,01% de los votos en contra del 55,99 de la oposición.¿Qué nos dicen esas altas cifras alcanzadas por las respectivas dictaduras? Algo muy simple: que ambas perdieron la mayoría electoral pero no perdieron ese mínimo de popularidad que impide un estallido insurreccional. Porque convengamos: tener más de un 40% de votación a favor no es un signo de impopularidad. Todo lo contrario: en cualquiera democracia pluripartidista sería suficiente para gobernar de modo holgado. No obstante, una dictadura para mantenerse electoralmente necesita no sólo muchos, sino la mayoría absoluta de los votos. La razón es sencilla: ninguna dictadura admite una alternativa intermedia. O se está con ella o en contra de ella.
Ahora, tanto la dictadura chilena como la uruguaya eran dictaduras no sólo populares; además eran plebiscitarias. No fue ese el caso de la argentina, la que no se vino abajo a través de un plebiscito sino como consecuencia de contradicciones internas, del pésimo manejo de la economía, de la aventura de las Malvinas, hechos que trajeron consigo no una insurrección al estilo árabe, pero sí amotinamientos, asonadas y demostraciones callejeras que hicieron imposible la continuidad de la gobernancia militar.
Las dictaduras comunistas de Europa del Este, por su parte, eran muy impopulares, y lo último que se les habría ocurrido a sus respectivos gobernantes habría sido llamar a un plebiscito. En gran medida todas reposaban sobre tanques rusos. Sólo cuando Gorbachov aseguró que los tanques no marcharían en contra de los pueblos, surgieron esas revoluciones democráticas a las cuales se parecen tanto las árabes de nuestros días. Es cierto que tanto las dictaduras de Europa del Este como las árabes mantenían algunas fachadas democráticas. Por ejemplo, en casi todas existían simulacros parlamentarios. Pero los parlamentos no legislaban y un parlamento que no legisla -obvio- no es un parlamento. Incluso si hay debates, esos son inútiles si los debates no se convierten alguna vez en leyes.
Ahora, las dictaduras populares salvo raras excepciones (la España de Franco o la Cuba de los Castro) no han querido o sabido resistir la tentación electoral y/o plebiscitaria. ¿Por qué? Primero, y aunque parezca tautología, porque son populares, es decir, sus personeros están convencidos de que son los verdaderos representantes de la voluntad nacional, voluntad que se mantendrá a través de los tiempos, amén. Segundo, porque como Mirabeau piensan que nadie se puede sentar sobre las bayonetas y por lo tanto no basta el apoyo –siempre escurridizo- de los militares sino también aquel que proviene de la legitimidad de los pueblos, sobre todo cuando se trata de ejercer la representación exterior.
Sin embargo, Franco (quien se creía ungido por Dios) y Castro (quien se cree ungido por la Historia) han demostrado en contra de Mirabeau que –bajo ciertas condiciones- es posible sentarse sobre las bayonetas aunque eso signifique romperse el culo, intenso dolor que no aceptan los dictadores plebiscitarios y /o electorales quienes no sólo quieren ser amados por sus pueblos sino, además, como ocurre con los amantes neuróticos, intentan verificarlo cada cierto tiempo.
Hay que recordar por lo demás que tanto la dictadura uruguaya como la chilena convocaron a plebiscitos bajo absoluto convencimiento de que los ganarían, si no por popularidad, al menos por el miedo y el terror. Si ambas dictaduras no hubiesen sido tan vanidosas quizás todavía tendríamos a los militares en el poder en esos países.
En fin, hay dictaduras plebiscitarias y otras que no lo son. Las árabes no lo eran.
¿Hay, además, dictaduras electorales? Mi respuesta no es muy categórica: sí y no. Sí, porque ha habido casos en que las dictaduras celebran elecciones (amañadas o no, no viene al caso discutirlo) No, porque cada elección es convertida por una dictadura en un plebiscito. Lo normal entonces es que las dictaduras populares sean plebiscitarias y las no populares no lo sean.
Sinteticemos: es muy difícil, casi imposible (no se conoce ningún caso) que pueda surgir una insurrección exitosa en contra de una dictadura popular. La tarea entonces, bajo esas condiciones, es lograr que esa dictadura sea cada vez menos popular. Y, como la mayoría de las dictaduras populares son plebiscitarias, el plebiscito (o una elección plebiscitaria, lo que es lo mismo) usado como un arma política de las dictaduras, puede convertirse también en un arma política de sus adversarios. En ese caso el plebiscito (o elección plebiscitaria) que pierde una dictadura se convierte en una insurrección –valga la paradoja- constitucional.
Por cierto, una dictadura popular después de haber sido derrotada tiene la alternativa de desconocer el resultado de la elección y en su lugar repartir plomo. Mas, en ese caso, las dictaduras arriesgan el estallido de una insurrección auténticamente popular, es decir, precisamente lo que se quería impedir con las elecciones. Pinochet, por ejemplo, era partidario de desconocer el resultado electoral adverso. Dos hechos lo convencieron de lo contrario. Uno: la gente ya estaba en las calles, como hace algunos días en El Cairo. Dos: a algunos generales –como también ocurrió en El Cairo- no les fascinaba la idea de pasar a la historia como genocidas. De todo esto se deduce un corolario.
El corolario es el siguiente: la derrota electoral de una dictadura popular sólo puede ocurrir si esa dictadura ha perdido las calles antes, durante y después de la elección.

¿Por qué Chávez salió a hacer campaña? / por Juan Carlos Zapata

I
Los bolidemoledores salieron a la calle a hacer polvo a la oposición; o sea, hacer polvo a la Venezuela democrática. Se han tenido que fajar a fondo. Por allá Hugo Chávez, en la carroza de la distancia. Más acá, Elías Jaua, copiando cierto discurso impertinente que a juicio de su amigo, Juan Barreto, no le dio resultados a él. En el oriente, Diosdado Cabello, y en el twitter insiste con frases a favor del socialismo y contra el imperialismo, como si esto fuera creíble en su discurso. Allá la sombra de Aristóbulo Istúriz retando a la oposición a reconocer los resultados como si por su parte ha reconocido lo de cierta póliza en el Ministerio de Educación. Rafael Ramírez, gran demoledor del Zulia, y también de PDVAL, hablando duro, tronando fuerte, al tiempo que su primo Diego Salazar lanza el tan esperado compacto de sus obsesiones de cantante frustrado: Piensa en Mi. Homenaje de Agustín Lara. Tal vez logre un contrato de beneficencia en el Country Club de Caracas.
A los bolidemoledores los trasnocha una realidad. El problema no es sólo la mayoría en la Asamblea Nacional. La ingeniería electoral ejecutada por el CNE les puede garantizar tal control. El problema son los votos a nivel nacional. Los bolidemoledores apuestan por mantener un caudal de votos por encima de los 5 millones. Ganar la Asamblea sin votos no es congruente. Es la mayoría de votos la que les permitirá “acelerar” el paso de la revolución. Ganar sin votos los coloca en la dificultad de tener el poder y no usarlo, no avanzar, no profundizar. Chávez lo ha dicho. Lo que está en juego es la construcción de una nueva hegemonía, y ésta no es posible sin votos, millones de votos.
Los bolidemoledores se han visto en una situación. El bloque opositor sube. No es que esté ganando la Asamblea. Pero subió donde es gobierno, y subió donde no lo es. De cada región surgirá un punto de referencia. Y ese punto es la oposición del futuro. De modo que los bolidemodelores han forzado la campaña primero para unir lo que el proceso interno dejó en problemas; segundo para amarrar el voto duro; tercero para detener la caída que venían sufriendo; y cuarto para enviar mensaje de contundencia a los millones de empleados públicos, no vaya a ocurrirles lo de la reforma de 2007.
Está por verse, y para esto hay que esperar los resultados, qué sector de los bolidemoledores saldrá más golpeado en las elecciones. No se crea, hay una lucha entre Gobierno y Oposición. Pero dentro del Gobierno hay otra. Los bolidemoledores apuran que el sector más radical salga intacto, o menos golpeado, que sus fichas sean electas. De qué vale una Asamblea sin mayoría, y por si fuera poco, dentro del grupo oficial, algunos diputados no tan bolidemoledores.

II
Los bolidemoledores tampoco contaban con los antidemoledores. A Pablo Pérez lo llamaban el mudo cuando acompañaba a Manuel Rosales, ¿y en qué ha resultado? En un líder de proyección nacional. El gobernador del Zulia está consolidando la opción democrática en su estado. La era Rosales ya pasa. De Henri Falcón decían que era expresión de un día. Hueso duro de roer. Le ha complicado a los bolidemoledores el escenario en Lara, un estado que consideraban propio. A Leopoldo López lo inhabilitaron pero él no se inhabilitó. Recorre el país y a donde va es expresión de mayorías. Un ejemplo: Apure. López se tomó en serio recorrer ese estado. Y a dos días de las elecciones, en Apure el dominio rojo se estremece. Se avanzó en el bajo y el alto Apure, al punto que en el cierre del miércoles en San Fernando, hubo empleados públicos que abandonaron el puesto de trabajo para sumarse a la caravana opositora. Y claro, la gobernación les adeuda 4 meses de cesta tickets, y no saben si cobrarán esta quincena. Los bolidemoledores creyeron que a César Pérez Vivas lo iban a arrinconar. Y terminaron los rojos arrinconados en Táchira. En Miranda, tres poderosos bolidemoledores unieron fuerzas: Chávez, Cabello y Jaua. Y no pudieron con el gobernador Capriles Radonski. Imposible. El antidemoledor Enrique Mendoza les ha demostrado que conoce Miranda como la palma de su mano y sabe dónde buscar los votos. Y en Petare, la gestión, el aire y el ángel de Carlos Ocariz, les volteó el barrio. Llevan 5 años tratando de demoler a María Corina Machado, y ésta es la antidemoledora por excelencia. Chávez dice que le gustaría que se lanzara para Presidenta, soñando con que sea otra Irene. La campaña de María Corina permeó todo el país, como ha permeado la posición firme de AD y Henry Ramos Allup. Si AD saca más de un millón de votos, los bolidemodelores van a rabiar doblemente de rabia y despecho. En Caracas, Antonio Ledezma, Antonio Ecarri, Iván Olivares, Richard Blanco se han transformado en muralla antidemoledora.

III
Hablando del barrio. Sí, de barrios de Petare y de Catia. Porque esto hay que anotarlo. La vez que el gran bolidemoledor fue a Petare, llevó su gente, como no. Había pueblo, claro que sí. ¿Pero qué más había? Gente, pueblo que gritaba: queremos agua, queremos luz, queremos seguridad. ¿Cuándo se había visto que le gritaran así al Presidente. Pura gente antidemoledora. Claro, en la altura de la carroza esto no se escucha. Pero esa carroza cruzó por las calles recién pavimentadas por el alcalde Ocariz, las autopistas populares, algo que en 8 años no pudo ejecutar Rangel Avalos ni con la ayuda de Cabello en la gobernación de Miranda, ni el mismo Cabello como ministro logró hacer. Peor: se da el caso que las autopistas pavimentadas por Cabello entre 2009 y 2010 ya se están deteriorando. ¿Y en Catia? Previo a que el bolidemoledor llegara en la carroza, llegaron los motorizados. En el pasado, apenas se escuchaba el estruendo de las motos y ya le gente se escondía. ¿Se acuerdan de los círculos bolivarianos? Cosa del pasado. En esta ocasión, antier, los ambulantes del bulevar de Catia cogieron a tomatazos antidemoledores a los motorizados al grito de fuera, fuera, fuera. Esto tampoco se lo dijeron a Chávez.

IV
Pero hay bolidemoledores en muchos lugares. Y de muchos tipos. Una forma de ser bolidemoledor es ésta: los empresarios sin compromiso democrático. Esa que son contados los empresarios comprometidos de verdad con el credo democrático. A esos no hay que rogarles su cooperación. Saben cómo y con cuánto deben ayudar a los partidos democráticos. Ya suena a excusa eso de que los investigan. Ya suena a excusa de que les cierran las fuentes de Cadivi, como si Cadivi aflojara mucho. Hay unos que hasta apagaron el teléfono. Varios se enfermaron. O se fueron lejos de vacaciones, por Japón, Turquía, Sudáfrica. Bien lejos. Con uno de los empresarios tradicionales y de apellido, los intermediarios de los partidos lograron una reunión. ¿Y qué dijo? Es que a mi no me ha ido mal con el gobierno de Chávez. Como si ese fuera el punto. Otro apeló a otra excusa peor. ¿Cómo? Si yo después de colaborar en las regionales ni un contratito me dieron. O sea, era por eso. Y otro se fue por el ataque: yo no doy porque los que me quitaron los contratos no fueron los chavistas sino la competencia que los financia a ustedes. O sea, estos últimos conjugan el verbo bolidemoler. No son ricos bobos. Son ricos suicidas.

Caracas hasta el último de mis días

Intentaron cambiar el nombre a la Urbanización Menca de Leoni por algo tan cursi como Urbanización 27 de febrero, y los vecinos entraron en cólera. No tenían nada a favor del personaje histórico, la gran mayoría no era adeco, quizá ni sabían que se trataba de una primera dama venezolana de cuando los albores de la democracia. Es decir, no era un asunto político, ni histórico, era un asunto de identidad. Y de sentido práctico. No iban a cambiar su dirección de toda la vida por el capricho oportunista de unos cuantos legisladores locales.
Le quitaron al parque del Este el nombre de Rómulo Betancourt (¿Ah, se llamaba así?) y le colocaron Francisco de Miranda. Y nada ha cambiado. Sólo que ahora le rinden menos honor al homenajeado, porque el mantenimiento del parque (con el consabido populismo de abolir el simbólico pago por el disfrute de sus instalaciones) es mucho más pobre. Los usuarios de antes, de cuando se llamaba Rómulo Betancourt, le llamaban Parque del Este, y los de ahora le llaman parque del este.
Le pusieron a Venezuela el adjetivo de bolivariana, y además de ser una muestra de lo folklóricos que son los tipos que nos gobiernan, el asunto apenas sirve para marcar ese período histórico en que se registró un incremento brutal de la corrupción en el Estado. Los bolivarianos, como se les llama a los funcionarios de ahora, son mucho más corruptos que sus predecesores. Los ministerios ahora intercalan “del Poder Popular” en su razón social, y nunca la gente ha estado más lejos del poder (asómense y vean la cantidad de vehículos de seguridad que acompañan a los representantes de ese poder popular).

En esa búsqueda inútil de borrar la memoria de los venezolanos de todo acontecimiento anterior al advenimiento del Rey Sol criollo, ahora se toparon con el nombre de nuestra ciudad: Santiago de León de Caracas, que ha recibido a lo largo de su historia afectuosos (e incluso cariñosamente irónicos) epítetos como La de los techos rojos, La sucursal del cielo, La sultana del Ávila, y conocida simplemente como Caracas (o La Capitar, según el imaginario de los caraqueños de antaño sobre cómo era nombrada su ciudad por los pobladores del interior del país), ahora la suman a esa larga lista de oprobiosos y ridículos intentos por desnaturalizarla, de hacerla aliada (cómplice, creación, obra de gobierno) de una revolución a la que no se le han visto ni se le verán las bondades: Ahora proponen llamarla “la Cuna de Bolívar y Reina del Guaraira Repano”. ¿Habrase visto tamaña ridiculez? ¿Semejante cursilería inútil? ¿Se acabará el hampa, el abuso de los motorizados, la indolencia de sus habitantes, con el cambio de nombre? ¿Respetarán los policías a sus conciudadanos a partir del nuevo bautizo? ¿Dejarán de matraquear los fiscales? ¿Se resiprará un ambiente más humano, la gente no botará basura en sus calles, dejarán de comprarle a los buhoneros? ¿Habrá menos desnutrición si le ponemos la Reina del arroz con pollo? ¿O menos violencia si la bautizamos Hogar espiritual de Gandhi? ¿Y a los alrededores del Paseo Vargas, le pondremos: “Tierra sagrada de indias harapientas y descalzas que piden limosnas para sobrevivir mientras dan teta a cinco indiecitos barrigones”? Cuando uno los ve por la calle, y piensa que unos vivos están usando su imagen para saquear al Estado, no se puede sentir sino asco. Y medir el talante espiritual de esos tipos que nos gobiernan. Y la sede del poder ejecutivo, ¿que tal si la mudamos para La Planicie? ¿O la sede de la Asamblea para el Nucleo Endógeno Fabricio Ojeda? ¿O los ministros y diputados, mudarlos a un bloque del 23 de Enero? Eso sí sería revolucionario.
Todo ese afán de cambiar nombre recuerda la milmillonaria campaña de Telcel por obligar a sus clientes a que la llamen Movistar, y sin embargo la gente va a un quiosco y pide una Telcel de quince mil, y el quiosquero, impávido, entrega la mercancía solicitada. El alma de una ciudad no se legisla. Como todo organismo vivo, depende de miles de factores que escapan de las manos de los gobernantes. Ponle Bushtown a Manhattan y seguirá siendo Manhattan. Ponle Leningrado a San Petesburgo y sus habitantes recuperaron su nombre.

El problema con estos tipos es que creen que tiene derecho a hacer lo que les da la gana con el país porque usurpan el coroto. Que creen ingenuamente que se puede escribir la Historia en el alma de los ciudadanos. Que creen que la Historia y sus vidas son una sola cosa. Que juran que por escribirlo, por decretarlo, se siente, se asimila, se produce el cambio. El problema con estos tipos es la desconexión con el sentir de la gente real. Es que dejaron de sentir como esos que cobran quince y último, que se apilonan en el metro, que van al cine los lunes y que hablan mal del gobierno, de la suegra y del jefe. Que no saben que el gobierno, la suegra y el jefe siempre estarán en la acera del frente, así se hagan los locos, así compartan la mesa y celebren los chistes. Que no hay nada más reaccionario que pensar como los poderosos, que hacer las cosas no porque genera felicidad sino porque se tiene con qué. Porque entrañan la caudillesca noción de que el poder se debe demostrar, y cuanto mas arbitrario mas evidente.
El problema con estos tipos es su intrínseca infelicidad. Su suprema infelicidad.

Para mí Venezuela será sólo Venezuela y Caracas será Caracas aún en el último de mis días. Porque no hay nada más subversivo, más insolente con el poder, que el corazón.

Batallas (Pedro Enrique Rodríguez)

Copio este post aparecido en facebook, porque considero vital su lectura. No podemos exigir buenos gobiernos si somos malos ciudadanos. ¿Cuánta gente que marcha “por la libertad” irrespeta los más elementales derechos ajenos?

Es sábado. Desde temprano, cuando mi esposa salió de casa al consultorio donde estará trabajando como psicóloga infantil hasta después del mediodía, estoy solo con mi hija de 3 años y 3 meses. Como todo sábado, mi hija y yo bajamos a la cocina, preparamos un desayuno que comemos conversando, jugando, en fin, viviendo de la mejor forma posible ese privilegio efímero y fascinante que es ver aparecer un sábado en su estuche de juguete nuevo, de horas sin asuntos pendientes. Es sábado23 de enero, día de marchas: el día en que se celebra la caída del penúltimo militar del siglo XX. Termina un mes duro, repleto de cortes de luz, de agua, de relatos violentos, del peligro que corrió en dos ocasiones mi esposa, cerca de dos tiroteos, del discurso cada vez más ruin y demagógico de los nuevos dueños del país, de un sujeto bocazas y aburrido que, como un círculo que se repite una y otra vez en la historia, hace las veces de mandamás, de todopoderoso, de simpaticón, de nuevo gendarme necesario. Pero es de mañana y todas esas cosas están, todavía, un poco lejos: exorcizadas por la sonrisa de mi hija, por el amarillo licuado y casi transparente de la luz que entra por la ventana de la cocina. Así, tomando el desayuno, mirando una película, acompañándola a jugar, de pronto ambos recordamos una promesa que le había hecho desde temprano: comprar chocolates y helados para el resto del fin de semana. Puesto que hay una cadena de supermercados a poco más de una cuadra de nuestra casa, decido que no estaría mal comprar algunas otras cosas para ella. Mi hija tiene 3 años y 3 meses: es veloz, feliz, temeraria. Por precaución, por seguridad, decido llevarla sentada en su coche. En el camino, ella sube y baja el toldito, disfruta del sol, voltea de tanto en tanto y me sonríe. En el supemercado, colabora llevando en sus piernas los objetos que seleccionamos para ella: chocolates de leche, galletas de plantilla, leche deslactosada, jugos de durazno, helado de chocolate. Serena, cívica, me acompaña durante la cola de la caja. Conversa con algunas señoras sobre las cosas que realmente le interesan en la vida: el disfraz de Stephanie, de Lazy Town, que le prometimos para carnavales; un juego de muñecas; una historia de su amiga Isabella; el temor que siente por los fuegos artificiales. Pagamos, coloco las bolsas en las agarraderas a ambos lados del coche y salimos en dirección a la casa. A medio camino, nos encontramos con que una camioneta se ha trepado en la acera, justo junto a un árbol, y no existe ni un pequeño espacio que permita continuar. A un lado, en la calle, pasan carros a una velocidad que no podría considerarse baja, entre un caos de otros carros estacionados en la calle. Es un riesgo, pero aún así no queda alternativa. Me aseguro que no venga ningún carro y bajo a la calle con el coche. Al pasar junto a la camioneta, noto que el conductor, un sujeto vestido con ropa deportiva, lee con actitud bobina la página de deportes de un periódico. Toco el vidrio, el conductor me mira y lo baja: noto que, sentado en el asiento de atrás, está un niño de no más de siete años. Le digo que al estacionarse en toda la acera, le cierra el paso a todos los peatones. Que esa calle está llena de viejitos, que es un peligro que yo deba pasar el coche de mi hija por la calle. El sujeto parece pensar. Lo hace, de hecho, y me responde que el tiene poco tiempo estacionado allí. No comprendo de qué forma el problema temporal resuelve las implicaciones del problema espacial. Pienso, sí, que es la típica respuesta autoreferencial de una ciudad donde la noción de convivencia es sólo un tópico. Se lo digo. El sujeto, sin embargo, parece encontrar en su argumento una legitimidad recóndita, libertaria, quizá flamígera, pues de pronto cambia su actitud perpleja y me dice, furioso: Es más chico, ¿por que tú me tocas el vidrio así? La pregunta, en medio de todo, me da risa. Le respondo: Pana, y ¿cómo quieres que te toque el vidrio? ¿en inglés? El sujeto pierde el control. Grita, se agita, tiembla. Entre escupitajos (indicador de mala dicción) vocifera que él se para donde a él le de la gana, que él hace la mierda que le dé la gana, esencialmente, porque yo me puedo ir al coño de la madre en la medida en que él es él y le importa una mierda cualquier mierda, frase que, se le mire por donde se le mire, está repleta de una cadena significativa de contrasentidos. Pienso en eso. Noto que, sentadito en su asiento, el niño lo mira, con miedo. Abajo, en el coche, mi hija me mira a mí, perpleja. Considero en un instante frío, silencioso, total, el fácil gesto de desplazar mi mano izquierda (soy zurdo) y darle un golpe seco y feroz justo en el centro de la cara. Es un instante, pero sé en ese instante que soy más fuerte que él, que el golpe sería exacto, que le partiría la nariz, que el sujeto no podría reponerse fácilmente, que el placer que sentiría al verle asimilar la violencia de mi golpe sería un pequeño regalo de la fisiología: una galleta rota con placer. Pienso (como en la lámina de un libro) en el hueso nasal, en la fragilidad de la sutura internasal. Casi al mismo tiempo pienso en el terror que sentirá mi hija en el coche, en un niño sentado en el puesto trasero, en la desolada condición de encontrarme junto a un imbécil al volante de algo que sobrepasa los 1500 kg. y una potencia de 6000 rpm con la nariz fracturada, sangrando a borbotones. Pienso, además, en mi fantasiosa suposición de que el término ciudadanía debe tener algún sentido, en mi romántica esperanza de vivir en un país y no en lo que realmente vivo: un territorio repleto de sobrevivientes torpes, egoístas, simples, esencialmente estúpidos y, por todos esos motivos, por todas esas imaginaciones, decido seguir mi camino. Al hacerlo, dos, tres metros más allá, cuando al fin volvemos a la acera, mi hija me pregunta: Papi, qué dijo ese sheñor. Le digo: dijo que es feo y que además es tan estúpido que le gusta ser feo. Mi hija, de 3 años y 3 meses, hace un gesto de pesar con la boca y dice: Aaaah. Siento la nítida punzada de dolor de quien comprende que este no es, ni de lejos, el mundo que quisiera para ella. Que ese episodio frente a un sujeto obsceno, simplón, abusivo, que se orienta en la ciudad según su mediocre espacio privado es sólo una parte del libreto de siempre, de la misma vieja historia de lo que siempre hemos sido, de lo que quizá nunca dejaremos de ser. Caminando el trayecto final a nuestra casa, de pronto siento (como otras veces), que recordar aquél remoto 23 de enero de 1958 es recordar, apenas, una pequeña parte de las luchas libradas y por librar. De hecho, la parte más pequeña.

Libertad de expresión, no. Libertad de agresión

Un grupo de trabajadores y periodistas de Ávila TV (televisora oficialista) muestran sus “argumentos” a un grupo de periodistas de la Cadena Capriles que protestaban pacíficamente repartiendo volantes en el centro de Caracas, contra la Ley Orgánica de la Educación y otras leyes restrictivas de la libertad de expresión. Usaron palos y metras. El resultado doce periodistas heridos.


Diez años de un discurso que sataniza a los medios y al ejercicio del periodismo han hecho de ese oficio uno de los más peligrosos de ejercer en la Venezuela que, según el slogan gobiernero “ahora es de todos” (los que aplaudan)

El regreso a la normalidad

Los militares lo depusieron tras una orden del Tribunal Supremo, y desaparecieron de la escena, sin disolver los otros poderes establecidos ni dejar una estela de muetos, por lo que se pudo hacer lo que la Constitucion de Honduras prevé para esos casos: el interinato del presidente del Congreso hasta las elecciones. Es decir, el cronograma electoral sigue vigente.
Luego de que la comunidad internacional comienza a digerir esas pequeñas diferencias con respecto a lso golpes militares clásicos, comienzan a suceder ligeros cambios de percepciones y movimientos. ¿Cuáles?
La OEA cambia la exigencia de devolver el poder a Zelaya, a cambio de la creación de una comisión conformada por miembros de los países más moderados frente al tema (es decir, los que no tengan intereses a la vista). Estados Unidos tantea el terreno, respira, ve a los lados, y a la final busca alternativa al término golpe. Taiwán e Israel ya reconocen el gobierno hondureño. Fernández (Dominicana) cita a Rómulo Betancourt en su discurso sobre las doctrinas democráticas. Colom (Guatemala) dice que ni de vaina apoya una intervención militar en Honduras. El pueblo de Honduras se galvaniza en torno a sus poderes constituidos ante la amenaza de naciones extranjeras, consciente de que si Zelaya retorna al poder en ese país gobernará abiertamente Hugo Chávez…
Como resultado de esos cautelosos movimientos el visitante se vuelve incómodo para todos en tanto deja de ser noticia. Todo seguirá su curso, hasta noviembre que habrá elecciones (en las que ningún candidato será tan suicida como para aliarse al ahora conocido como el Bush del Caribe) y nuestro Emperador sufrirá su primera gran derrota a la hasta ahora infalible fórmula: Constituyente-reelección-vasallaje al imperio.
Pareciera que la aplicación de dicha fórmula parece venir en retroceso.
Ahora, ¿el berrinche del emperador realmente se debe a la pérdida de una de las piezas de su tablero? ¿Será que las investigaciones internas en Honduras podrían dar con escandalosas evidencias acerca de la fórmula del vasallaje llamada Socialismo del Siglo XXI, que demuestre cómo está plagada de delitos electorales y corruptelas?
Cada segundo de inactividad de la comunidad internacional frente al caso Honduras le agrega una tonelada de barro a la “víctima demócrata” de los “gorilas” hondureños. El inexorable “regreso a la normalidad” es una pesadilla para Zelaya, para Chávez. Por la natural necesidad de paz y de estabilidad (necesarias para salir a ganarse el pan) los hondureños quieren poner fin al conflicto, por razones de economía social: no hubo muertos (como sí los hay en Irán), un alto porcentaje de la población (ochenta y tanto por ciento) está de acuerdo con la deposición del mandatario, no hay que hacer ese escándalo cuando apenas le quedaban meses frente al gobierno…
No parecen ser esas las razones de tanta furia.

¿Será entonces que sólo él sabe cómo están las cosas en esos puntuales y alarmantes informes del G2, y teme que si el mundo no actúa contundentemente contra un ejército que, mostrando las evidencias adecuadas, decida actuar contra las locuras de un presidente, se está gestando un mal precedente que pesa en su contra? Es decir, ¿será que teme que si no se condena a los militares de Honduras, los de algún “otro país”, aduciendo algún descalabro institucional, puedan actuar de manera semejante (aprovechando las viejas ganas que algunos podrían tener)? En fin, ¿será que hay gente esperando los resultados de Honduras para decidirse a actuar?
¿Es eso lo que lo tiene tan enérgico, amenazante y nervioso?
Ya se verá por dónde vienen los tiros. El asunto ha servido, al menos, para que el mundo entero se ría o se asombre (depende del talante de cada quien) del cinismo de Ortega, Chávez, Castro y Evo hablando de democracia.

Nos merecemos tener un país o tenemos el país que nos merecemos?

Está bien, eso es irrefutable: el ilustre bocón-megalómano-ignorante que se hizo del coroto realmente ha destrozado las instituciones, una inmensa parte de la actividad productiva nacional y ha incurrido en desmanes tan impedonables como acentuar el resentimiento, barrer con la autonomía de los poderes, usar los recursos del Estado en un permanente proselitismo, ahogar cualquier forma de disidencia, financiar bandas paramilitares armadas, y una cantidad innumerable de abusos, con el fin de ir instaurando, paso a paso, una dictadura fascista de derecha. Eso nadie lo niega. Pero me pregunto yo ¿Es nuestra mala calidad de vida su única y absoluta responsabilidad? Es decir, ¿no contribuimos nosotros con que nuestra calidad de vida y nuestra percepción de ciudadanía sea cada vez más pobre?
Ese gordo que toca corneta como un poseso apenas el tránsito reduce ligeramente la veolcidad, sin importarle las molestias que causa a los que le rodean; el motorizado que se sube impunemente a la acera para evadir las colas, el autobusero que se para donde le dá la gana y el taxista que se atraviesa en el rayado; el animal que monta su carro en la acera, a veces hasta perpendicular a la calle, obligando a los peatones a caminar por la avenida; el otro idiota que monta media camionetota en la acera, frente al restaurant donde va a comer, porque tiene hambre y él no va a parar más lejos porque le pueden robar el carro; el vivo que no deja terminar de salir y ya se está metiendo en el vagón del metro; el que usa el carro para rodar tres cuadras (porque él paga su gasolina); el que es incapaz de ceder el puesto en los autobuses a las señoras que cargan niños; todos esos incivilizados que no se quitan el morral al subirse al vagón, los que fuman delante encima de los demás, los que son incapaces de hacer la torsión mínima necesaria para evadir chocar contra los demás viandantes, y una vez que chocan son incapaces de disculparse; los que esperan a los chamos en el carro frente al portón del colegio, generando una cola monstruosa; lso que escuchan música con los celulares en el metro, los que ponen música a todo volumen en el carro; los que se colean en todos lados, porque son vivísimos; los que tiene malos hábitos de aseo y se montan en vagones atestados de gente, normalmente sin aire acondicionado; los que no se bajan del carro para comprar el peródico y gneran más congestionamiento; los que beben cerveza en la calle, ofreciendo un balurdo espectáculo de chabacanería (los estudiantes del Nuevas Vacaciones, en Los Dos Caminos, beben a diario y bailan regueton en la acera con las puertas de los carros abiertas); los que hablan por el celular gritando; los que explotan sin asco a sus empleados; los que le compran a los buhoneros… Seamos honestos: ¿Esa gente qué tiene que ver con el emperadorcito?
Mientras aquel cae, lo caen, le estalla una verdadera revolución o se muere, hay un trabajo duro que hacer para recuperar la ciudadanía. Y es urgente. Y es grave. “Esa gente” me hace la vida mucho más dura en mi ciudad. “Esa gente” me jode tanto o más que el desquiciado emperadorcito en mi tránsito cotidiano por mis calles. Esa gente jamás, lease bien, jamás estará en mi mismo bando. Esa gente que no se adapta a vivir en ciudad, que fue derrotada por la dureza de la urbe y vive malhomorada contaminando con su agresividad y sus chapucerías y problemas de educación y de trato social y su incapacidad de sonreir y de hacer uso de la cortesía, son la otra mitad del problema.
Reitero, esa gente no juega para mi equipo, y están en la misma lista de gente que desprecio (como las foquitas rojitas y los recién vestidos rojitos y los estómagos agradecidos rojitos y los malandros rojitos). Esa gente tiene el país que se merece.
Mientras ellos existan, mientras esa gente no se eduque para vivir en ciudad, al ciudadano de verdad, herido en su sensibilidad, le tocará vivir en el exilio interior.
Sigamos hablando de macropolítica, que si mañana cae el emperadorcito, gracias a “esa gente” mi calidad de vida, ni a de ninguno, mejorará ni un ápice al día siguiente.

Presos políticos


Al día siguiente del 11-A el gobierno dejó que los buhoneros montaran sus tenderetes en la Av. Baralt (contaminando el área que debió acordonarse). También se supo que a los apartamentos cercanos a Miraflores, llegaron hombres con órdenes de Miraflores y removieron evidencias y frisaron paredes. Por otra parte, sabotearon la Comisión de la Verdad y obviaron sus informes. No hubo juicio realmente. Todo se basó en supuestos testimonios, sin escuchar las contrapartes. Los comisarios Vivas, Forero y Simonovis, así como los policías metropolitanos “acusados”, recibieron penas hasta de 30 años. Mientras, los pistoleros de Puente Llaguno (por estar defendiendo al emperador), fueron liberados completamente. Estos hombres son presos políticos de Chávez. Así gobierna un cobarde que, al menos, ya se quitó la careta.

Lo malo es que convierte al hombre en sapo

Una de las consecuencias más tristes de los regímenes de terror, es que convierten al hombre, digno por origen, en un sapo, en un ser despreciable, vil, rastrero. Los cobardes ven en la sumisión la única manera de salvar el pellejo.
Y no sólo se vuelven serviles. Con la sumisión viene la abyección total (saben que perdieron su dignidad y pasan factura a los que la mantienen, porque su actitud los humilla al recordarle que vendieron su condición humana). Con la abyección viene el odio hacia los demás, el cinismo, el sadismo… Y la delación. Los regímenes se sostienen del terror de la carroña (no es contigo, pedro. Al menos, no exclusivamente).
Cuando los seres que se despojaron de su dignidad, se dejan llevar por el pánico, se vuelven despiadados. Y se vuelven despiadados porque cambian los principios por instintos. Son viscerales. Sólo reaccionan ante estímulos primitivos: el hambre, el fuego… Se solazan en un “poder” que intenta (pesimamente) esconder su terror y su esclavitud. Prefieren ser el perro en casa del emperador (qué digo perro, el gusano de las sobras del plato del emperador), que un hombre libre en la calle.
Uno de estos sapos, uno de estos especímenes del “hombre nuevo” delata a dos juezas de Maracaibo por el supuesto delito de haberse reunido con un sentenciado del emperador. De inmediato son destituidas. El delator calma su terror sintiendo el poder que le dá la delación. El poder de su dedo. ¡Vana ilusión! Es un poder ficticio porque es esclavo de sus miedos y de su amo. Y, así nos lo dice la historia, algún día pasará a ocupar el lugar del delatado. Sólo que además perdió su dignidad hace tiempo.
Reo e indigno.
Otra esclava de sus instintos se solaza porque al antiguo compadre del emperador lo metieron preso. Cree que con aplaudir las decisiones del amo se salva. La historia le recordará lo absurdo de su indignidad.
Pobre gente. Así, uno a uno, todos demuestran su talento para reptar.
Y, una vez que se desata, el miedo todo lo consume. Porque también el emperador es prisionero de sus miedos. Por eso ataca. Por eso escucha delaciones. Por eso necesita actitudes serviles. Teme hasta su sombra. Por eso es, a su vez, prisionero de sus lisonjeros y delatores de oficio. Y tiene miedo al “pueblo”. Por eso lo divide. Sabe que algún día ese pueblo sabrá que todos sus pesares tienen su origen en aquel. Por eso distrae. Ofrece funciones gratis de guillotinamiento en las plazas públicas. Por eso azuza el odio de unos con otros. Por eso, porque es víctima de sus fantasmas, es que no soporta ninguna forma de cuestionamiento. Todo el que fue su aliado, todo el que alguna vez le tendió la mano, es potencial víctima (porque le recuerda que alguna vez necesitó de los demás, que fue menos poderoso que hoy: que fue humano). Por eso, en cuanto se resbalan, en cuanto dan la más mínima señal de erguir los hombros, les cae encima la “justicia imperial”. El que una vez le tendió la mano, se convierte para siempre en un esclavo. So pena de conocer esa justicia.
Lo malo de los países que caen prisioneros del terror, es que sus ciudadanos dejan de ser hombres libres. Y no necesariamente porque comenzarán a poblar las cárceles, sino porque los más débiles sacarán lo peor de sí para sobrevivir con su instinto de chacal. Vana ilusión. El terror sabe que usándolos unos a otros, poco a poco todos caerán con un mínimo esfuerzo. La historia no miente.
Esos que creen que están arriba, son los verdaderos prisioneros. Ojalá que les alcance la vida para que los persiga la vergüenza.
Lo malo de la historia, es que se repite y se repite de manera tan previsible.